Palabras

Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal publicó sus primeros textos de manera más o menos informal desde 1990. Fue a partir de 1991 que junto con Bibiana Padilla Maltos fundó la revista Auñur y comenzó a relacionarse con el medio literario de Baja California. En 1993, el Fondo Editorial Tierra Adentro le publicó su primer libro mientras radicaba en Guadalajara, donde también publicó una colección de poemas titulada Nortes. La segunda mitad de los años noventa representó una pausa para Gutiérrez Vidal, quien se limitó a publicar sólo algunos artículos en revistas, así como a experimentar con las posibilidades de la World Wide Web y la prosa auto generativa. A partir de 2000 retomó de lleno su trabajo literario, lo que se ha traducido en la publicación de cuatro nuevos libros y varios proyectos en puerta. Actualmente corrige galeras de un libro de ensayos, así como borradores de dos libros de poemas.

MyNetwork

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 20:00 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:20 ]

Durante 2008 Carlos Adolfo retomó la poesía visual, género en el que no había trabajado desde mediados de los años noventa. MyNetwork es un proyecto derivado de una investigación sobre las redes sociales, y consiste en una serie de fractalizaciones de fotografías de distintos perfiles que van acompañadas de textos auto generados a partir de la búsqueda de palabras clave en Google.

Endechas, de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:58 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:18 ]

A la palabra “endecha” se le conocen dos significados: canto de lamentación y estrofa de cuatro versos, generalmente, hexasílabos o heptasílabos asonantados. Estas dos definiciones no se excluyen. Existe en la tradición la llamada “endecha real” que, en la breve explicación de Tomás Navarro Tomás, es el nombre de un “cuarteto de tres heptasílabos y un endecasílabo final con asonancia en los pares, abcB...”. El hoy muy olvidado erudito español —salvo, acaso, por nuestro querido colega David Huerta, siempre atento a estas historias— pone como ejemplo esta estrofa de “Pintura de la noche”, de Francisco Trillo Figueroa: “Cantaré de la noche/ las sombras confundidas/ en pálidos horrores,/ silencio triste, lúgubre armonía.”

Al visitar las Endechas, de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal, salta a la vista que el título del libro responde al primero de los significados referidos. Es decir, a la conversión en poesía de un duelo por la muerte de un ser querido; en este caso, Manuel, hermano del autor. Resulta obvio que éste ha prescindido por completo de los aspectos formales que evoca la vieja palabra “endecha”.

Aunque la etimología del vocablo que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española, como derivada de la latina indicta, “la anunciada”, es incierta y muy discutible, puede ayudar a captar el sentido del libro de Gutiérrez Vidal. En efecto, cabría asumir que la verdad que anuncian y enuncian las endechas es la muerte.

En realidad, el nacimiento de cada ser humano es el anuncio y el primer paso hacia la consumación de la muerte. Ésta es una obviedad que aprendemos tardíamente y con dolor. Este libro de Gutiérrez Vidal, publicado en 2007 por el Fondo Editorial de Baja California, se ofrece como fruto y sublimación de ese traumático aprendizaje. Más allá de la desolación, aunque haga pie en ella, está la constatación de que “no habita la razón el sitio que me dejas” (p. 40), es decir, el registro de que ninguna explicación da verdadera cuenta del suceso inaceptable, el afán del cuerpo y el alma propios por cubrir con sus reservas de vida la aniquilación de una vida venerada y añorada. Estas endechas resultan de ese empeño porque son parte consustancial de él.

A juzgar por lo que traslucen estos poemas de Gutiérrez Vidal, ese duelo sublimador ha tenido lugar en el transcurso de una fuga, en la intersección del tiempo que sigue indolente su necesario curso con el espacio que huellan los pies del deudo-poeta, en busca de los efectos lenitivos del mundo de la vida, descubriéndose y realizándose —es decir, haciéndose real— cada día, a cada paso. El fondo que permite sostener esa experiencia, en este caso, es la memoria. Una vez que se ha vivido la muerte —y esto es algo que, según todos los indicios, sólo hacemos los sobrevivientes— “no queda más luz que la memoria”, como advierte el propio poeta (p. 74).

Pero la memoria tiene, por lo menos, dos filos. Por una parte, conecta el presente con el pasado y, así, sostiene la proyección hacia el futuro. Actúa, por momentos, pues, como cimiento de una esperanza y un sentido. Pero es también fuente de un sórdido y pertinaz tormento. Por eso somos dados, los humanos, a servirnos de ese placebo llamado olvido. Ahora bien, no hay poesía allí donde la desmemoria impere omnímoda. La palabra, en manos del poeta, procura entonces destilar precisamente la faceta insoportable de la memoria por medio de la poesía, dejando de lado las tendencias e incitaciones a olvidar. Hay endechas de Gutiérrez Vidal donde se concreta con eficacia esa destilación, con todo lo que tiene a la vez de terrible y redentor. Por ejemplo, la que se halla en la página 26: “Manuel un cuerpo macilento en un tálamo solo/ una habitación amarilla Manuel/ ahí nuestras fronteras uno/ del otro lado el cuerpo humanidad de lo divino”. Otros poemas de este libro, por caso, los que están marcados por el registro de lugares emblemáticos –como los madrileños Museo del Prado, la Puerta del Sol y algún paraje de Atocha o ciertos puntos de la geografía asiática– confirman esa tensión entre recuerdo gozoso y sensación de pérdida, que se resuelve en poesía.

