El aterrizaje es suave, pero al salir a la pista, la bofetada de calor es intensa. Y es que estamos en Doha, en mitad del desierto. No hay fingers y la pista está lejísimos del aeropuerto, así que mientras nos acercamos a la terminal, hacemos amistad con un par de simpáticas chicas, que vuelan a las Maldivas. En el avión venían muchos españoles, la mayoría jóvenes. Algunos incluso, vienen a este país a trabajar. Tenemos una escala es esta ciudad de más de cinco horas. A pesar de que ya es de noche, dudamos de si bajar o no a Doha, siempre y cuando no tengamos que obtener visado, pero finalmente, nos decantamos por tirar hacia la zona de tránsito –a la izquierda- y dejar a la derecha los controles de inmigración. ¡Ya tendremos tiempo para descubrir esta ciudad a la vuelta!. Zona el Yuan Yu, en ShanghaiEl aeropuerto es pequeño, pero muy nuevo. En la parte de abajo están las tiendas –parece un zoco, a pesar de que incluso se vendan diamantes- y en la de arriba, la zona de espera –donde el aire acondicionado está mucho más fuerte- y un par de restaurantes. En uno, se ofrece comida gratuita, gentileza de Qatar Airways, para aquellos que tengan una escala superior a las cinco horas. No tenemos hambre, pero para entretener el rato, sellamos la tarjeta de embarque y pedimos una bandeja con riquísima y sabrosa carne guisada al curry. El arroz blanco lo dejamos entero y el pan y el bollo, los guardamos. Todo ello, está regado con pepsi cola. Después de la minicena, rematamos la media botella de Martini, que traemos desde Barajas. Al principio hay mucho barullo, pero luego la cosa se tranquiliza. Las lugareñas, vestidas de negro desde la cabeza a los pies, dejando solo un par de agujeros en la cara para los ojos, se pasean de un lado a otro, a veces con su prole y van embarcando en los diferentes vuelos que parten, generalmente, con rumbo a extremo oriente y el sudeste asiático. Me cuenta mi chico, que los urinarios son muy bajitos, a modo de los del sudeste asiático, pero que de ellos sale agua caliente. En el aeropuerto también hay zonas para enchufar el portátil, otras con butacones para reposar –llamadas quiets rooms- y una mezquita, donde a estas horas hay más durmientes, que orantes. No somos muchos los europeos, que pululamos por aquí y menos aún en el vuelo que nos debe llevar a China, para cuyo acceso, tenemos que estar esperando un buen rato en la jardinera, mientras vemos cargar el combustible y el catering. Los aviones de Qatar Airways son bastante nuevos y muy limpios. Nada más despegar, nos entregan el menú. No sabemos por qué, está vez mi chico sigue teniendo comida especial, pero yo no. Eso nos va a servir para darnos cuenta, de que unas veces están mejor los menús especiales –en nuestro caso el hindú no vegetariano- y otras los normales. Pero el vino, ambos lo seguimos eligiendo chileno, en perjuicio del francés. El vuelo es tranquilo y sin turbulencias, así que me ronco Pakistán y la India enteritos y despierto entrando en Myanmar, dispuesta a engullir una nueva comida, como siempre rica –aunque está mejor en esta ocasión el menú especial de mi chico- y copiosa. El Airbus 330 aterriza en el aeropuerto Pudong, de Shanghai, media hora entes de lo previsto, sobre las dos de la tarde. Desde que entramos en China, no hemos dejado de ver nubes. Área del Bund, en ShanghaiSHANGHAI
Antes de poder acceder al finger que nos deje en la terminal 2, se producen los sucesos relatados en la primera hoja de este relato. Me refiero al despliegue sanitario, con escafandras y aparatos detectores de temperatura por infrarrojos, que aún cuando escribo esto, no sabemos muy bien si iba buscando pacientes de la gripe A o fue un experimento, para prepararse ante posibles ataques nucleares o bacteriológicos. Ya en la terminal, tenemos que rellenar un formulario de entrada, que no nos han dado en el avión y esperar una larga cola, aunque avanza deprisa, dado que los trámites de ingreso