relatos sobre el mundo árabe
PRELIMINARES
Le dicen el “moro” y eso le molesta. Otros le llaman árabe y él insiste en que es Azíz, un argelino musulmán. No entiende porque les llaman árabes a todos, cuando árabe es el que procede de Arabia Saudíta y él nació en una de las orillas del mediterráneo. Sus hermanos musulmanes proceden de todo el mundo, les une la religión, pero las costumbres son distintas. No comparte el ritual del té en Argentina, pero de lo que está seguro es de que, en su mesa no habrá nunca carne de cerdo, porque es haram.
LOS CINCO PILARES
1º EL HACH.
Un mes estuvo fuera. Un largo mes para su familia, durante el breve periodo en que Arabia Saudita abre sus puertas a los peregrinos, a lo largo del año. Siempre había sido un hombre silencioso, que no malgastaba sus palabras como pasatiempo. Realizó en Meca todos los rituales, vestido con su túnica blanca, sin costuras, dio las siete vueltas a la kaaba, visitó medina e incluso se sacó una foto al lado de un dromedario, ataviado con adornos granates y rojos que contrastaban con su túnica blanca y el azul de aquel cielo luminoso. Al regresar traía en su mirada un acento distinto, se desprendía de sus pertenencias físicas con alegría. Siempre fue generoso, pero ahora disfrutaba despojándose de lo banal y valoraba aún más aquellos tesoros espirituales, que siempre mitigaron la nostalgia por su país y su familia. Escucharle hablar era un privilegio, dado que nunca se prodigó, quizás porque sabía que la visión de un hombre no presta sus alas a otro hombre, o quizás por el temor a no ser comprendido o quizás debido al tedio que suponía la constante corrección fonética de su esposa. Lo cierto es que cuando hablaba, siempre le presté oídos porque sus palabras estaban teñidas de sabiduría y eran el resultado de largas observaciones y reflexiones.
A su vuelta del hach había un brillo especial en sus ojos. Era la ilusión de un niño, inocente y feliz la que eclipsaba al interlocutor. Con un vaso de té entre las manos nos contó con serenidad cómo eran los lugares por los que pasó, dónde durmió, a quién le regaló el saco de dormir que su mujer le compró antes de partir. Su esposa volvía recriminarle ese acto y en sus ojos ya no hubo tedio, ni cierta indiferencia, en sus ojos hubo paz, salam salam.
2º RAMADAN
Aún faltan unas horas para la puesta de sol y ella invitó a su amiga a romper el ayuno con ella en la cafetería en la que trabajaba. En Ramadán comía con más sosiego, con tranquilidad, disfrutando al máximo de estos pequeños placeres que conllevaban un mayor tiempo de preparación que las comidas diarias
Llegaron las seis y media, su amiga la ayudó a colocar todos los platitos con las diversas cremas y entrantes en la mesa. Se sentaron todos a su alrededor y susurraron algo, sin voz. Luego el marido tomó un trozo de pan y preparó un bocado de kibbe, para ofrecérselo a su esposa. Ella sonrió y se miraron con complicidad. Siguieron comiendo, mientras Oum Kelsoum sonaba de fondo. Al llegar al postre una piña troceada en dados, fruta predilecta del marido aguardaba. A punto de acabar el jugo no era posible degustarlo con la cucharilla y él levantó el plato, se lo llevó a la boca, lo inclinó, como un niño, saboreó aquel manjar. Su mujer comenzó a regañarle:- Desde luego, te he dicho mil veces que es una grosería comer así, encima hoy que tenemos invitados.
La invitada agarró su plato e imitó el gesto del cabeza de familia, la mujer se quedo atónita y enmudeció. A partir de entonces nunca más volvió a ponerles cubiertos en la mesa, ni para su marido, ni para su amiga. Ambos gozaban comiendo con los tres dedos de la mano derecha: corazón, índice y pulgar.
Acabaron de comer y satisfechos tomaron el té compartiendo risas, pero las más suculentas siempre fueron las comidas en la que rompían el ayuno. Siempre hubo un toque de alegría. Probablemente porque celebraban el haber superado la tentación de comer durante el día y habían afianzado su paciencia, el control de sus deseos más primarios y la tentación.
3º ZACAT
-Ahora dice que desea volver a su país.
- Bueno, vamos a aprovechar el momento y vamos a ver que se puede hacer, tú tranquila.
- Pero el billete cuesta mucho y yo no puedo pagarlo.
- No te angusties más. Hablaré con él si pasa por aquí.
El imán habló con otros miembros de la comunidad y cada uno aportó lo que pudo. Fueron a sacar el billete de avión España- Pakistán, de ida. Lo sacaron y se lo entregaron en mano a su hermano musulmán.
Varios días más tarde su exmujer llamó al imán:
- Sucran, gracias de verdad. Ahora podré empezar a vivir con tranquilidad.
- Inchalá.
- Inchalá.
- Lo importante ahora es mirar hacia delante. Tus hijas, tienes mucho por lo que luchar. El estará mejor allí con su familia, en su país.
- Sí, sí, al menos no tendré que volver al centro de acogida. Da las gracias a todos.
- Tranquila, para eso está el dinero del zacat.
4º SALAT
- Rezar es lo más importante, lo más importante.
- Sí, pero ¿cómo te arreglas para hacerlo cinco veces al día?
-Puedes recuperar las oraciones por la noche. Suele ser lo que hago. Eso sí, no me puedo ir a la cama sin haber hecho mi vudu y salat.
- ¿Vudu?
-Sí, hay que realizar abluciones, un rito para purificarse Hay que lavarse los orificios de la cara con agua, las manos, los pies. Es un ritual que sigue un orden, hay varios documentos que dicen como hacerlo.
- Lo mejor es lo de poder hacerlo en cualquier sitio.
- Bueno, eso no es tan así, llevamos una alfombra de oración para aislarnos del lugar, debe ser un lugar limpio, con la alfombra se cumple este requisito, y hay que saber hacia donde está Meca. Una vez que termino me siento tan bien, tan relajada que por muy cansada que llegue tengo que hacer salat.
- ¿Qué te da la oración?
-Me da fuerza, confianza, serenidad. Además el contacto con Aláh es directo, sin curas que intervengan con sus penitencias. Cuando era niña siempre los domingos en misa me horrorizaba tener que ir al confesionario Me daba miedo y encima aquellas preguntas del sacerdote que no entendía me hacían sentir un rechazo cada vez mayor. En el islam no hay esto, tú hablas sin intermediarios, sientes a Alah. Es lo más grande que me ha pasado en la vida. Tú crees en Dios no?...
- No, no creo.
- ¿No crees?. No tienes fé en ninguna de las religiones del Libro.
- Como decía un teólogo alemán: “ Dios es tan grande que la mente humana no lo abarca, lo sientes o no lo sientes”. Y yo no lo siento.
-Creo que tienes a Dios más cerca de lo que crees.
- No lo sé.
- Con el tiempo me lo dirás, inchala. Lo cierto es que estoy a gusto contigo, respetas y eso es importante. Te interesa mi cultura y aprendes cosas nuevas.
