El autor de estos poemas ha escrito un libro llamado "Pétalos del pensamiento".Esta lista es una selección del mismo. Las personas que estén interesadas en adquirir esta obra pueden ponerse en contacto con el autor escribiendo a: respuesta@asdimores.org
Algún día descansará nuestra alma del polvoriento camino de esta vida, y perecerá el llanto acíbar de los niños, la decrepitud del cuerpo.
Algún día nos olvidaremos del miedo, del odio, del rencor, del egoísmo... hermanos todos ellos de la muerte; engendradores de la desdicha humana.
Algún día morirán los sueños y la esperanza dará a luz a hermosas realidades, pletóricas de vida. Y abrazaremos al cansado peregrino, al mártir que ofrendó su cuerpo en el circo o en la hoguera. Y se unirán en unísono canto todas las voces hermanas de los tiempos. Algún día... Sí, algún día.
Algún día se truncará el retumbar odioso de los tambores de guerra, y enmudecerán para siempre los rugientes cañones. Todos los continentes se fundirán en uno y la escoria de las fronteras y el racismo será quemada en el crisol de Dios.
Algún día curarán las heridas profundas de la tierra, cesará la endecha de los océanos moribundos, de los enlutados cielos... Y la primavera no se marchará de nuestro lado. Nos envolverá, cual nodriza amante, con sus brazos de colores y flores aromáticas y eternas; y con nanas de trinos de pájaros y rumores de riachuelos, nos dormirá en su pecho de fresca hierba y algodón.
Algún día triunfará la vida sobre la muerte, la verdad sobre la mentira y la calumnia, y no estarán allí los acusadores. Algún día... Sí, algún día.
Algún día amanecerá para nunca anochecer y despertaremos de nuestra pesadilla milenaria en el seno de nuestro Creador; acariciados tiernamente por sus manos divinas, delicadas.... poderosas... marcadas por los clavos del Calvario. Y allí descansará nuestra alma de su fatigoso vuelo. Sí, algún día... Algún día. Yo lo creo... Yo lo espero...
Si no das por perdido el tiempo que has gastado en buscar lo alcanzado y vivir lo que ha sido.
Si después que has sufrido no maldices tu hado, ni te hundes airado a mitad del camino.
Si no das al olvido la fe que has abrazado; el momento anhelado o el amigo caído.
Si te duele el quejido del que ha sido humillado y ayudas con agrado al que ha sido vencido.
No quemas lo vivido, no vives rebajado hollando lo sagrado. Estás siendo curtido.
Yo no quiero la basura de esta vida, quiero el aire puro de las cumbres; donde el alma de la gloria es embebida y recibe divinas vislumbres.
Yo no quiero el lodo infecto del pantano, quiero del manantial agua clara; donde no se desarrolla lo mundano y la virtud, como en el cieno, no es rara.
Yo no quiero del océano el estruendo, quiero el silbo suave y apacible que orea el Espíritu, robusteciendo el ser del creyente inmarcesible.
Yo no quiero la caverna tenebrosa quiero el fulgurante sol del día; porque lo fosco de pecado rebosa, lo puro es divina melodía.
Yo no quiero de la bestia su fiereza, quiero la ansiedad del cordero porque el orgullo destruye la entereza y al ser sume, a postre, en desespero.
No quiero ruido de sables y cañones, quiero la eclosión de amores puros, que impregnando de su aroma corazones la vileza extinga de los duros.
Quiero, en fin, un mundo lleno de armonías; vivir sin angustias ni quimeras una vida henchida de ignotas melodías; gozar de inmortales primaveras.
Y después de haber vivido lo vivido, que ha sido disfrute y sufrimiento, cuando mi vida toda haya concluido, sólo quiero recibir de Cristo aliento.
Agua que naces silente de las entrañas oscuras, para crear en tu lecho abundantes hermosuras. Brotando ofreces provecho al sediento peregrino; y no cesando tu pecho de regalar tanta vida, te transformas en un río.
Agua rauda y cantarina, danzando de roca en roca; besando ramas y flores con el dulzor de tu boca. Pura y cristalina corres fertilizando desiertos y valles con tus amores. Discurriendo, discurriendo, desembocas en el mar.
Agua de poder profundo, elevas canto glorioso en el fragor de tus olas. Un canto excelso y grandioso, que en paz y en tormenta entonas con ignotas melodías. Y en tu entrega, tú te inmolas otra vez y te evaporas para convertirte en nube.
