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China y Qatar/14


ZHOUZHUANG

 

Los planes iniciales elaborados antes del viaje, marcaban para este sexto día de viaje, las visitas de Zhouzhuang (pronúnciese, más o menos Susuang) y Tongli, pero durante la tarde de ayer, hemos descartado la segunda, debido a que estamos cansados de tanto madrugón y queremos aflojar un poco el ritmo. Además el abono del pago de la entrada a Zhouzhuang (100 yuanes), ya es bastante gravoso, para incluir otra visita más en la jornada.

 

De todas formas, si es factible hacer las dos excursiones en un solo día, dado que desde Suzhou a Zhouzhuang hay tres cuartos de hora, media hora de allí a Tongli e idéntico tiempo, desde este punto, al lugar de partida. Creo que desde Shanghai, se ofrece la excursión de forma organizada, por medio de buses turísticos, pero desconozco su precio.

 

Así que tomamos un rickshaw muy cerca del hotel y nos dirigimos a la estación, donde en un autobús pequeño, nos llevan a nuestro destino (9 yuanes).

Zhouzhuang

Más que Suzhou, Zhouzhuang si que podría ser considerada la Venecia de China. Es una ciudad antigua y bonita, que no decepciona, pero el precio de la entrada –a pesar de que permite ingresar a todos los sitios de interés-, es desproporcionado, para las tres horas de visita tranquila que merece. La ciudad  está acordonada y no permite el ingreso de vehículos

 

Vemos a los lugareños remar con sus botes, a veces cantando. Parece ser que existe la tradición de creer, que así se conseguía llevar más peces a la mesa. Debido a las particulares condiciones naturales, se ha formado un espectáculo increíble en el sur del río Yangtse, que se caracteriza por sus puentes de piedra, el discurrir del agua y pequeñas casas-habitación.

 

    El pueblo está regado por cuatro canales. Se entremezclan, formando la figura de la tecla de un cuadradillo de teléfono móvil. Las casas se levantan todas a las orillas de agua. Hay 14 puentes de piedra, erguidos sobre los canales. Entre los atractivos principales se encuentran el museo de Zhouzhuang, la casa Mi, el templo Chengxu, la residencia de Ye Chukang… Tras la visita y nuevamente en autobús, regresamos de nuevo a Suzhou

 

 

DE NUEVO EN SUZHOU

 

Nos tomamos unas cervezas nada más llegar y luego nos vamos a la zona comercial. Todavía nos quedan algunas horas, para tomar el bus hacia el aeropuerto de Hongqiao, en Shanghai, desde donde mañana volaremos a Shenzhen (pronúnciese, más o menos, Sensén) con la compañía Shanghai Airlines y con el objetivo de luego llegar en autobús hasta la cercana Hong Kong, donde pasaremos el fin de semana.

 

Quiero comprarme unos zapatos, pero resulta imposible que entren en mi pie, las microscópicas tallas de las chinas, así

que nos encaminamos al banco de China a cambiar dinero, el mejor lugar para hacerlo en este país, a pesar de lo lentos que son, debido a los numerosos trámites burocráticos –hay que rellenar un cuestionario y hacen varias copias del pasaporte-.

 

Dos cosas me llaman la atención. Junto al bolígrafo para firmar, hay tres modelos de gafas graduadas con 1,5, 2,5 y 3,5 dioptrías y también, unos botoncitos donde pulsándolos, puedes valorar al empleado de forma satisfactoria, indiferente o negativa. ¡Como no somos mala gente, pulsamos el de arriba y evaluamos a la chavala, de forma satisfactoria  

                                                                        Zhouzhuang

En la oficina de turismo preguntamos –está al lado del canal bonito, donde estuvimos ayer tarde-, la forma de poder ir directamente al aeropuerto, sin tener que pasar por Shanghai, dado que los autobuses 925 y 941, que llevan desde la plaza del Pueblo hasta las terminales aéreas, no sabemos muy bien donde se cogen y además, dejan de funcionar bastante temprano. Nos indican que desde una agencia de la aerolínea Southern China, salen autobuses para Hongqiao, pero el último es a las 16,50 (al de Pudong hay hasta las 21,00 horas).

