Biblioteca Popular Prof. Dionisio Chaca
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EL NIDO DE ZORZALES
Emilio ha venido con su papá a pasar la temporada veraniega a Cápiz
(departamento de San Carlos en Mendoza) llevando para entretenerse, no buenos
libros sino una magnífica colección de hondas, trampas, riflecitos y balas.
En aquellos parajes, hay una
infinidad de aves de todas clases que anidan en los montes y, precisamente en
aquellos días, casi todos los nidos silvestres contienen en sus mullidas
camitas, huevecillos o tiernos polluelos.
Esto era lo que hacía encantadora la estada de Emilio en aquellos sitios
porque le gustaba muchísimo la caza de nidos y de inocentes pajaritos. Desde
muy chico, había dado muestras de esta afición que, sin titubeo alguno vamos a
calificar de mala, por no decir de perversa.
Era un tenaz y cruel
destructor de nidos y un implacable verdugo de preciosas familias de
pajarillos. ¿Por qué era así Emilio? . . . ¿Sería su maldad pasajera o sería ya
algo hondo que pertenecía a su naturaleza? El siguiente episodio nos hará salir
de dudas.
Diremos antes que Emilio era niño de ciudad y es por demás sabido que casi todos los niños de los centros urbanos son excesivamente crueles y malos con las avecillas del monte.
¿Que no es cierto esto? ¿Que los del campo son lo mismo de malos? . . . ¡No! . . . de ninguna manera. Yo se los aseguro y cualquier observador inteligente y ecuánime puede comprobarlo. Casi,. . . casi, podríamos probar nuestro aserto con una perogrullada. . .
¿Por qué no hay un solo
animalito silvestre entre las frondas de los parques urbanos? Porque apenas
aparece uno, surgen de todas partes hondas y rifles que en un santiamén, lo
dejan cadáver.
Es que las gentes del campo,
no matan ni persiguen por placer a los moradores de las praderas o de las
selvas. Las tribus salvajes y los ignorantes y rústicos habitantes de las
selvas vírgenes, no arrasan con la fauna de sus bosques y si alguna vez toman
algo de ella sólo matan lo necesario, mientras que las gentes de las ciudades,
grandes y chicos que invaden los campos en tren de caza, de excursión o de
vacaciones, destruyen cuanto encuentran. Y como estas invasiones ocurren casi
siempre en el verano, es decir, en plena época de empolladura y de crianza, el
daño es infinitamente mayor.
Y vamos ahora al cuento:
Muy cerca de la transitoria
morada de Emilio, corría el arroyo San Carlos, afluente del caudaloso Tunuyán.
Por sus riberas solía andar siempre nuestro denodado cazador, rifle en mano y
honda en el bolsillo. Relatar el destrozo que en cada una de estas excursiones
causó entre la alada familia es decir algo muy contrario a los buenos
sentimientos que deben ocupar por completo el corazón de los niños.
Un día, salio con su tío y llegaron hasta
lugares no visitados hasta entonces. Nuestro amiguito iba hecho todo ojo en
busca de nidos cuando alcanzó a ver que, de entre un grupo de chilcas, situado
a regular altura sobre la ladera de una barranca, salía volando una hermosa
zorzala que se posó sobre unos árboles cercanos dando gritos de alarma. Verla
Emilio y lanzarse corriendo hacia el nido, fue uno. Llegó y miró ansiosamente:
en el fondo del nidito había dos tiernos y preciosos pichoncitos, todavía sin
plumas. Muy apretaditos el uno contra el otro. Al sentir ruido, ambos abrieron
bien ancho el pico para recibir en él, el alimento que los inocentes se
figuraban les traía aquella sombra negra que se proyectaba sobre ellos.
Emilio lanzó un grito de
alegría y también de admiración pero no tocó a los pichoncitos. . . ¿Por qué? .