son rápidos. Queremos cambiar dinero, pero solo encontramos un banco –el SPD Bank-, que además de no tener una tasa de cambio muy favorable, nos quiere cobrar a mayores 50 yuanes de comisión, así que nos decantamos por sacar efectivo del cajero, después de que la chica que va delante, haga cuatro operaciones de retirada, cada una de ¡¡2500 yuanes!!. Cerca, hay una máquina que ofrece agua esterilizada, fría o caliente, para beber y hacerte un café o una sopita. La recogida de equipajes –como es habitual en China- ha sido rapidísima. Por todo el aeropuerto, hasta que sales, hay una especie de guardias, que te van indicando en cada cruce para que lado tienes que girar. Al doblar uno de ellos, hemos visto a dos chinos dentro de una sala, donde pone cuarentena en inglés. ¡¡Qué yuyu!!. El autobús número 5 (20 yuanes), que nos debe dejar en la plaza del Pueblo o en la estación central de trenes –ya veremos-, está bien indicado y pasa –en teoría, porque no siempre es así- cada 20 minutos. Existe la posibilidad de ir en el Maglev train, un tren que levita y que te lleva a Shanghai en siete minutos, por el moderado precio de 50 yuanes. El tráfico es intenso y tardamos hora y cuarto en llegar al centro, después de transitar por unos suburbios algo deprimidos, decenas de obras y cruzar un subterráneo de dos carrilles algo agobiante, porque no entra nada de aire por las ventanillas y el bochorno es intenso. Además, nos toca ir de pie. Nada más descender del bus en la plaza del Pueblo –enorme, por cierto, aunque no tanto como Tian'anmen, que el la más grande del mundo-, nos damos cuenta del caos de tráfico –por supuesto, no respetan los semáforos-, que nos va a tocar sufrir en Shanghai (para que los chinos lo puedan entender mejor, se debe pronunciar, más o menos, “Xanjai”). No obstante y aunque no está cerca, nos hemos estudiado el plano e iremos andando a nuestro hotel, así que tras cruzar la plaza, con sus gigantes pero bonitos rascacielos –algunos terminan en forma de supositorio-, enfilamos la calle comercial –donde no deja de subir y bajar un trenecito turístico-, que llega hasta las inmediaciones del río, en la famosa zona que se conoce como Bund, donde tenemos el primer contacto con vendedores de todo, pero también con los rambutanes, el durian, las frutas del dragón y los pinchos de bolitas fritas. ¡Definitivamente, hemos retornado a nuestra queridísima Asia!. Muñecas chinas, en una tienda del Yuan Yu, en ShanghaiAl llegar, vemos por primera vez la famosa antena de la televisión, del estilo al pirulí de Madrid, pero de mayor espectacularidad. Aunque más bien la intuimos, debido a la casi permanente neblina, que invade esta ciudad un día tras otro. Los nombres de las calles están en nuestro alfabeto, por lo que no es difícil orientarse. Cruzamos un corto y feo puente colgante y salimos a una zona mucho menos transitada por la gente. Tras caminar un buen trecho y girar a la izquierda primero y luego a la derecha, llegamos a nuestro hotel, que habíamos reservado unos pocos días antes en la web www.venere.es, al precio de 180 yuanes por noche. Se trata del Super 8 hotel Shanghai Feng Ye, en la calle Dalian, 277. Nos esperábamos encontrar con una habitación pequeña, porque habíamos reservado una suite tipo b y al abrir la puerta, nos topamos casi con un palacio. Es una habitación dividida en dos plantas. En la de abajo, un salón grande, con una mesa de reuniones, junto a él y un baño mediano, con plato de ducha. Subiendo la escalera, se encuentra el dormitorio en si, con una cama de dos metros de ancho. Como en todos los hoteles de China, cambio de toallas a diario, productos de tocador nuevos y comodísimas zapatillas de papel (realmente son de tela, pero son tan finas, que parecen de papel). También contamos –como en todos los hoteles donde dormimos en el país-, con una jarra eléctrica para calentar agua, acompañada de sobrecitos de café y té. ¡Es increíble: Llevamos tres noches