- Trato de respetar y pregunto cuando no sé o no entiendo. Mientras dialoguemos es posible crecer interiormente y este diálogo nos enriquece a los dos ¿no crees?
-Alahamdidulah.
5º LA FE.
Aún recordaba las palabras que su amiga dijo, hacia años, sentadas sobre el césped de un parque en una tarde de verano:
- La primera vez que leí el Corán me pareció un texto repetitivo, y monótono. Después de mucho tiempo, cuando me casé con aquel musulmán empecé a interesarme de nuevo por el Corán. El respetaba mi creencia en el cristianismo. Y cuando volvía leerlo empecé a encontrar respuestas en él. Eso fue lo que me llevo a convertirme y estuve incluso tiempo sin decírselo a mi marido. Necesitaba una respuesta a algún problema, abría el Corán y allí estaba la respuesta. No era muy practicante, nunca lo fui. Eso es cierto, pero lo que siempre tuve claro es que el mal existe. Cuando era niña sentí su presencia en mi habitación, allí estaba Saitán. Me convertí al islam con treinta años.
De su cuello cuelga el Bismilah, para buscar protección y la fuerza con la que enfrentar una existencia difícil en la que ha tenido que educar a dos hijas sola y ha sufrido el maltrato psicológico y físico de un marido. En el islam ha encontrado la entereza necesaria para sacar su vida adelante. Al verla de nuevo enamorada, a ella, ya que hubo un tiempo en el que sentía esa posibilidad como un suceso inalcanzable, se abre la puerta de la esperanza.
PAISAJES
Recorría la medina con la cesta de la compra. Entre saludos y noticias iba comprando un pollo que ella misma elegía entre los que colgaban del techo, en medio del enjambre de moscas. Compraba comino, azafrán, pimienta, té, hierbabuena fresca y alheña; en el barrio de las plantas medicinales un poco de ámbar y gazzoul.
Al llegar a casa preparaba la comida y mientras el arroz cocía para el Malube, se cubría el pelo con henna y un paño blanco. Al acabar la preparación de la comida se tomaba un té, tras haber ido al horno del barrio a dejar su masa de pan y dulces y tras haber vuelto a recogerlos y haber tendido la ropa.
En la azotea se sentaba y tallaba sobre madera de cedro la mano de Fátima, una mano pequeña de unos tres centímetros que, llevaría en el cuello como protección su amiga, durante su viaje al sur del país, a Marrakech y le serviría como señal a Munir, para darle unas gotas del veneno de la serpiente del desierto.
Había muchas manos de Fátima talladas en metal, pintadas sobre las puertas de las casas de adobe pero las manos que tallaba Samia eran especiales. El ojo azul de la palma había sido objeto de algún ritual de purificación, en noches de luna llena y para el Munir era la señal inequívoca de que su portadora era la emisaria enviada por Samia, su hermana de leche. Ante los ojos de los demás aquel amuleto no se diferenciaba de tantos otros, pero el Munir percibía la presencia de Samia en él y respondía a su reclamo con rapidez. Ambos eran conocidos por su capacidad para deshacer los hechizos y enfrentarse a las sopladoras de nudos con el uso de sus mismos instrumentos pero, desde una magia que elevaba sus plegarias a Alah y no a Saitán. Una vez que la mano estuvo terminada la dejó sobre la bandeja de bronce tallada, en la que serviría el té cuando llegase su amiga. Y bajó al salón a servir la comida a su familia. Después se acomodó en el diván de la azotea y fue trazando con la alheña: la piel de la salamandra y la serpiente sobre sus pies. Su amiga llegó y una a la otra se cubrieron de alheña las manos, trazando los dibujos que buscaban la protección de la baraka. Tomaron té y cantaron, intercambiaron noticias y antes de irse le dio la mano de Fátima para que le abriesen las puertas de Marrakech, a través del encantador de serpientes, en la Plaza de Jemmaa al Fna, de la mano de Munir- el que esclarece- .
VOCES DEL DESIERTO
El tebal sonaba contundente, rasgaba el aire seco, lograba que Mariem Hassan se olvidase del calor extenuante del mes de julio, incluso conseguía conducirla a un lugar en el que el dolor manaba dejándola serena, con la tranquilidad apacible del deber cumplido. Compañía en soledad, con ayuda de su voz tan sólo y el etgarit, la música viajaba en la memoria. Cada día era un triunfo y su voz resonaba entre las dunas, se elevaba uniéndola a sus hijos, a su padre muerto en una de las innumerables batallas.
Su dignidad era patente para el público más ajeno a la situación del Sáhara. La calidez de su mirada y sus gestos la llevaban a trazar lazos de unión con las mujeres de otros lugares a las que les enseñaba la alegría como bien necesario en la supervivencia. Aquel grito, que emergía de las entrañas y se modulaba con movimientos ascendentes y descendentes de la lengua, era la esperanza en estado puro, firme, inagotable.
Una mujer occidental puede llegar a gritar y en los primeros intentos expulsar a sus demonios: la prisa, el miedo, la vergüenza. Hasta que por fin, salga el grito alegre que la liberaba de todas sus cadenas. Libre puede bailar, dejarse llevar por la música en movimientos sutiles y lucir la melfa con orgullo.
Orgullo, dignidad eran los pilares sobre los que Mariem Hassan salía al escenario con su traje tradicional de novia: tela negra que la cubría desde la cintura a la cabeza y blanca la tela que cubría desde la cadera a los tobillos. La novia se entregaba cariñosa y sensual a un público que desterraba el cansancio. Poseída por esa energía que desataba la música y su voz entregaba su arte a la calidez de un público hambriento de vuelos. La corriente circular la llevaba a cantar, cantar desde el fondo de un alma con una esperanza contagiosa su verdad: ¡Sahara libre! ¡Sáhara vencerá!.
Etzgarit: grito haciendo vibrar la lengua de lado a lado.
Melfa: Túnica femenina que cubre el resto de la ropa y la cabeza. Se ata con dos nudos.
HAMMAN
Llega la hora de irse a disfrutar del baño público. A Aixa la acompañan sus dos hijos pequeños.
La llegada siempre viene precedida del suave aroma de las virutas que, alimentan el vientre burbujeante del hamman.
En la primera sala dejan sus zapatos y se desnudan. De las perchas de las paredes cuelgan caftanes de innumerables colores. Para Abdelkadir, desde que tenía cinco años, representan los colores de su paleta. Imaginaba que cuando sea mayor plasmaría en un lienzo con esos colores, y sobre una atmósfera cálida y vaporosa, los rostros de sus antepasados.
Su madre siempre tenía que sacarle de ese estado de ensoñación para ir hacia la segunda sala, donde el vapor comenzaba a borrar los límites de la piel y donde las mujeres cantaban, lloraban,.. el jabón discurría por todo el cuerpo y Jadicha andaba en cuclillas a lo largo de la espalda de su madre. Sus huesos crujían y empezaba a cantar las canciones de Fairuz Siempre estropeaba su henna cuando sentía la necesidad de aplaudir a Amina bailando sobre los azulejos mojados, conteándose con sensualidad y mostrando el movimiento de la serpiente. Otras empezaban a lanzar yuyus y la alegría iba increscendo, silenciando el golpe seco de las vértebras que iban volviendo a su sitio ante la sabiduría de Jadicha, la única mujer que llevaba bragas en el hamman.
