Muchos han sido testigos del ritual que sigue su ciclomontañista más cercano. Durante la semana no hay un día en que no hable de montañas, bicicletas y senderos, su combinación perfecta. También lo han visto la noche anterior a una "rodada" preparar su vestimenta sobre una cama o un sillón como vistiendo a su reflejo imaginario de pies a cabeza, combinando el jersey con los calcetines y dibujando a un perfecto ciclista invisible con gafas y todo. Por la mañana lo escuchan susurrando al oído "Ya me voy a rodar" y tratando de no hacer el mínimo ruido sale en la oscuridad cargando su bicicleta casi furtivamente. No comprenden cómo es que se levanta más temprano y sin ningún esfuerzo para ir a rodar que cualquier otro día de la semana. Aún cuando el clima es inclemente el ciclomontañista golpea la calle con sus llantas de taco gordo y se dirige a la montaña. Mientras pedalea se encuentra a otros ciclistas, generalmente ruteros y ocasionalmente se da un pique hasta encontrar la desviación a su montaña favorita, momento en el cual termina la rivalidad y se despiden cordialmente. Finalmente llega al punto de reunión donde más ciclomontañistas lo esperan, se saludan con un rechinar de frenos y chocan palmas y puños. Pocas palabras son intercambiadas y esperan al que se le hizo tarde solamente para reclamarle y echarle en cara el frío de la mañana. Una vez completos, salen al unísono "a darle" y comienzan a pedalear a veces sin rumbo fijo y a veces a la vereda favorita. Saltan banquetas, asustan a los conductores, invaden la calle por unos momentos hasta llegar al pie de la montaña. Se emocionan cuando ven a un grupo de ruteros en el cruce de la autopista y se enorgullecen de sus llantas gordas y amortiguadores. Gran parte del tiempo el ciclomontañista parece mudo, todo son señas y la única plática que sostienen con sus amigos es un intercambio de sonidos de cambios y frenos, y a pesar de que muchas veces no sabe nada de la vida personal de sus compañeros, los considera como sus mejores amigos. Y es que un ciclomontañista no necesita un amigo que lo escuche, un ciclomontañista necesita un amigo que ruede con él. Así van por las veredas viendo quién sube por el paso más técnico o a quién le tiembla el músculo por un calambre inminente. Se conocen entre ellos y saben casi sin platicar cuando alguien tuvo una semana difícil en el trabajo o cuando trae broncas con su esposa o novia. Transpiran sus emociones por las veredas y sacan su coraje en un grito desesperado al caer en ese paso que normalmente no les resultaría difícil. Cuando están alegres parecen chapulines brincando cada roca y tomando cada curva con confianza. Dibujan una sonrisa disimulada cuando sus compañeros también lo están. De pronto a alguien le llega un hambre súbita pero se aguanta hasta llegar a uno de tantos lugares predilectos con una vista conmovedora y al estar ahí dice al grupo con autoridad que es hora del descanso para comer. Todos sacan la torta con el guisado del día anterior o las barras energéticas o su lata de atún para armar entre todos un bufete de montaña. Nadie extraña el desayuno de casa y en ese momento no hay un mejor lugar para estar que ahí, donde el tiempo no pasa y la vida es mejor. Si acaso existían asperezas entre miembros del grupo, en una salida se liman al igual que los dientes de la estrella del crankset: pedaleando. Finalmente no quieren que la rodada termine y su único aliciente para continuar es el descenso, una oportunidad más para exhalar esa adrenalina que alivia y ayuda a superar cualquier problema del mundo no ciclomontañista. A veces al finalizar se reúnen por cortesía de algún miembro del grupo y otras veces al llegar a las calles el grupo simplemente se va desintegrando, cada uno toma su calle y se despide con unos clics de su desviador trasero y un ondear de manos o simplemente desaparecen entre el tráfico y la gente. Nadie se enoja por no despedirse como la "gente normal" y se dirigen a sus casas esperando con ansias la siguiente rodada. "Son amigos, son una jauría y siguen sus rituales." ![]() |