Agua de lluvia bendita, de mil formas caprichosas, a lomo del viento alado cabalgas bella y rebosas cayendo sobre el sembrado, que haces crecer y sazonas con el sol que es tu aliado. Agua del cielo caída, tú renuevas la existencia.
Así es la gracia divina como una abundante fuente que sacia la sed del alma; y al no cesar su corriente perfeccionada en la calma, la fe como un mar se torna que al humano alienta y salva, y lo exalta al infinito para convertirlo en santo.
El amor no caduca jamás, nunca se muere; aunque caiga la nieve sobre él nunca se enfría. No se ahoga en las aguas profundas, siempre perdura, es sempiterno... y no, y no, y no una simple aventura.
El amor es sufrido y en su benignidad no halla lugar el egoísmo. El amor nunca odia, paciente, al caminar, no piensa el mal, todo lo espera. Si este amor vive en ti siempre será primavera.
El amor no se rinde jamás, no da la espalda, aunque toque a su puerta el dolor, nunca sucumbe; porque está arraigado en la fe y en la ternura, es sempiterno... y no, y no, y no una simple aventura.
El pecado da temor y la esperanza te quita; el pecado te marchita la hermosa flor del amor.
Destruye, corrompe y mata la nobleza y la honradez; toma cuerpo la altivez y las pasiones desata.
¡Cuán horrendo es el pecado! A sus víctimas mortales conduce hasta los portales de un sino nunca esperado.
Líbrate de esa desgracia: ¡Mira con fe al Salvador, que es el Verbo Redentor henchido de amor y gracia!
El humano que no quiera violar la Ley del amor, con el poder del Señor podrá vencer a esa fiera.
Charco, que frío tenéis, porque cada día, el hielo, cristaliza vuestro cielo y manantiales no veis.
Soñáis en ser agua viva, río pródigo que riegue tierra sedienta y que siegue, el hombre, mies que perviva.
Y cuando el invierno arrecie, alimento haya en la casa para convertir la masa en sabroso pan que aprecie.
Soñáis con vestir campiñas de ramilletes de flores que regalen sus olores a las juguetonas niñas.
Sé que soñáis con brincar brillante por las praderas, llevando en vuestras riberas fertilidad para dar.
Saciar la sed del humano, de las bestias y las aves, y que sobre vos, las naves, lleguen hasta el mar hermano.
Anheláis alzar el vuelo, como el agua de la mar, que en su arrobado cantar se muda en nube del cielo. Mas, en fin, sólo sois charco; un charco helado y pequeño cuya esperanza es empeño que os tiene vivo y sin chasco.
¿Soñáis que en la Primavera, cuando el astro rey derrita las nieves, será bendita la realidad que os espera?
No os reprocho vuestro sueño, porque en el vasto Universo, aunque soy nada, converso con mi Creador y Dueño.
Y sé que me aguarda el día en el que la eternidad, con toda seguridad, según Cristo, será mía.
Frente a mi puerta se yergue, noble, un tronco seco de tiempo añejo. Robusto y firme enfrentó al viento, soportó lluvias, y el sol, su espejo, donde se mira cada mañana, le fue agrietando con sus destellos cada sonrisa, cada palabra, cualquier aliento. Está tan lejos, que sus miradas se pierden todas en el recuerdo. El tronco seco deja a las aves hacer su nido en su regazo de musgo viejo; y en el silencio de cada noche, en sus entrañas, se oyen los ecos de historias miles, de odio y miedo, de paz y guerra de amor sincero. Hoy no está triste, su cuerpo cruje como sonriendo. Tiene en su pecho un brote tierno, el brote tierno de la esperanza.
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4).
Cuando el odio se muera y nazca el amor, madurará el hombre; surgirán, frescas e inocentes, alegrías eternas.
Cuando muera el egoísmo retoñarán las flores sempiternas de la entrega absoluta, de aromas celestiales e incorruptibles.
Cuando la envidia fenezca, resucitará la pura fraternidad, ciega para las razas y castas sociales, pero ávida de encuentros entrañables.
Cuando desaparezcan todas las miserias que carcomen la naturaleza divina implantada por Dios en el hombre, brotará poderosa la vida, pletórica de goces, de infinitud... y una canción de notas angelicales será puesta en los labios de los redimidos, y nadie les robará su derecho a la gloria.