Cuando su madre se iba a la tercera sala, de la que sólo brotaba un ligero murmullo y una bocanada de vapor, los niños podían tomar frutos secos y té en la sala central, donde jugaban con sus amigos del barrio. Patinaban sobre el piso mojado, hasta que sus madres salían de la tercera sala con una sonrisa y paso ligero. Ya con el cuerpo tibio volvían a vestirse.
A medida que el tiempo fue transcurriendo Abdelkadir sació su curiosidad por saber qué ocurría en aquella tercera sala, la más cálida del hamman. Cuando cumplió ocho años sus ojos ya no se posaban sobre la alheña que cubría los pies, o sobre las axilas en el momento de eliminar el vello. Sus miradas se cernían sobre los pechos, se arremolinaban en las nalgas y trataban de escudriñar los pubis. Fue entonces cuando Jadicha lo sacó de allí. A partir de entonces ya no pudo volver al hamman con su madre. Ya era un hombre y debía de ir con su padre. Extrañó siempre las risas, la música en aquel templo en el que se serenaban su cuerpo y su alma.
SUEÑOS
Llovía con pertinaz insistencia y los hombres en el interior de la medina andaban deprisa bajo las capuchas de sus chilabas. Algunos llevaban un traje de chaqueta y corbata debajo. Estaba mareada de tanto buscar en aquel vaivén incesante de rostros con bigote. Nos refugiamos en un café. Las paredes estaban pintadas de verde apagado, con chispas azuladas, la luz era escasa e indirecta estábamos empapados y el té nos fue serenando desde adentro. Dos hombres jugaban al ajedrez. Otros dos miraban la televisión, mientras uno de ellos tenía su pie sobre la mesa, con un grandioso tomate que dejaba al descubierto el dedo gordo. El camarero con un mandil amarillento y repleto de lamparones preparaba la hierbabuena con calma contemplativa. En la televisión el canal alemán retransmitía un concurso. Un muchacho irrumpió en el café con una gran bandeja de metal cubierta por un plástico semirígido. El agua chorreaba en sus extremos. Se sacudió su chilaba y apartó el plástico. Ofrecía pastelitos árabes, de almendras, nuez, mazapán. Sólo encontró un cliente en el fondo del local. Miró hacia la pantalla del televisor y antes de salir susurró algo, mientras su rostro teñido de impotencia cubría la bandeja para volver a la callejuela, por la que el agua manaba sin contención alguna, sobre las baldosas. Aquel rostro se quedó en mi retina. Brillaba la desazón de la juventud, una generación sin unas expectativas que se ajustasen a la realidad. Sus ciudades ya no podían ofrecer un futuro ni a los mejores formados académicamente y sus miras estaban en la frontera, en España, en Francia.
Llega el cartero, el cual conoce la medina mejor que nadie porque ha nacido en ella y sabe cual es la casa de los Mounir, de los Aouad, los Mernissi,... Aquí las casas no siguen una numeración y las callejuelas se retuercen sobre sí mismas, dejándote ante una puerta con unas babuchas afuera, desconcertado, perdido. Aquí la orientación no está en los mapas, sólo es posible a través de los olores. El aire se tiñe de esencias frescas, la hierbabuena, el comino, la albahaca, más allá huele a ropa limpia, recién planchada y los golpes sobre el metal parecen componer una canción, las virutas de madera saltan alegres y el cedro invade las callejuelas, un olor a pies intenso, llaman a la oración. Los negocios se cierran y la masa humana conduce hasta una de las múltiples puertas de la mezquita de Mulay Idrissi. El cartero hace un alto en su trabajo, deja sus zapatos a la entrada y sale al cabo de un rato. Trae carta para la familia de un vecino y el matasellos es de Valencia. Noticias del primogénito, que la familia acoge con alegría. Todo parece irle bien en España y así su hermano pequeño decide intentarlo él también. Le han dicho que si lleva algo de kif le sería más fácil conseguir el dinero para llegar hasta su hermano. Se lanza a la aventura sin pensarlo. Su madre llora, sus hijos varones se han ido demasiado lejos. Se siente vieja y tiene miedo de no volver a verlos antes de morir. Su hija se ha casado con un mal hombre que la maltrataba. Se ha divorciado y ha vuelto a casa con dos nietos. Su hija ya no se cubre con el hiyab, salvo para ir a la mezquita. Ahora se pinta los labios, se suelta su hermosa cabellera morena y se pasa el día merodeando por los hoteles de los turistas. A veces desaparece durante dos o tres días. Su madre no se atreve a preguntarle donde ha estado. Trae un fajo de dinars con los que compra sémola, carne de cordero y sellos para escribir a los varones contándoles las novedades del barrio, quién se ha casado, cuando volvió el vecino...
Con la última plegaria del día su voz de eleva por la pronta reunión de toda su familia bajo su techo, alrededor de un cuscús.
AMANECER EN TÁNGER
En el estrecho había oleaje, pero no era tan intenso como para suspender el tráfico de barcos entre Ceuta y Algeciras. En el puerto la presencia de fieles era palpable para mis ojos sedientos de sorpresas. Resguardados por las esquinas rezaban sobre su alfombra de oración. Ya en el interior del barco las mujeres, cubiertas por pañuelos de colores, hacían la travesía contando los innumerables bultos que llevaban. Me levanté y sentí el vaivén del océano, me maree y traté de alcanzar la cubierta dando tumbos de una butaca a otra.
En cubierta, el día azul resplandecía. Era tan leve la distancia que media entre entre África y Europa que no me sorprende la renovación de la ilusión por llegar. ¿Cuánta ilusión y cuanto dolor!.
El Hotel estaba en la medina y el equipaje debía de ser transportado en un motocarro en el que un subsahariano clavaba sus manos y sus pies en las cuatro esquinas del maletero, tratando de contener las valijas. Al verlo me reí, nuestra miradas alegres se cruzaron durante el trayecto, hasta que la velocidad del motocarro aumento al acabar la pendiente y mi paso ya no lo alcanzó. En el Continental un piano en al entrada y los relojes amputados en los pasillos de la habitaciones te advertían que
“Zanan (EL TIEMPO) es la herida de los árabes
se sienten cómodos en el pasado
El pasado es el señuelo de la tienda de los antepasados muertos.
Taqlidi es el territorio de los muertos
El futuro es aterrador y depravado
La innovación es bid´an un delito.
Al amanecer el sol se filtra entre los resquicios de las persianas de madera, el almuecín llama a la oración, desde otra mezquita parece responder la brisa, trae el eco de la llamada a la primera oración desde la eternidad. La voz es profunda, grave, sostiene las vocales abiertas, las prolonga. El ritmo de repite. Resuena en mi cabeza como una bienvenida desde hace mucho tiempo, desde el año de la sequía. En aquel momento sólo intuía que llegaría el día en que despertaría con añoranza de la llamada del almuecín, pero fue tan fugaz aquella corazonada que se desvaneció hasta volver a tomar cuerpo años después, en Granada.