. . ¿Porque estaba su tío viéndolo? ¿O es que había renunciado de golpe a su
cruel entretenimiento? . . . ¡Quién sabe! . . . Lo cierto es que en aquella
ocasión dejó tranquilos a los diminutos habitantes de aquel palacio aéreo. . .
Tal vez sería porque eran zorzales y él no ignoraba cuánto se valora a una de
estas avecitas. En su casa tenían un magnífico zorzal que cantaba todo el día
de un modo tan delicioso que hasta el mismo Emilio se quedaba a veces encantado
escuchándolo.
Tenemos que creer sin embargo
que algo pasó en el corazón del niño porque ya no se olvidó más de su nido y al
día siguiente volvió; sólo para ver a los pichoncitos pero tampoco les hizo
daño. Estuvo un rato mirándolos y observando a la pareja de padres - que a su
vez - lo espiaban desde allí cerca. Varias veces dirigió a ellos su arma casi
vencido por la tentación de tirarles pero. . . no lo hizo y se volvió a casa.
Al día siguiente repitió la
visita y se interesó mucho cuando vio desde lejos, cómo los padres traían
gusanillos a sus hijitos. Sus visitas se hicieron después más seguidas y largas
y era frecuente el caso de ver su rostro lleno de alegría al notar que los
animalillos crecían, se cubrían de plumas y se ponían más vivarachos. Así y todo, algunas veces sentía ahogos
extraños y ansias locas de deshacer el nido a pedradas y de tirar a los padres:
entonces se iba casi avergonzado. Pero al día siguiente una fuerza desconocida
para él lo impulsaba de nuevo hacia el nido y entonces se alegraba mucho de no
haberlo destruido el día anterior. Es que empezaba ya a querer de veras a la
graciosa y feliz familia.
Mientras tanto, el padre de
Emilio había acabado de enterarse de las nuevas preocupaciones y del cambio
operado en el chico y su corazón se sintió inundado de júbilo por aquella
novedad. ¿Sería acaso este cambio, el síntoma precursor de la curación de su
hijo de sus malas y crueles inclinaciones? El padre sentía mucha pena a causa
del espíritu perverso que había notado en su hijo, porque no era solamente con
los animales indefensos con los que Emilio se mostraba desprovisto de compasión
sino también con sus mismos hermanos y compañeros. Muchas veces había intentado vanamente
corregirlo de diversos modos sin conseguirlo y por ello, temía grandemente por
su porvenir.
Y he aquí ahora que de golpe,
prende la chispa de la piedad y de la justicia en el corazón de Emilio y que la
transformación más radical parece cercana. Pensando en esto, el padre se
dispuso a acompañar a su hijo en la próxima visita al nido. El niño recibió con
gran alegría la noticia de que su padre iría con él pues ya había pensado
también invitarlo para que viera su tesoro. A la mañana siguiente, marcharon
los dos muy alegres en dirección al nido de zorzales; pero cuando estuvieron
cerca de él, les llamó la atención la frecuencia de los gritos de los padres;
gritos que denotaban una extraordinaria alarma y desesperación.
Ambos apresuraron el paso y
al llegar al borde de la barranca, vieron con la consiguiente sorpresa, espanto
e indignación, que una enorme culebra se hallaba enroscada en las ramas de la
chilca con la cabeza sobre el nido y con la cola azotando al aire. Sobre ella,
con las alas y el pico abierto, las plumas erizadas y ya exánimes de cansancio,
padre y madre luchaban contra el monstruo dándole picotazos, aletazos y
rasguños al mismo tiempo que trataban de evitar los coletazos del reptil.
