Imágenes

El acercamiento de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal a las artes visuales se dio casi por accidente, y se ha desarrollado a la par de su trabajo literario, primero como poesía visual, luego a través de electrografías y fotografías. En años recientes su obra visual se ha vuelto prácticamente indivisible de su trabajo textual y sonoro, y el uso de software se ha vuelto parte esencial de su proceso creativo. De este modo, los textos y las imágenes se convierten en sonidos y luego en partituras, o bien los sonidos se procesan como imágenes y otras formas de escritura.
Aquí puedes ver muestras de sus proyectos recientes (y otros no tanto), así como algo de lo que se ha escrito respecto a su trabajo.

Semen

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 12:42 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal

Semen
(2010) es una instalación hecha a partir de cuatro muestras de semen realizadas por donantes anónimos. La pieza intenta explorar la idea de lo esencial, del material en bruto, al tiempo que se constituye como una expresión mecanicista de la metáfora biológica. Para la exposición En Blanco, curada por Michelle Romero, Gutiérrez Vidal optó por una solución de montaje que hiciera a la obra casi imperceptible en términos visuales: cuatro electrografías y una ambientación sonora.

Paisajes urbanos

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 12:39 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal

E
sta es una muestra de una serie de electrografías en proceso. Partiendo de un escenario cataclísmico indefinido, se ha hecho una (re)(de) construcción de paisajes imaginarios de las ciudades de Mexicali y Tijuana en función de una simulación geográfica de su composición topográfica.

Sobre la imposibilidad de compartir una mirada. Otrografías, de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 12:32 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal

¿Puede precisarse la imprecisión? ¿Podemos medir el instante que pone en evidencia el acto mismo de la imprecisión, como acto revelador y sublime de la mirada? La mirada siempre será imprecisa y, al mismo tiempo, siempre mostrará una manera de precisar la imprecisión. Lo no “medible”. La vida.

La fotografía permuta, como lo hace cualquier lenguaje, entre la precisión y la imprecisión de identificar lo que la mirada hace con la mente y el cuerpo. Ambas, precisión / imprecisión, son actos de medición, son ámbitos que apelan a la exactitud de aquello que llamamos “momento”, que no es nada más que la mirada que quiere congelar lo incongelable. Porque el escenario de la mirada es azaroso.

Y el azar, en una foto, es sólo una apariencia.

Es por eso que nos gusta tanto ver fotografías. Simulan muy bien la vida, y al mismo tiempo, simulan muy bien el acto de fijarla.

El acto fotográfico, puede convertirse en una representación de la apariencia azarosa, y se acompaña de la representación del sujeto representado en el marco, archivo, indicio, estabilización espacio temporal, bajo las condiciones de la imagen “fotográfica”

No obstante, el acto fotográfico sigue siendo un acto de producción de ese “otro” que posee el “yo.”

Me he visto en esta colección de fotografías.

Ese no soy “yo”, es ese “otro” que sólo pertenece al campo de representación que el acto fotográfico enmarca. Ese no soy yo, y esos otros que encuentro en la colección tampoco son ellos, sino otros. Esa mirada, esa sonrisa, no son “mías” (¿qué es “mío” en el universo de los gestos?). Esos gestos son vacíos llenados por el sentido que otorga el acto fotográfico. Huellas. Y al mismo tiempo, en su acto representacional, estas fotografías aluden a esencias. Es el viejo esquema clásico de representación. Las esencias de esa percepción del otro que me representa en el mundo.

Todos sufrimos el desconocimiento/reconocimiento de nuestra imagen fotografiada.

Porque al mismo tiempo, esas fotos me representan, del mismo modo como me representa esto que escribo. Soy el medio que inscribe la imagen y el texto como otro.

Hay una eternidad de referencias que hablan de todo esto.

Por lo tanto, casi literalmente: todos somos otrografías. Nos inscribimos en la memoria como pequeños retazos de miradas y sentidos –sublimes, banales—que precisan lo impreciso, que es el tiempo. Nos escribimos en el mundo. Pero sólo para bifurcar nuestra otredad, en otros.

Esos otros que estamos inscritos en esta colección de fotos –amigos, aspiraciones de amantes, escenarios, objetos, casi casi el viento mismo que circula en edificios abandonados, en los intersticios de un cable telefónico, en las sombras—somos inscritos por la mirada escudriñadora de CAGV, la cual precisa imprecisiones y coloca sentidos en la consecución de imágenes que nos hablan de la imposibilidad de compartir una mirada. Pero al mismo, tiempo, sobre la necesidad de hacerlo.

¿Qué de la mirada de CAGV es lo que se presenta en esta colección?

Entra en juego una sintaxis doble con respecto al acto fotográfico: aquella que nos presenta la mirada del amor, y aquella que nos presenta la mirada que cosifica. Ambivalencias se presumen en ambos actos, ambigüedades y correspondencias a estas dos mismas aproximaciones al acto fotográfico lo encontramos en las dos secciones del libro:

Rostros.
Astros.

Los otros concebidos –todos, y algunos sí lo son— como celebridades que giran alrededor del escenario donde se desenvuelve su mirada, en una suerte de acto recreativo de la fidelidad de la mirada en torno a las personas que forman parte de ese otro acto que llamamos autobiografía, que viene siendo otro tipo de escritura, otra inscripción. CAGV reúne estas fotos como una orgullosa colección de admiradas especies que forman parte de su universo; todos adquieren el mismo grado de significación –unos más, unos menos, pero se leen de igual manera en todas las fotos—y todos miran hacia fuera. No hacia fuera del marco, sino de sí mismos. CAGV los atrapa en medio de sus propias narrativas. Pero ellos nunca se dan cuenta, aun cuando posan para la foto. A CAGV le gusta eso. Reconoce la perversión detrás del acto fotográfico. En este caso, no dista mucho de ser similar al acto de coleccionar mariposas y colocarlas en un marco con vidrio.

