Inventando Titulos en la Caverna Del Invierno


(Último cuento de Matando Enanos a Garrotazos, de Alberto Laiseca)

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Los señores Crk Iseka y Moyaresmio Iseka, quienes ejercían sobre un amplio entorno la monarquía absoluta de su pobreza de zares en el destierro -situación la de ellos aún peor si se quiere, puesto que jamás habían sido desterrados de nada-, poseían como aquellos emperadores, sus propios palacios. Así, tenían instalada en cierto paraje su gruta de verano, en otro una caverna de invierno, más allá la mazmorra de primavera y acullá cierta catacumba de otoño. Debido a la estación, se hallaban en ese momento en la rocosa caverna señalada en segundo lugar.
Moyaresmio estaba pasando a máquina un volumen de cuentos que pensaba enviar a determinado concurso. Como no tenía máquina de escribir pues eran muy caras, debió fabricársela él mismo. Construyó al efecto un artilugio grande como un órgano, con taburete y teclado, al que hacía funcionar a golpes de karate.
Puñografiada que era la letra, por ejemplo, saltaba hacia un papel un enorme tipo de barro cocido enganchado a un palo, largo éste como el brazo de una catapulta. El tipo, entintado con betún para zapatos, luego de cumplir su objetivo se hacía polvo. Ya que solo servía por una única vez, Moyaresmio tenía innumerables trabajos de recambio: miles de letras "a", "b", "c", "d", etc., así hasta llegar a la "z". Esto sin mencionar a las mayúsculas y los signos de puntuación.
Era un poco laborioso pero, con su paciencia infinita y la disciplina espartana que se había impuesto, estaba llegando poco a poco al objetivo. Trabajaba quemando etapas puesto que el concurso literario pronto cerraría la admisión de obras. Escribir así, a pura presión y desajuste friccional, lo obligaba a un esfuerzo titánico; además le costaba carísimo: como los tipos usados resultaban muy grandes por razones técnicas inevitables, al pasar en limpio un cuento de siete carillas empleaba quinientas hojas. Y tenía doce o trece cuentos para enviar. Con este oficio de escribir había desarrollado tal musculatura en los brazos -sus manos a esa altura estaban blindadas por callosidades como planchas-, que habrían llenado de envidia al más avezado Maestro japonés en artes marciales. Moyaresmio acompañaba el puño-grafiado con gritos de combate.
Su amigo Crk, por su parte, también tenía una máquina parecida pero a pedales, con la cual hacía dieciocho años que pasaba en limpio una interminable obra. Las hojas escritas sumaban ya veinticinco toneladas, e iba recién por la mitad. Su caso era peor que el de Moyaresmio, pues tenía la manía de que ante la menor interrupción arrancaba la hoja y empezaba nuevamente. Eso sin contar con que, por razones estéticas, la más leve mancha lo obligaba a cambiar de papel; si recordamos que los tipos eran de barro cocido y se rompían, comprenderemos el escaso número de hojas que permanecían limpias hasta el fín. Como si ello fuera poco, en todos los años que llevaba escribiendo ese libro había madurado varias veces; a saltos, como siempre ocurre. forzoso era entonces empezar de nuevo toda la obra, al notar sus juveniles carencias.
Lo que aumentaba el ordenado caos en la caverna -y por ende las dificultades para escribir- era el hecho de que ambos poseían innumerables mascotas y otros animalitos de servicio: setenta pájaros distribuidos en treinta y cinco jaulas propagadas por todo el lugar, gatos (Benito y La Colorada), gatitos, dos boxer: Franz y la Pity, un ovejero alemán llamado Suki, una plateada para quien cazaban moscas, cinco pollitas famélicas, patos, gallinas, pigmeas, gansos, gansitos, carpinchos, grullas y hasta una garduña amaestrada. Para colmo La Pity había tenido cachorros. Además, luego de muchas aventuras tenían sendas mujeres, hijos adoptivos y propios, etc. Con el etcétera quiere significarse todos los bicharracos regalones de los menores y de sus madres. El batifondo era infernal. La caverna de invierno pedía a gritos por lo menos una duplicación o, de ser posible, la partenogénesis.
Además de lo arriba señalado, las tareas de ambos escritores se veían entorpecidas por el hecho de ser muy frecuente la ruptura de los palos delgados y largos, que catapultaban sus embetunados tipos. Precisamente en esa tarea de recambio se hallaba Moyaresmio. Incapaz de un exabrupto, vociferó en tono culto y bonapartista:

