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Aquel viejo maestro, sentado ante su también viejo ordenador, observaba la copia escaneada de su desusada tarjeta profesional de periodista que había obtenido con muchos años de práctica y se preguntaba, dolido por los abusos que a nombre de la libertad de prensa se cometen: ¿Está el periodismo dejando de ser una hermosa profesión para convertirse en pingüe negocio para periodistas, columnistas, comentaristas, caricaturistas, humoristas y propietarios de los medios? Porque, a veces, pensaba el viejo maestro, nos ensañamos sobre la persona que hemos denunciado, que ha reconocido su error y lo ha corregido, y seguimos cabalgando sobre ella, sin consideración alguna por su pena, por su contrición de corazón, verdaderas. Somos peores que depredadores que siguen picoteando y rasgando las carnes de su presa con insaciable agresividad, porque detrás hay un público morboso que hemos venido alimentando con los jirones de la vida de quien cae en nuestras garras. Público que día tras día pide más escenas horrendas de la eterna fragilidad humana. Y terminamos una cacería en nombre del periodismo e iniciamos otra y otra y otra, porque investigar es la base del éxito de nuestro oficio. Pero, muchas veces, lo hacemos con el afán de encontrar la rica veta no del oro de las virtudes de nuestros hombres y mujeres, sino la sucia de su fealdad humana para la insaciable voracidad de nuestro público que cambia de canal frente a la virtud, pero aumenta el volumen de su receptor cuando alcanza a escuchar el chisme o los murmullos sobre las bajezas humanas. Por la mente de aquel viejo maestro pasaban mujeres que antes de su secuestro se mostraban altivas como prospecto para dirigir naciones; empresarios que daban lustre a su pueblo y a su apellido, pero que, equivocados ellos o su familia y habiendo reconocido su error, claudicaron ante tanta avalancha periodística; líderes políticos o servidores públicos, equivocados como puede ocurrir a cualquier ser humano, pero que la justicia no encontró méritos para condenarlos, todos ellos acosados con sevicia por quienes no borran de sus cintas cerebrales los viejos episodios, a veces mendaces, sedientos de continuar hundiendo en el fango de la infamia los restos de su frágil investidura humana, a pesar de haber reconocido y reparado sus culpas o de haber sido declarados inocentes por la justicia. Gran Maestro, oró aquel viejo maestro: Yo también tengo que pedirte perdón porque hubo momentos en los que olvidé el dolor que mis frases volvían a inflingir a aquellos que con sinceridad lloraban y purgaban sus culpas. (670)
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