No hay gloria sin gracia, no hay gracia sin fe. No hay fe sin que el Padre este don nos de. No hay dicha sin obras, no hay obras que dé el árbol cristiano sino por la fe. Fe y obras unidas, unidas por ser de Dios el regalo que sublima el ser.
Despacio camina con paso prudente; es muy atrayente. Se llama cautela.
Verdes son sus ojos, de amplia sonrisa. No tiene cerrojos, de soñar precisa. se llama esperanza.
Su cuerpo preserva, es equilibrada; lucidez conserva, no abusa de nada. Se llama templanza.
Es muy admirable, escala la cima de lo inalcanzable, y siempre te anima. Se llama confianza.
Perdería un mundo por una mirada; lo que da es fecundo no escatima nada. Su nombre es amor.
Rebosa el alma humana de ansiedad, ya de niños, hasta en la senectud, ¡cuántos intentan ahogar su inquietud, y en su lucha no hay seguridad!
¡Esfuerzos vanos, todo necedad, si alcanzar se pretende la virtud, paz interna, piedad y rectitud, tan sólo con la pobre humanidad! De Dios dimana la gracia que inspira,
la voz que torna lo humano en divino, la noche más negra en luz que se admira, la trágica suerte en feliz destino. Su Espíritu eleva al que, fiel, aspira a andar con Jesús por el buen camino.
No comprendo por qué de tu Calvario dimana tanto amor y simpatía, para un mundo que ignora tu agonía, hiriéndote con su pecar a diario.
Si no hay maldición para tu adversario, aunque en la cruz robó tu lozanía, ¿por qué sólo hay hedor donde debía fluir el aroma de tu incensario?
¿Por qué el corazón humano rebosa de ingratitud, ante la cruz que eleva de la basura a la gloria y osa comer del árbol prohibido, cual Eva? ¡Oh, Señor! Que no desprecie tu ofrenda y el fuego de tu amor en mi se prenda.
“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mat. 16:27).
Presa del miedo la Tierra convulsiona; islas desaparecen y el cielo oscuro vierte su cáliz de hiel, sin mezcla, puro, sobre hombres que la maldad aprisiona.
“¿Qué es lo que tanta desgracia ocasiona?” -pregunta el gentío en su terrible apuro. El grano de los campos está maduro, la cosecha divina al mundo alecciona:
La sangre de Cristo salva y perfecciona; perdición provoca la desobediencia. El amor eterniza, mas nos traiciona la maldad que se abriga; porque apariencia de exquisitos manjares tiene el pecado, pero sólo la muerte es su consecuencia.
Una joya es la gracia de Cristo, no la puedes con oro obtener; el regalo que Dios ha provisto y al humano le quiere ofrecer. Si los ojos de tu fe le han visto en la injuriosa cruz perecer, no demores más para estar listo; déjale tomar todo tu ser. Alarga tu mano pecadora para aceptar la gran salvación que aquistó Jesús en buena hora. Tesoro de alta estimación, bellísima gracia redentora, en la eternidad serás canción.
Espero con ansia aquel día augusto en el que la luz vencerá a las sombras, caminos de espinas se tornen alfombras de flores divinas y el llanto del justo
fenezca y resurjan del árbol vetusto los frutos eternos de las buenas obras. ¡Qué dicha tan alta! ¡Vivir sin zozobras! Sin miedos, rencores, quimeras, ni gusto
que borre del alma, por su perversión, la imagen impresa por Dios en el hombre. ¡Qué gozo inefable! Quebradas, prisión, tus frías cadenas de muerte y un nombre heredar de Cristo, nuevo y victorioso, eterna sonrisa, un cuerpo glorioso...
Lejos del aprisco, sin consuelo, vaga en noche fría y tenebrosa; sola en la penumbra, quejumbrosa, llora cual si fuera un pequeñuelo.
No sabe dónde ir, inhábil ella, deambula en lugares peligrosos, por doquier tristeza y misteriosos ruidos hacen en su mente mella.
“¿Dónde estará?”, el pastor se pregunta, con un gran empeño por hallarla. Recorre mucho para encontrarla, prosigue hasta que el día despunta.
Bien podría haber harto pensado: “Yo tengo otras muchas todavía. ¿Para qué perder, con la que había errado, tiempo y quedar cansado?”.