-Voto a fusás y demontres. Cuerpo de mil galeones y walkirias con espadas: se hizo mierda otra de estas frágiles varillas. Suerte que tengo dos gruesas de repuesto.

Crk:

-¿Falta mucho, ilustre?

-¿Para finalizar estos cuentos maravillosos y jamás vistos? No. Ya casi termino. Lo único que me aflige es no haber hallado el título general que los abarque. A ver qué le parece éste: Rompiendo pianos a fierrazos

-Demasiado agresivo.

-¿Y A patada limpia?

-Me gusta, pero también resulta muy chocante.

-¿El incendio de los pianos monótonos?

-Excesivamente monótono. Por otro lado ¿de qué pianos está hablando? si en esos cuentos no aparece ningún piano.

-Ya sé, pero me gustó como título.

-No, mi amigo. No. En ese sentido, con títulos que no tienen nada que ver con el contenido, ya existen La cantante calva de Ionesco, y El otoño en Pekin de Boris Vian. Por ese lado vamos mal.

-¿Y La epopeya de los enanos furiosos?

-¿Ahora le dió por los enanos? Es lo mismo: no aparece ningún enano. Aparte, lo van a confundir con Orlando Furioso. Los ignorantes, claro.

-¿Y Los enanos rabiosos?

-El juguete rabioso, Roberto Arlt. Piense en algo más original.

-Ya sé: Intentaron romper el cerco.

-Parece una novela de guerra.

-Espadas de hielo, discurso de fuego.

-Hermético.

-Quemando con alegría banderas hechas con papel de diario.

-Largo. Además, da lugar a confusión.

-Como una joya la Tecnocracia en el loto.

-Místico. Lo van a leer únicamente los orientalistas.

-Narrando historias sobre los jardines colgantes.

-Van a pensar que es algo relacionado con Babilonia, y ese tema no le interesa a todo el mundo.

-Se incendia el teatro de dramas y comedias.

-Título estúpido. Indigno de usted.

Como Crk no creía en los concursos, podía permitirse aquella implcabilidad. A cada minuto Moyaresmio se ponía más nervioso. Pensó con desesperación, estrujando su cerebro:

-¡Ya lo tengo!: Satanás el jardinero.

Dubitativo:

-Mmh... Satanás el jardinero... -llegando a una conclusión brusca y excomulgante-: No. No sirve.

Con odio:

-¿¡Pero por qué!?

-En primer lugar recuerda a El jardinero español. Aparte, Satanás es poco fuerte.

-¿Poco fuerte?, ¡Pero si Satanás es fuertísimo!

-Es fuertísimo en el mundo, pero conformando el título estaría desprestigiando a éste de antemano. Desde el iluminismo la gente se burla de Satanás y nadie cree en él. Los no creyentes van a pensar que se trata del libro de un pastor protestante de nuevo cuño, o algo así. Tampoco los creyentes se interesarán.

-Los porotos de Jack el Destripador? Los porotos serían cada uno de los cuentos.

-¡No!, ¡Pero qué manija! La gente se va a asustar. No lo va a leer ninguna mujer.

Moyaresmio parecía contentísimo de tan furioso que estaba. Graznó eléctricamente:

-Ya que no son viables los títulos que mencioné, quizá tenga más suerte con mis plagios. Podría llamarlo La ciudadela, Ha llegado un inspector, El proceso, La metamorfosis, La náusea, Un tranvía llamado deseo, El zoo de cristal o En busca del tiempo perdido.

-Deje de delirar, por favor.

-¿Y qué, entonces?