(Una clave para la lectura de estas fotografías, es acercarnos a ellas como si las hubiera tomado un niño. No muy pequeño, imagínenlo de diez, once años; precoz, y con un cuidado casi neurótico en torno a la forma fotográfica).

Lugares.
Cosas.

Lo otro concebido –todo, y siempre desde el tiempo—como objetos y espacios que giran alrededor del escenario que la mirada de CAGV concibe, al mismo tiempo, desde su unicidad, desde su inmediatez y desde su imprecisión, escapándose de un marco que siempre los atrapa de nuevo –me refiero a las cosas, me refiero a los espacios—porque el marco no sólo es el sitio del sentido –eso es muy “lenguaje fotográfico”—sino el sitio de “lo sentido”.

Y los objetos, los lugares y las cosas que aparecen en estas fotos, miran hacia dentro, no de sí mismos, sino del marco que los replantea; CAGV no los descontextualiza, sino que advierte, en el acto de fotografiarlos, la posibilidad de ofrecer una mirada. Su mirada.

Pero se trata de una mirada “fotográfica”. El entorno que pervive en estas fotos no es el que se percibe en la experiencia, sino el que pervive en el acto fotográfico.

Uno de los medios que siempre he considerado es el fuerte de la obra multidisciplinaria de CAGV es la poesía; uno de los medios que siempre he considerado es el fuerte de la obra multidisciplinaria de CAGV es la fotografía. En ambas, en el reconocimiento del acto que permite a una y a otra, se encuentra la obsesión del autor por precisar las imprecisiones dejándolas imprecisas, obviar las ambigüedades dejándolas ambiguas, otorgarles ese doble valor que obtienen las experiencias sensibles una vez que se someten al escrutinio de los lenguajes, y luego revertirlos por completo. Esto se hace con un conocimiento complejo y profundo sobre la naturaleza de los lenguajes, sus reglas del juego. Y CAGV está obsesionado con los lenguajes y los juegos que éstos permiten. Al mismo tiempo, CAGV está obsesionado con su propia vida. Los lenguajes, los medios, son utilizados por él –nunca al revés, él nos patearía si asumiéramos eso—del mismo modo como utiliza su propia vida: como una posibilidad por precisar su estructura implícita.

Es por ello que las otrografías es la continuación del acto obsesivo por medir, con la precisión de un niño que disecciona el cuerpo de una rana, las condiciones operantes que permiten el funcionamiento de un organismo. En este caso, el “organismo” es la foto; la disección, realizada no sólo con ímpetu sino también con mirada infantil, es la de presentarnos la foto como foto, esto es, la de desmenuzar toda especulación arbitraria en torno a la “captura del instante”.

A mismo tiempo, y como parte de los juegos que permiten el planteamiento de las estructuras, de los órdenes implícitos en el caos, CAGV está obsesionado con ciertos tipos de rituales domésticos; ve en ellos una representación de la estructura de la vida, lo sucedáneo al interior del orden. Este libro nos permite ingresar al ritual íntimo de ver fotografías como él las ve: como un acto de comunión.

Aun a pesar de su formato digital de presentación, el modo de apreciación del libro debe ser como el acto de ver un álbum de fotografías. Imaginémonos sentados en el sillón plastificado en la casa de la tía, o reunidos entre amigos después de las doce de la noche, cuando la fiesta sólo giró alrededor del espacio que los reunió. Las fotos se convierten, en su conjunto, ya no tanto en otrografías, sino en la representación de un acto: el acto de compartir la mirada familiarizante. En muchas de las actividades que realizamos durante los días de nuestras vidas, existen aquellas que consideramos, desde su simbolización sensible, como si representaran lo que verdaderamente llamamos “vivir.”

Comer. Dormir. Vestir. Tomar una botella de vino. Caminar y ver una ciudad. Manejar. Viajar. Coger. Visitar. Ver fotos.

No obstante, desde la óptica de CAGV, todas estas acciones están dadas, no debe permitirse el lujo de la vicisitud (aunque para CAGV no es un lujo, sino una imprecisión), ya que todos los escenarios están destinados a ser vistos, apreciados, vividos, de la manera como debieran ser. De este modo, lo que importa entonces es la capacidad para poder compartir lo visto, y aunque en términos esenciales se trata de una imposibilidad, para CAGV esto se convierte en su leitmotiv: una invitación a ver cómo él precisa las imprecisiones, a través de la palabra, a través de la imagen.

Por lo tanto, la indicación es ver. Y sonreír ante la imprecisión precisa de su mirada y la de todas las personas y cosas que aparecen en esta colección de otrografías, que finalmente, vienen siendo inscripciones y huellas de un universo muy personal, como el universo de todos nosotros.

Alejandro Espinoza

Otrografías

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 12:28 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:31 ]

G
utiérrez Vidal publicó recientemente en Crunch! una muestra fotográfica que va de 1991 a 2005. En este libro se exploran sus principales pulsiones creativas, así como los elementos de composición y estructura sígnica que han venido caracterizando su trabajo visual.