En la diatriba sobre el origen de la voz “endecha” se ha presentado, además de la dicha, otra opción igualmente fecunda: el Diccionario de la Real Academia Española de 1743 remite la palabra en cuestión al antecedente “in o dicta”, que expresaría el fenómeno bien conocido del doliente que no acierta a pronunciar las palabras con la precisión, el sentido y la corrección debidos, en el momento de proferir sus lamentos.

Traigo a colación esta posibilidad, porque me permite hacer un par de observaciones sobre la manera en que Gutiérrez Vidal afronta su principal responsabilidad como poeta, que es dar forma adecuada a su dolor.

El poeta ha procurado dar cauce apropiado a su voz, forjando un tipo de composición textual que se aviene con los modos aceptados en los dominios de la lírica del presente. Es claro, pues, que estos poemas de Gutiérrez Vidal no son el registro de una dicción defectuosa, que delatara las laceraciones del alma con una expresión tortuosa, entrecortada o tartamuda. Pero si exhumo aquí la etimología dieciochesca que ya he citado es con el fin de reparar en la labor efectuada por Gutiérrez Vidal en el terreno del lenguaje. Sus endechas no se distinguen por una riqueza léxica deslumbrante. Al contrario, ostentan una sobriedad concordante con la gravedad a la que se incardina una operación ad hoc en el plano de la sintaxis. Hay que subrayar, aunque sea de soslayo, que uno de los méritos de este libro de Gutiérrez Vidal radica en que no hace concesión alguna a patetismos ni sentimentalismos, pese a que nunca puede ocultar la autenticidad y profundidad del sufrimiento que lo ha motivado.

En su mayoría, estas composiciones de Gutiérrez Vidal concretan una estructura que integra dos momentos. El primero se esmera en narrar, describir situaciones o censar los objetos y hechos que las constituyen. El segundo ofrece algún enunciado contundente, muchas veces de tono sentencioso, en el que se resume lo esencial de la experiencia, el sentimiento concreto, que suscita el poema. Pero la clave en la articulación de estos dos componentes se halla en la ruptura de la sintaxis convencional: tal vez el recurso a una escritura “paratáctica”, liberada de los compromisos de la enunciación apofántica, por tanto, despojada de muchos verbos, adjetivos y palabras o fórmulas funcionales, así como de la casi totalidad de los signos de puntuación. En respaldo de este procedimiento discursivo, el poeta pone a favor de la intención expresiva el espacio en blanco, en este caso, el principal significador de las pausas y las pautas –o sea, los ritmos– sin los cuales no puede acontecer el sentido poético. El discurso lírico intenta fluir, así, a lomos de la expresión pura, esto es, de aquello que estrictamente se quiere decir pese a la palabra: a despecho del vocabulario y la gramática preexistentes: a pesar del lenguaje. Espero que este botón de muestra sirva para hacerme entender: “la duración del dolor/ el límite/ otra cosa/ palabras que existen desde siempre conciencia de lo disperso/ divina coincidencia alguien ha muerto y ya no importa su sitio razón de la distancia/ una botella rompe el cauce de las aguas” (p. 27). Como puede comprobarse, no hay aquí balbuceos, equívocos en la dicción o gagueras incontroladas, sino afán por hacer coincidir al máximo posible el verbo con el sentimiento.

La poética de Gutiérrez Vidal —fuertemente emparentada con la narrativa de frontera en La Frontera, con las artes plásticas, los medios audiovisuales y el caótico discurso cibernético— no se ha propuesto, al menos hasta ahora, la gran elocuencia —que no es lo mismo que la grandilocuencia. Pero, como se constata en estas Endechas, no por ello es ajena a la trascendencia. Finalmente, la muerte es la gran maestra de su propia y fundamental lección y, pese a que los pobres humanos nos resistimos a aprenderla, siempre aprovechamos algo de ella, aunque sea a trancas y barrancas, y lo guardamos en algún rincón de nuestras lábiles almas. Puede sonar extraño a algunos que el autor de las audacias formales, lindantes con una frivolidad escandalosa y deliberadamente absurda, de Berlín 77 (2003), y el mismo que en Befas (2001) se aplicara a fondo en registrar la insufrible nimiedad del ser, ofrezca ahora intuiciones de una realidad total, como cuando habla del “espíritu/ que hermana nuestro sino a la serpiente” (p. 84) o de que “el mundo/ se concentra en el pelo de una cabra” (p. 81) o cuando concluye que “nada queda/ tu cuerpo/ el roce de la brisa sobre el hombro comprendo/ que la vida es asunto para el resto/ de los días que habrán de trascender este minuto/ este abismo...” y más aún “tus labios son una puerta al mundo/ tus párpados se cierran para que la vida siga/ la cresta de tu aliento oficia el vuelo de la noche” (p. 71).