-No sé: algo nuevo y que no asuste. Demuestre que usted es un autor "inteligente"; en esa forma nadie sabrá que es inteligente de verdad, cosa peligrosísima. Téngalo en cuenta: muchas personas leen solamente los títulos. Después compran la obra y la archivan en sus bibliotecas per sécula. Si no se esmera, perderá el treinta y cinco por ciento de los lectores.

Ya enloquecido y sin escucharlo, Moyaresmio comenzó a farfullar:

-Pato Donald, Bichito Buki, Alicia en el país de las maravillas... No me abandonéis, sagradas musas!

-Tómeselo con calma, todavía tiene tres días para mandarlo antes que cierre el Concurso.

Al oírlo, Moyaresmio se puso todavía más nervioso:

-El Doctor Zivago, La muralla china, La madre, La guerra y la paz...

-Título impacto. Que reúna las siguientes condiciones: UNO corto DOS que tenga que ver con la obra TRES no asustar CUATRO inteligente pero no demasiado CINCO intrigar SEIS humor SIETE que no se parezca a ningún otro OCHO no debe dar lugar a equívocos NUEVE evite hermetismos y toda referencia escatológica.

-Podría llamarse El delirio de los gallos titanes.

-Me parece conocido.

-Lo plagié de Gog de Giovanni Papini.

-Déjese de pamplinas y piense en algo serio.

-A ése me lo matan a sillazos. Antes que me diga nada, le anticipo que lo robé de una frase de El otoño del patriarca12.

-Ya sé que se lo plagió a Márquez. Fuera de esta consideración es muy largo: siete palabras.

-¿Y Mátenlo a sillazos?

Cansado:

-No... no.

-Pero seguro que El delirio de los gallos titanes no le gusta?

-Me gusta, pero no para esa obra. Además, lo van a demandar. Si no me cree pregúntele a Susana y ella le va a decir lo mismo. (Susana era la mujer de Moyaresmio.)

-Podría titularse así: Susana.

Escandalizado:

-¡No!, ¡no! Ya no está pensando. Le digo que debe inventar un título cuyo sentido tenga que ver con la obra, y usted sigue poniendo cualquier cosa.

-Estoy desesperado.

-Ya sé que está desesperado y lo justifico. Pero con enloquecer no gana nada; así es peor. No se deje manijear, ilustre.

Moyaresmio se revolvió intranquilo y apuradísimo:

-Señor Crk... usted, puesto en su última palabra y ejerciendo su derecho de veto en las Naciones Ligadas, ¿supone que El delirio de los gallos titanes...?

-Mi última y definitiva palabra es no.

Ante la intransigencia de su amigo, Moyaresmio cayó en la depresión más profunda:

-Un título..., un título... -como si alguien hubiese hablado dentro suyo-: La terraza de las audiencias a la luz de la Luna.

Con sorna:

-¿Ahora se dedica a robar preludios de Claude Debussy? ¿Por qué no le pone La Cathédrale engloutie, o La fille aux cheveux de lin?

Moyaresmio lo miró con odio:

-No me moleste. Estoy pensando.

Crk se reía en su cara:

-Pero sí, mi querido amigo: puede llamarlo La divina comedia, o La comedia humana o Ulises. ¿Y si tentara el cine ruso, como quien tienta a Satán?
Titúlelos: La epopeya de los años de fuego, Pasaron las gruyas, La balada del soldado, El acorazado Potenkjn. Tampoco olvide la literatura de los disidentes: El archipiélago Gulag, Un día en la vida de Iván Denisovich. Aunque pensándolo un poco, todo esto es demasiado conocido. Llámelo más bien La caza del Snark, obra de Lewis Carroll.

Moyaresmio se iluminó con un rayo de esperanza:

-Sí que podría ser. A ese libro lo leyeron únicamente usted y Borges.

-Se equivoca. Es una obra bien conocida. Aparte, mientras exista uno familiarizado con ella... Más bien titule a sus cuentos Boquitas pintadas.

-No se puede. Es una novela difundidísima. Puig me va a demandar.