Apuntes para el reality studio: un acercamiento a la obra de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 12:04 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:27 ]

I

¿Por qué persiste la imagen del “artista desposeído” en la actualidad, esa figura decimonónica del sujeto frustrado, inspirado, sacrificado a un oficio al que poco a poco le va perdiendo sentido? ¿Cómo es realmente la figura de este artista, después de más de un siglo de redefiniciones, qué es lo que lo define en el presente? ¿Todos los artistas, en todas partes del mundo, se dedican única y exclusivamente al acto creador, enmarcado en el ámbito de las artes? Alguien que puede identificarse hoy como artista, ¿es acaso un individuo sobreeducado, producto de alguna academia, del estudio especializado, capaz de trabajar en virtud de un interminable menú de información, de datos nimios de la cultura y la historia? ¿Ejerce como “profesional de las artes”, o es acaso un académico, o quizá un creativo que trabaja en una agencia de publicidad, o probablemente un diseñador gráfico, o trabaja en la prensa, en la televisión, en el cine, como funcionario en alguna institución de fomento a la cultura? ¿Realiza cualquiera de estos oficios, mientras paralelamente desarrolla un catálogo de obras, conforme el tiempo y el espacio se lo permitan?

¿Se remite a una condición más proactiva, intentando vivir de su obra, manteniéndose al margen, buscando siempre espacios alternativos para la difusión de lo que él y varias personas están realizando? ¿Está subsistiendo junto a los románticos que piensan en la posteridad? ¿Acaso está siguiendo una carrera de honores, becas, premios, reconocimientos? ¿Se encuentra totalmente al margen de cualquiera de estas consideraciones y/o categorías, o pervive en una combinación de dos o más de ellas? ¿Sigue “desposeído” el artista? Independientemente de las respuestas, este es el marco desde el cual un artista desarrolla su labor en la actualidad.

Para poder llegar a la obra de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal (Mexicali, B.C., 1974), esto es, para acercarnos a una obra que nos elude, que se esconde, que se presenta como incómodo acertijo, muchas veces malentendida como arrogante o desapegada, es necesario considerarla en el marco de todas esas interrogantes. Considerarlas desde la personalidad multidisciplinaria de Gutiérrez Vidal, quien ha experimentado todas las variantes postuladas en estas preguntas, y que han formado parte de su proceso creativo. En una suerte de hiperconciencia lúdica con respecto a aquello que llamamos “obra de arte”, Gutiérrez Vidal siempre ha trabajado desde la experiencia de vida, vista como un espacio de contingencias y juegos lúdicos con los seres o sucesos que lo rodean; pero no lo hace de manera explícita, sino como algo imbricado, para poder revelar una cierta esencia estética detrás de lo que produce. El lenguaje y la comunicación es el templete desde el cual elabora una autobiografía secreta, llena de pliegues, de niveles, y es en parte el resultado de todas las experiencias, vivencias, descubrimientos, que ha acumulado con el paso de los años. Y es muy interesante cómo, en este trabajo en particular, nos enfrentamos a un Gutiérrez Vidal menos ensimismado, menos displiciente. Es una pieza que nos muestra el lado näif de la experiencia vital. Sin embargo, hay que señalar que está hecha con una plena conciencia de sus elementos. Por lo tanto, seguimos enfrentándonos a un acertijo.

Deben señalarse tres puntos que nos sirven para abordar su trabajo:

Primero, está la coherencia oculta en la obra de Gutiérrez Vidal. Una de las razones por las cuales pienso dedicar parte de este texto a comentar trabajos que ha hecho anteriormente, es porque tanto su obra literaria como su obra artística, pueden mostrarnos patrones que nos ayudan a conocer el proceso creativo de su autor, una coherencia determinada por dichos patrones. No se trata de conocer la vida del artista para poder conocer la obra, sino de detectar, en la obra, las constantes que revelan el proceso creativo. Sobre todo, si tomamos en cuenta que es un creador que reelabora y replantea, transforma lo transformado, y lo hace siempre “desde los límites de la representación” —como llamaron aquellos teóricos del primer modernismo al quehacer artístico y literario a partir del siglo XX— que genera como resultado una suerte de narrativa sobre el “estado de las cosas” de su “reality studio”.

Segundo, esta coherencia tiene una doble partida: no sólo pueden trazarse líneas de asociación y segmentariedad entre las distintas obras que ha producido, sino que también tiene que verse una coherencia oculta, pocas veces tomada en cuenta cuando se habla de Gutiérrez Vidal, y esto es que siempre propone su obra de una manera clara y sincera. No se toma en cuenta, porque es una sinceridad que se plantea como broma, juego, o con esa “arrogancia” que muchos critican. Sin embargo, puede afirmarse que todo lo que dice, es, tal y como lo está diciendo. Y es probable que aquí se encuentre la clave para detectar el carácter biográfico de su obra. Asimismo, apuesto a una lectura de la obra de Gutiérrez Vidal que lo contemple todo porque, dado su carácter multidisciplinario, hay elementos de un tipo de obra que se “filtran” en otras.

Tercero, el claro y profundo conocimiento que tiene de la historia del arte, así como de lo que los especialistas del campo identifican como el “estado de las artes”. Lo primero debe considerarse, porque dicho conocimiento, a partir de su reflexión, es una herramienta importantísima para la creación artística en la actualidad. Gutiérrez Vidal tiene un amplio y reflexivo conocimiento de la trayectoria del arte, reconoce las líneas de desarrollo, el papel de la técnica y el estilo, los modos y las modas, reconoce el papel del artista como personalidad y como abrupto interruptor de la realidad, a veces comunicativo, a veces “performativo”, a veces subversivo, pero en su caso, una subversión que se vive en relación con el lenguaje. Y que a su vez oculta las referencias o las citas obvias a otros creadores, a otras obras. De la misma manera, reconoce que la obra de arte en la actualidad asume posiciones que ya no apuestan por la novedad, sino por las variantes de percepción de lo real, y del modo como ésta nos engaña o nos elude, en un “todo se vale” donde la obra aún puede asumir su carácter de objeto que produce conmoción. Es un error querer analizar la obra de Gutiérrez Vidal desde el camino del gusto o el juicio estético, aunque no necesariamente debería descartarse por completo.