casi sin dormir y no notamos jet lag!. ¿Será porque hemos comido cinco veces en diecinueve horas? El hotel es por tanto, bastante recomendable, aunque la atención en recepción, podría ser un poco más esmerada. Ha empezado a llover y ya no lo dejará durante horas, pero tomamos nuestro paraguas y nos damos un paseo por el animado barrio, con muchos locales de comida variada y barata –destacando los que venden cangrejos de río coloradísimos y brillantes (vuelta a los tintes alimentarios), muy típicos de Shanghai- tiendas “All Days” abiertas las 24 horas, peluquerías, fruterías, talleres de confección o mecánica, que incluso disponen de literas, donde duermen sus propietarios… Hay un restaurante que tiene los pescados vivos o frescos en barreños, en plena calle: Centollos, calamares, almejas…, pero también culebrillas. Tú eliges la pieza o piezas que deseas y ellos te los preparan al instante y con sumo mimo. Aún llevamos poco tiempo aquí, pero ya nos hemos dado cuenta, de que Shanghai es una ciudad llena de pasos elevados. Plaza del Pueblo, en ShanghaiRetornamos al hotel, nos duchamos y a no mucho tardar, decidimos irnos a dormir, después de comprobar, que a pesar que los canales de la televisión son numerosos, todos emiten solo en chino. Nos despertamos a las seis de la mañana, así que a las siete y media ya estamos sobre el asfalto. Salimos a la calle y descubrimos que nuestro barrio, resulta algo más cutre que anoche. Las casas son bastante bajas y algo viejas. A estas horas apenas hay nadie. Al cruzar el puente colgante Waibaidu, vemos a una pareja de novios haciéndoles el álbum de boda. ¿No tendrán otro sitio más horrible para fotografiarse?. No resulta extraño, pero a lo largo de los días, descubrimos que esta situación de novios retratándose en sitios feos e inverosímiles, es bastante frecuente Persiste la neblina. En la guía se indica, que en parte está motivada porque en las casas, las calefacciones son de carbón, pero no creo que con el calor que hace en esta época del año, la tengan puesta. Paseamos por la zona del Bund, histórico puerto de desembarque. ¡Es una pena que las obras lo invadan todo y no vayamos a poder disfrutar, de esta zona tan entrañable de Shanghai. En la calle peatonal comercial -Nanjing Donglu- todo está cerrado. Bueno, es peatonal a medias, porque en las perpendiculares si que circulan motos y bicis y en un despiste, atropello a un ciclomotor. Y digo atropello, porque aunque es el conductor el que lo hace sobre mi, sale peor parado. Al chocar conmigo, pierde el equilibrio, cae con la moto al suelo y se hace bastante daño. Me mira con cara rara, algo retadora. ¡Sólo faltaba!. Afortunadamente, solo tengo el brazo derecho algo dolorido. Ayer según íbamos al hotel me di con un cable de hierro en la misma extremidad y tengo un buen moratón en el hombro. ¡Vaya viajecito que llevo!. Nos encaminamos hasta la plaza del pueblo, donde además de rascacielos, está también el ayuntamiento, el museo de Shanghai, el museo de Arte y la Ópera. En las pocas horas que llevamos en la ciudad, ya hemos podido constatar algo que sería una constante a lo largo de nuestro devenir en China: ¡Apenas se ve gente mayor en las calles!. Shanghai en el centro es moderno, con sus anchas aceras y rascacielos, pero cuando sales de esta zona, se notan las carencias -edificios viejos, descampados, vallas y vallas, porque Shanghai es la ciudad de las vallas que tapan obras-. Además, está levantada al completo, fruto de que el año que viene se celebra la Expo, a partir del 1 de mayo. Francamente, no creo que las tengan terminadas para entonces. Las motos y las bicis no respetan a nadie y hay que caminar con mil ojos, sin poder disfrutar casi del paisaje urbano. Zona el Yuan Yu, en ShanghaiLlegamos hasta el templo del Buda de Jade (20 yuanes) y como nos parece caro para ver un buda gigante, de los vimos a cientos en el sudeste asiático, lo inspeccionamos solo por fuera. El