Diario De Una Obsesión
Para quien me lea
Pero no pienses mal de mí, Inesita. No soy ningún maníaco. Aunque si hay algo que no soporto en esta puta vida es a los tipos como el que me ha tocado a mí encima. ¡Mira que me vine hasta este puñetero edificio para estar tranquilo, después de lo de Valencia! Pero no. Está visto que yo no puedo tener tranquilidad, Inesita, vaya donde vaya. Está visto que siempre tienen que tocarme a mí esa clase de familias ruidosas, de tíos ruidosos, de mujeres asquerosas y amantes de la limpieza hasta el extremo de tener que correr a diario esos estúpidos sillones que tienen en sus casas estúpidas. ¿Es que nadie puede vivir sin tener que hacer esa clase de ruidos? ¡Por Dios, en Valencia ya no pude soportarlo! ¡Eras una muchacha tan odiosa! ¡Toda llena de ruidos infernales! La casa toda era un ruido de la mañana a la noche. Aquellos tacones, Dios... eran... Maldita sea, ¿por qué tenéis que llevar tacones las tías en casa? Y por las noches ¿por qué no te llevabas tus conquistas a cualquier otra parte? ¡Para molestar, hija de puta! Para que yo pudiese oír tus jadeos y estúpidos quejiditos de coneja en celo. Para que se percibiera claramente el chirrido cada vez más acelerado del somier de aquella cama situada directamente encima de mi cuarto. Hasta las paredes temblaban, lo juro, cuando te corrías por fin. ¿Y todo eso hecho para qué? ¿Eh? ¡Para molestarme! Sólo para que yo pudiera oírlo y dijera para mis adentros “¡qué bien se lo monta la guarra ésta!” Para que yo supiese que todas las noches había alguien distinto entre tus cochinas sábanas apestosas. ¡Para darme celos, a mí, que lo único que pretendo es pasar lo que me queda de existencia lo más tranquilo posible! ¡Tiene cojones! Así que no tuve más remedio que cojer un día y decidirme.
¿Cómo te llamaba yo entonces, Inés? Inesita la cochina, debería haberte puesto. Todavía puedo verte. Y lo que es peor: oírte. Escuchar tu risa por las mañanas en la cama revuelta, tu meada en el váter, la ducha, el ruido de las tazas. Todo eso podía oír yo en aquella casa sin dificultad alguna. Todo. ¡Hasta los pedos que salían por tu acribillado culo, me cago en la hostia! Y yo allí, sin poder hacer nada para evitarlo. Limitándome a ser testigo silencioso de lo que hacías en aquella casa que ojalá no hubiera existido nunca. Yo allí, aguantando marea, hasta que estallé; ¿qué otra cosa podía haber sucedido? No te merecías en verdad más que lo que te pasó finalmente. ¿Estresado? Noo ¡Qué va! Quemado diría yo que estaba de aguantarte, hija de puta, Inesita asquerosa. Con tus falditas cortas. Con tus sujetadores colgando de la cuerda de tender sobre mis camisas colgadas un poco más abajo, en el patio comunitario. Con tus risas que estallaban a cualquier hora del día o de la noche. Esa risa que era como un chasquido ruidoso y repetido, mezclado con un resoplido hacia dentro rasposo, como el hociqueo de un cerdo, un ‘jró-jró‘ después de la carcajada, o un ‘jrrroooó‘ más lago y odioso por serlo, por ser aún más largo ese ‘jroooó‘ que los otros ‘jroes‘ pequeñines y repetidos, menos intensos pero igualmente audibles. ¡La hostia! ¿Cómo pude soportarlo tanto tiempo? ¿Cómo pude aguantar todo ese tiempo sin acallarte a base de hostias? ¿Cuánto tiempo estuve yo tragándome toda esa mierda? ¿Eh? Dime. Yo casi no lo recuerdo, y en realidad fue hace pocos meses. Para mí es como si eso hubiera ocurrido años atrás, por las telarañas, ¿sabes? O mejor, como si fuera una noticia que vi por la tele hace ya mucho. Pero es todo tan real, tan real... que me parece que no me queda más remedio que aceptar que fui yo quien lo hizo. Aunque tanto se escandalizara la gente.
Yo no puedo ir por ahí pensando en qué dirán las personas todo el rato. Yo sólo sé que tuve que hacerlo, como tuve que hacer tantas otras cosas aun sin que yo lo quisiera. ¡Demonios, si al final va a parecer que soy un pobre desgraciado, una pobre víctima, incluso, de las odiosas personas! Pero no era mi intención dar esa falsa apariencia, Inesita. En mi opinión, si es que vale para algo, diré que no es así en absoluto. Todas esas personas son o eran odiosas; hasta ahí todo cierto. Pero de ahí a considerarme yo la víctima... Eso no, Inesita. Nunca he dicho que fuera de esa manera. En realidad, y todo el que sepa algo de esta historia estará de acuerdo conmigo, las víctimas no son otras que las personas que he venido sufriendo a lo largo de esta cochina existencia. Y eso es tan así como que estoy tan sano y cuerdo como el que más. Pero tampoco es del todo cierto. Por poner un ejemplo tan sólo, puedo citar que eso que todos han calificado como una horrorosa broma macabra, refiriéndose sin duda a la que organicé en Sigüenza, no fue otra cosa que justa defensa de lo que considero mis derechos fundamentales. Tampoco es venganza, como alguno podría haber sugerido. El hecho de que me vaya siempre unos meses antes de ejecutar a los culpables sólo demuestra que mis aptitudes mentales son todo lo correctas como lo son en el resto de los mortales. Ni más ni menos. ¿A qué gilipollas se le ocurriría matar (aunque no soy partidario de utillizar esta palabra, la emplearemos para que no haya malentendidos) a uno de esos gilipollas cuando aún es vecino suyo? A nadie. Y en eso creo que estarás de acuerdo conmigo, Inesita. La mejor manera de actuar era, pues, como habrás adivinado, largarse mucho antes de hacer nada al respecto. Eso sí, nunca sin previamente haber estudiado e imaginado de principio a fin cómo se iba a producir el castigo. Sin más, en Sigüenza, como te iba diciendo, lo del tiro con la escopeta a aquel tipo no fue casual; ni tampoco lo fue que le metiera el cañón por el culo antes de que apretara el gatillo. Simple. Así de simple, Inesita. ¿Quién iba a sospechar de un vecino que tuvo hacía más de un año y que no se quejó una vez siquiera? Que incluso lo saludaba por la escalera, siempre muy amable, siempre tan atento. ¿Quién sabrá nunca, a menos que sea yo quien lo desvele, que ese hijo de mala madre murió porque apestaba, porque olía a mil demonios? ¡Lo mismo que lo podrido apestaba el asqueroso! Por los pasillos comunitarios, en el portal del edificio, en el jodido ascensor quedaba para siempre su efluvio malsano flotando persistente, Inesita. Hasta en la comida olía yo aquéllo, durante meses enteros. El hijo de puta... ni muerto paraba de oler aquella cosa. Ese olor pesado, denso, solidificado Esa porquería de peste oliendo a todas horas, hasta que corté por lo sano y terminé de golpe con aquel asunto. ¡Siempre la misma historia! Pero no... Así no, mi vida. Así no hay manera.
Quizá lo que mejor sería es que fuéramos por partes.