Asimismo, debe señalarse nuevamente que Gutiérrez Vidal siempre trabaja desde los límites de la representación. Ahora bien, ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que la postura que asume al momento de crear su obra, es siempre desde la exploración de posibilidades últimas —pero no en busca de la originalidad— que puede tener una obra en su estado terminal, que a la vez demuestre que se trata de un estado transitorio. Históricamente, esto se vincula a la producción artística de las vanguardias, particularmente la tradición que viene del dadaísmo y que desemboca en propuestas que tienen que ver con el arte conceptual, el minimalismo, y con lo que Dick Higgins identificó como “intermedia”: aquellas obras cuya naturaleza parte de una interrelación entre “medios” (que también puede leerse como “lenguajes”), o combinatoria de disciplinas. Lo cual no quiere decir que podamos ubicarlo como un “neodadaísta” o un “neoconceptualista”, otro error de clasificación muy probable. Situado en este ámbito, donde todo “puede ser obra”, lo interesante de acercarse a una obra de Gutiérrez Vidal, es precisamente cómo agota todos los posibles caminos para llegar a un resultado visual y conceptual que flote en los marcos de varias disciplinas, sin adscribirse a una en particular. Y lo interesante es ver cómo llegó a dicho agotamiento.

II

Es difícil leer una obra de Gutiérrez Vidal. Se nos presenta como algo que se aleja, que nos evita. Una obra de arte que conmociona por su capacidad de ocultamiento; pero también es un ocultamiento que se descubre, precisamente, porque somos testigos de su apertura, al mismo tiempo. Se abre y se cierra. Como el lente de una cámara fotográfica. La memoria inscrita en la fotografía permanece, pero el ruido de fondo que conformó esa realidad queda oculta, nunca permaneció.

Una habitual lectura a los trabajos de Gutiérrez Vidal, siempre alude a su carácter engañoso, incluso, repitiendo un adjetivo que he mencionado antes, arrogante. Es una arrogancia que tiene más que ver con el modo como se nos presenta la obra, y menos con la propuesta sincera y abierta de su creador. La pieza “es lo que es”, se “vende” al espectador el “producto” de la manera más clara posible. Pero el modo como se nos presenta la obra a nosotros, ese modo de eludirnos, de querer jugarnos una mala pasada, de presentarnos un acertijo, eso es lo que percibimos como arrogante. El concepto se nos escapa de la vista, y lo único que vemos es una pieza enigmática, una serie de objetos que, en su procesamiento, perdieron toda referencia con el mismo proceso.

Tenemos ante nosotros una pieza aparentemente blanda y banal. Dos bastidores derruidos tienen colocados de la manera más simple posible, una serie de objetos: fotografías, electrografías, trozos de esos tipos de papeles que vamos acumulando con el tiempo —boletos, folletines— que en su conjunto nos presentan una narrativa inconexa. Junto a ellos, una gran tela tiene impresa la imagen de unos personajes, que nos representan a nosotros, que representan al tiempo, que representan la huella misma de la imagen y la memoria. La pieza invita al acercamiento, pero también a la aversión: es de tal modo “antiestético” lo que estamos viendo, que se nos ofrece como un objeto prescindible de nuestra consideración. Podemos pasar de lado y no tomarla en cuenta. Dicha banalidad es parte del juego.

Desde que Gutiérrez Vidal comenzó a escribir, a publicar poesía de manera no convencional (los “poemas en lata”) a hacer sus obras de arte conceptual, a imprimir libros en ediciones, digámosle, artesanales (El Cínife, Berlín 77), a editar revistas-objeto (como en el caso de Auñur, editada en conjunto con Bibiana Padilla Maltos), siempre ha procurado establecer una suerte de relación con el descuido, con lo “trashy”, lo inocuo desechable, con el uso de materiales y soportes no tradicionales para presentar su trabajo. Maneja diseños en cierta medida vagos y abstractos, así como el uso de tipografías que se alejan de las habituales. Más que el resultado de una falta de recursos, esto ha sido en sí mismo un recurso: remitirse a las capacidades que tienen los soportes y lenguajes para poder producir obra. Por lo tanto, el modo como se presenta esta pieza es coherente con el modo en que lo ha hecho en el pasado.

Y se van añadiendo detalles, “progresiones” si se quiere, de las técnicas que ha ido descubriendo a su paso.

Una de estas técnicas, es el uso de software que le permita manipular, transformar, subvertir y literalmente “desarticular” imágenes y texto. En los bastidores, así como en la manta, podemos ver el resultado de estos diseños.

Un artista abstracto que trabaja desde lo gestual, busca imprimir en la obra una huella que determine el modo como éste “inscribe” la expresión en el cuadro. Un artista abstracto que trabaja desde lo visual, asume la abstracción desde la imagen misma, y el resultado final es todo aquello que se acomode a sus consideraciones estéticas. Gutiérrez Vidal revierte esta cuestión, y transforma imágenes concretas en abstracciones. Pero con la finalidad de asumirlas como piezas narrativas.