HIPOTERMIA
Alusiones a pateras, cada día más, con emigrantes subsaharianos abordo que no saben nadar. Las mujeres embarazadas en estas embarcaciones aumentan cada año. Algunos hasta se autolesionan intentando que les transladen a un hospital y así evitar la vuelta hacia atrás. Otros cometen algún delito, roban una cartera, en un supermercado, para entrar en la cárcel y evitar la expulsión. Vienen a trabajar, en el campo a cincuenta grados bajo los plásticos de los invernaderos, en la construcción y ahorran para enviar dinero a casa. Tienen que mantener a una extensa familia. Mantienen viva la esperanza mientras sobreviven hacinados, sin agua corriente, ni luz, tratando de pasar desapercibidos porque no tienen papeles.
Su familia ha vendido cuanto tenían para alcanzar esta orilla y no pueden hablarles de las condiciones precarias en las que viven a sus madres. No, su madre le diría: - Hijo, al menos aquí tienes tu casa y te tratamos con dignidad, vuelve. Es mejor no decir, así no sufren. A veces la esposa aguarda con los hijos al otro lado de la frontera, él bajará a verlos. La última vez, hace dos años. Tiene ya un hijo que no conoce, pero volver ahora no es posible. Si sale, no podrá volver a entrar, es cada vez más difícil.
No quiere pensar en los cuerpos inertes de sus compañeros de viaje, pero en sus sueños vuelve a hacer el trayecto de catorce kilómetros de aguas turbias. La oscuridad se cierne sobre ellos. Comienza a llover, el mar se agita. Las olas rompen sobre ellos. Una mujer embarazada es arrastrada por la ola. Se agarran a la embarcación pero el mar quiere devorarlos. El vaivén es intenso, no va a poder mantenerse a flote por mucho tiempo. Algunos tratan de achicar agua, pero es inútil y vuelcan. Se hunde, le cuesta respirar. Ve a toda su familia y se despide de ellos. Ha llegado el momento de morir. De repente siente unas manos agarrándole por el pecho, tiran de él y lo empujan hacia otros brazos firmes, nervudos y así va siendo transportado por una cadena de hombres, mujeres y niños no natos hasta la playa.
El despertador suena, rompe el sueño se despierta. Son las tres de la madrugada es hora de caminar hasta la carretera y esperar a que algún payes le elija para recoger naranjas. Camina a paso ligero, con la sal en los labios. En la carretera ve una hoja de periódico y se forra el pecho con ella. No entiende lo que dicen aquellas letras negras. Un compatriota le dice que han aprobado una nueva ley de extranjería, según dicen los diarios. Él saca la hoja de periódico se la enseña el compañero, éste la lee. Nuestro amigo se la guarda para poder limpiarse, cuando vaya detrás de los matorrales a hacer sus necesidades. Extraña el agua para poder lavarse como hacia en su casa, pero mejor son las hojas de papel que los rigodones del río, recalentados por el sol.
En los telediarios hablan de nuevas avalanchas de pateras y de signos de hipotermia, como única secuela en el viaje hacia España.
– Hipotermia, ¿quién siente más frío, nosotros tras esa noche en el Estrecho o los españoles que mientras ven estas noticias siguen comiendo indiferentes y distantes?`
HIYAB
Se lanzaba rauda y veloz a ponerse le pañuelo nada más que un hombre entraba en la casa. Lo colocaba con extrema habilidad y rapidez, eran ya muchos años, casi veintisiete bajo el velo que ella misma quiso o necesitó usar para abrazar una nueva fe, que dio sentido a su existencia. Este signo diferenciador quizás fuera sofocante en verano, pero para ella era un elemento que la definía frente a los ojos ajenos. No era fácil solicitar la atención sostenida en cualquier ventanilla de atención al público. Desde la caída de la prepotencia americana, con el atentado a las torres gemelas, era cada vez más duro enfrentarse a la ignorancia y a los estereotipos que la asimilaban al terrorismo, por llevar un signo que la delata como creyente en Alah. Incluso algunos querían “liberarla” arrebatándole el pañuelo en la sala de espera del médico, y ella sentía aquellos actos como agresiones. A pesar del miedo ante la creciente violencia por parte de una masa abducida por la propaganda, ella cada mañana se colocaba su hiyab y salía a la compra con paso firme, sintiéndose fuerte y susurrando Alhandudulah.
Su niña, la nur de sus ojos Leila, con cuatro años, jugaba a ser la madre y se cubría con el pañuelo, lucía ropas ajustadas, enseñaba el ombligo, los hombros, las piernas. Y cuando alguna amiga le decía: - ¿Qué va a pasar cuando sea mayor? Ella siempre respondía: -Déjala ahora que disfrute, más adelante se tendrá que tapar. Pero había demasiada rebeldía en los ojos de la niña y Leila a medida que fue haciéndose mayor no abandonó su coquetería y fue aprendiendo a llevar una doble vida sin traicionarse a sí misma, a su fe y sin hacer daño a su madre. Sólo se cubría en la mezquita, cuando viajaba a Oriente Próximo, pero en España nunca se cubrió por la calle, nunca necesitó que se la distinguiera como musulmana por un pañuelo cubriéndole la cabeza. Fue respetada por todo aquel que la conocía porque aprendió de su padre, el imán de la mezquita, a respetar a los demás y a ser fiel a sus convicciones.
EL SILENCIO
El silencio a veces es un muro, una barrera infranqueable de la que se rodean para aislarse y reencontrarse consigo mismos. Cuando se cierran se vuelven inalcanzables, crípticos herméticos y sólo hay un destino, una dirección posible. Los dejas y te haces a un lado, hasta que aprendes a esperar el mejor momento de apertura para volver a acariciar con ternura, la serenidad recuperada. No hay aproximación posible cuando están envueltos en ese silencio demoledor y debes de digerir tu inseguridad, tus dudas, tu impotencia y tu soledad. Aprendes que lo bueno se hace esperar y cuando llega la voz, la gozas con una intensidad poética. Entrega y silencio, pasión y abandono son los caminos que recorrerás entre sus manos. Si logras vencer sus silencios logrando crear en esos espacios un tiempo para ti tendrás equilibrio, para enfrentar la intensidad de esa luz deslumbrante que te abraza y te hace florecer. ¡Baraka!.