La muerte, la incansable, la que nunca deja de rondarnos —mal que le pese, tal vez, o a fin de cuentas ésa sea su mayor aporte— también nos da esas luces y estas endechas de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal dan buena fe de ello.

Josu Landa

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Endechas

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:55 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:18 ]

Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal canta la muerte del hermano Manuel: ante la muerte o hacemos silencio, solemne o indiferente (neutral) o nos desbordamos lamentando (la elegía se presta a ese raudal) o como elige Carlos Adolfo, optamos por el término medio, equilibrado, que consiste en acudir a la endecha para expresar luto y lamento.

La endecha en cuanto composición métrica suele tener cuatro versos, tal y como este Endechas tiene cuatro partes: cuatro partes que son una, y cabal; ahí, en ese luctuoso espacio, muerte y casa, madre y hermano, se recogen para acoger al fallecido. Y sin aspaviento, incluso sin suspender los ritmos cotidianos de la vida, se canta con lenguaje llano, diríase que gregoriano, la figura del ausente; es más, la figuración de lo ausente.

El desgarramiento ante lo inevitable, procura transparencias, refrena densidades, y opta, sabia opción poética, por ir al grano, sin exceso de bifurcaciones, sin sopesar capas de un mantillo de letras y vocablos que hubieran servido de mausoleo barroco al hermano muerto. Por el contrario, la opción de Gutiérrez Vidal ha sido límpida, y esa limpidez de registro es el mejor homenaje que un poeta puede hacerle a un ser querido que ha muerto, a la propia poesía que en efigie viva y carnal, descarnada, se pone, atónita, de manifiesto.

José Kozer

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Lectura en el Banff Centre

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:53 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:19 ]

En 2004 Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal fue beneficiario del Programa de Residencias Artísticas México-Canada del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. De esa residencia se derivaron los libros Endechas Toros, así como el proyecto curatorial ON-TRANSIT. Narrativas Visuales en Norteamérica. Aquí una breve muestra de una lectura en su estudio, en diciembre de 2004.

Berlín 77 (y otros relatos)

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:50 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:19 ]

Tras haber circulado en los espacios rugosos de la literatura electrónica y el underground de la frontera, tenemos ante nosotros una tríada de novelas cortas que intenta desglosar el mundo narrativo de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal. Voz anómala dentro de la prosa bajacaliforniana, su escritura pretende infectar a sus lectores como una gripe, como un cáncer, un virus que crece y se expande y destruye tu sistema nervioso por medio de visiones del deseo y la pasión desenfrenada, que se concentran por la fuerza sintética de un lenguaje que explota, en múltiples formas, haciendo que el lector termine siendo tanto la víctima como el cómplice de estos vericuetos y juegos estilísticos de una imaginación que encuentra en la banalidad un acto de sublimación.

"El cínife" es el acto de contrición y el imaginario tropical y pasional de un trasvesti obsesionado por despojarse de la artificialidad del cuerpo, un viaje de tiempos y espacios y momentos en los que nuestro héroe mitológico descubre, paso a paso, conquista tras conquista, la tragicomedia existencial en la que todos nos desenvolvemos.

"Berlín 77" es la fársica nota roja llevada al extremo, un crimen pederasta que envuelve las vidas de tres personajes: Luis, Ofelia e Iván, y en donde la cruda realidad se intenta comprender por medio de sucesos que quedan colgando en las comisuras de la vida cotidiana, por los vericuetos estilísticos de una conciencia mediática y mediatizada, donde la puerilidad, la ignorancia y la brutalidad absurda son llevadas a rastras hacia un estadio de difícil, pero recompensada angustia existencial.

"Golden Showers (Platero y tú)" es el homenaje/vasallaje, la recreación/destrucción de la obra clásica de Juan Ramón Jiménez, un plagio que convierte al acto narrativo en un cuestionamiento sobre la originalidad y la creación, un experimento extremo donde el lector deberá involucrarse a sí mismo en el juego que plantea la apropiación de una obra literaria.

Estas obras, estas piezas del rompecabezas literario de Gutiérrez Vidal, bien pueden ser el aviso, la advertencia sobre los tiempos narrativos por venir. En su conjunto, son el electrocardiograma del espíritu moral, artístico e intelectual de finales y principios de siglo.

Alejandro Espinoza

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The Nasty Boy From Mexicali

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:48 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:18 ]

En una reseña de Berlín 77 (editorial Crash, 1997) que hizo la poeta Adriana Sing (Yubai, enero-marzo 1998), se decía que su autor, Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal (Mexicali, 1974), era "un escritor perdido en su propia pesadilla: un viaje fellinesco a los alrededores del modus vivendi de la clase media vista a través de los ojos de tres secuestradores tan inverosímiles como la realidad misma". Y luego señala que Carlos Adolfo es "nuestro mexican saico, nuestro acercamiento a lo pervert, a la obsesión constante, repetida, de evidenciar nuestras miserias sociales y humanas", un nasty boy mexicalense que navega por los "mares de la cultura pop y el reino del kitsch".