Me refiero a una serie de electrografías coloridas, medio psicodélicas, que vemos en una sección de los bastidores. Cada una de estas electrografías fueron anteriormente fotografías. A cada una le asigna el título que corresponde a la imagen “original”: escenarios y personajes de la vida del creador. Los títulos refieren, específicamente, a dichas personas, a dichos momentos. “Bibiana en Hillcrest”; “Cynthia comiendo hongos en Xalapa”; “Lionel tomando cerveza en Bélgica”, y así sucesivamente. La imagen fotográfica es reemplazada por una imagen “otra” que es distorsionada hasta obtener una abstracción, donde los colores remiten a lo visual y a lo sensorial. Los momentos pasados, la memoria adquiere colores que refieren a estados de ánimo, al modo como el creador percibe el recuerdo. Similar a una imagen que delinea zonas de temperatura, las electrografías delinean la “sensorialidad” del recuerdo. Recurre a los títulos narrativos, para ofrecer una imagen que sólo puede ocurrir en la mente del espectador. Igual que un relato, la presencia completa, integrada, de esa realidad, sólo puede ser “sentida” por quien relata.

Hay un antecedente a este tipo de imágenes. En una exhibición anterior, titulada “My Own Private Evita” (un juego de palabras, otra constante en su trabajo), Gutiérrez Vidal fractalizó imágenes de Marta Sahagún, les proporcionó títulos que referían a una infinidad de prácticas sexuales que lindaban entre lo sublime y lo grotesco, y las montó descuidadamente, casi como trozos de papeles encontrados en un bote de basura (el proceso incluía el maltrato de cada una de las piezas, arrugadas, mal recortadas). Dejó que la yuxtaposición entre la imagen abstracta (otra vez la sinceridad y la coherencia: en realidad se trataban de imágenes de Marta Sahagún, sólo que “ya no estaban ahí”, fueron reemplazadas por “otra cosa” que se presentaba como mancha negra, tipo prueba rorschach, de este modo, aludiendo a los procesos mentales del espectador. El objeto era averiguar quién realmente veía en esas imágenes, que representaron en el proceso a la primera dama, los escenarios de sexo, ultraje y violencia descritos en los títulos.

Es interesante cómo recurre a la narratividad —o si se quiere, a la muestra de un escenario de acción probable— al momento de presentarnos imágenes abstractas. Igual que como señalaba que se trata de un juego sobre la presencia del interlocutor ante la historia narrada, es la posible alusión a que toda narratividad supone imágenes y visiones claras, nítidas, con todos los elementos que los sentidos perciben, pero que en realidad lo único que producen es una abstracción. La abstracción del signo, del lenguaje mismo.

Es así como volvemos a las electrografías de esta pieza. Al dotarlas de color, Gutiérrez Vidal intenta presentarnos un relato que está relacionado con su intimidad. Pero no pueden “sentirse” las experiencias: un viaje a Hillcrest, un viaje a Xalapa, presencias en Bélgica, una playa, el mismo seno familiar y los objetos y personas que sólo en él pueden tener un significado “tangible” (por llamarlo de un modo). Pero al mismo tiempo, estas fueron experiencias vividas, sentidas, olidas, escuchadas, impresas en la memoria, y que, como testigo presencial de las mismas, descubrió, quizá, que toda esa infinidad de sensaciones jamás se podrían traducir en una simple fotografía de album personal.

Este es el punto de entrada, para revelar que, detrás de esa “obra oculta”, engañosa, para la cual tienes que acercarte e intimar con cada una de sus partes, en realidad se trata de un álbum de recuerdos. Entramos a la realidad privada, íntima, de su creador. Estamos dentro de su “reality studio”, una especie de pizarra de apuntes y guías que le permiten ir conjugando la experiencia y tornarla en “algo más” (puede ser una anécdota para la noche con los amigos, puede ser un poema, pueden ser las imágenes que vemos en los bastidores) al tiempo que nos presenta estados de movimiento, efectuados por el personaje principal de la obra, que es el mismo creador. Sólo a través de un simulacro fragmentado podemos internarnos en esta realidad, podemos “invadir” su espacio. Este espacio está dividido en dos partes, separado por el contenido de cada bastidor. Por un lado tenemos una serie de imágenes abstractas, las coloridas electrografías, las fotografías de espacios diversos, la colección de boletos, pases de abordar, etcétera. Por otro lado tenemos una composición que simula un álbum que colecciona fotos de amigos, personajes de su vida o recién “descubiertos”, por así decirlo, de los lugares que ha visitado, una memoria personal de sus movimientos en varios países, el reconocimiento de paisajes, restaurantes, bares, salas de juegos, todos conformados a manera de apuntes, recordatorios, como un diario que siempre hay que tener presente.

Hay elementos, en toda esta colección de presencias de la memoria, que se escapan de nuestra comprensión inmediata, precisamente porque forman parte de la vida personal del artista. Hay otros elementos que aluden a una narratividad de manera más explícita. Lo conforman todos los papeles que acompañan a las imágenes, los retazos de lo que va quedando como huella de sus movimientos alrededor del mundo. Claves y referencias que indican los viajes realizados, esparcidos alrededor de las imágenes, fotografías de personas que ha encontrado a su paso. Debo admitir que, en cierto modo, tengo dudas sobre este énfasis que hago en la narratividad. Porque al mismo tiempo, se trata de un imaginario, de una representación, por así decirlo, aislada de toda relación alegórica. Ya que, finalmente, las electrografías, las fotografías, los objetos varios que vemos en esos bastidores, son a la vez eso: imágenes. Rastros. Por lo tanto, quizá la obra se desprende hacia ambos lados: tenemos un relato, incluido en cada una de sus partes; al mismo tiempo, tenemos imágenes trabajadas y retrabajadas, manipuladas a partir de principios plásticos, de diseño. Nuevamente, es el carácter engañoso de la obra.

