Biblioteca Popular Prof. Dionisio Chaca
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"La
libertad y los libros", por Mario Vargas Llosa
Texto completo del discurso de Mario Vargas Llosa en la 37º Feria del Libro de
Buenos Aires
Agradezco a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires honrarme
con la invitación a ocupar esta tribuna el día de la inauguración. He tenido ya
ocasión de participar en ella hace algunos años y me alegra saber que ha ido
creciendo y atrayendo cada vez a más editores, libreros y lectores hasta
convertirse en una de las ferias de libro más importante en todo el ámbito
de nuestra lengua.
No me extraña nada que haya ocurrido así. Desde la primera vez que pisé Buenos
Aires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que esta ciudad y los libros
tenían una afinidad recóndita, comparable a la que sólo había advertido antes
en París, y que, al igual que esta última, Buenos Aires era una ciudad de
librerías -modernas y anticuarias-, de cafés literarios, de escribidores y
lectores, donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa. No es por
eso nada raro que uno de los más grandes creadores de nuestro tiempo, Jorge
Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su extraordinaria obra
que toda ella es como la exhalación imaginaria emanada de una biblioteca,
institución en la que Borges, recordemos, en uno de sus más bellos textos,
materializó el Paraíso.
Agradezco también a los organizadores de este certamen haber resistido las
presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas, para
desinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la Presidenta, señora Cristina
Fernández de Kirchner, cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto.
Ojalá esta toma de posición en favor de la libertad de expresión de la
mandataria argentina se contagie a todos sus partidarios. Este episodio, me
parece, más allá de lo anecdótico, plantea un asunto interesante y actual al
que no me parece inadecuado abordar en el marco de este certamen con una breve
exposición que se podría titular: "La libertad y los libros".
Manuscritos, impresos y, ahora, digitales, los libros representan la diversidad
humana (mientras no sean expurgados, claro está). A condición de que puedan
participar en ella sin discriminación, cortes, sin censura, los libros de una
Feria del Libro son, en pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y
lo peor que ella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus
sueños, sus amores y sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y grandezas.
Ningún espejo retrata mejor a esa colectividad de hombres y mujeres que
conforman las diversas tradiciones, culturas, etnias, lenguajes, mitos,
costumbres, modos y modas del fenómeno humano. Esa extraordinaria variedad
desaparece cuando, abandonando la superficie, gracias a los libros nos
sumergimos en lo profundo hasta llegar a aquellas raíces o denominadores
comunes de la especie, pues allí descubrimos lo que hay de solidario y
semejante por debajo de aquella frondosa variedad: una condición, unos
sentimientos, unos anhelos, unas alegrías y unos miedos que establecen una
identidad recóndita sobre las diferencias y distancias que la historia ha ido
forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.
Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e
ideológicos entre los pueblos y las personas y a descubrir que, por encima o
por debajo de las fronteras regionales y nacionales, somos iguales en el fondo,
que los "otros" somos en verdad "nosotros" mismos.
Gracias a los libros viajamos en el espacio y en el tiempo, como hizo Julio
Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y
comprobamos que, con todos sus matices y variantes, la humanidad es una sola y
compartida.
Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos rodea con un
bosque
encantado. Ellos están allí, quietos, inertes, silenciosos, como los árboles y
las plantas de las
fantásticas historias infantiles, esperando la varita mágica que los anime. Basta
que los abramos y celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la
lectura para que la vida estalle en ellos convocada por la hechicería de sus
letras y palabras, y un surtidor de ideas, imágenes y sugestiones se eleve del
papel hacia nosotros nos impregne, arrebate y traslade a otra vida, a menudo
más rica, coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera, en la que a
menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas resquicios para
la exaltación y la felicidad. la vida de los libros nos enriquece y nos
transforma. Nos hace más sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres.
Más críticos del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y
se vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de nuestros
deseos y sueños.
Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y
deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear
mundos de fantasías y a volcarlos en ficciones para poder tener aquello que la
vida que vivimos no nos da.
El viaje al corazón de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un
paseo divertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el sentimiento
y la inteligencia del lector, la comprobación de que el mundo real está mal
hecho pues no basta para colmar nuestros anhelos.
¿Para qué inventaríamos otros mundos si con éste nos bastara? Es imposible no
salir de un buen libro sin la extraña insatisfacción de estar abandonando algo
perfecto para volver a lo imperfecto y empezar a mirar el entorno con cierto
desánimo y frustración. Nada ha hecho que el mundo progrese tanto desde los
tiempos de la caverna primitiva hasta la era de la globalización como ese viaje
a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeres desde su más remoto pasado y
del que da testimonio inequívoco el mundo vertiginoso y laberíntico de los
libros.