CUITAS
Fui invitada a una reunión de mujeres. Llegué a casa de mi amiga con los bizcochos que su marido me pidió que le hiciera. Al decirme a través del micro su hijo, de 15 años, que ya se habían ido y que me esperaban en casa de una de las mujeres le dije: baja a por los bizcochos y ya me explicas dónde es. Me indicó el camino. Recordé la única visita que había hecho a aquella casa alquilada por una familia marroquí. No recordaba el piso pero tenía la imagen de un San José de metal sobre la mirrilla de la puerta, la primera a la izquierda según subía por al escalera. Una vez allí, frente al portal pude entrar, pues estaba abierta. Escuché risas y la voz de varias mujeres hablar, a medida que subía por las escaleras las voces se escuchaban con mayor intensidad. Al oír una voz marcada por el sonido de la j intuí que era allí. Además el San José parecía confirmármelo. Toqué el timbre y en efecto allí era. Nuestra anfitriona no hablaba más que árabe y francés y mi amiga hacia de traductora, aunque la comunicación no verbal delataba emociones: alegría por estar acompañada, curiosidad y preocupación por saber quién era la mujer que llamaba al móvil de su marido y al escuchar su voz femenina colgaba, satisfacción al comprobar que la harira en nuestros paladares nos pareció un manjar. Los niños jugaban en otra habitación y de vez en cuando entraban a buscar algún juguete. Otra mujer con la que coincidí otras veces en casa de mi amiga seguía quejándose mientras una de ellas traducía y quedaron para ir al médico jutas a semana próxima.
Una carta había llegado en el correo y quisieron leerla en alto tras traducirla al castellano, Hablaba su primo de la ciudad que le vio nacer.
La plaza Jemaa Al Fna, cobra vida al caer la tarde, cuando el sol declina y la luz de los candiles da vida a su alrededor, las serpientes danzan las compás de la flauta, se elevan jugueteando con su sombra mientras aguardan el tacto erizado del cuello de algún turista incauto que se acercó demasiado al fakir. Un poco más allá el dentista blande sus tenazas rodeado de tarros repletos de muelas roídas, amarillentas y malolientes. Un círculo de botellas aguarda el anzuelo de la pericia y unos niños se aten a puñetazos entre apuestas. La música suena y los actores comienzan la representación en el interior del aro de luz, y las muchachas sonríen con la jeringa de henna dispuesta a trazar el diseño geométrico que la naturaleza ha dejado gravado en sus plantas, en los cristales de nieve que vigilan desde el Alto Atlas inmaculados silenciosos.
Ya se huele la carne de los pinchos morunos, los carros de comida son la muralla interior de Jemma Al Fna. Placeres olfativos, colores vibrantes en las telas de los caftanes invitan al viajero a adentrarse en la parte antigua para comprar aquel juguete que habitó las horas de la infancia de su abuelo, para comprar quizás un tahin de barro, o unos tambores con los que imprimir un nuevo eco a las dunas, más allá de este sur, cuya puerta está en Marrakech.
Marrakech, la ciudad roja rodea esta plaza, la ciudad de avenidas amplias en las que los coches de caballos y los mercedes giran hacia Jemaa Al Fna, la plaza del Destino, donde el alma puede encontrar sosiego entre las historias que allí se narran al caer la noche, o encontrar su propio camino tomando un té en una de esas casas de tres plantas, en las que aguarda un té para acoger a foráneos, viajero sy turistas para tomar los tres tés como la tradición establece y descubrir con cada uno la fuerza del amor, la suavidad de la muerte y la dulzura de la vida.
CONFIDENCIAS
El reclamo de su Vida con mayúsculas se producía en cualquier momento Me dejaba seducir por los lomos de los libros de la biblioteca pública cuando apareció ante mí un libro de relatos de Concha López Sarasúa lo abrí al azar y pude leer:
“Hay para cada uno, dice el Corán una dirección hacia la cual volver el rostro”
Una canción un olor, una luz resplandeciente en el horizonte eran suficientes para que la nostalgia se apoderarse de su corazón. ¿Cuántas veces lo había imaginado a su lado al atardecer, los dos contemplando el mar, hablando en silencio como el vaivén invariable de las olas...? Cuántas estrellas recibieron su mensaje: Dile que le quiero. Siempre lo más brillante era la que elegía como portadora de su mensaje de amor eterno. Ahora ya sabía la razón por la que siempre le atrajeron de forma inconsciente las palmeras aquella fue la premonición, la señal de una vida autentica en el sur. En el norte se ahogaba y en el sur había encontrado la clave de su felicidad, pero aquel encuentro marcado por el Destino se iba escribiendo con dificultad, luchando contra la fuerza de la razón, contra el miedo. Y ambos sabían, sentían que era presente entre sus dos almas, era indestructible y la distancia lo afirmaba con mayor virulencia. Primero fueron los miedos ante lo desconocido entretejidos por la certeza de que éramos inevitables. Después vino la sensación de no poder meter la marcha atrás, el camino andado no daba oportunidad al retorno, solo podíamos ir hacia delante. Y una única certeza se imponía a los razonamientos: voy a morir con él, al final estaré con él. Esa visión de vieja con él quizás era la única certeza, el único recuerdo que el Destino me dejaba para soportar el dolor de la ausencia, la angustia de los celos, las presencia de aquellos que se cruzaban en nuestros caminos. Un nexo una comunicación total que no era capaz de alcanzar con nadie, salvo entre nosotros y un territorio común en que habitar nuestro Ryad. No había otro paraíso que verse en sus ojos perderse en sus caricias, volar con sus palabras y un precio: la espera. Los obstáculos fueron culturales y el nexo de unión se condensa en una sola palabra: amor.
Él abrió su Corán, a más de mil kilómetros y leyó:
“Hay para cada uno una dirección hacia la cual volver el rostro”
VACACIONES
La lista de familiares la repasaba una y otra vez. Había comprado regalos para todos. La paga de su mujer la había empleado en comprarlos algo para cada uno de sus parientes. Su mujer Elena, no comprendía aquel afán de llevarles perfumes, ropas, discos, ordenadores, lencería, aquel dinero era necesario para tener algo cuando se acabara el contrato a ella. Pero Hassan insistía:
- Es mi familia. No puedo ir a verles con las manos vacías.
- Y tienes que ir como el rey Midas.
- Tú no lo entiendes, bastante difícil será explicarles porqué tú no vienes conmigo.
- Ya hemos hecho un sacrificio muy grande para que puedas bajar tú, como para ir los dos.
- Déjalo ya. Me voy me falta el regalo de Rabia. Me marcho.
Durante el mes de vacaciones ella comía en casa de sus padres y al reencontrarse con su marido este le dijo:
- Has adelgazado mucho. Ya sabes que me gusta agarrarte las nalgas, pareces un palo. Como dice mi madre voy a tener que tomar otra esposa de mi país, para que me cuide en condiciones.
LLANTO
“Hoy de nuevo me han hablado de ti. Después de tanto tiempo sin tu presencia han desollado la herida casi se había curado y ser un simple recuerdo. Me han hecho velar las noches y confundir el día y la noche Soy toda duda y deseo, ganas de verte. Quiero huir del sufrimiento y echarme en tus brazos y descansar. Nuestras disputas, las duras noches no ha menguado la fuerza del amor. La sustancia del corazón en nada ha cambiado. Hemos vivido y a vida nos ha transfigurado. Pero el amor en nada se altera. El tiempo de la ausencia lo exalta y aviva. Vuelvo a lo que hemos vivido juntos, alma mía. Me alimento de nuestras vivencias “
Oum Kelsoum repetía una vez más aquellas palabras mientras de los ojos de que hombre maduro las lágrimas manaban silenciosas al otro lado de la barra, a esa hora muerta de la tarde, en que el Bar permanecía casi vacío y la mente podía volar más allá de las rutinas cotidianas. Fue ese llanto sin asperezas lo que creó entre nosotros un camino para la comunicación más allá de las palabras articuladas, bastaba un gesto con las manos, una mirada para encontrar el equilibrio del sosiego.
