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Maravilloso Reencuentro

(Con motivo del reencuentro de egresados y ex-alumnos del Instituto Vocacional de Venezuela, INSTIVOC, celebrado en la sede de la institución del 17 al 19 de julio de 2009) 

Treinta años no son nada, lo descubrí anteayer cuando me reencontré con aquellos a quienes amo.

Treinta años no son nada, lo entendí ayer cuando manifesté que mi amor por ellos había crecido.

Treinta años no son nada, lo comprendo hoy porque mantengo en mi mente sus risas de gozo.

Treinta años no son nada, lo seguiré disfrutando mañana porque tendré la eternidad para abrazarlos.

Qué dicha porque nuestros corazones pudieron palpitar de nuevo al unísono de las vivencias y esperanzas.

 

Confieso que mantuve una lucha en mi corazón para emprender tan largo viaje; no quería que viesen mi cuerpo maltratado por las espinas de la vida, tampoco quise repetir algunos viajes que me conectaban al pasado; como el de aquella vez cuando fui buscando algún otro sitio de los recuerdos y regresé con la seca sensación de las ideas idas,  personajes desaparecidos e indiferencia por mi entusiasmo. Pero agradezco aquella  jornada porque me hizo entender que el pasado debemos colocarlo en su justo lugar y eso cambió mi modo de ver las cosas.

Habiendo viajado desde el oriente y después de muchas horas de viaje, la Sultana del Picacho nos recibió regalándonos sus dulces naranjas y los samanes que viven al filo del barranco nos aplaudieron con entusiasmo  y fortaleza de eternidad. Nos envidiaron por las tantas historias que trajimos para contar del mundo que ellos no conocen. Para desquitarse, nos recordaron que guardan muchos de nuestros secretos; a la vez reflejaron su bondad  prometiéndonos que siempre callaran lo que deseemos ocultar y revelarán lo que gritemos al viento. Nos dijeron que sus hojas ya no eran las mismas porque habían soltado muchas de ellas para enriquecer el suelo y que les habían brotado otras nuevas y tiernas para escribir mejores historias. Hicieron un reclamo: “Ustedes dicen amar nuestra sombra y escuchar el trino de los pajarillos que viven en nuestras ramas, las chicas se refugian debajo de nuestro follaje y los varones nos anhelan a lo lejos, pero nunca se llevan una de nuestras hojas para tenernos como un presente en sus manos".

Vi los pinos y chaguaramos que nos hablaron diciéndonos que, aunque estaban más grandes, eran los mismos y también habían visto crecer a las generaciones; que, al igual que nosotros, habían soportado el frío, la ventisca y el calor del sol y quieren seguir enseñándonos que, habiendo sido bien plantados, habían aprovechado todas esas circunstancias para ahondar sus raíces, fortalecer su tronco, agrandar sus hojas y acercarse más al cielo porque admiran al Sol, las estrellas y le rinden tributo al Creador de todas ellas. “Estamos felices de verlos de nuevo, crecidos, muy crecidos, regando amor por todos los continentes y multiplicándose a si mismos. Lo sabemos, lo sabemos porque hemos visto a otros chicos que nos han abrazado y con sus nombres en los labios de ellos les han dicho `papá´ `mamá’.”

Los naranjales explicaron: “Estamos viejos pero seguimos dando fruto para mantener siempre dulce los paladares  y contentos los corazones”. 

La lagunita donde vivía el patico güirirí ya no está, pero no me entristecí porque nacieron otras más grandes  donde se pudo mudar con su familia que también ha crecido y hay más espacio para los pececitos y para que puedan abrevar más animalitos.

¿Y nosotros? ¡Oh! ¡Qué alegría! Cambiamos la forma como se ve el cielo, el quieto templo vibró de emoción con nosotros; besos, abrazos muy, muy fuertes y estrechos; exclamaciones que no podían ser contenidas y lágrimas dulces que cantaban al rodar por las mejillas. Un preámbulo de la eternidad me hizo entender cómo nos comportaremos cuando nos veamos con nuestros cuerpos renovados y, acompañados, celebremos la fiesta de la redención.

Los chistes de Simón, la risa de Rebeca, las ocurrencias del chamo, la gentileza de Amilcar y las lágrimas de David me hicieron ver que en el fondo seguimos siendo los mismos y que en la rudeza de otros puede esconderse un corazón noble. De ahora en adelante seré más condescendiente con la insensatez del chico y más benevolente con aquel que no parece ser de mi gusto.

Regreso satisfecho porque no me encontré con el pasado; los raquíticos cuadernos que se llenaban de asuntos elementales se convirtieron en hermosos libros llenos de vivencias y sabiduría. Lo más hermoso es que aún tienen muchas hojas en blanco reservadas para contar más aventuras. Sólo pido una cosa; que no olvidemos que hemos sido comprados con precio de sangre para que reservemos muchas páginas que sean añadidas debajo del nombre que Dios ha inscrito con letras de oro en el Libro de la Vida y nuestros hechos perduren por la eternidad.

Ítalo Violo Villalobos

Anaco, 20 de julio de 2009

Los viejos samanes de Instivoc

Ver: Lagunita del patico guiriri