No es sorprendente, por ello, que los libros hayan despertado, a lo largo de la
historia, la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad,
de quienes se creen dueños de las verdades absolutas, de todos los dogmáticos y
fanáticos que han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de la
civilización.
La Inquisición lo vio clarísimo: los libros deben ser examinados y purgados por
censores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y
no se deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera.
Dejarlos prosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar
el mundo de heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y
desafíos múltiples a las verdades canónicas. Esta mentalidad llevó a decidir
que todo un género literario -la novela- fuera prohibida durante los tres
siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de América.
Durante trescientos años no se pudo editar ni importar ficciones en las
colonias americanas. El contrabando se encargó de que muchas novelas circularan
en nuestras tierras, felizmente. Pero una de las perversas -o tal vez felices-
consecuencias de esta prohibición fue que, en América Latina, como la ficción
fue reprimida en el género que la expresaba mejor -las novelas-, y coma los
seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la arreglaron para
contaminarlo todo -la religión, desde luego, pero también las instituciones
laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y, y por supuesto, la política-,
con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los
latinoamericanos tengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es
ficción y realidad. Eso ha sido muy beneficioso en los dominios del arte y la
literatura, pero bastante catastrófico en otros, en los que sin una buena dosis
de pragmatismo y de realismo -saber diferenciar el suelo firme de las nubes- un
país puede estancarse o irse a pique. Los comisarios políticos han reemplazado
en la vida moderna a los inquisidores de antaño.
Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso, ideológico o un
caudillo
megalómano que se cree dueño de la verdad absoluta, los libros se han visto
sometidos a purgas, recortes y vejaciones para tratar de evitar que lo que
ellos encarnan mejor que nadie -la diversidad humana, la variedad de ideas,
creencias, puntos de vista, costumbres y tradiciones- se divulgue y contradiga
la visión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada. Nazis, fascistas,
comunistas, caudillos militares o civiles enceguecidos por los espejismos de
las verdades absolutas han tratado a lo largo de toda la historia y en todas
las geografías del planeta de domesticar y embridar el espíritu creativo,
insumiso y crítico -que ha sido siempre el motor del cambio-, pero, por
fortuna, siempre han fracasado. Dejando, eso sí, en el camino una miríada de
víctimas - torturados, encarcelados y asesinados- que, pese a la represión y a
las persecuciones, mantuvieron siempre viva aquella llama de libertad que
anida, como un alma secreta, en el corazón de los libros.
Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros
que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin
inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las
estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los
libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso
fuego que la atiza,mantiene y renueva.
Una de las mejores tradiciones de la Argentina ha sido ser un país de libros,
escritores y lectores. Yo lo recuerdo muy bien, pues en mi infancia y mi
adolescencia se nutrieron de revistas y libros (y, añadiré, películas y
canciones) que se producían y editaban en este país y se difundían por todos
los rincones de América. Por ejemplo, llegaban puntualmente a Cochabamba, la
ciudad boliviana donde viví hasta los diez años. Recuerdo muy bien la llegada
periódica de Leoplán para el abuelo, el Para ti que leían mi madre y m abuela y
en Billiken que yo esperaba como maná del cielo. Más tarde, de universitario en
San Marcos, en Lima, conocí la literatura más renovadora y moderna, (de
Faulkner a Thomas Mann, de Joyce a Sartre, de Camus a Forster, de Eliot a
Hemingway, gracias a las traducciones que editoriales como Losada,
Sudamericana, Emecé, Sur y otras publicaban y distribuían por todo el
continente. Como innumerables jóvenes latinoamericanos de mi generación puedo
decir por eso que debo buena parte de mi formación literaria a esa pasión por
los libros que anida en el corazón de la cultura argentina.
Hago votos porque esa hermosa tradición se renueve y fortalezca y que sea la
mejor expresión de ello esta Feria del Libro de Buenos Aires.
Muchas gracias.
Mario VARGAS LLOSA
La plenitud del Hombre a través de los libros, de la cultura,
del conocimiento
Medio pan y un libro.
Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada).
Septiembre 1931.
"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier
índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta
que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto
a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través
de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de
mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta
de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es
vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son
infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca
del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en
la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco
desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones
económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los
pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos
los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo
contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en
esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un
hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un
pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no
tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos
libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor,
amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia
para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre
de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia,
alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de
nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía:
‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía
frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es
decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del
corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre,
sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda
la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa,
que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través
de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno
de fe, pero falto de luz.