La manta que tiene el espectador frente a sí juega un papel crucial. Es una especie de indicador o guía, que propone al espectador la lectura idónea de toda la pieza. La presencia de esos rostros como ausentes, impresos, atrapados en la tela, responde a la necesidad de intimar con el espectador. De señalarle un camino, el de la realidad estudiada del creador, sometida al escrutinio del ejercicio visual, de la manipulación de imágenes, de toda la parafernalia presentada en los bastidores. Hacia adentro y hacia afuera, la obra invita y ahuyenta a la vez, en el ejercicio de su oscuridad. Tenemos y no tenemos la vida planteada como bitácora de viaje, como álbum personal de trayectorias, personajes, situaciones de la vida diaria en ese otro lugar llamado “ciudad visitada”. Está y no está ahí, podemos encontrarnos con estas memorias de viajes, y en su modo de presentación tenemos que los objetos nos eluden. Sin embargo, tenemos una guía, que indica el movimiento que debemos realizar con nuestra mirada. Hay señalamientos en el camino. La obra es un apunte que apunta la dirección idónea para internarnos en la realidad de su creador.

Gutiérrez Vidal, hay que reconocerlo, es un fotógrafo espectacular. Tiene la cualidad de estudiar minuciosamente la imagen, de obtener composiciones que se distinguen por la armonía de sus elementos, donde todo lo que está en el marco cumple una función y si se sustrae se pierde el equilibrio. Incluso aquellas fotografías donde deliberadamente se distorsiona la imagen. El espectador de esta pieza deberá permitirse observar con mucho cuidado las fotografías donde “realmente se ven personas”, y situarse desde el punto de vista de alguien que sólo encuentra una serie de papeles varios e imágenes coloridas, abstractas, psicodélicas. Hay que acercarse a ver una serie de fotografías, pegadas con tachuelas, como memorándums, post its, afiches, postales.

Observen las fotografías y relacionen el tipo de enmarcado con esos marcos que hallamos en las salas de las casas. Hay unos tipos de marcos donde pueden insertarse varias fotos a la vez, formando una especie de composición de conjunto. Traten de recordar ese tipo de marcos. Ahora, vuelvan a las fotografías de la pieza. Nos encontramos con el mismo tipo de composición. Del mismo modo, encontramos el añadido de las inscripciones. Detengámonos un poco en este punto.

La fotografía, en general, es un registro inestable que magnifica su sentido dependiendo del sujeto que contemple la imagen. Podemos encontrarnos la foto de una familia desconocida, tirada en la calle, o probablemente en una de esas casas que visitamos incidentalmente. Las imágenes, como tales, no significan nada para nosotros. Sin embargo, podemos “sentir” que en ellas hay un significado latente, secreto, suponemos que esas fotografías tienen un valor para la familia, para alguien en particular.

Si tenemos la oportunidad de que alguien nos “presente” estas fotografías, es probable que la persona comience a identificar los rostros, los lugares, las fechas o los momentos exactos en los cuales “ocurrieron” estas imágenes. A veces señala con el dedo, apuntando hacia otras direcciones de la sala. Probablemente a un librero, a otra mesita, a un esquinero donde se acumulan las imágenes de los hijos, los hermanos, los nietos, las ciudades visitadas de turista, los momentos enigmáticos de la vida (una graduación, una boda), y vemos cómo el dedo va hacia un lado, hacia otro. Ya no vemos a nuestro guía, nos perdemos en el contenido de las imágenes.

Volvamos al punto originario de esta discusión. Gutiérrez Vidal es un excelente fotógrafo. Cuida los más mínimos detalles, con respecto a la luz, las sombras, la profundidad del espacio, los ángulos. Y las fotos quedan impecables, es muy bueno para que los sujetos de la composición queden rodeados de un espacio que contribuye a darle vida a la imagen, a la presencia de dicho sujeto. Digamos que captura la atmósfera del momento, al mismo tiempo que lo suspende, lo congela.

Y si vemos las fotografías en un conjunto armónico, nos damos cuenta que utiliza la misma lógica de equilibrio y armonía. Es puro ejercicio intuitivo, cierto, pero una intuición minuciosa. Si vemos el conjunto de fotografías donde aparecen unos muros con fotografías, el piso, una serie de imágenes “arrastradas” y borrosas, podemos, con la misma atención al detalle, identificar una composición que busca ritmo y movimiento armónicos. Son fotografías de fotografías, de esas que solemos poner en nuestras casas, recámaras, en la sala. Son fotografías del espacio íntimo del creador, su hogar, donde el movimiento exterior, presentado por las otras fotografías, se encuentra ausente. O por lo menos, en silencio.

El resto de las fotografías enmarcadas, son imágenes de ciudades, de personajes y de encuentros con la extrañeza de los traslados. Como guía por el camino de estos marcos, que cumplen un papel similar al de los álbumes personales, Gutiérrez Vidal inscribe una serie de datos en inglés, que aluden a nombres de personas, declaraciones escuchadas o emitidas por él mismo durante su viaje, pronunciamientos e ideas que le produjeron ésta y aquélla cosa, éste o aquél personaje, objeto, señalamiento, anuncio o paisaje.

Hay flechas que “apuntan” hacia conjuntos específicos (¿recuerdan el título de la pieza? ¿recuerdan la observación sobre los juegos de palabras como una constante en la obra de Gutiérrez Vidal?) y para cada flecha hay una indicación sobre la identidad de la persona, o sobre un calificativo en particular; algo que el autor considera crucial para aproximar a la figura, algo que considera que, al momento de invadir el espacio de su “reality studio” es necesario que sepas sobre esa persona, ese lugar, esa imagen que tienes frente a ti. Es como si estuvieras en su sala, o en su recámara, te sentaras junto a él, y observaras cómo sus dedos se mueven en la misma dirección que las flechas. Al mismo tiempo, estos señalamientos representan el modo como nosotros mismos leemos información visual, textual.

