Pablo Natale


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El aprendiz

 

El lenguaje es

una piel

yo froto mi lenguaje

contra el otro

 

--- * ---

 

Tengo un elefante

tengo

una gran esponja

llena de jabón

con la que en mis ratos libres

limpio al elefante

después de haberme

caído

al agua

 

---- * ---

 

Versiones sobre el mar:

 

a) Nunca lo vi

b) Siempre lo quise ver

 

c) nada de eso importa

 

---- * ---

 

¿Cómo, de qué modo, sobre qué,

escribe un hombre

atrapado

en una isla

sin saber que es una isla

o sabiéndolo

de qué modo

lo sabe

de qué modo

escribe, qué dice

es un hombre

escribe

o qué?

 

---- * ---

 

Un poema no es: un mensaje encerrado en una botella

Un poema no es: un acto de magia, la construcción

versificada

de uno o más puentes

 

Un poema no es: un canto glorioso a los mejores hombres

escondidos

en esta tierra

la revolución

 

un poema es: mi elefante

la forma en que me relaciono

 

--- * ---

 

El equilibrista

yace

entre dos momentos

el momento cómico

y el trágico

cada uno de ellos

instalados

en ambos lados de la red

donde presa

del pánico

va a caer

o estallarán los aplausos

la consagración

el próximo

flagelo

 

viajar arriba del elefante

 

----- * ---

 

Palabras que me tengo

absolutamente prohibido

usar:

azafrán, letanía, soneto, sextina

oscuro, mar, olvido

dios, pan,

lupanar,

koala,

eros,

thanatos

 

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Más versiones sobre el mar:

no existe, lo desconozco

 

--- * ---

 

Quiero decir

qué:

todo el tiempo debo cuidar

de limpiar el elefante

de no tocar

los puntos

de concatenación

el elefante

entonces

suena

la trompa

larga

del mar

así

 

------ * -----

 

¿qué quiere decir?

 

nunca conoció el mar

el hombre del que habla

no existe

no lo conoce

 

usa una cuerda

 

------ * ----

 

frotar

frotar

frotar

frotar

frotar

frotar

frotar

 

acto final

arriba del elefante

 

----- * ----

 

El lenguaje es una piel

yo froto mi lenguaje contra el otro

 

mi lenguaje tiembla de deseo

 

¿aplausos?

 

 

 

Tres cuentos del libro "Playmobil"


                                            Doce horas contra el rincón

La primera palabra que aprendí en inglés fue “black”, que no significaba
blanco, yo me hice el que sabía inglés y respondí el nombre de todos los
colores pero cuando llegué a black dije que eso era “blanco” y no “negro”, o
sea que me equivoqué, inmediatamente me lo hicieron notar.
Madre decía que los tipos en las películas hablaban distinto, que les mirara
la boca y escuchara la voz, explicaba que eran como títeres, movían la boca
emulando un sonido que nada tenía que ver con lo que nosotros escuchábamos.
Era cierto en casi todos los casos, menos en las novelas de las diez.
Un vecino tenía un perro llamado black. El perro era negro. El vecino se
llamaba Pancho.
Las palabras mienten o están en otro idioma.


                                                   Hollywood, palermo

La vida era algo hermoso que nos pasaba a todos, un papel sin más que un
lado. Muertos casi no hubo, tampoco accidentes, los muñecos los asesinábamos
sólo como otra forma de diversión. Una vez escuché el ruido de un choque en
la esquina, a los minutos estaban todos ahí, éramos una gran ronda
observando una moto destrozada y un tipo acurrucado en el cordón de la
vereda. Pedía agua. Cuando llegó la ambulancia lo amarraron a una camilla,
el tipo tenía la cara llena de sangre y un agujero en la cabeza, me subí a
la ambulancia porque quería saber las últimas palabras que decía una persona
antes de morir.


                                           Surcos grises debajo de los ojos

Jugaban a las muñecas. Un hombrecito amarillo se movía de la mano de una
mujer muñeca. “Yo querría ir a Marte, ¿vos?”. Las hojas amarillas caen sobre
la mujer que va a ser presidenta.

 

 

Plástico-Israel

(diario de viaje)

 

 

 

 

(día 1)

 

He tenido una semana mala, semana mala, lamentable.

En paz, ni siquiera he podido, dormir.

Hoy he comprado cuatro barras de plastilina.

 

 

(día 2)

 

Se empieza por lo básico. Hago círculos, cuadrados.

Hexágonos.

Otra vez, círculos.

Resisto la tentación: no hago triángulos.

Por la tarde, los síntomas de resfrío (gripe, intoxicación) van desapareciendo.

 

 

(día 3)

 

No hay que mezclar la plastilina. Los colores van perdiéndose, las identidades, se ven, flageladas.

 

Círculo de plastilina verde. Círculo de plastilina amarillo. Círculo de plastilina rojo.

Círculo gris.

(Círculo gris).

 

Este último, mi preferido. Sin embargo, indica malestar. Indecisión. Es el peor círculo, la imagen más sólida a la que me debo enfrentar.

