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China y Qatar/15


Llegamos al hotel y subimos en el ascensor hasta el piso 30, esperando encontrar una terraza desde donde contemplar bonitas vistas, pero no la hay. Bajamos a la habitación y hace un frío de muerte, pero no encontramos el mando para apagarlo. ¿Será centralizado? Así que después de ducharnos, acabamos con el pantalón largo y el forro polar puestos. Nunca me hubiera imaginado, que para lo que los he traído hasta aquí, iba a ser para esto. Mañana por fin, no madrugaremos.

 

Nos levantamos a las nueve. El calor tropical asfixia ya a estas horas. Las calles están vacías, las tiendas de mariscos y

pescados deshidratados, próximas a nuestro hotel, están cerradas –aún así, huelen-, no hay tráfico y lo único que se oye es el cansino y típico repicar de los semáforos de Hong Kong, cuando están en verde para que los peatones crucemos. 

 

Nos vamos a la zona Central y tomamos el MTR (8,50 dólares de Hong Kong, dos estaciones), para dirigirnos a la península de Kowloon. A la vuelta descubriríamos, que el ferry es mucho más barato y las vistas –con neblina incluida-, son bastante bonitas.

                  Vistas desde el pico Victoria, en Hong Kong

Por aquí hay algo más de animación y muchas tiendas si que están abiertas, a pesar de ser domingo. Tomamos la calle comercial principal, la Nathan road, llena de comercios, restaurantes, hoteles, bares y clubes nocturnos. Esta zona es conocida como la Goleen Mile El área meridional, al lado del puerto, se llama Tsim Sha Tsui. El paisaje desde aquí es espectacular, con la bahía y los rascacielos de enfrente y aún lo sería más, sino fuera por la intensa calima que todo lo nubla.

 

Vemos el Hong Kong Cultural Centre y paseamos muy agradablemente por la avenida de las Estrellas, dedicada a los actores y actrices del cine chino y en la que hay bovinas gigantes de rollo de película o esculturas realizando filmaciones. Se ven también placas en el suelo y huellas de manos. Contemplamos a una novia fotografiándose entre la niebla. Ayer vimos a otra, haciéndolo delante de una chapa de un comercio cerrado. ¡¡Estas chinas!!. Tengo la garganta fatal. El aire acondicionado ha hecho estragos.

 

Volvemos por la Nathan road, donde nos asedian, para variar, los vendedores de relojes. Entramos en el complejo Chungking Mansion: Es la zona del hospedaje barato en Hong pong, consistente en una enorme mole de plantas, alzada en el corazón de la Golden Mile. Alberga unas ochenta pensiones, con habitaciones que deben ser del tamaño de un armario y se divide en cinco bloques, de la A a la E. Cada uno tiene su  propio ascensor. La planta baja, que es la que se puede ver libremente, está destartalada, así que no me quiero ni imaginar en que condiciones se hallarán los alojamientos. Junto a este complejo, está el Holliday In y en frente el Sheraton.

 

Nos acercamos hasta el templo de Tin Hou, que se ubica en un parque algo raro, donde ponen una alta multa por fumar (en la  avenida de las Estrellas y el funicular tampoco de puede, bajo amenaza de sanción de 5.000 dólares, ni más ni menos). El templo es muy normal por fuera, del tipo de los chinos, con sus dobles o triples tejados ondulados  pero muy bonito por dentro, con los inciensos prendidos y colgando del techo, en forma de espiral. Hay un buda con una esvástica dibujada, así que llegamos a la conclusión, que este símbolo es anterior a los nazis.

Colorido Hong Kong

También vemos un par de iglesias cristianas, entre ellas la de S. Joshep. En esta, como en otras de Hong Kong, hay unos curiosos difusores, que vaporizan una especie de mezcla de vodka con gasolina, para purificar las manos. Los mayores rascacielos no están en Kowloon, sino en la isla, destacando uno en forma de supositorio y otro con unas barras cruzadas.