 

Almorzamos en un restaurante de comida rápida local, llamado Old Uncle. Los dos distintos menús que pedimos, están muy bien y salen baratos, pero no sabemos exactamente lo que comemos y la gelatina caliente que nos han puesto, resulta algo rara de textura y sabor. El resto, a base de ensaladas, carnes guisadas y arroz blanco, está muy rico.

 

Rematamos la faena en la pastelería de al lado, tomando un par de pizzas, que mezclan el dulce y el salado. Se trata de un lugar encantador, donde tienen mil variedades de repostería y las chinitas, ataviadas con traje tradicional, te reciben a la puerta ofreciéndote degustaciones y bastante cariño. ¡Qué alegres y simpáticas son!.

 

Nos resta de ver el templo de Confucio –es gratis, así que será muy poca cosa- y una puerta, pero se nos ha hecho demasiado tarde y si queremos tomar el autobús del aeropuerto, tendremos que dejarlos para otra vez. De todas formas, nunca nos gusta irnos de una ciudad, sin haber visto todo lo que viene en la guía, aunque no sea muy interesante.

 

Retornamos al hotel a por nuestros bultos y nos dirigimos a tomar el bus de Southern China, en el número 115, de la calle Ganjiang Lu. Antes, nos detenemos en un supermercado, y compramos dos botellas de un licor chino oscuro, aromático y especiado –a quince yuanes cada una-. Empezamos a valorar la idea, de buscar algún hotel al llegar al aeropuerto de Hongqiao. Nuestros primeros pensamientos pasaban por dormir en la terminal, puesto que el vuelo para Shenzhen sale sobre las ocho de la mañana.

 

 

CAMINO DE HONG KONG

 

El camino se hace largo (53 yuanes), a pesar de que es poco más de hora y media, pero tenemos suerte, porque el aeropuerto de Hongqiao está dentro del casco urbano y no solo hay un hotel, sino varios. Preguntamos en el más próximo a la terminal, pero se nos va de presupuesto. Cuando vamos a continuar la búsqueda, nos sale una chica ofreciéndonos el Wiew Wiew y tras una dura negociación, conseguimos que los 240 yuanes que nos piden, se queden en 200. ¡No es ninguna ganga, porque son 20 yuanes más que el de Shanghai y la habitación es –aunque nueva-, bastante más pequeña!.

 

Nos montan en una furgoneta y nos trasladan al hotel, donde por única vez en China, no tenemos que registrarnos. Tampoco nos piden depósito. La habitación una caja de cerillas, pero muy nueva, limpia y el baño no esta nada mal. Eso si y como siempre, la televisión solo emite canales chinos. Hemos pactado con la chica de recepción, que nos trasladen al aeropuerto a las seis de la mañana, en la misma furgoneta en la que hemos venido.

 

Damos una vuelta por los alrededores. Hay muchos puestos de calduverios malolientes y un par de restaurantes bastante apañados y llenos. Retornamos al hotel y en uno de los canales chinos de televisión, descubrimos que el Barça ha ganado la Champions. ¡Qué horror!.

                             Templo budista en Kowloon (Hong Kong)

El teléfono suena a las cinco y media y a las seis, tal como habíamos acordado, el conductor nos está esperando en la puerta. ¡Nos habríamos quedado durmiendo tres horas más!. Al dejarnos en la terminal de salidas nacionales, el chofer nos dice “money”, pero nosotros no le hacemos ni caso. El chec-in es rápido y no hay ningún problema, con el vuelo que habíamos reservado unos diez días antes por internet, con la agencia www.ctrip.com, a pesar de las dificultades que tuvimos con la longitud del apellido de mi chico (tiene doce letras y parece que los sistema informáticos chinos, solo aceptan once). En el control, hacen un chequeo a fondo del líquido de mis lentillas. Hasta lo huelen y todo.