Coloco una taza de té junto a ese círculo, arriba de una mesa.

Enfrente, un almohadón, mis piernas, mi cuerpo.

Ahora soy la imagen de buda.

Medito, en silencio, sobre las aristas e imperfecciones del círculo gris.

Que no muestra vértices. Que los esconde.

 

 

(día 4)

 

¿Por qué el mundo de la plastilina me había permanecido vedado?

 

Sigo enfrentado a mi círculo gris. La idea es que pierda color. La idea es: que uno de los dos pierda, color.

 

 

(día 5)

 

Asocio el mundo de la plastilina al de otros elementos básicos. El agua, el fuego. La leche, los huevos, ingredientes elementales para cualquier elaboración.

Lo sencillo, lo primordial. Son mundos que me han sido vedados.

 

A la plastilina le tuve asco desde pequeño. El olor, la sustancia pegajosa incrustada en las manos. La imposibilidad de logros. La pérdida de color, la pérdida de tiempo. La multiplicación de pequeñas bolas de plastilina alrededor de la casa. La necesidad de juntar. La suciedad. La plastilina gastada.

 

Lo mismo con los huevos.

Con la arena.

Con la harina.

 

Conmigo.

 

 

(día 6)

 

Nunca hice castillos de arena pero los he visto hacer. Imágenes lamentables, sórdidas, imperfectas.

El mayor que se acercaba, destruía el castillo, la dama en el ventanal. El niño que pataleaba, “quiero mi castillo”, “quiero mi castillo”. Padre que abría las manos, que agarraba.

 

Caída libre, de cataratas, de arena.

 

 

También tuve un rechazo inicial, perdurable, al mundo de los huevos.

Madre apurada para el trabajo, huevo cocido, huevo frito. “No quiero, madre, no quiero”. Las posibilidades eran dos: si comía, retortijones. Si no, hambre. Mucha hambre. La culpa ante mamá.

 

Mucha hambre, ganas de ser. 

 

 

(día 7)

 

Ganas de ser: ¿qué?

 

Lo que no soy, lo que no he sido.

 

¿Qué es eso? ¿Cómo es eso?

 

Una de las dos márgenes del círculo: no el centro.

 

El centro del círculo gris es un centro vacío.

 

 

(día 8)

 

Del enfrentamiento con el círculo gris los resultados son: la pérdida del color, el conocimiento de mí mismo.

Remarco viejos límites, los desdibujo, me reconozco.

Levanto los pies, el cuerpo. Levito. 

Corto el círculo gris en cuatro pedazos. Elijo uno. Los otros tres los mezclo. Gris – verde. Gris – amarillo. Gris – rojo.

 

Lo digo, quedamente lo digo: el deseo inicial es llenar la circunferencia gris con esas tres pequeñas esferas bicolor.

 

 

(día 9)

 

Ocupo el día en buscar instrucciones y reglas corporales. No encuentro nada que me satisfaga, busco en silencio, ningún color que no sea el mío deberá atravesar el aire. Sé perfectamente qué quiere decir eso.

 

Llego, tarde, a dar con esta pequeña colaboración:

 

“Ejercicio de escritura: 9. Manos sobre las rodillas. 10. Manos sobre la mesa, cabeza alta. 11. Limpieza de pizarras, con un poco de saliva. 12. Muestra de pizarras. 13. Instructores revisan. Todos permanecen en su lugar. 14. Comienza dictado. Posición correcta de lápiz. Espalda no encorvada. 15. El dictado versará sobre las diferencias reconocibles, las no reconocibles. Pascal soñaba con caníbales en América.”

 

 

(día 10)

 

Tras dos días de intenso dudar, encuentro el método de trabajo a seguir. Tengo una circunferencia gris, mínima, encima de la mesa. Ella indica el pasado. El pasado se achica, pierde consistencia. Tengo, por otra parte, tres pelotas de plastilina. No debo unirlas. Debo elegir. Pero antes deberé construir con cada una de ellas una escultura, ¿un muñeco?

 

 

(día 11)

 

Muñecos: es lo primero que aprendí. Ahora veo que mi alejamiento inicial del mundo de la sencillez tuvo esta excepción, el juego, los muñecos. En este sentido, se abre una posibilidad, una continuidad en la tarea, la certeza de tener experiencia en un trabajo. Lo nuevo es el mundo de la plastilina. Lo viejo, el control y el manejo de los muñecos.

 

(Sin embargo, el primer muñeco que me dieron era un payaso, se me caía todo el tiempo, una vez fue en un charco, otra en un basural, la última, la definitiva, debajo de las ruedas de un camión. El destino del segundo fue excepcional: escondido del resto en las cenizas del asado, terminó deforme, irreconocible, no – muñeco)

 

 

(día 12)

 

Por la mañana: ejercicios de meditación y de limpieza. Desayuno rápido, nutritivo. Relajación.

 

Por la tarde, el resto del día: moldeamiento de la bola verde – gris. Resultante: un monstruito parecido a un duende. ¿Un duende? ¿Tienen cola los duendes? ¿Tienen sombrero? Incluso sobró plastilina suficiente para hacer un árbol. Un árbol recto, no informe. El duende, a su lado, parece monstruoso. Con el cuarto de plastilina gris, la barba, el rostro, huellas (¿heridas?) en los brazos.