A siete años de distancia de la primera publicación de Berlín 77, Gutiérrez Vidal publica esta novela corta junto con otras dos nouvelles ya conocidas: El cínife (1996) y Golden Showers (Platero y tú) (1998), bajo el título de Berlín 77 (y otros relatos) (Colección de Literatura, Fondo Editorial de Baja California, 2003), con lo que ahora, como relectores de esta tríada de farsas-tragicomedias-homenajes en tono de juego cómplice con el lector, podemos contemplar que su obra es, como lo expone Alejandro Espinoza en la cuarta de forros del libro, "una voz anómala dentro de la prosa bajacaliforniana", lo que coincide con Sing, quien asegura que estamos ante "la parodia de nuestros días", con su "fascinación por lo espeluznante".

Sin embargo, discrepo de este análisis. Creo, con la distancia que da leer Berlín 77 en una realidad más ríspida, caótica y vulnerable que la de 1996-1998, que la narrativa de Carlos Adolfo no puede ser circunscrita a una obra radical por su temática escandalosa, por su violencia sexual y su amoralidad exhibicionista, que en la actualidad ha perdido mucho de su filo mediático y su morboso cinismo. En cambio, lo que hoy surge con mayor nitidez es la postura experimental de una escritura que apuesta por subvertir, a través de las teorías catastrofistas y los universos fractales, el juego mismo del lenguaje.

Es preciso aquí señalar que ciertamente la obra de Gutiérrez Vidal era una anomalía en la literatura bajacaliforniana de la segunda mitad de la década final del siglo XX, pues con las excepciones de Fran Ilich y Rafa Saavedra, es el único autor bajacaliforniano que había tomado la vida contemporánea y sus rituales de consumo y apareamiento para crear textos literarios que sampleaban tales modas y modos de vida con tal descaro. Pero Carlos Adolfo había ido más allá de relatar la vida de los jóvenes fronterizos en plena razzia o apañón (Ilich) o de hacer la crónica de los antros donde la música electrónica es vista como los diez mandamientos en la pista de baile (Saavedra). En sus tres novelas cortas, a Gutiérrez Vidal le importa menos el tema que la forma de estructurar una narrativa fragmentaria que puede saltar en todas direcciones y volver sobre sí misma con tal de mantener ocupada la atención de sus lectores.

Para nuestro autor, perteneciente a una generación que se ha caracterizado por mantener una postura cool ante el medio cultural y que siente que el mundo necesita ser digitalizado para que funcione adecuadamente, la literatura sólo puede existir como simulacro de la realidad, como pastiche de otros textos a los que canibaliza (ya sean las novelas de Kathy Acker o Platero y yo de Juan Ramón Jiménez) para regurgitarlos como nota roja, email, marca de fábrica, trastocamiento de los sentidos o examen de respuesta múltiple. Para Carlos Adolfo, toda narrativa es un "juego absurdo y vergonzoso" pero al que no logra sustraerse, un espectáculo "donde cada quien encuentra sus respuestas" sin necesidad de conocer las preguntas. Después de todo, como él mismo lo indica, "de niño odiaba a los fabulistas que todos llevamos dentro. All the children are insane. Beautiful friend". Y Carlos Adolfo no quiere ser un fabulista sino la fábula misma, el cuento de nunca acabar. Un niño dual en su maliciosa inocencia que realata historias macabramente divertidas, confesionalmente ridículas, para ver a cuánta gente espanta, a cuántos lectores seduce con sus personajes atractivos y sus juegos peligrosos, con sus anzuelos de placer y sus relatos de adrenalina.

En cierto modo, Gutiérrez Vidal es un vendedor de emociones fuertes y vinos generosos, un dandy de la trama que juega a las escondidas con quienes se atreven a leerlo. Un nasty boy que oculta, detrás de sus escenarios ordinariamente freaks —¿O qué hay más freak que nuestra clase media y sus sueños de consumo y avaricia?—, la odiosa certidumbre de que la literatura sigue siendo la pregunta de abuelita con sonrisa de lobo: ¿Quieres que te lo cuente otra vez? Y Carlos Adolfo vuelve así a las andadas con Berlín 77 (y otros relatos) y de nuevo se lanza contra los molinos de viento que su generación aborrece con inicua displicencia: las rutinas familiares, la modorra citadina, los trabajos tediosos y las existencias impecables. Ese conjunto de espejos que tan bien los definen y tan exactamente los reflejan como hijos de una era donde la muerte ha pasado a ser una noticia repetida hasta la saciedad y lo privado es un espacio en extinción. De ahí que Gutiérrez Vidal sea parte de una nueva literatura donde el escritor ya no busque la originalidad del modernismo ni la relatividad sin compromisos del posmodernismo y se contente con ser un bip en la pantalla de su computadora, un brillo de fondo entre la estática prevaleciente.