 

Shanghai Airlines es una buena compañía. Los aviones son nuevos, el espacio no está mal y además, dan de desayunar -pastitas, galletitas, galletas algo raras, pero muy ricas, gominolas, pan, mantequilla y nueces muy sabrosas, además de café y zumo-. ¡Bastante, para los 250 yuanes que hemos pagado!. Sesteamos a ratos. Cuando vuelas en China, ¡el cielo siempre está enladrillado!. ¿Quién lo desenladrillará?.

 

Aterrizamos en Shenzhen, sobre las diez y media de la mañana y toamos un caro, pero cómodo autobús (100 yuanes),

que nos conducirá directamente a la isla en Hong Kong. Seguro que hay otras maneras más baratas de hacerlo, tomando varios medios de transporte, pero la comodidad de esta es incuestionable, dado que en una hora, llegas al destino y te van esperando, mientras sellas el pasaporte en las fronteras.

                                        Bahía Victoria, en Hong Kong

Los trámites son algo molestos, aunque rápidos. Primero hay que rellenar el formulario de salida de China y hacer cola para sellar la partida. Luego, el de entrada a Hong Kong, además del maldito cuestionario de salud, aunque no tenemos que pasar control de infrarrojos, como en nuestra llegada a Shanghai. En este bus, como en todos los transportes, los chinos duermen sentados y erguidos, sin apoyar siquiera la cabeza en ninguna parte. ¡Y tan ricamente!

 

 

HONG KONG

 

 No son ni las once y media de la mañana y ya estamos en plena vorágine de Hong Hong –nos bajan en Wan Chai-, con un cielo cubierto de nubes, con bastante neblina y con un calor asfixiante.

 

Hong Kong se divide en la isla del mismo nombre –donde estamos ahora-, la península de Kowloon –donde iremos mañana-, los Nuevos Territorios y las islas exteriores. Por falta de tiempo, no visitaremos la zona sur de la isla, donde dicen que la costa es muy bonita y alterna playas y villas prendidas a las laderas, que miran directamente al mar.

 

En un cercano HSBC Bank, nos quieren soplar 100 dólares de Hong Kong por cambiar divisa y en una casa de cambio, nos dicen que no nos canjean moneda -resultaría sui géneris, sino fuera porque ya nos ocurrió esto mismo alguna otra vez-. Así que al final, tomamos la decisión de sacar efectivo del cajero automático.

Comida preparada al estilo tradicional de China

Tenemos un trecho hasta el hotel que hemos reservado, el Ramada (350 dólares de Hong Kong)), de cuatro estrellas, ubicado en  el 308, de Des Voeux Road West, pero decidimos ir andando, disfrutando del moderno centro de la isla, de los rascacielos, de los restaurantes y comercios, de las anchas aceras, de que los coches se paren en los semáforos –aquí se conduce por la izquierda, como no podía ser de otra manera- y de las numerosas y coloridas tiendas de pescados y mariscos deshidratados, cercanas a nuestro alojamiento. Aquí no hay casi bicis ni motos, aunque si autobuses y tranvías de dos pisos, bastante aparatosos.

 

El ingreso en el hotel Ramada es farragoso, con demasiado papeleo y requerimiento de la tarjeta de crédito, a pesar de que no se paga hasta la salida, pero la habitación y el baño son un palacio. Sin lugar a duda, el mejor hotel del viaje y por solo 33€, lo que para Hong Kong es de risa, por un cuatro estrellas. Estamos en la quinta planta y las ventanas no se pueden abrir. ¡Será para que no tengamos tentaciones de suicidarnos!. Al fin, tengo cobertura en el móvil con Yoigo y me llegan más de quince mensajes.

 

Como vemos que los restaurantes son bastante caros, comemos de bocadillo, algunas conservas que aún nos quedan y papas fritas muy ricas, de la misma marca que las que engullíamos el año pasado en Filipinas. Aquí la cerveza sigue siendo barata, casi más que el agua.

 

Nos vamos a las dos calles comerciales, la Li Yuen Street East y la del mismo nombre pero con West, que en realidad resultan ser, dos callejuelas estrechas llenas de tenderetes de ropa, sorprendentemente barata. Los vestidos de china son bastante bonitos, así que le echo el ojo a un par de ellos.