 

 

(día 13)

 

Idéntico trabajo inicial respecto al día anterior. Espalda sin encorvar, respiración lenta, calculada. Movimiento tenue de pies, en un proceso gradual.

 

Empiezo la construcción un poco más temprano: enfrento la bola amarilla – gris de plastilina. Resultado obvio, detestable: un chino, un oriental. Con el resto de plastilina gris implemento un par de alas, pero eso no soluciona la cosa. Un hilillo de plastilina gris – amarilla me es suficiente para hacer un marco, que equivale a un portal. Eso hace menos deleznable la situación. El chino sin rostro y con una pierna más grande que la otra puede transitar por esa puerta, ir de un lugar a otro. Me pregunto a dónde podría ir. En ese momento, entra en participación el duende. Ahora lo comprendo: El duende y el árbol son imágenes de sabiduría, pero también de naturaleza, de espontaneidad. El chino que es horrible puede pasar el portal e ir en compañía del duende. 

 

Sobran las alas, sin embargo. 

 

Vuelvo a sentir en el estómago algo parecido al asco, al impudor.

 

 

(día 14)

 

Demasiada intensidad para realizar el plan completo, los ejercicios de meditación.

Abordo directamente el trabajo sobre la pelota roja – gris.

Primero construyo un hombre – dragón, pero lo descarto.

Después, un albañil llevando una escalera, una escultura hermosa, aunque no es lo que buscaba.

Por último, encuentro la forma bestial: una mujer, armónica, sobresaliente, perfecta. Con el gris elaboro un pequeño cuaderno – manual de instrucciones y un vestidito – delantal. La mujer – dragón representa una enfermera, alguien que cuida, que puede cuidar, las otras dos imágenes de plastilina.

Siento que he realizado algo hermoso.

Paso el resto del día vislumbrando mis cuatro imágenes, tratando de hacerlas cuerpo.

 

 

(día 15)

 

El día es esa cosa que atraviesa mi sentimiento de éxtasis, de gloria.

No puedo mover las manos.

Hay partes de mi cuerpo que tiemblan.

Siento que algo va a pasar.

Tarde, mientras cierro los ojos, recuerdo: “Cuando los Conquistadores llegaron a América, contaban su encuentro con una especie de perros que no ladraban, que mostraban dos caras de acuerdo al color del día”. También: “la bipolaridad, la hibridez...”

 

Pero esto es lo definitivo: “un ser múltiple, de muchas fauces, es un ser que por principio no puede atarse los cordones; ¿cómo haría?”.

 

 

El éxtasis se va.

El temblor que resta ahora pregona un ataque de pánico.

 

 

(día 16)

 

Esto no tiene sentido.

Esto no tiene sentido.

Yo no tengo sentido.

No puedo participar en las cosas de este mundo.

 

 

(día 17)

 

Creo que voy a llamar a casa.

Creo que necesito ayuda.

Las pesadillas no las soporto más.

Lo más importante, lo primero, que se pierde, es la paz, de conciencia.

 

 

(día 18)

 

Una luz, al final del recodo una luz.

Despierto renovado a pesar de la pesadilla.

Encuentro una última tarea, la forma perfecta. Lo que sobraba: las alas de ángel, el árbol, el traje de la mujer.

Nada de eso sirve.

Tampoco las imágenes.

No se trata de hacer una escultura antropomorfa, partir del esquema tronco – brazos – piernas – rostro. Sólo basta con esta última parte. Debo reducir todo a una cara, a un gesto. Mezclo las tres representaciones, y con la mezcla elaboro una gran cara.

El trabajo no me toma más de cinco minutos.

Luego dibujo en la masa plastinoide una leve pero clara sonrisa. Ojos, nariz. Arco en la boca...

Ésa es la imagen.

 

 

(día 19)

 

Ésa es la imagen. Ésa es la represtación.

Todo lo contrario de las pesadillas, un sueño realizado.

La gran cara me mira desde el ventanal. Tapa el sol.

No veo el sol.

Tengo hambre, no veo el sol.

Sé que sólo tengo que esperar unos segundos, un rato.

 

Un día.

 

 

(día 20)

 

El espejo señala que he recuperado el color.

La ausencia de pesadillas: que soy, que ya puedo participar.

Puedo salir.

Antes, vuelvo la mirada.

Sobre la mesa: restos de plastilina, mi comida de ayer.

 

(He guardado las alas).

 

 

 

Pablo Natale nace en 1982 en Rosario, Argentina. Actualmente vive en
Córdoba y estudia sus últimas materias de Letras Modernas mientras prepara
su tesis de Licenciatura. Ha publicado en diversas revistas, está preparando
la edición de un libro de cuentos ("Playmobil") y mantiene el blog
pacmanvuelve.blogspot.com. Tiene, en el fondo de su casa, una pajarera con
trece mirlos. La última vez que miró, había algunos muertos.