Podemos concluir que Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal fue una anomalía de las letras bajacalifornianas de los años noventa del siglo pasado. Hoy que la literatura mexicana está hecha de anomalías sin cuento, vislumbramos el papel de heraldo que Carlos Adolfo jugó en el medio literario estatal y nacional. Un escritor proveniente del campo poético y de la poesía visual que saltó y asaltó a la narrativa mexicana con una mezcla divertida de hipertexto, pastiche, ensayo académico y guión cinematográfico. Un fabulador sólo interesado en el proceso mitopoyético de crear nuevas fábulas con viejos materiales de desecho. Un joven maestro de la prosa contemporánea que ha sabido crear monstruos increíblemente simpáticos, asesinos de niños con conciencia de clase, depredadores con corazón de cupido, sibaritas fronterizos a la Wal Mart, que representan las buenas costumbres de las mejores familias de nuestra sociedad de consumo. Al evitar cualquier consideración moralista, las novelas cortas de Gutiérrez Vidal son una experiencia virtual del costumbrismo actual, una lección de ingenio aristocrático en un mundo donde nothing like us ever was. De ahí su pertinencia creativa, su eficacia narrativa. El lirismo sorprendente que canta, sin inhibiciones, a la shopping way of life, a la idealización del deseo como antojo efímero, piratería a mansalva, zapping mental. Esa utopía del yo en expansión que no nace ni muere sino que infinitamente se vende y se compra, se oferta y demanda. Eterno retorno; reciclaje perpetuo; prosa que glosa la prosa.

Gabriel Trujillo Muñoz

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Berlín 77, de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal (o un adiós muy otro a la crucial aventura físico-matemática de Sir Isaac Newton, pobrecito)

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:46 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:19 ]

En su tratado Principios Matemáticos de Filosofía Natural, publicado en 1687, Sir Isaac Newton cristaliza un trabajo que durante más de veinte años fue el centro de sus atenciones: en esta obra crucial para la brecha del entendimiento humano, propone su conocida ley de la gravitación universal: dos cuerpos se atraen con una fuerza proporcional a sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancias que las separa. Asimismo, el genio del genio inglés que Sir Isaac poseía, le da aún para presentar tres principios que hoy consideramos como puntales en el estudio de la mecánica de los cuerpos sólidos, a saber:

UNO: Todo cuerpo permanece en reposo o continúa su movimiento en línea recta con velocidad constante si no está sometido a una fuerza exterior.

Claro, hasta que aparece Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal y propone que la literatura puede estar contenida lo mismo en el rincón más oscuro del cuarto que en la ventana luminosa de un baño de señoritas. Su voyeurismo no tiene límites. Fisgonea por igual en el espacio improbable y frecuente de la necrofilia como en el dulce borborigmo de un adjetivo revolucionado.

No hay cuerpo que permanezca en reposo, ni movimiento lineal que sobreviva a la recta de una manera constante: las letras, evidentemente, laten, mantienen cierta pulsión vital que las lleva a exquisiteces directamente cercanas al canibalismo e inversamente proporcionales a las normas generales que mueven al lenguaje. En Berlín 77, todo es movimiento, desde los personajes multifuncionales hasta las partes intercambiables de cierto esquema tan divertido como improbable.

En cuanto a la fuerza exterior, ¿cómo saberlo? Quizá el cúmulo de lecturas, los perversos, maquiavélicos vericuetos obsesivos del autor, puppet master de indefensos lectores en busca de certezas narrativas. Eso, o las andanzas por esos espacios ficcionales y cotidianos que son la ciudad, sus partes e impudores, piezas que terminan por ser la línea definitoria, quizá la única, a lo largo del un texto que parece rehuir todo intento de clasificación.

DOS: El cambio de movimiento de un cuerpo es proporcional a la fuerza exterior, inversamente proporcional a la masa del cuerpo y tiene lugar en la dirección de la fuerza.

El engaño es llevado hasta sus últimas primeras causales consecuencias. Se trata de extenuar la enunciación narrativa más allá de lo que el decoro, la academia y el sentido común suelen utilizar como base cierta, efectiva y sosegada. En Berlín 77podemos encontrar un indicio evidente de que la literatura es un juego imposible pero terco de reglas con virtudes decididamente elásticas.

En todo caso, una aclaración: si bien el cambio de movimiento del cuerpo textual es directamente proporcional a la extravagancia de su enunciación, en este caso la relación entre peso e ingravidez de las palabras es inversamente proporcional al cuadrado de la suma de sus arrojos. La guardarropía léxica de Carlos resulta ser, más allá de sus extremos cercanos a la disfunción, una bien urdida trama de palabras que, si se observa un poco y con cierto detenimiento, resulta más cercana a la formalidad que al caos. Aún así, el grado de extrañamiento que jaspea al libro de principio a fin, lo hace lucir sus dotes de ave extraña, de máquina de signos al borde del colapso.

Berlín 77 es un texto excéntrico y cortocircuito.

TRES: A toda acción se opone una reacción, igual y de sentido contrario.

Sucede sobre todo que la propuesta escritural de Carlos parece desafiar de manera tan sistemática como socarrona las brillantes ideas que hace más de trescientos años formuló el buen señor Newton. La gravedad no va con él. Las proporciones resultan invariablemente desfasadas. La relación mecánica entre los cuerpos de su pluma, hoy teclado, no admite sujeciones.