-Pero le puede escribir una carta para que lo disculpe. Cuéntele su problema. Me dijeron que es una persona accesible y comprensiva.

-Si, bueno; pero aunque él esté dispuesto a perdonarme, la crítica igual me va a transformar en picadillo.

-¿Le parece?

-Y, si -luego de una pausa, Moyaresmio prosiguió-: ¿Y si lo llamo Introducción crítica a la teoría de la plusvalía?

-Eso es de Marx. Van a acusarlo de comunista.

-¡Ya sé! entonces lo llamaré Mi lucha.

-Yo van a macular con el remoquete de nazista.

-El anarquismo es la única verdad.

-Lo van a meter preso. Inútilmente, pues no tiene nada que ver con los cuentos.

-El anarquismo es una mentira absoluta e infinitísima.

-Como título es pésimo, y tampoco tiene nada que ver con la temática.

-¿Y si lo llamo Matando enanos a garrotazos?

Por primera vez en mucho tiempo, Crk prestó atención. Pensó largamente y dijo con sinceridad:

-Me gusta. Además, lo relaciono con esa poesía que Horacio Romeu, alias Pepón, cita al comienzo de A bailar esta ranchera:

A la vera de un camino
dos enanos castigaban una flor
mientras le decían:
-Aunque tengas buen olor
¡no nos gustan las florcitas!


Crk siguió meditando:

-Sería como vengarlo a Pepe Romeu. Incluso ya me imagino la tapa: un enanito de jardín a quien le pegan un terrible garrotazo. Me gusta.

Moyaresmio, con entusiasmo:

-¡Incluso al comienzo de los cuentos puedo citar la poesía de los enanos y decir que es una cita de A bailar esta ranchera!

-Citar la cita, dice usted.

-¡Seguro!

-No es mala idea. Me gusta, me gusta.

-A su vez, el cuento de cierre será el formado por todas nuestras discusiones buscando títulos.

-Muy bien. Y el cuento finaliza cuando usted encuentra el título que verdaderamente figura en los cuentos. Es como el eterno retorno, el volver a empezar.

A Moyaresmio se le fijó el entusiasmo. Dijo en forma inesperada:

-No. Me niego.

-Pero ¿Por qué?

-Porque el lector está esperando justamente eso. ¿Sabe cuántos han hecho terminar sus obras por el principio? Miles.

Crk se encojió de hombros:

-Creo que tengo la solución. Pero no voy a decírsela, porque si así lo hago se negará de manera terminante a usarla aunque esté de acuerdo. Prefiero que la encuentre usted mismo.

Algunas horas después volvió Moyaresmio, y dijo con gran tranquilidad:

-Pensándolo mejor he decidido que el cuento termine con la elección del título verdadero que se le puso a la obra -al oírlo, Crk sonrió y no dijo nada-. Al final el autor renuncia a sus "hallazgos sorprendentes" y a sus genialidades estúpidas, decidiendo asumir lo esperado. Haré notar que el deber del escritor es justamente hallar sus límites. Y ello debe ser así pues no hay otra posibilidad de crecimiento.
Podría haber encontrado otro cierre: uno de esos finales "locos" y "originales". Pude, por ejemplo, haber seguido la narración hasta sus últimas consecuencias: luego de analizar y discutir cual es el mejor término, Crk y Moyaresmio a su vez discuten cómo van a cerrar lo discutido, y luego analizan lo analizado y discuten lo discutido para encontrar el cierre del cierre, y después el cierre del cierre del cierre, así hasta llegar a lo infinitesimal, que nos daría un epílogo abstracto, con la detención del idioma en el análisis de la útlima palabra y de la última letra. No lo hago porque todo eso es peligroso y conduce a la esterilidad.

Crk:

-Me alegra muchísimo que se haya dado cuenta.

-No me diga que a todo esto usted lo sabía desde un principio.

-Si, lo sabía. ¿Qué le parece si nos fumamos unos deliciosos cigarrillos armados con papel egipcio?





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12 - "muerto a sillazos"