 

 Nos acercamos hasta el mercado nocturno de Temple Street. A pesar de que todavía no es ni la una de la tarde, ya están empezando a montar los puestos. Realmente es un trabajo de chinos, tener que levantar y recoger a diario toda esta infraestructura, para luego vender cuatro cosas.

 

Hay puestos callejeros con ropas medio decentes, a cinco y diez dólares. En otros, nos deleitan con gafas de sol, zapatos, sujetadores, pescados y mariscos deshidratadso, fuentes pequeñitas e iluminadas de adorno y sobre todo, complementos para el pelo y tiendas de tratamientos de masajes para los pies, en las que se dibuja esta extremidad, representando que sector de ella, equivale a cada parte del cuerpo. También hay restaurantes hindúes, algo caro.

 

Nos entregamos a la cerveza primero y después comemos a base de sopa de bote, que hemos comprado y preparado en el Seven Eleven y de bocadillos de alguna conserva, que aún nos queda. No hay pan normal tampoco en Hong Kong, pero el de molde está mejor que en China. Nos encontramos a un lugareño que habla cuatro palabras de español. Ha estado tres meses en Madrid y otros tantos en Barcelona, pero no da más de sí..

 

Al igual que en la isla, los restaurantes son en Kowloon bastante caros, yo diría que sus precios son desproporcionados, si los comparamos con el valor de otras cosas básicas (supermercados, ropa, bisutería y chinadas varias –dicho con todo cariño, claro-). ¿Cómo puede costar lo mismo en Hong Kong un menú de dos platos, que cuatro pantaloncitos o diez tops?.

 

Damos una nueva vuelta por la avenida de las Estrellas, donde la neblina ha remitido bastante y podemos tomar mejores

fotos que por la mañana. Ahora hay más gente. Junto al mar, unos cuantos fotógrafos te inmortalizan o te venden fotos divertidas de la bahía, a diez dólares. Cruzamos en el ferry y nos vamos a localizar el embarcadero del que va a Macao, que no está demasiado lejos. Como otras tantas cosas en China, está dentro de un inmenso centro comercial, que esterilizan cada dos horas, según reza en un cartel a la entrada. El calor nos sigue matando y los pies ya van con la reserva. Necesitamos un tratamiento para ellos, aunque el que ahora nos ofrece una simpática chica, es de manos.

Mascota de los Juegos Asiáticos, que se disputarán este año en la cercana Guangzhou

Volvemos al mercado de Graham street y después a las calles comerciales, donde por fin me compro un vestido negro de china, talla XL (99 dólares de Hong Kong). Y es que a pesar de estar delgada, es imposible igualar en cintura a las chinas. Me quedo con las ganas de comprar otro morado. Rebuscando en estas tiendas, te puedes llevar un fondo de armario completo por 10 euros.

 

Vemos a cientos de personas sentadas bajo un techado. La mayoría son jóvenes, aunque desconocemos el motivo de esta concentración. Juegan al póquer, charlan o comen. La noche va cayendo y los rascacielos se realzan con la iluminación. Volvemos a la zona de bares de copas, más animada que ayer, sobre todo el bar de los cacahuetes, donde tomamos unas cervezas. Regresamos lentamente, disfrutando de la noche de Hong Kong, con la ciudad a medio gas. La mezcla de la modernidad de Hong Kong con los mercados o las calles comerciales de las tiendas de ropa, la convierten en una ciudad fascinante.

 

Me hubiera gustado quedarme aquí, al menos tres o cuatro días más, para visitar la zona de playas, alguna isla y algo de los Nuevos Territorios. ¡Espero que haya otra oportunidad en el futuro!.

 

Nada más entrar en la habitación del hotel, nos damos cuenta de que somos unos cencerros. El aire acondicionado no tiene mando, pero hay una ruleta en la pared para regularlo. Resulta ser demasiado tarde, porque el constipado ya se ha apoderado por completo de mí. Y también lo es para Nadal, al que vemos caer ante un desconocido tenista sueco, en octavos de final de Roland Garros. El lavabo del baño parece una pila bautismal.