En este sentido, Carlos hubiese sido el cronista ideal a la hora de narrar, allá en los orígenes del tiempo, el instante preciso en que el caos dejó de serlo para convertirse en la nada primigenia que nos nombra como punto de partida. Todo es todo; todo significa; nada puede ser incidental; la mecánica de la ficción funciona por fractales tan maquiavélicos como minuciosos: la nueva geometría del texto asume el carácter crucial de cada una de sus partes. Y las expone. Y las multiplica.

El libro es una suma de hipérboles acuclilladas, ensimismadas. Hipérboles que son hipérbolas o, más bien, lanzamientos hiperbólicos desde la trinchera de la creación dolosa hacia la fibra tenaz del ingenio lectural. El lector es lo mismo un gambusino ilusionado que un pescador estructuralista: lanzarse al abismo de Berlín 77 es caminar de espaldas y en sentido contrario el camino de la deconstrucción.

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En cuanto al libro en tanto libro, ese objeto extraño, solamente una precisión:
Esta novela es una serie de cuentos perfectamente tipificables en su género. Se trata de tres relatos que, a partir de su construcción, podemos ubicar en el ámbito inequívoco de la noveleta. Vaya: hablamos de una triada de correlatos que, por la vía del cotexto, superponen sus relaciones de yuxtaposición a las funciones poético-referenciales que las contienen y definen como lo que son: una lectura tan inequívoca como polisémica, tan intensa como abarcadora, tan excéntrica como antigravitacional.

O algo así.

Raúl Linares

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Cien páginas mojadas

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:40 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:20 ]

La versión porno de Platero y yo", "libro electrónico", "prosa no sintáctica", "¿qué demonios significa golden shower?", son frases que habían rondado por mi cabeza en estos días; las tres primeras son de Carlos Adolfo y me daban un terror cósmico totalmente virtual, la pregunta era mía y obtuve respuesta en cuanto logré entrar a la dirección electrónica, que Carlos amablemente me apuntó en una hojita de Badtz Maru.

Mi terror cósmico totalmente virtual obedecía a que mis incursiones en internet, hasta ese momento, habían sido para cosas muy específicas: huyendo siempre de los chats y de las pantallitas multicolores que te ofrecen el universo a cambio de seguir fielmente la instrucción "presione aquí". La idea de una publicación electrónica me daba vértigo y, me parecía algo impropio para una "newie" que precisa de ayuda para encender el monitor y que ama fielmente a Macintosh porque todo lo hace solita, es símbolo de estatus y viene en hermosos colores que van del azul aqua al verde aguacate para la cocina, pasando por el rosa jotilón y el amarillo mayativo.

Pues bien, la literatura virtual es posible y está aquí. Vencidas las primeras reticencias de quienes amamos la página impresa, nos espera un mundo de opciones, imágenes que se mueven, colores atractivos y la posibilidad de un texto interactivo; en el que el lector decide por donde empezar, qué opciones abre y cuáles no, y salta de un espacio a otro con un simple "click".

Pero Golden Showers (Platero y tú) es más que colores bonitos e imágenes sugerentes: es un reto a la imaginación del lector y un juego literario lleno de ingenio y sagacidad por parte del autor. Dividido en tres secciones, nos recibe con una portada en la que nos deja claro qué demonios es golden shower, nos entera de que recibió el apoyo del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes para la realización de una parte de este proyecto y nos explica la manera de aproximarse al texto ("esto es prosa no sintáctica, así que no intentes leerla de manera convencional", en otras palabras: abre los ojos y gózalo).

La primera sección es una serie de textos breves con títulos como "Juegos del anochecer", "Judas reparte besitos en pleno wanking party", "Miss Maquila, el narrador, un operador de montacargas y el histórico burrito arman una orgía de fábula" y "Joselito aparece de repente", entre otros. El contenido de estos textos procede en buena parte del original de Juan Ramón Jiménez, pero con un giro muy acrobático, que deja ver la elasticidad y maña de nuestro joven poeta y narrador, dando por resultado algo tan sugerente como las mejores posturas que consigna el Kamasutra.

La segunda sección es donde realmente se penetra... en la prosa no sintáctica. Es la incursión más atrevida y de mayor riesgo, pues depende en mucho del ingenio, la paciencia y la disposición del lector; ya que la literatura es otra de esas cosas que requieren, por lo menos, de dos participantes para realizarse de manera satisfactoria. El juego consiste en llenar todos los huecos que se presten para ello, cada participante decide con qué rellenarlos según su imaginación, su alcance o sus perversiones personales. Esto me recuerda dos cosas: una canción popular que adquiere proporciones hermosas omitiendo algunas palabras y dejándolas a la imaginación del que escucha, y un capítulo de Berlín 77, también de Carlos Gutiérrez, que se titula "De las formas de posesión del objeto de deseo", y que dice en su inciso e), simple y llanamente, "con un popote". A manera de bonus track, les anticipo que en este capítulo contamos con la participación activa y pasiva de los gemelos Brenan, respectivamente.