Sobre todos los miedos y
terrores de niño, Emilio tenía uno que iba más allá de toda ponderación. Era el
miedo a las víboras; en cualquiera otra circunstancia habría huido con el
rostro descompuesto y los ojos saltados de terror a la sola presencia de una de
ellas. Pero en aquella ocasión, apenas vio lo que ocurría, sin vacilación
alguna lanzóse hacia el nido como un toro ciego y feroz. Y de allí en adelante,
no supo ya nada de lo que hizo hasta que su padre se lo contó después, y fue lo
siguiente:
Como una flecha cruzó la
distancia que lo separaba del nido; subió la cuesta hasta las chilcas, tomó a
la formidable culebra de la cola y dándole un violento tirón con fuerza que
sacó de su misma rabia, la desenroscó de la rama y la arrojó lejos. Al mismo
tiempo y para escapar al contacto del monstruo, hizo un instintivo y
pronunciado movimiento hacia atrás que le hizo perder el equilibrio y caer de
espaldas al agua del arroyo, por fortuna, poco profunda en aquel sitio. Sin
hacer caso de este accidente, se puso de pié y prestamente, hecho una sopa,
volvió a subir hasta el nido.
Allí vio que se había
producido una horrible tragedia y su pena fue tanta, que se quedó inmóvil y
helado. Uno de los pichoncitos había sido ya tragado por la culebra; el otro,
mordido y estrujado agonizaba sobre el sedoso lecho. Los zorzales padres no se
habían alejado mucho: estaban allí, a tres metros, sobre una rama más alta
mirando ansiosamente y aún con las alas abiertas, lanzando ahogados gritos de
espanto y próximos a caer de fatiga.
Emilio vio todo aquello, tomó
al pichoncito moribundo y luego, con lágrimas en los ojos le dijo a su padre: -
“¡está muerto papá! . . . ¡están muertos! . . . ¡Y yo que tanto los quería! . .
. ¡Ah! . . . ¡pero! . . .” Se volvió bruscamente para buscar a la culebra y
hacerle pagar su horrendo delito. No la encontró. . . se había fugado hacía
rato escurriéndose por entre el espeso matorral. Entonces el niño lloró de veras por la espantosa muerte de los pobres
zorzalitos.
El padre lo dejó dar rienda
suelta a su dolor y luego le dijo: - . . . ¡Mira! No eres sólo tú el que siente
esta desgracia. . . ¡Mira a los infelices padres! ¿No ves que no es el espanto
sino la pena más honda y desgarradora la que se revela en su actitud y en sus
gritos ahogados? . . . y no quieren alejarse.” -
-
“Sí, papito, sí, los veo y comprendo el daño inmenso
que he causado tantas veces. . . ¡Cuánto lo lamento ahora! . . . No lo haré más,
papito, no mataré más avecitas . . . no quiero parecerme a la víbora . . .” –
-
“Muy bien hijo mío, pero en lo que ha hecho la
culebra, hay atenuantes: ella mataba para alimentarse, para vivir, pero tú. . .
¿para qué matabas? . . . Tú querías dar muerte a la serpiente por lo que te
parecía un crimen abominable; y si los padres de todas tus víctimas hubieran
hecho lo mismo contigo y con mayor derecho todavía, porque en ti no había excusa ¿cuántas vidas hubieras tenido que
dar? . . .” –
-
“No sigas papá, todo lo entiendo ahora perfectamente.
. . ¡No lo haré más. . . te lo juro! . . . ahora, nos llevaremos este
pichoncito muerto a casa para que los pobres padres no lo vean y crean que éste
por lo menos está vivo.” –
-
“! No! . . .” – Respondióle su padre. – “Déjalo
nomás en el nido; los pájaros silvestres, prefieren ver muertos a sus hijos
antes que saberlos cautivos: déjalo, eso les causará menos pena que si te lo
llevas; vamos a casa para que te cambies la ropa.” –
- “Y para destruir las hondas y arrojar al agua todas las balas que me quedan.” – Agregó Emilio con voz enérgica.
Y colorín colorado este cuento ha terminado,mas pronto otro vendrá.
Nota de los editores: El original está escrito en el español que se usaba en la década del 30 más o menos. Hemos respetado el estilo pero modificado la puntuación. Sólo hemos agregado un artículo en dos oportunidades para que el texto sea más claro.
Sus nietos:
Susana I. Erhart Chaca, adaptación del texto. Julio E. Erhart Chaca, formato digital.