Las inscripciones pueden resultar inquietantes. Parecen ser escritas por un niño o un loco. Entiendo que esto ha de haber sido parte del propósito de Gutiérrez Vidal, de que las inscripciones, hechas con una letra que no controla tamaños, una caligrafía desequilibrada, que no respeta la horizontalidad, se relaciona con el tipo de inscripciones que las personas en estados temporales y emocionales desequilibrados hacen en las paredes, en trozos de papel, en tela, en fotografías. Y también parecen inscripciones hechas por un niño. El propósito es lograr que la lectura de estos trozos de su estudio, de su diario personal, sea inquetante, que nos lleve a la extrañeza. Pero también está relacionado con el acto de intromisión que el espectador asume cuando está frente al imaginario privado de un sujeto. Asimismo, me remite a una condición que se relaciona más con la intimidad a la que se enfrenta alguien que tiene ante sí una imagen de gran significado, en este caso, una fotografía: no importa cuál sea nuestra relación con la imagen —de un familiar, un amante, un gran amigo, un pariente que no conociste en vida— hay un retorno a la inocencia. Solemos observar las fotos con una conciencia de pérdida. Cuando mostramos las fotos a alguien, señalamos los personajes y las situaciones desde una postura inocente. Siempre construimos el relato de las vivencias que capturamos en fotos, con una cierta actitud infantil; vemos las fotografías del recuerdo como si fuéramos niños. Nos regresan a una pérdida originaria.

Y a la vez, lo que vemos es el resultado de la acumulación. Un apunte de ideas, pasadas, presentes, que mantienen activa la mente del artista. Como señalé anteriormente, estamos ante la pizarra desde donde el artista comienza a construir sus creaciones.

Hay una obra en particular a la que me remite esta pieza de Gutiérrez Vidal. Sus propósitos fueron otros, pero sí puede señalarse que el procedimiento es similar. Me refiero al Boite en Valise, de Marcel Duchamp. Se trataba de una suerte de portafolio móvil, en el cual Duchamp construyó modelos en miniatura de todas las piezas que había elaborado hasta ese momento. Un pequeño museo móvil, si se quiere. En este caso, Gutiérrez Vidal nos presenta un estudio móvil, donde se revelan los procesos mentales a los que acude al momento de crear, donde se revela la historia personal de sus movimientos, tanto en el ámbito de la representación visual, como en la representación de su persona en varias partes del mundo. Donde puede asumir roles distintos, personalidades que se bifurcan y a la vez son una continuación de sí mismo. Y desde donde él puede verse y ver a los demás, como un Gran Observador que contempla el mundo a la manera de un “reality show”. O de un simulador de espacios y ambientes, a juzgar por la inclusión de varios diseños sacados del juego The Sims, en una de las fotografías que vemos en los bastidores.

Vemos que en dicha imagen hay dos señalamientos principales. Una de las flechas dirige nuestra mirada hacia “The simulation”, donde están varios ambientes diseñados con ese juego, y la otra flecha nos dice “The real shit”: lo que vemos es una serie de ambientes en proceso de elaboración. Ahí es donde podemos encontrarnos nosotros como espectadores, en medio de una obra en proceso. No por nada Gutiérrez Vidal nos advierte con respecto a “the real shit”: (this place is so fucking funny).

III

El trabajo y retrabajo, la transformación y reelaboración, la puesta en distintos contextos de las creaciones que ha hecho hasta ahora, es uno de los aspectos que hay que identificar, y admirar, en la obra de Gutiérrez Vidal. Precisamente porque se trata de una obra en constante estado de evolución. Hay varios elementos en esta pieza que he visto en otros lados, en otras versiones, presentada en otros formatos y cumpliendo propósitos distintos. Gutiérrez Vidal es un maestro de la representación. Incluso en su obra literaria, hay casos de libros que han sufrido transformaciones. Hubo un periodo de tiempo en que sus novelas “El Cínife”, “Berlín 77” y “Platero y Tú” se encontraban en internet, presentadas de manera que su lectura fuera interactiva. Actualmente, estas tres novelas pueden encontrarse en versión impresa. Juntos él y Bibiana Padilla Maltos, cuando publicaban la revista Auñur, siguieron la regla de que cada número sería presentado en un formato distinto. Hubo ediciones hechas con los textos recortados y puestos en una bolsa de papel. Hubo una edición en cassette.

Hay ejemplos de obra gráfica que aluden a lo mismo. Las electrografías, las impresiones de rostros en tela o en otros soportes, la experimentación con la sintaxis y las dimensiones de lectura de signos lingüísticos, todos estos han sido presentados y representados en varias de sus exposiciones, en varias de sus lecturas públicas, en performances. Podemos ver varios ejemplos en esta pieza.

El impulso transformador de Gutiérrez Vidal, con respecto a la imagen, al texto, a obras anteriores, algunos lo han interpretado como producto del aburrimiento, de una actitud de no ser “atrapado” en una misma veta, o de ir a contracorriente por la sola virtud que esa pretensión exhibe en quien lo realiza. O de que sus parámetros de atención corren a una velocidad que no le permite seguir una permanente e identificable forma de trabajo. No necesariamente se trata de que se “aburre fácilmente”, ni de que sus parámetros de atención no le permiten concentrarse y hacer que la obra siga una línea más permanente. Sus constantes giros, la presentación y representación de la obra que ha creado, aunado a la inquietud por encontrar la manera más abrupta, fragmentada y maltratada de trabajar y procesar las imágenes, las estructuras de los textos, y admito que es una aseveración riesgosa, es el resultado de una conciencia reveladora: aquella que descubre que los discursos, los recursos representacionales, los soportes, fácilmente pueden ser enmarcados por la dinámica de las disciplinas artísticas y literarias. Alguien que ha estado asumiendo distintos roles al interior del quehacer artístico, descubre que es fácil caer en la homogenización y reiteración de su propio discurso. Quizás, e insisto, desde mi punto de vista, es una manera de evitar que su trabajo sea cooptado, asimilado. Porque en la actualidad todo es propenso de ser asimilado, con más facilidad de la que imaginamos. No es tan fácil si aprendemos a mantenernos en constante proceso de construcción.