La tercera sección es la que, de manera personal, considero más versátil y divertida. Consiste en un juego tipo Jeopardy en el que se proporciona una tabla, donde se consigna una serie de preguntas con su valor en puntos y su clasificación que va desde "preguntas que a veces es mejor no responder" hasta "preguntas que demuestran cuan patéticos somos" y consta de tres etapas. Detrás de algunas de estas preguntas sólo hay un gran Beep! multicolor, pero otras son ventanas hacia nuevos fragmentos y dos de ellas el pase automático a la segunda y tercera etapas, donde encontramos preguntas como "¿por qué sangras?", "¿por qué se llevaron a los niños?" o ¿qué demonios hacías atrás de aquella higera? y nos remitimos a capítulos tan gozosos como aquel en que Platero se ha clavado una astilla y nos son reveladas las venturas y desventuras de este palito, en el que invirtieron tanto tiempo y empeño el narrador y el histórico asno.

Golden Showers es así la realidad virtual, pero también tangible, la literatura no depende ya de un tiraje limitado y grandes pleitos con los editores para su divulgación, la pérdida del olor a tinta y la sedosidad de las hojas se compensa con la naturaleza interactiva de estos textos. Cien páginas mojadas no se refiere ya sólo a hojas en las que se ha derramado el café por accidente, sino a páginas electrónicas que llegan a producir ese efecto wet en el lector, que puede mostrarse muy, pero muy interactivo.

Elizabeth Algrávez

Texto leído durante la presentación de Golden Showers (Platero y tú), el viernes 9 de abril de 1999.
Copyright © 1999 Elizabeth Algrávez. All rights reserved

La tradición como hipérbole, o la armadura de microchips

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:38 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:20 ]

Cuando Carlos Gutiérrez me entregó su Berlín 77, con la curiosidad natural de ver lo que hacen hoy en día los escritores de la generación web, una tarde me dí a la tarea de leerlo, a sabiendas que encontraría sorpresas y una gran dosis de experimentación, como cualquiera lo puede comprobar con sólo hojear el texto. Desprejuiciado, lo leí de un tirón, pues no quería perder la imagen del bosque al detenerme demasiado en alguno de los árboles. Y de hecho tiene que ser así, porque las piezas de Berlín 77 fuera de su contexto, puede que nos digan bien poco. Pero, ¿qué imagen es esa? ¿De qué manera comentar sobre ella?

Para responder a tales interrogantes no me quedó otro remedio que tratar de aplicar el bisturí estructuralista, y recordé entonces que cuando por primera vez llegó a mis manos El grano de la voz de Roland Barthes, pude entender que toda expresión de la cultura es un lenguaje de signos, "desenrrollado" sobre la superficie del intercambio y el trueque social de los valores que esa cultura exalta o denosta. Barthes en su estudio de El grano... deconstruye el discurso (el lenguaje de signos) de la cultura japonesa y lo compara con la cultura de occidente. Asistimos de esa manera a la comprensión de que los valores culturales con pretensiones de hegemonía son relativos (cambiando el referente y el connotador) y que su intención dominante es procreada por un lenguaje previo: el discurso del poder.

El productor de signos culturales (poéticos) opta por reproducir el discurso dominante o establece un discurso crítico. Esto no siempre fue así. Antes de la edad del racionalismo la distancia entre el productor y el poder no existía. Todo se generaba y asimilaba en la misma matriz social (el vademecum de los antropólogos), para volverse a generar y reproducir. Como dijera el hombre de Lombardía: "Tutto il mondo contenti".

Con el romanticismo daría inicio un seguro, lento pero eficaz trabajo de colocar al productor en el centro del huracán cultural. Nada era más importante entonces que la libertad del individuo, pues todo poder es supresor y con una tendencia maniaca por uniformar (clonar, decimos hoy).

Esta oscilación pendular de la historia cultural (en las academias dicen Historia del Arte) generó una familia impresionante de "ismos". En ese momento adquirieron peso y significado pleno los conceptos de tradición y ruptura, y así hubo quien apostó a las tradiciones clasicistas, hubo quien se aventuró por el camino tenebroso (Artl, Artaud, Poe, etcétera). En estos tiempos ya no podemos identificar tan fácilmente tradiciones o procesos de ruptura puros, sino todo un espectro de matices y combinaciones, es lo que los científicos del análisis cultural han llamado posmodernismo. No obstante, en ambos bandos encontramos obras importantes: signos culturales como espejos de Narciso o signos contraculturales (aunque hoy más bien diríamos alternativos) como espejos bruñidos (opacos).

Berlín 77 de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal (Mexicali, 1997) materialmente chapotea en la pila de las voluntades alternativas. Utiliza en la construcción de su relato (porque es un relato) toda una serie de hallazgos histórico literarios mixturizados en línea hiperbólica, creando un cuerpo narrativo fragmentario y discontínuo, pero con goznes en buenas condiciones y una gran capacidad de movimiento.