 

Reculamos hacia el Mercado Central, que no es de frutas y verduras como suponíamos, sino de ropa y baratijas. ¡Como

brillan los anillos y pendientes, a pesar de no valer nada!. Muchas tiendas están cerradas, supongo que por ser ya, sábado a mediodía.

 

Visitamos el mercado de Graham Street, este si más animado y con vegetales, frutas y pescado, tan fresquísimo, que está nadando en piletas y cuando lo compras, te lo pescan con una red, fileteándolo luego y bañándolo en su propia sangre. También abundan las típicas, caras y preciosas orquídeas de Hong Kong.

                                    Entre las estatuas, en Hong Kong

Luego y tras ver el templo de Man Mo, subimos por el armatoste que supone el Central Scalator. Son 800 metros de escaleras mecánicas hacia arriba, la mayor parte techadas, en los que se va a travesando el Soho. Esperábamos que al final de la travesía –no sé por qué-, llegaríamos a un mirador, donde contemplaríamos espléndidas vistas de la bahía, ahora que el sol ha salido y cedido algo la neblina; pero a donde llegamos es a una calle horrible, llena de andamios y obras. Al bajar, visitamos una encantadora mezquita.

 

Luego, entrando por D’Aguilar street, paseamos por el Lang Kwai Fong, la zona de bares y restaurantes de la isla, donde nos sorprende uno, que tiene una cuba llena hasta arriba de cacahuetes, de donde te sirves tu tapa, cuando pides la bebida. No es una zona muy grande. Volveremos más tarde, porque a estas horas no hay demasiada animación.

 

En Hong Kong, es habitual ver más parejas mixtas –occidental y china, no al revés-, que en China. Tienen el rasgo común, de que ellas suelen ser bastante guapas. También aquí la gente, muestra un rostro más suave, con los ojos menos rasgado, pero las mujeres tienen –en términos generales- algo más de culo y curvas.

 

Camino del funicular  -el Peak Tram, que sube hasta el pico Victoria-, visitamos la catedral de S. John, que está en obras. Hay cola para comprar los boletos de este trenecito centenario (33 HK$ o 48 HK$, si se quiere tener acceso a la terraza). Igualmente la hay, para subir al funicular, pero esta segunda conseguimos esquivarla. ¡Para que luego digan que los que se cuelan son los chinos!.

 

En cinco minutos estamos arriba, tras subir la fuerte pendiente y al llegar, se produce una doble decepción. Primero, porque adonde sales es a un macro gigante centro comercial y después porque la neblina –que tiene pinta de que se presenta casi todos los días-, deja ver el paisaje de rascacielos y la bahía solo a medias. ¿En que día tan despejado habrán hecho esas fotos que salen en todos los folletos turísticos de la ciudad?.

 

Desde lo alto de la terraza, las vistas –cuando se ven, claro- son magníficas, pero si se quieren ahorrar los quince dólares, hay otros puntos desde donde también se contemplan magnificamente (no precisamente desde la terraza del Burguer King, ojo). Rodeando la estructura comercial y sus aledaños, han construido un bonito y florido paseo, de flora exuberante

 

Lo más práctico, es ascender a este pico sobre las seis de la tarde. Así puedes contemplar el paisaje, de día y de noche por el mismo precio y no necesitas subir dos veces. Casi ya ha anochecido o en el momento del crepúsculo, sean los dos instantes más fotografiables y cuando las vistas son más espectaculares.

Rascacielos en Hong Kong

Tomamos el funicular de vuelta y volvemos a la zona de restaurantes y bares, ahora más animada –sobre todo guiris-, aunque tampoco mucho. Tomamos un par de cervezas y volvemos andando al hotel, dando un agradable paseo, por las magníficas entrañas de esta ciudad. Entramos en un supermercado a comprar más cerveza. Aquí si dan bolsas, a diferencia de China, donde las tienes que pagar. Hay algún Seven Eleven, pero están peor montados que los de Tailandia.



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