Alejandro Espinoza

ON-TRANSIT

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 12:01 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:25 ]

E
n 2005, Gutiérrez Vidal curó la exposición titulada ON-TRANSIT. Narrativas visuales en Norteamérica, para el Centro Estatal de las Artes de Baja California. En dicha muestra colectiva participaron Bibiana Padilla Maltos, Marc LeBlanc, Katie Herzog, Camille Turner y Sarah-Anne Johnson.

Para el evento, Carlos Adolfo presentó una instalación hecha a partir de electrografías, fotografías y collages.

My Own Private Evita

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 11:59 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:24 ]

E
sta es una muestra de la última exposición individual de Carlos Adolfo. Se trata de una serie de fractalizaciones a partir del rostro de Marta Sahagún de Fox y su biografía en el contexto del imaginario popular mexicano.

Lesbian Barbie

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 11:54 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:23 ]

U
na serie de fotografías construidas a partir de la idea del juego de muñecas y la violencia de las mujeres hacia su propio género derivada de condicionamientos sociales y familiares.

Mirinda, Sex & Kinder Garden

publicado a la‎(s)‎ 06/08/2011 11:50 por Carlos Adolfo Gutierrez Vidal   [ actualizado el 06/08/2011 12:22 ]

La sensibilidad de una sociedad se expresa por sus artistas en sus creaciones. Estas están determinadas por sus circunstancias históricas, esencialmente el tiempo y el espacio. En Tijuana la producción artística visual es rica y multidisciplinaria. Contamos en nuestra comunidad con creadores en fotografía, pintura, dibujo, grabado, escultura, video, instalación, performa y gráfica electrónica.

Cada uno a su modo refleja sus reflexiones, emociones, preocupaciones goces, deseos, críticas, alegorías de lo que son, de lo que viven. En la experiencia de accionar con su sociedad, con las cosas, estructuras políticas, ideomáticas, lingüísticas, junto con todo el resto de su comunidad, van haciendo el devenir cultural de una civilización. Es aquí donde van develando el Zietgeist (el espíritu del tiempo).

En Mirinda, Sex & Kinder Garden, electrografías de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal, podemos ver la expresión de un joven artista multidisciplinario. Originario de Mexicali, con una licenciatura en comunicación. Inquieto en mostrar sus ideas, sueños, visiones, memorias, ironías, referencias.

El artista recurre a los medios que le ayuden a decir su cantar, y Gutiérrez Vidal lo encuentra en los medios mecanico electrónicos de reproducción, como lo es la electrografía, el medio que le permite referirse al Zietgeist que vivimos. Este medio ha sido criticado por curadores de museos y críticos, porque para ellos en las electrografías, también llamadas xerografías, se apela mayormente a la conciencia del tiempo donde se inscribe la creación, que a las características estéticas de la obra.

Desde la década de los años sesenta, Nima Leveton, Esta Nesbitt y Barbar Smith recurrieron a la electrografía como medio expresivo.
Ningún medio requiere un acercamiento común a un estilo mas que el impuesto por sus limitaciones.

Pensar, cuestionar que la electrografía es de dudoso sentido artístico, es pensar en estrecho. Permitirse disfrutar el juego visual que propone un 'pincel' hecho 'mouse' es divertirse con los ojos en la era posindustrial.

En el caso de la presente obra, es además divertirse con las referencias de lenguaje que Carlos Adolfo propone. Las vinculaciones auditivas y conceptuales de los títulos de las obras con los títulos de las canciones de la música que escucha, junto con su comunidad veinteañera, son imaginativas e irónicas. "Acid House: Sky Pieces Over the Dance Floor" es un ejemplo claro para referirse visualmente a un momento preciso de su cotidianeidad; una fiesta, la gente, el baile, el movimiento. Pedazos de eso están señalados, marcados, impresos en cinco hojas de papel sencillamente solucionadas visualmente. el peso de la obra está implicando una unión con el lenguaje. De aquí que es poesía visual. Lo mismo sucede con toda la demás obra, como en "Trans" (1998), donde con imágenes de lo que se puede ver como un circuito electrónico, un panel de computadora, se puede deslumbrar un plano de ciudad. Me recuerda los planos de Peter Eisenman, destacado arquitecto posmoderno de la deconstrucción en la arquitectura.

La resolución perceptual de la presente exposición está en la sensibilidad poética del espectador, en la relación que encuentre entre referencia lingüística de las palabras y la asociación visual de sus memorias e imaginaciones.

Carlos Adolfo nos reta a ver y pensar, interpretar. Nos deja un espacio importante para intervenir, en completar el proceso de la comunicación artística: que el espectador VEA. ¡Disfrútelo!

Olga Margarita Dávila

Texto de presentación de la exposición Mirinda, Sex & Kinder Garden, inaugurada el jueves 19 de noviembre en la sala 2 de la Galería de Arte de la Ciudad de Tijuana.
Copyright © 1998 Olga Margarita Dávila. All rights reserved.

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