SOBREVIVIR
Aquella noche habíamos quedado los miembros del taller en un restaurante para despedirnos hasta la próxima temporada. Había oído hablar de él, pero no lo conocía. Al llegar le reconocí por sus abundantes rizos y su amplia sonrisa. Abdel se sentí frente a mí y nuestra velada transcurrido plácida, entre recuerdos... – Estoy feliz por tener amigos aquí. Es tan importante poder compartir con los amigos. Esta noche me siento muy bien... llegué a España con mi visado, yo entré legalmente. En mi país arreglaba joyas y aquí trabajé como zapatero al principio. Conocí a una chica a la que quise mucho, mucho pero no salió bien. Yo era muy joven y con mi mentalidad no la supe entender. Me fui a hacer mis cosas, y pensé que cuando volviera iba a estar esperándome, pero claro le hice daño y ya no estaba allí esperándome. En aquel momento no lo entendí y siento haberle hecho daño. Me enamoré de ella como nunca he estado enamorado.
... Tienes que visitar mi casa, está cerca de Marrakech. No hay nada como desayunar allí en el patio, bajo las sombras de las palmeras, los limoneros y la fuente, oliendo el jazmín, saboreando esa mermelada casera que preparaba Amina, la primera esposa de mi padre y su pan recién salido del horno. Tomar un té con hierbabuena. Mi padre se caso con dos mujeres. Era un rico comerciante cuando era joven y podía mantener a dos esposas. Yo soy hijo de su segunda esposa, pero para mí mi madre es Amina. Ella me enseño a leer y escribir. Mi madre biológica era una analfabeta, sin sensibilidad, sin embargo Amina era distinta, nos cuidaba con mucha ternura. Siempre estaba cerca para consolarnos y darnos un consejo o hacernos olvidar cualquier decepción.
- ¿Tú tomarías una segunda esposa?.
- No, eran otros tiempos, ahora no es posible económicamente.
-¿Tienes hijos?
- No, la situación aquí es difícil y no creo que vaya a quedarme mucho tiempo. Estoy tratando de cerrar unos negocios en Londres y puede que me vaya allí.
- ¿Te quedarás en Inglaterra?
- No. No lo creo. No me gustan los ingleses son muy fríos. Prefiero España. Estamos mas cerca.
- ¿Y en Marrakech cuándo?
- Cuando sea viejo sí volveré para quedarme allí y morir. Ahora tengo cuarenta y dos años nada más, mucho por delante. Quiero viajar. Hay que conocer las cosas por uno mismo.
- Es muy tarde me voy a casa.
- No, no por favor. Estoy tan a gusto por poder hablar contigo.
. Estoy cansada y es tarde.
- Dame tu teléfono y te llamo mañana.
Sacó una agenda y anoto en árabe. Al día siguiente llamó. No quise quedar con él a cenar, ni a tomar un café porque sus ojos brillaban demasiado y existía una esposa que regresaba de ver a su familia al día siguiente. El volvió a llamarme al cabo de unos meses para charlar.
- Ahora vivo en un pueblo cerca de Oporto. Portugal es el paraíso que buscaba, a medio camino entre España y Marruecos. Estoy bien y me apetecía oír tu voz.
Escuché su voz serena, dulce y me contagió su armonía. Sin duda Abdel siempre supo encontrar el lado positivo a cualquier situación, por dura que fuera. Su voz fue trazando en mi mente la silueta de una frondosa y exuberante palmera, cuyas raíces se asientan en las dunas que se extienden en Merzuga. De sus arenas anaranjadas toma el candor y la calidez para seguir creciendo y elevándose con firmeza sobre las aguas del Estrecho y alcanzar a hacerse un hueco entre las autovías que recorren de sur a norte esta Península será capaz de germinar y ofrecer unos dátiles tiernos y sabrosos que se pueden comer en un lÉid.
Cualquier día sonará el teléfono de nuevo, escucharé. – salam malekum
Y saborearé otro dátil con curiosidad y sensualidad.
SUPERVIVENCIA
Suena el teléfono. Descuelga una mujer madura....
- Sí, dígame.
- ¿Es ahí donde alquilan un piso?- Con acento extranjero.
- Sí, sí.- titubea la mujer.
-¿Cuánto dinero?.
- Disculpe pero ya está comprometido.
Cuelgan. Marca el mismo numero la mujer del extranjero con un acento castellano.
- Buenos días.
- Buenos días.
- Llamo por el anuncio del piso. Quisiera informarme .
- ¿Por cuánto tiempo lo quiere?
- Bueno verá un mínimo de seis meses. Trabajo en la Oficina bancaria de la calle y me vendría bien.
- Lo mejor es que venga por aquí. Lo ve y así concretamos. Es para usted sola no?
- No, estoy casada y mi marido trabaja en una empresa de transportes y viaja a menudo.
- Si le parece podemos quedar en una hora. Si le va bien.
- Perfecto.
Acuden los dos juntos. Llaman al portero automático y les abren. Suben en el ascensor y al llamar a la puerta del piso mira por la mirilla. Al ver a una pareja observa como ella atusa la melena con coquetería y al ver que él se vuelve y es de origen magrebí no les abre la puerta. Insisten pero ella no abre. La muchacha está cada vez más irritada. El trata de tranquilizarla.
- Estoy harta de tanto racismo.
- Vamos, ya sabías que esto iba a pasar. Déjalo. Encontraremos una casa mejor, inchala
- No íbamos a quedarnos aquí.
- Entonces para qué malgastar tiempo y energía. Esa mujer no va a cambiar su opinión porque tú se lo digas, déjalo. Tenemos que pasar de estas situaciones. Estas gentes no saben vivir, vámonos.
- Con que calma te lo tomas. Yo me agoto es indignante.
- Lo es pero desde que estoy en España casi siempre ha sido así. Las cosas cambiarán cuando nos conozcan un poco. Tú me diste la oportunidad y eres mi pájaro blanco.
- Ahhh, mi habibi, ven aquí. Se besaron apasionadamente frente a la puerta del piso. Dieron media vuelta y antes de subir al ascensor él se volvió hacia la mirilla de la puerta encendió la luz de la escalera y guiñó un ojo mientras tras la puerta la mujer atónita dio un paso atrás.
¿ANDRES LARBI?
Las estadísticas hablaban de un incremento de los emigrantes de origen magrebí, pero ¿dónde están?. ¿Acaso no hay ninguno que abra un bar en el que se reúnan sus compatriotas?. Sólo hay espacios abiertos por algunos, pero no es un lugar de encuentro para ellos, es un punto exótico para los que estamos al otro lado de la orilla.