Pero el egoísmo no le mueve; muévele el aprecio por la oveja que desvalida exhala su queja distante de las noventa y nueve.
Por fin escucha un débil gemido. Se dice: “¿será mi oveja amada?”. En unas peñas, encaramada, hállala trémula, cuerpo herido.
Al verla se regocija el dueño, y en sus brazos fuertes la acaricia; De vuelta el camino a casa inicia y su oveja duerme grato sueño.
Jesús, Buen Pastor, nos has buscado. Dejando tu patria venturosa, te adentraste en el mundo, penosa y ardua tarea has desarrollado.
Muchos como ovejas desvalidas; deambulan muy lejos del aprisco. Llorando en un peligroso risco, ven la inutilidad de sus vidas.
Al ver su alma tan deforme y sucia embárgales un dolor agudo. ¿Quién irá a su busca, en concienzudo trabajo y amor en su renuncia?
Las almas te esperan temblorosas, en sus casas, calles y talleres. ¿Irás a buscarlas sin que esperes mirarlas por más tiempo ruinosas?
Cantaba en la mañana veraniega el pájaro, en su rama, vigilante; mirando desde su balcón la siega de los campos dorados del levante.
Su gorjear armónico alegraba al sudado y curtido campesino, que ducho con la hoz que manejaba a todo grano daba su destino.
Las espigas de trigo las juntaba, separaba la cizaña del buen fruto y luego, con ahínco, la quemaba hasta vestirse la tierra de luto.
Cuando Cristo a por nosotros regrese, su mano empuñará la hoz del juicio y quemará del campo, aunque le pese, los granos dominados por el vicio.
Las semillas fructuosas salvará, las malas hierbas dejará de lado y como labriego acabará con la espiga manchada del pecado.
¿Serás trigo o cizaña cuando venga la siega del divino Campesino? Tu vida inmaculada se sostenga si no quieres, cual cizaña, triste sino.
Las luchas del alma son luchas cruentas; y en su mar, sin calma, las muchas tormentas, hunden esperanzas, desatan pasiones, inspiran venganzas, matan ilusiones. En sus aguas turbias navegan navíos, que cargan lujurias envidias, hastíos... Y en las soledades de aquellos rincones se traman ruindades que como prisiones, recluyen los sanos principios divinos; y así, los humanos, yerran sus caminos. ¡Oh, recinto santo! por Jesús creado, ¡grande es tu quebranto! Causólo el pecado. El alma que ansía la dulce bonanza, a Dios se confía y ejerce templanza.
Pueden curar o herir; pueden edificar o destruir; pueden acercar o enemistar; pueden bendecir o maldecir; pueden apaciguar o inquietar; pueden esperanzar o desanimar; pueden infundir fe o incredulidad; pueden despertar o hacer dormir; pueden salvar o matar; pueden educar o desorientar; pueden clarificar u obscurecer la verdad. En fin, sobre las palabras que digamos se basamenta nuestra dicha o infelicidad.
Levanta tu vuelo hacia nuevos espacios; surca el negro cielo en busca de palacios rubí.
Do la luz divina no esconde su fulgor, que todo ilumina con suave color marfil.
Los querubes cantan ignotas melodías. Miríadas levantan eternas sinfonías de amor.
Levanta tu vuelo hacia nuevos espacios; surca el negro cielo en busca de palacios rubí.
Vibra el firmamento pletórico de vida... y no hay sufrimiento. Sólo tiene cabida la paz.
No se aja el nardo, no muere el ruiseñor y el cantar del bardo inspira el amor de Dios. Levanta tu vuelo hacia nuevos espacios; surca el negro cielo en busca de palacios rubí.
Hombres y animales en armonía perfecta. Murieron los males, Satán no les afecta ya más.
En Edén restaurado a mayor belleza, dicha eterna, el salvado, tendrá con certeza, lo sé.
Levanta tu vuelo hacia nuevos espacios; surca el negro cielo en busca de palacios rubí.
Marinero, marinero, que te adentras en el mar con tu barquito velero; ¡cuánto te gusta remar!
Marinero, marinero, las gaviotas al pasar rozan tu barco pesquero queriéndolo acariciar.
Marinero, marinero, las olas quieren besar el casco de tu madero que desea descansar.