Mercado nocturno de Hong Kong

 

MACAO

 

Se acabaron los lujos, así que a las siete menos cuarto, ¡arriba!. De camino al embarcadero de los ferries, todo está cerrado. Compramos los billetes para Macao (100 HK$) y aguardamos en la zona de espera de la terminal. Subimos al barco, que es viejo y se balancea bastante, antes de arrancar. Como ayer, hay neblina, así que me olvido del paisaje y me duermo.

 

El plan para hoy es pasar la mañana en Macao y justo antes de comer, cruzar andando la frontera hasta Zhuhai, almorzar allí y pasar la tarde. A última hora, queremos irnos en bus nocturno a Guilin. La lástima es que la visita a Macao, la tendremos que hacer con la mochila a cuestas. ¡Con el calor que hace!. Al menos, apenas hay neblina.

 

Bajamos del ferry y en la misma terminal hay una oficina de turismo, que nos sirve para pedir un plano, para preguntar si los dólares de Hong Kong son aceptados aquí –lo son- y para conocer, donde podemos tomar el autobús urbano para llegar a la frontera de Porta do Cerco. Tendremos que tomar el autobús número 3, desde la misma plaza de Largo del Senado.

 

Enfilamos una larga y moderna avenida, de altos edificios. El tráfico es ordenado y circulan por la izquierda, a pesar de la

dominación de los portugueses. Al llegar a  un bonito casino, que se ve desde todo Macao, torcemos a la derecha, por la avenida del Infante don Enrique. Pasados unos pocos centenares de metros desembocamos en el casco antiguo, con bonitas callejuelas, a veces serpenteantes e inclinadas.

 

Callejeamos un rato, viendo varias iglesias, como la de San Agustín o la Catedral de Macao, el teatro de don Pedro V y el mercado de Santo Domingo –que es completamente de estilo europeo y más concretamente, latino-, para acabar en la emblemática plaza de Largo del Senado, donde se ubica este edificio y la sede central de Correos.

                         Uno de los numerosos casinos de Macao

Reponemos líquidos en un supermercado, para lo que nos agenciamos unas cervezas y nos vamos a contemplar las bonitas ruinas –con la cripta incluida-, de la Iglesia de San Pablo (milagrosamente, acceso gratuito). Apenas sólo se conserva la fachada, pero es preciosa. Esta iglesia y el centro de Macao, es lo que más nos recuerda a Europa en los nueve días que llevamos de viaje.

 

Terminamos la visita subiendo a la fortaleza del Monte. La ascensión se hace pesada con el bulto a ciestas, pero el bastión (de acceso también gratuito), merece bastante la pena y se divisan unas muy buenas vistas desde arriba –con el sol en todo lo alto-, de la parte moderna de Macao (la zona antigua, se ve mejor desde las ruinas de la iglesia de san Pablo).

 

Nos damos una última vuelta por el centro y regresamos a Largo del Senado, donde tomamos el ya mencionado autobús número tres, que en menos de media hora, nos deja en la frontera. El precio es de 3,20 patacas y el funcionamiento del sistema de cobro, resulta ser como en Singapur. Hay que depositar el importe exacto en una caja. Si no lo tienes, te fastidias y echas el más parecido que tengas, nunca inferior, así que nosotros, metemos uno de 10 dólares, por lo que le regalamos a la empresa de transportes casi cuatro. Parece inadecuado, para dos ciudades que precisamente se sienten modernas. Más adelante, descubriríamos que en los autobuses de Pekín, también funciona este aprovechado sistema.

Ruinas de la iglesia de San Pablo, en Macao

 

ZHUHAI

 

La frontera de Porta de Cerco es casi como una ciudad, sobre todo en la parte de Zhuhai -ya en China-, donde hay un inmenso centro comercial subterráneo, por el que no es difícil perderse y no encontrar la salida. Junto a él, convive una estación de autobuses, que tampoco es equeña.