Desean camuflarse, no quieren ser señalados, reconocidos... hay un deseo de mimetismo con el entono. Aún recuerdo la mirada afilada de uno ellos, en el pasillo de los congelados cuando su mujer lo llamó por su nombre en un tono de voz más alto de lo habitual y adecuado, dada la distancia entre ellos. Ella cerró la boca y me imagino que en casa la regañaría por nombrarlo. Se volvieron todos los que lo escucharon.
Los hay que incluso utilizan otro nombre aquí, aunque hay en su manera de moverse, de mirar un aire que los delata ante los ojos al menos de aquellos que hemos visto amanecer en el sur, bajo la llamada del almuecín a la oración.
¿Se reunirán en otro sitio? Sí, en la mezquita que también está camuflada en un bajo comercial, y en sus casas.
Y cuando organizan degustaciones de comida, de falafel tampoco van los más jóvenes, la segunda generación. No, pasan por allí a ver quién está detrás del acontecimiento pero no se detienen. No quieren que los asocien a esas realidades y tratan como el camaleón de vivir mutando el color de su piel.
- ¿No quieren volver a su tierra?
- Sí, pero no hay prisa, cuando sea el momento. Y esperan regresar a construir una casa árabe allí, una de esas casas que se abren hacia adentro y tras los muros externos el jardín, ese Ryad al que dan todas las estancias. El olor del azahar en primavera, el agua manando de la fuente siempre, y se sentarán allí, sacarán del baúl un libro de Kabbani y leerán esos poemas a la luz de la luna. En la azotea tendrán un espacio para la cría de las palomas. Las lágrimas que hoy derraman escuchando a Oum Kelsoum se transformaran en sonrisa. Las risas de sus nietos, en las estancias, mientras las especias envuelven la casa. Algunos añoran esa vida, pero otros ni siquiera se paran a imaginar porque la nostalgia los mataría. Se centran en el presente, sus pensamientos están en cómo conseguir más dinero. Los trabajos tampoco son fáciles de conseguir y en casa están esperando el dinero del primogénito para arreglar la casa, para que el negocio de la hermana pequeña pueda ponerse en marcha...
- Es difícil adentrarse en esos pensamientos en esos deseos. No es algo de lo que les cueste hablar simplemente no se lo pueden permitir. Quizás sea porque ese futuro es demasiado lejano y será así inchala, se dios quiere. Para qué preocuparse de lo que vendrá o tal vez si lo comparten los djinns se lo arrebaten y es preferible guardarlo como el secreto más precioso, en el silencio. Y así atraer baraka
- Su alma no es fácil de descubrir y no la entregan con facilidad.
- Eso es cierto, guardan sus flores para el momento más adecuado, cuando hay equilibrio
- No seas tan dulce que te coman ni tan amargo que te escupan.
- Sí, pero como dice la canción en tus manos tienes mi alma y mi corazón.
LOCUTORIO
Deambulaba por las calles sin rumbo fijo, deseaba dejarme sorprender. Atenta a lo que se presentaba ante mis ojos, permanecí observando un local pequeño que hacía esquina. Tenía un escaparate minúsculo, de apenas veinte centímetros de ancho, se exponían las tallas de madera. Detrás una persiana verde ocultaba el interior y en el cartel pintado sobre la puerta se leía locutorio Idrissi. En la puerta del locutorio un anuncio escrito a mano ofrecía el envío de dinero a países subsaharianos y sudamericanos a un módico precio. No cesaban de entrar hombres africanos, con sus túnicas de colores vibrantes, amarillos, verdes sobre negros, azules celestes. Me decidí y entré a llamar. Sólo había cinco cabinas y tendría que esperar. Al lado de un pequeño mostrador en el que estaba la caja había innumerables bolsos, con extensiones de cabellos rubios ceniza, platino, caobas, pantis de malla negras, rojas, azules. Se quedó una cabina libre y entré. Eran de fina madera y en el techo estaban taladradas para favorecer la ventilación. Había un taburete y me senté en él, marqué varios números de amigos que estaban de vacaciones, pero no importaba, antes de que saltara el contestador cortaba y volvía a marcar. Me envolvían aquellas voces del Senegal, el Camerún que no entendía. Eran cálidas sonaban a m y b estaba ensimismada escuchando aquel acento cuando escuché.
- Mamita ¿cómo están todos?.
- Pásamela.
- Mi amor... ya lo sé mi cielo. No te preocupes, nos vamos a ver pronto. Os quiero mucho. Yo también os extraño. Pásamela. Besitos
- ¿Cómo? Dame la cuenta otra vez, pero os giré en dólares. No lo entiendo. Está bien a finales de semana os envio más. Sí, dime despacito.
-Estoy bien. No llores, no llores que me haces polvo. Estoy con amigas. No se preocupen. Ya vuelvo a comunicar la semana que viene. Chau, besitos.
-Salí a la vez que la jovencita. Quería verla. No aparentaba más allá de veinte años, los ojos estaban a punto de explotar, compró unas medias de malla negra. Pagó la conferencia y se fue soltándose la melena teñida de caoba, moviendo sus caderas ceñidas en un pantalón ajustado marcando tanga. Mientras su top oscilaba dejando adivinar el encaje del sujetador. Bajó la calle hasta llegar a la altura de la agencia de Federico Amor, donde se subió a una furgoneta de cristales ahumados.
Cuando me invadía la tristeza mis pasos me llevaban hasta aquel locutorio y simulaba llamar para poder escuchar retazos de vidas. Me atraía la suavidad de sus acentos, a pesar del dolor que guardaban aquellas voces y me sentía afortunada por nacer y crecer en un tiempo en el que mi tierra no me forzó al exilio para sobrevivir.
PRESION MATERNAL
- Esta niña siempre tiene que salirse con la suya.- Dice en tono de protesta su hermano.
-Déjala es pequeña. Responde su madre.
-Como siga así no va a encontrar quien la aguante cuando sea mayor. No encontrarás marido.- Dice burlándose de su hermana pequeña.
- Tienes que ser más dulce y cariñosa para que te quieran. Ya tienes siete años deberías de saberlo. – Insiste su hermano mayor.
Ella los mira indiferente con cierta incredulidad y se refugia en los brazos de su padre, el cual le dice:
- Déjala en paz, encontraré a alguien como yo que acabará rendido ante sus encantos. Ella es igual que su madre y si su madre me encontró a mí, ella encontrará a alguien.- la acuna y se sonríen mostrando el mismo hoyuelo en sus mejillas.
¿Qué pasará si cuando crezca se enamora de un hombre no musulmán? ¿Qué ocurrirá si sus hermanos se quieren casar con una mujer no musulmana?. Su madre sentencia:
Nuestra religión no permite a los mujeres casarse con un no musulmán porque entonces sus hijos no serían nada, perderían la religión. Ella debe obedecer al marido y si este no quiere que sus hijos sean musulmanes la religión se pierde. Ella seguirá mi ejemplo ya me encargaré yo de buscarle un buen musulmán. Y ellos serían más felices con una musulmana pero si no es asi tendremos que aceptarlo. Aunque ellos ven lo que pasa con los matrimonios mixtos, la mayoría acaban fracasando, mira los que conocemos, no hay uno que este bien de verdad. Son muy complicados, muchos problemas. Ellos optaran por una musulmana cuando llegue el día, inchala. Ahora tienen que estudiar. Su padre ya les dijo que si quieren él los mantiene a ellos y a su esposa pero que hay que estudiar.