Dios mío, quiero ofrendarte mi vida; que es lo único que tengo para darte. Mi vida, que no es vida sin amarte, mi sangre, por tu gracia convertida de hediondo estanque en rama florecida. Quiero caer de hinojos y adorarte en la excelsitud de tu cruz y loarte por tanta y tanta merced recibida. Quiero, Señor, reposar en tu seno, porque sólo tu paz me reconforta. Y en mi turbulento mar, tú, sereno, despójame de mis brumas y acorta mi dolor, porque fío en tu amor pleno, que es en verdad lo único que me importa.
No reparemos sólo en una cosa, siempre hay el lado bueno de la vida. Aunque posea espinas nuestra rosa nos da fragancia sin que nada pida.
Puede haber una noche tenebrosa, pero al rayar el día se invalida. Puede no ser la tormenta armoniosa mas fecunda la tierra adormecida.
Lo que en principio nos parece adverso algún día se torna en bendición. Aquello que oscurece el universo, a la postre, es sólo la creación de otro fresco y maravilloso verso en el poema de la perfección.
Pétalos del pensamiento que con las alas del viento surcan los cielos del alma, para colmarnos de calma las cámaras de la razón. Fragancias que vivifican, ennoblecen y edifican al humano corazón. Del ideal son las luces y a veces también las cruces que nos torturan y amargan. De rencores nos descargan si se dicen con amor; levantan a los caídos, orientan a los perdidos, mitigan nuestro dolor. Acrecientan la esperanza, el valor y la confianza. Pero a veces son prisiones de sencillas ilusiones, o sublimes sentimientos, que no dejan aflorar... Pueden hacernos llorar si se visten de lamentos o se engalanan de embustes; y aunque la muerte no gustes, si están colmadas de hiel, robarán la poca miel que nos ofrece la vida. ¡Qué bellas son si con gracia se dan a los que en desgracia penan por alguna herida! Tesoro inconmensurable si reflejan lo agradable y no niegan la verdad. Pronunciadas con bondad, sapiencia y solicitud, edifican al oyente y son el mejor agente generador de virtud. ¡Qué hermoso nuestro lenguaje si se le quita el ropaje de la pérfida doblez! Cuanto hay de lobreguez en nuestro penoso andar, las palabras que decimos avivan lo que sufrimos o alimentan nuestro amar.
Si llega el desamparo, Cristo amado, de aquellos que dijeron ser amigos; si gusto soledades y en peligros mi canto de esperanza es consumado.
Si mil azotes en mi espalda siento, y mis sienes espinas las perforan; si me escupen, insultan y devoran usurpándome hasta el último aliento.
Si siento esos dolores, Cristo amado, de la acrimonia hiel que la mentira destila de la boca donde expira todo honor y el pudor es olvidado.
Dame, Dios mío, de tu santa llaga, esa miel que ofreces incorruptible; que es tu sangre salvadora, inmarcesible, por amor vertida y que el ansia apaga.
Dame el saber que estás a cada instante, muy cerca de mí y que nunca te olvidas de aquellos que te ofrendaron sus vidas en un servicio de abnegación constante.
Y que también el que es defectuoso, puede hallar en ti un verdadero Hermano. Hazme saber que cualquier ser humano, si en ti fía, es más que victorioso.
(Dudas de carácter existencial) Cuando se haga la noche en tu camino, y se llene de sombras y misterio lo que estaba iluminado...
(Problemas en el hogar) Cuando se yerga, poderoso, el invierno en tu morada y estruje con sus gélidos brazos tu vida grácil...
(Enfermedad) Cuando lo sano enferme y te lacere el dolor imantándote a tu lecho...
(Vejez) Cuando, exhausto, tu cuerpo, de cargar soles y lunas se marchite y deforme lo que antes fue lozano...
(Pérdida de los amados) Cuando se marchen los amados y se quede su hueco lleno de soledades y recuerdos...
(Muerte) Cuando por la esquina de cualquier año se asome la odiada muerte y te salude sonriendo... Recuerda, ¡sólo eres polvo! Pero polvo sublimado por la sangre de Jesús.
Tú renuevas mis fuerzas cada día, serenas mi extenuado navegar, trocando con tu voz, al increpar, mi tormenta mental en melodía.
De mi ser aniquilas la osadía del continuo ofenderte en el pecar, y haces nuevo mi hombre viejo al quemar el «ego» destructor que me afligía.
