Color carne. No se puede ir más al grano. Porque es de agradecer
que, en mitad de un panorama poético supercopado por hombres, o, en
todo caso, regido por una sensibilidad más o menos masculina, en medio
de ese paisaje planamente predecible, digo, asoma la granadina Erika
Martínez para soplarnos aire nuevo a la cara mientras leemos sus
poemas. No quiero decir que haya reinventado la poesía, hablo de
méritos de este mundo: haber encontrado, al primer intento, una voz
genuinamente propia.
Si admitimos que la primera lectura de un
libro es la que nos transmite, por encima de estructuras y montajes, su
verdadero sabor, la textura de su cuerpo (como la cata de un vino), yo
noté, mientras lo leía, que me hablaba una mujer.
Que en el
poema, la mujer no sólo era objeto sino sobre todo sujeto. Aquí se mira
con ojos de mujer, se canta con voz de mujer, se vive el erotismo desde
la mujer: "Al irme, detenerme: dar la vuelta,/ darle a tu puerta de
golpe un abrazo./ (...) Levantarme esta tonta camiseta/ y acercarte el
pezón desorientado".
Poesía, entonces, desde el punto de vista
de la mujer, sin vendas intelectuales, sin adornos culturalistas, sin
prejuicios, sin convencionalismos. A mí me recuerda, en su exposición,
a Inmaculada Mengíbar o Carilda Oliver Labra, o por momentos también a
la mejor Gloria Fuertes: inclinación por un discurso exteriormente
dinámico, liviano, casi inocente, naif incluso, y sin embargo turbado,
portador de intimidades no siempre felices.
Son discursos las
más de las veces apoyados en una rima que se antoja libre, sin un
estricto corsé métrico, pero que no es, sin embargo, todo lo que late
en el
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poema. Es decir: emplea palabras familiares y formas ágiles para
reflexiones sumergidas que no lo son tanto.
Porque sería un
producto facilón, un engañabobos, si la música no estuviese asistida
por argumentaciones inesperadas, o inquietantemente surrealistas, o
evasivamente fantásticas; es de esta manera que las melodías se
ensanchan hacia adentro, convirtiendo al poema en algo mucho más
completo, más complejo que una simple voluntad de canción.
Sin embargo Color carne
es mucho más que los poemas de una nueva poeta. Tenemos aquí un libro
sólido, inteligentemente construido, un libro que desarrolla un
argumento global sumando los mensajes individuales de cada texto.
Así,
sus tres partes vendrían a ser las tres piezas del puzzle del retrato
de Erika; y de esa manera nos conducen desde su infancia y su primer
erotismo (Marionetas), hasta su condición de ciudadana adulta (Combustión),
para finalmente suspender el libro en una suerte de intimismo cósmico
que es, a mi entender, lo mejor y más sorprendente del poemario (El bosque interior).
Erika
se ha buscado y encontrado con sólo un libro. Y a nosotros, lectores,
nos queda la sensación de haber asistido en directo a su proceso de
maduración. Un reality book, podríamos decir entonces. Da igual si "Las ventanas se abren hacia adentro", abiertas quedan.
Rafael Espejo
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