La incorporación de la que hace gala Gutiérrez Vidal (a la manera del antagonista de mercurio de Terminator) va desde el golpe de dados de Mallarmé, los fundamentos de la poesía gutural de Hugo Ball o Tristan Tzara, hasta el cut-up policiaco, la narración simultaneísta de Joyce, la propuesta de la novela como escultura de Jorge Enrique Adoum, hasta los rasgos de la poesía sonora o visual de un Minarelli, Kostelanetz, Polkinhorn o César Espinosa, y para mí lo más significativo como lectura: nos transmite su placer por el texto, no su saber, no su archivo libresco, no sus pretensiones de "autor".

Escrito con humor verde y humor negro, Berlín 77 es una historia seudogótica relatada en porciones de gran velocidad (aceleración internet); electrones que orbitan alrededor de un núcleo duro con capacidad de autoalternancia entre lo público (mundo de las apariencias) y lo privado (mundo de los deseos); entre lo crudo (mundo de los instintos) y lo cocido (mundo de las convenciones); todo un despliegue de señales (claras, oscuras o reticentes) y silencios (implícitos y explícitos), en cuyos andamiajes literalmente se evapora la idea formal de significado y significante, lo que por otro lado, lo mismo le puede suceder a cualquier lector desprevenido enfundado en bata y babuchas tomando su chocolatito caliente.

Berlín 77 como estructura narrativa aparecida en Baja California en este fin de siglo en que corrientes y géneros literarios se penetran recíprocamente, es sin duda una señal clara y sonora de que una cadena de estilos nuevos para narrar ocupa su lugar en el desierto. Es hora de abrocharnos los cinturones y tener a la mano la mascarilla del oxígeno.

José Manuel Di Bella

Texto leído durante la presentación de Berlín 77.
Copyright © 1997 José Manuel Di Bella. All rights reserved

La nave cotidiana (lecturas a destiempo)

publicado a la‎(s)‎ 02/08/2011 19:33 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 02/08/2011 20:20 ]

Hace días tengo mucho miedo. Hace dos años entre por un túnel negro y salí con vida. He cambiado de psiquiatra dos veces. He leído un poema. Todo para mí tiene paisaje: árboles que son conversación, de pronto el mar ya esta entre las bocas. Todo para mí es vida: la enfermedad, la salud, los ojos de A, los libros, las nubes, la muerte, la burla ¿Soy lo que leo? abrí un libro y apareció el verso: “por la noche un arribo presentido/tantas vecesla vida pasa/en la memoria”. Y que el misterio sea mi palabra, estoy frente a un desconocido, ya somos dos, en la página dibujos incompletos. Yo, él; ahí el nombre: Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal. La intriga: ¿quién es? ¿Por qué escribe? Posible respuesta: “¿cuántas cosas no veremos/al arrancarnos la mirada?/andaremos/buscándole siete vidas al recuerdo/sabremos que la seducción es transparente/que somos algo que ignoramos.” Por qué tantas preguntas se abren campo en medio de la vida, y todos seguimos educándonos a fuerza de libros que se apilan en armarios, versos que retiene la memoria, ¿algún día frente al atardecer recordaré algo? No creo, mejor irme de frente al sol y acompañarlo a su muerte diaria. Así voy de página en página y revuelvo todos los versos y digo que el rompecabezas está mejor en su caja, desarmado, el misterio de cada pieza entrando al juego de respirar, al destino de los abrazos, a esa batalla del amor: “ya hemos estado sin brazos y enjugados en lágrimas/aunque el espacio sea libre/nada alterará el orden de las cosas/tarde o temprano/habremos de morir al tercer día.” Y digo que los libros son una soledad y cuando nuestras manos abren sus páginas no hay compañía, nadie me dice deja de llorar por la emoción, nunca está él, A, a mi lado para abrazarme si algo de pronto ya es emoción en la piel. No hay en la portada un signo de advertencia: toda palabra es una aguja que va dentro, al rincón del corazón, al río de la vena y cuando la herida: chorros de letras, sangre la mano que escribe sangre lágrimas sangre voz sangre oscuridad sangre cerrar el libro y no saber nada no escribir nada no querer nada y misterio el que lee misterio el que escribe misterio este andar errante en los laberintos de la palabra en los laberintos del cuerpo en los laberintos de la caricia manos entre hojas manos entre versos manos son mis palabras cuando escribo y todo es blanco: “presentirse más allá/del dolor y la hiel todas las tardes/ajustar la cuenta de los días/como si fuese algo importante/como si valiera la pena/decir algo y callar y decir/con la mirada cualquier cosa/parecida a una respuesta”. Hace días tengo mucho miedo. Hace una vida entre por un túnel negro y salí con un poema en la mano. Ya no cambiaré de psiquiatra en las próximas dos veces. Todo para mí tiene paisaje, todo para mí es vida: la enfermedad, la salud, las preguntas, las respuestas que llegan demasiado tarde, cuando la voz dejo de escuchar y el oído empieza a hablarnos en sueños. Todo lo tomo muy en serio, me dicen debiste haber nacido en otro siglo me dicen romántico rásgate las venas córtate los ojos me dicen búrlate no llores ya no hoy no. A mí esa carcajada, estas befas me parecen líneas de sol.

Noé Carrillo

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