siguiente objetivo es la estación central de trenes, lugar en el que pretendemos informarnos, sobre los servicios a Hangzhou y Suzhou, para los días sucesivos. La terminal, se encuentra situada en una inmensa y muy caótica plaza. Como no sabemos todavía el funcionamiento del sistema ferroviario, nos introducimos en el edificio donde están los andenes. No se puede acceder sin billete, pero nos hemos colado sin saberlo. El desconcierto es tremendo, porque solo vemos accesos a las vías y no la boletería. Además, ¡¡todos los paneles electrónicos están en chino!!. Encontramos un mostrador de información, donde preguntamos a una chica, que nos explica que las estaciones en China se dividen en varios edificios, que son fundamentalmente, la oficina de venta de billetes, la consigna y los andenes. No obstante, nos pone los precios y horarios de los trenes a los destinos que le pedimos. Al lado de cada tren nos añade su número, lo cual nos da el primer punto de orientación, dado que este dato también aparece en el panel. Parece ser, que la cosa puede resultar algo más sencilla de lo que habíamos pensado, tan solo hace solo diez minutos. Salimos y nos dirigimos a la oficina de venta de billetes. Las colas son de longitud moderada y hay máquinas automáticas de venta de billetes, que además de la china, tienen versión inglesa. Decidimos que mañana iremos temprano a Hangzhou y pasado a Suzhou, donde pasaremos una noche. Volvemos sobre nuestros pasos, relajadamente, tomando un par de cervezas frías, que hemos comprado en una tienda 24 horas. La ciudad está llena de mascotas de la Expo, que es una bonita gota de agua azul, con brazos y piernas. Retornamos hasta la plaza del Pueblo y nos dirigimos a la zona antigua y más coqueta de Shanghai –el nombre de la ciudad significa “sobre el mar”-, que es el Yuan Yu (jardín Yu). En la Lonely Planet de 2.003, se habla de que está destartalado. Pero ahora, todo aparece remozado y se nota que es desde no hace mucho. ¡Es precioso!, aunque muy turístico y los precios de las numerosas tiendas que pueblan el barrio, no son nada baratos. Mascotas de la Expo de 2.010, en ShanghaiLas calles del Yuan Yu son estrechas y están formadas por las típicas casas tradicionales chinas, con sus tejados esbeltos y ondulantes. Hoy la mayoría son tiendas o restaurantes, Hay uno que tiene unas tapas excelentes, llamado Snack Temple, pero cuando lo descubrimos, ya hemos comido unos gigantes y picantes tallarines con verduras –que nos ha sido imposible terminar-, en un restaurante familiar pequeño. Será nuestra elección para cuando volvamos a Shanghai el último día del viaje. En el Yuan Yu también hay un laguito, que se puede atravesar por el medio. La entrada al jardín en sí, cuesta 40 yuanes, así que de nuevo decidimos abstenernos. ¡Y es que como te descuides, te gastas 20 euros en un día en ver medianías!. También en esta zona hay que pagar por visitar el templo, otros 30 yuanes. Damos unas cuantas vueltas más y nos dirigimos a la antigua Concesión Francesa. El camino hasta allí es largo y tenemos que atravesar modernas y anchas avenidas, mientras el calor aprieta de lo lindo. Nos damos cuenta de algo, que en muy poco tiempo nos dejaría de sorprender. Hay guardias urbanos en mitad de la calzada, que más que para controlar el tráfico -los conductores no hacen ni caso-, están para meter la bronca a los peatones, cuando quieren cruzar en rojo. Según la guía, esta calle es de estilo francés, aunque hay que echarle mucha imaginación para detectar esto. Al final se encuentra el relajante jardín Fuxing. Después nos acercamos a la Dongtai road, calle de las antigüedades –más bien de las vejeces-, donde hay puestos de anticuarios. Caigo en la cuenta, de que me estresan los mercados chinos, con los puestos uno junto a otro, apenas sin espacio y llenos de cosas pequeñas y amontonadas. ¡Lo que no haya en un mercado chino, directamente es que no existe en ninguna parte del mundo!. |