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El formador de “futuros dirigentes cristianos”  debe:

Llevar una vida coherente, por un lado con lo que predica y defiende y por el otro, con lo que se espera de un joven cristiano.  

La coherencia es un requisito innegociable y primordial en el jefe ateneísta, ya que su principal función es ser modelo y ejemplo de las personas que tiene bajo su responsabilidad. Esta coherencia no solo debe ser vivida dentro del movimiento, sino también en su vida diaria.

 Demostrar compromiso con la coordinación de su grupo y con el Ateneo y sus actividades.  

Debe expresar su voluntad de comprometerse, durante el período pactado, con su grupo. Este compromiso también implica preocuparse por ser el factor de unión, aprendizaje y alegría del mismo. Asimismo, el jefe, debe demostrar e impulsar un fuerte compromiso para con el Ateneo y sus actividades. 

Haber asistido al menos a un campamento formativo. 

De esta manera se puede decir que el jefe ha experimentado y aprendido la esencia de los valores puntuales que este movimiento cristiano ha querido enseñar.  

Tener conocimientos y preparación cristiana. 

Si bien no es indispensable que el jefe tenga una excelente preparación teológica, es necesario que tenga claros los conceptos y dogmas claves del cristianismo. Es decir que se debe priorizar que el jefe tenga una buena experiencia de fe y de amor cristianos, antes que un acabado conocimiento de documentos eclesiales, historia cristiana, etc. Aunque, por supuesto, que lo ideal sería que tuviera claro ambos conceptos.