Te deleitas mostrándote amoroso si, fracasado, busco en ti bonanza, transformando mi canto quejumbroso en himnos de victoria y esperanza.
¿Qué sería de mi, sin ti, Señor? ¿Qué del mundo, sin luz, en su clamor?
Rostros de cera, hueca sonrisa, voz que lacera, locos con prisa.
Manos que hieren, ojos que matan. Sueños que quieren volar, les atan.
Odio, quebranto, celos y envidia. Niños con llanto, loca perfidia.
Armas que arrasan casas y vidas mientras se pasan horas divinas.
Mundo perdido... ¿Por qué se obstina en ser nacido para su ruina?
Sueño bendito que tanto anhelo tenerte, en cada noche, cuando me duermo, sentirte palpitando dentro de mi momento inerte; cuando todo está quieto y tranquilo, no irte.
Sueño bendito, de la gloria y de lo eterno, de lo que nunca perece; que no degrada, que transformas la gran congoja del averno en cánticos bellos de vida y alborada.
Sueño bendito del paraíso perdido, donde, el hombre regozijado, perdió el norte y abrumado por el aguijón, el caído, escuchó bella promesa con su consorte.
Sueño bendito de completa redención que nada de quimeras tiene sino alba, norte fiel, que devuelve a Adán la posición, que no extravía sino que conduce y salva.
Sueño bendito en el que veo al ser humano romper sus cadenas de miedo y soledad, cristalizando en su corazón, con la mano de un Dios piadoso, la imagen de su bondad.
Respiro en la noche la dulce fragancia de tus olores a tierra isleña, atlántica, y una brisa musical orea mi alma.
Tenerife, cantas a la libertad, y abres tus brazos de mar y arrecifes salitrosos, para arropar en tu regazo de tiempo añejo a los que a ti se allegan. Y lloras por los que se fueron... Tenerife, tú los acunas a todos, los de cerca y los de lejos, y los impregnas de graznidos y olor a mango y guayaba, tomates y papas bonitas. Aromas de monte y océano besándose en la madrugada, en cálida simbiosis y el silencio, el silencio maravilloso, que duermen cándidamente tus valles y abruptos acantilados.
Tenerife, callada, plácida, desprendida del tiempo y del ruido; te has quedado durmiendo unas horas milenarias, y sueñas todavía con magas, chácaras, timples, guitarras e isas.
Tenerife, musa de poetas, lienzo de pintores, red de marineros, caracola de la mar...
Tenerife, canto del canario, eco de los guanches, bordado de sal. Tenerife, remanso de paz, donde los alisios acarician al majestuoso Teide, que se yergue apoyado sobre nubes de algodón. Y en sus faldas luce encajes de plataneras, lava, picón, tajinaste, dragos, vides y pino canario, fuerte como la piedra.
Tenerife, de ojos azul marino, cristalinos como tus aguas, que otean el horizonte africano y tus seis hermanas canarias, quietas como tú, emergidas de la inspiración creadora, vestidas de sol y primavera, de arenas negras, blancas y doradas... Engalanadas con guirnaldas de retama, laurisilva y strelitzias.
¡Cuántos navíos viste desaparecer en lontananza! Cargados de piratas y conquistadores, de comerciantes y aventureros que te robaron de tu cofre lo más valioso, tu corazón... Pero a ti no te importa.
Tenerife, hermana de Venezuela, madre de hijos amables, nobles y hospedadores, aún confiados. ¡Sabes a miel que no empalaga, a queso de almendras y mojo!
Tenerife, me enamoras... Respiro en la noche la dulce fragancia de tus olores a tierra isleña, atlántica, y una brisa musical orea mi alma. Y Dios me susurra al oído que cuando Él regrese, hijos suyos se levantarán de tus entrañas porque escucharon su voz.
Tenerife, ¡cuán doloroso me resulta marchar y dejarte!
Trabaja en el campo esparciendo el grano, a pobres y ricos el mensaje da.
Lleva la esperanza a hogares hundidos; y a todo perdido dirige a Jesús.
No hay obra tan noble, tan grande y hermosa, como la que hace el buen colportor.
No le abate el viento, ni la oscura noche; confía en la gracia que Cristo le da.
Y un día, las almas, por él ayudadas, en la eterna gloria lo agradecerán.
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