Hay momentos, que se perciben suavemente mientras que sonidos, melodías, voces o ruidos disimulan su existencia. Sus ondas no ofrecen ninguna alteración insólita. Permanecemos ante ellos como una estatua viva y embobada. Su presencia no desarrolla variedades especiales en nuestro pequeño cerebro. Un niño, sin embargo, podría encontrar en estos impulsos, en estos momentos sinuosos, un universo tan deslumbrante como puede ser perderse en un desierto desconocido y ser descubierto por pacíficos nómadas azules. Cobijo del alma sedienta o reconocimiento de la casualidad que hizo, sin esfuerzo de ningún pensamiento,ser lo que somos. Nuestra razón se limita a conceptos que aceptamos como reales.Reposamos en nuestras ideas.Un vaso en la mesa, la ultima cena.Una caricia sentida o el ultimo aliento para posar nuestra imaginación. Saltamos los días de liana en liana, como si no perteneciéramos a la piel que se quiebra en ellas. Al parecer a través de los sentidos se puede llegar a alcanzar el susurro de los momentos que definiria como misteriosos.Los defino así, pues no he llegado a percibirlos. Y si en algún momento supe de ellos, se alejaron, al caer la noche, al surgir los vientos, cambiando el paisaje de las dunas. Desorientandome del sentido de seguir adelante con un punto inicial donde solventar el principio de la orden de trasladarse a algún lugar determinado por la realidad. Olvidando en la mañana, que en la noche susurraron momentos que me aceptaban como un grupo de milagro en un solo cuerpo. Pero los milagros no se encuentran en soledad. Estos momentos no consideran importante la individualidad. Viven en el vacío que vemos entre dos almas que se encuentran. Y la aceptación que propulsemos ante ese punto vibracional, nos protegerá o nos alejara de lo que somos. Ahora, por fin, la razón se ha apaciguado. Y no me molesta estar sola aquí. Con el tiempo parece olvidarse que estamos hechos de momentos misteriosos, que nuestro principio no tiene un lugar exacto donde definirse. Estamos aquí por un momento misterioso, parte de un gemido. En realidad, es en ese lugar donde guardamos los sentidos. |