 

Los trámites para salir de Macao, son tan sencillos como los de la entrada. Sin embargo hoy, hemos tenido que rellenar ya dos veces el maldito cuestionario sanitario. Uno al ingresar en Macao, donde nos han puesto un sello válido para noventa días y otro ahora, al hacer nuestra segunda entrada en China. Las gestiones aquí se hacen más plomizas, porque además nos ha tocado una funcionaria, de las que lleva los trámites con exageradas minuciosidad y pulcritud. Se queda perpleja, porque en el pasaporte de mi chico ve al trasluz, un visado encima del otro. Así que tenemos que explicarle, que no es ningún capricho nuestro y que en la embajada china, se equivocaron al poner el nombre en el primero.

 

Queremos cambiar dinero y solo encontramos el banco de la Construcción de China, donde solo cambian dólares de Hong Kong, así que canjeamos los 350 que nos han sobrado y esperamos a localizar un banco de China. Son más lentos que un parto múltiple. Vuelven las bicis, las motos, el caos de tráfico y la indiferencia hacia el código de circulación

 

Pensamos ir a Guangzhou (70 yuanes) y desde ahí a Guilin, dado que en la estación subterránea nos han dicho, que no hay servicios directos a este último punto. Al menos desde ahí, porque estamos seguros de que si existen, dado que nos lo dijo una persona que ya hizo ese mismo trayecto es bus-cama. ¡Pero como para preguntar aquí donde se cogen!.

 

El caso es que hoy la suerte está de nuestra parte y sin buscarla, encontramos muy cerca y mientras tratamos de localizar un lugar para comer, la estación adecuada, la de Gongbey, y por 220 yuanes, los boletos para Guilin, para el bus de las seis y media de la tarde. Dejamos los bultos en la consigna (15 yuanes).

 

Necesitamos otra vez dinero, así que cogemos número en un cercano Banco de China y comemos dos clases de arroz

frito distinto, ambos con verduras y curry, pero uno con carne y el otro con pescado. La dependiente es simpatiquísima, risueña y muy cariñosa. Mientras la otra chica nos lo prepara, juguetea con nuestro plano de Macao, mientras nos habla en chino y se ríe. La comida resulta riquísima, aunque el arroz está algo más frito de la cuenta. La carne no sabemos de que es, pero como otras tantas veces, mejor no investigar, mejor no preguntar, mejor no imaginar… solo comer y olvidar.

                                                                          Zhuhai

A la vuelta se nos ha pasado el número, así que nos toca esperar un rato. El Banco de China, sin duda, es donde mejor cambio se obtiene.

 

Zhuhai (pronúnciese más o menos, Suhai) es una ciudad con cierto encanto y muy animada, con zonas semipeatonales, llenas de bonitos puestos de comidas, barras de bar en plena calle –en las que a estas horas, ya hay señoritas de compañía- y tiendas, decenas de tiendas, tanto de todochino –entre dos y diez yuanes-, como de modachina –desde cinco yuanes para arriba-.

 

Hay también puestos de fruta y verdura –lo que no es muy frecuente en China- y un mercado de pescado y carne –cerdo, básicamente-, con una apariencia muy fresca del género que comercializan. Damos la bienvenida de nuevo, a los riquísimos zumos de frutas chinos.

 

Hasta la salida del bus, intercalamos los paseos con las compras. Nos hace gracia que la bisutería china, aunque solo cuesta unos pocos céntimos –como muchísimo, un ero-, muchas veces está guardada en bonitas vitrinas, casi como si se tratara de plata u oro. Con Yoigo las alegrías terminan pronto y al salir de Macao, he vuelto a perder la cobertura.

 

Nos mandan quitarnos los zapatos, para subirnos al bus. Como sospechábamos, es bus-cama. Se trata de tres filas de literas de tres alturas y encima, nos ha tocado en la del medio y la de arriba, de la parte  izquierda. No nos gustan mucho este tipo de autobuses-cama, prefiriendo los semi-cama, pero no hay posibilidad de elección, así que tendremos que conformarnos. No es que se duerma mal en ellos, pero te obliga a ir tumbado, cuando estás despierto y es más incómodo para ver el paisaje, leer y escribir. Detrás de nosotros va un guiri, que se pasa el viaje durmiendo. Ya lo habíamos visto por la tarde, en el Mcdonalds de Zhuhai.


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