Al otro lado del correo electrónico, del móvil, del ordenador hay otro mundo plural en el que no hay una escisión tan patente entre lo masculino y lo femenino. Tienen compañeras en el colegio, en la universidad y claudican en la negociación de su libertad para poder camuflarse entre la sociedad a la que pertenecen, plural e intercultural. El equilibrio no es fácil, pero han aprendido paciencia y sabrán aprovechar el momento de estirar las alas y volar con rumbo propio. Otros se quedarán rogando y rezando a los pies de su madre, ya que bajo ella Alah proclama el paraíso. La costumbre quizás los aleje del alcohol, del cerdo y probablemente todos harán ramadán pero todos sabrán que en la unma no están las bombas y que nadie les podrá arrebatar jamás el derecho a la resistencia.
ASUNTO: LA ÚLTIMA DE MI SUEGRA
< Estoy harta, no puedo más. Quiero volver a España. Para mi suegra seré sólo la blanca que le calienta la cama a su hijo. No van a devolverme el dinero que les prestamos y se empeña en poner a su hijo en contra mía. No hago más que llorar. A mis padres no les puedo decir nada. Ya cuando les prestamos el dinero se pusieron como fieras. Insiste en decir que me ponga a trabajar, que quiero separarla de su hijo y cuando su nieto nazca, lejos de ella creo que me odiará para siempre. No tiene para devolverme mi dinero y le pide a su hijo que cuando venga a España le compre dos mil litros de aceite de oliva para venderlo en Londres. ¿Con qué dinero? Incluso le ha dicho a mi marido que aquí le va a quitar el pasaporte y le van a explotar como un esclavo. Menos mal que él les respondió que mis padres siempre le han tratado como a un rey. ¿No van a terminar las mentiras de mi suegra?
En cuanto vendamos la casa volvemos a España y no quiero más que olvidarme de esta situación. Al menos si está lejos no podrá manipularnos constantemente. Ya no me quedan lágrimas
- Tu suegra no va a dejar a tu marido. Piensa en él, cuídale. Los problemas económicos son el menor de tus problemas. Está metiéndose en tu relación de pareja. Siempre serás la blanca, la extrajera. Tienes que ser fuerte, cuidar a tu marido. Para él tiene que ser difícil, es su madre. Y las madres tienen mucha fuerza. Céntrate en la relación y deja el dinero a un lado. Para ella siempre serás la blanca que se convirtió para cazarlo. Tu marido tiene que estar pasándolo muy mal. Ponte en su lugar y lucha por la relación y por el hijo que está en camino.
SEDUCCIÓN
Amar a un hombre como él era un acto de valentía y de inconsciencia muchas veces. Al primer golpe de vista te atrapa esa mirada profunda, serena, digna, y ya no puedes volver a contemplar a un hombre sin añorar la seguridad con que te hablan sus párpados, la franqueza con que te susurran sus pupilas, el calor de su iris de miel. Esas miradas no las encuentras en las calles del norte. Esas miradas nacen en el sur, al amor de un cuscus que se come con las manos, despacio, saboreándolo, gozando sentados sobre la alfombra de los colores vibrantes de los múltiples platitos con los que desatar la pasión. El primer estímulo es la red de los colores, el tacto de las texturas suaves que se deslizan garganta abajo, el olor penetrante del comino hasta sucumbir entre los aromas dulces y agrios entremezclados con un equilibrio capaz de sorprender. Así robando tiempo al tiempo de las obligaciones, los placeres hacen mella en esos rostros que llegan a la Península y se descubren abandonando el bigote, la chilaba, las babuchas pero incapaces de renegar de sus esencias firmes, curtidas por el sol, de sus sueños sin fronteras. Tras la mirada si emerge la sonrisa recíproca a través de las pestañas y los labios comienza el cosquilleo de las palabras que bajo la piel tejen una red de la que ya no podemos escapar. Son las palabras soñadas desde la infancia, las canciones impregnadas de una emoción que trasciende lo efímero para alcanzar la eternidad , es Oum Kelsoum cantando cantando Fakaruni:
“Hoy de nuevo me han hablado de ti. Después de tanto tiempo sin tu presencia han desollado la herida casi se había curado y ser un simple recuerdo. Me han hecho velar las noches y confundir el día y la noche Soy toda duda y deseo, ganas de verte. Quiero huir del sufrimiento y echarme en tus brazos y descansar. Nuestras disputas, las duras noches no ha menguado la fuerza del amor. La sustancia del corazón en nada ha cambiado. Hemos vivido y a vida nos ha transfigurado. Pero el amor en nada se altera. El tiempo de la ausencia lo exalta y aviva. Vuelvo a lo que hemos vivido juntos, alma mía. Me alimento de nuestras vivencias “
Ya no hay escapatoria, ya no hay posibilidad de olvido. La huella es inmensa, se han colmado los silencios de toda una vida y ya el amor estará teñido de alheña para siempre. Somos una tribu de mujeres que hemos elegido vivir con tal intensidad los encuentros y desencuentros entre nuestro sur y su norte y ya no somos capaces de gozar de un día de playa, con el sol, la crema bronceadora, la empanada y la tortilla de patata. La playa es frontera
FRONTERAS
Luces de neón iluminando sus pasos, sombreros de ala para vender, cinturones, gorros de playa y paraguas eran la mercancía que debía colocar para lograr paliar el gusano del hambre en el estomago de su familia.
De madrugada seguía sacando existencias, cambiando algunas de ellas, pero lo que trajo mi atención fue aquella tela blanca anudada sobre su pecho.
Aquel tejido era el sostén para el bebé, cargado a su espalda, dormido entre el ruido de la feria y el bullicio de los borrachos. Plácido era su rostro, quizás contagiado de la serenidad con que su madre avanzaba entre las falsas necesidades que alimentan nuestras almas en este norte. Eso fue lo que pensé, pero la mirada fría, ausente me lanzó su pasado más reciente, donde aquel ser humano era el fruto de la última vejación antes de cruzar la última frontera que la separaba del derecho a vivir.
CORDONES
Hay cobijo siempre, miro desde allí y ningún humano me parece ni más grande, ni más poderoso. No siento frío y aunque la brisa no me acaricia puedo mover mis piernas un poquito. Disfruto recostándome y quedándome dormido con el ligero vaivén de unos pasos que me protegen mientras las manos trabajan y la música fluye del corazón para alegrar el alma.
Dicen que ya soy mayor, que peso demasiado y hoy mi madre ha dejado de cargarme a su espalda para llevarme a por agua al pozo. Gateo alrededor de estas paredes de tierra, hoy los demás me parecen gigantes, aunque pronto, si alcanza el mijo seré tan enorme como ellos y podré construir un pozo más cerca de poblado y así volveremos a cantar mientras el mijo abunda en nuestros graneros. Volverá a recuperar la risa en los ojos, mi madre, mi eterno cobijo








