Fragmentos de Las Metamorfosis de Ovidio (Libro I)
La Edad de Oro (89-112)
Áurea la primera edad engendrada fue, que sin defensor ninguno,
espontáneamente, sin ley, la fe y lo recto honraba.
Castigo y miedo no habían, ni palabras amenazantes en un clavado
bronce se leían, ni la suplicante multitud temía
del juez la boca suyo, sino que estaban sin defensor seguros.
Todavía, cortado de sus montes para visitar el extranjero
orbe, a las fluentes ondas el pino no había descendido,
y ningunas los mortales, excepto sus playas, conocían.
Todavía, vertiginosas, no ceñían a las fortalezas fosas.
No tuba de derecho bronce, no de bronce curvado cuernos,
no gáleas, no espada había: sin uso de soldado
sus blandos ocios seguras pasaban las gentes.
Ella misma también, inmune y de rastrillo intacta, y de ningunas
rejas herida, por sí daba todo la tierra,
y, contentos con unos alimentos sin que nadie los obligara creados,
las crías del madroño y las montanas fresas recogían,
y cornejos, y en los duros zarzales prendidas las moras
y, las que cayeran del ancho árbol de Júpiter, bellotas.
Una primavera era eterna, y plácidos, con sus tibias auras,
acariciaban los céfiros, nacidas sin semilla, a las flores.
Pronto, incluso, frutos la tierra no arada llevaba,
y no renovado el campo de grávidas canecía espigas.
Corrientes ya de leche, ya corrientes de néctar iban,
y, doradas, desde la verde encina goteaban las mieles.
El mundo tras el diluvio (287-309)
Si alguna casa quedó y pudo resistir indemne
a tan gran mal, el culmen, sin embargo, más alto de ella,
la onda cubre, y hundidas se esconden bajo el abismo sus torres.
Y ya el mar y la tierra ninguna distinción tenían:
todo ponto era, faltaban incluso playas al ponto.
Ocupa este un collado, en una barca se sienta otro combada
y lleva los remos allí donde hace poco araba;
aquel sobre los sembrados o las cúpulas de una sumergida villa
navega, este en lo alto un pez prende de un olmo;
se fija en un verde prado, si la fortuna lo lleva, el ancla,
o, a ellas sometidos, curvadas quillas trillan viñedos,
y por donde ora gráciles cabritas grama arrancaban,
ahora allí ponen sus cuerpos las deformes focas.
Admiran bajo el agua florestas y ciudades y casas
las Nereides, y las espesuras poseen los delfines, y por sus altas
ramas corren, y los zarandeados troncos baten.
Nada el lobo entre las ovejas, dorados lleva la onda leones,
la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí,
ni sus patas veloces sirven al arrebatado ciervo,
y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,
al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante cayó.
Ovidio