"Necesita usted comprender uno de los pliegues de la mentalidad moderna, una tendencia a que muchas personas obedecen sin darse cuenta. En el pueblo o suburbio de ahí fuera existe una posada con la muestra
de San Jorge y el Dragón. Ahora, suponga usted que yo fuera diciendo a todo el mundo que esto no es más que una corrupción del rey Jorge y el Dragón. Docenas de personas lo creerían, sin meterse en más averiguaciones, en virtud de una vaga impresión de que es probable porque es prosaico. Convierte algo romántico y legendario en algo reciente y ordinario. Y esto hace que suene como racional aunque no descanse en la razón. Algunos, por supuesto, tendrían el buen sentido de recordar que habían visto a San Jorge en pinturas italianas y novelas francesas de otros tiempos; pero la mayor parte no pensarían en ello. Sencillamente, aceptarían el escepticismo porque es escepticismo. La inteligencia moderna no quiere aceptar nada por autoridad. Pero lo aceptará todo sin autoridad."
Gilbert K. Chesterton. "El hombre que sabía demasiado".
En nuestra civilización occidental, tecnificada y urbana, la cultura imperante genera una imagen distorsionada del mundo. Varias ideas preconcebidas y lugares comunes se asientan implícitamente en la base de los razonamientos que pretenden negar la mera posibilidad de que existan grandes animales desconocidos en algún lugar de la Tierra. No toda la Tierra ha sido explorada minuciosamenteUn error común es la suposición de que todo el planeta ha sido explorado. El hecho de que existan mapas más o menos detallados de todo el mundo no significa que todo el mundo haya sido recorrido y explorado. Desde hace muchos años, la mayor parte de los mapas se hacen a partir de fotografías aéreas y datos tomados por satélites. Y es imposible detectar e identificar ningún animal a partir de fotografías aéreas o imágenes de satélite, por muy detalladas que sean, si aquél se oculta en zonas de espesa vegetación o en las profundidades de lagos o mares, o simplemente si no se dirige la cámara al punto preciso en el momento adecuado. Existen aún enormes extensiones vírgenes en el planeta: selvas tropicales, regiones montañosas... Incluso en los océanos, la mayor parte de los barcos pesqueros faena en la plataforma continental, cerca de la costa, y la fracción de la superficie marina que cubren las rutas regulares de transporte marítimo es minúscula. Y a la mayor parte de los fondos marinos no ha bajado nunca nadie. Además, generalmente no basta con la exploración para el descubrimiento de una nueva especie animal. En muchas ocasiones las nuevas especies se han descubierto, al cabo de los años, almacenadas en las colecciones de los museos. En 1975, dos científicos del Laboratorio de Crustáceos del Museo Nacional de Historia Natural de París, Jacques Forest y Michèle de Saint-Laurent, descubrieron un crustáceo desconocido, de doce centímetros de longitud, conservado en alcohol en la Smithsonian Institution de Washington. Fue bautizado con el nombre de Neoglyphea inopinata, y pertenece a la familia de los glifeidos, que se creía extinta desde el eoceno, hace más de treinta millones de años. Había sido pescado sesenta y siete años antes, en 1908, en aguas de las Filipinas, por el buque oceanográfico norteamericano Albatross. No es éste un caso raro en la zoología: Los recursos y el tiempo de que disponen los zoólogos son limitados, y generalmente se tarda más en estudiar las muestras de una expedición que en recolectarlas. Los animales son muy difíciles de ver en su medio naturalLa naturaleza no es como nos la muestran los zoológicos. No es nada fácil encontrar a un animal que se esconde en un medio al que está adaptado. Muchos ecosistemas son hostiles para el hombre: las selvas tropicales, los fondos oceánicos, los casquetes polares, las montañas... Una expedición a cualquiera de estos lugares se encuentra con enormes dificultades para sobrevivir, no digamos para realizar una búsqueda metódica. Y en algunos casos, la presencia de seres humanos ahuyenta a los animales que se trata de observar; por ejemplo, es mucho más dificil observar cetáceos desde un barco de motor que desde uno de vela. Es una situación análoga, al menos cualitativamente, al principio de incertidumbre de Heisenberg en física cuántica: La mera presencia del observador modifica el sistema que se trata de observar. Hay animales, como los calamares gigantes, que nadie ha visto nunca en su medio natural: Todos los ejemplares conocidos hasta ahora se han recogido, muertos o agonizantes, en la superficie del océano, en playas o en artes de pesca. De otras especies, mejor estudiadas e incluso filmadas con frecuencia, no se conocen aspectos fundamentales de su comportamiento. Es el caso del jaquetón [Carcharodon carcharias], el célebre tiburón blanco de los documentales televisivos que tan literalmente se suelen traducir: No se sabe prácticamente nada sobre su apareamiento y reproducción. Los documentales de la televisión nos dan la impresión de que es fácil pasearse por la naturaleza y encontrar animales. Nada más lejos de la realidad. La verdad es que esos programas ofrecen, seguramente sin intención, una visión muy parcial y deformada del mundo animal: En primer lugar, se comprimen meses o años de filmación en un programa que no dura más de una hora. Además, muchas de las escenas se realizan en cercados preparados, con animales previamente capturados. Y la inmensa mayoría de esos documentales se ruedan en unos pocos lugares del mundo. Por ejemplo, la mayor parte de los documentales sobre la fauna africana se realizan en las sabanas del este y el sur del continente. En las selvas del centro de África, de acceso mucho más difícil, se hacen muy pocos rodajes; siguen estando prácticamente inexploradas. Si un animal vivo puede huir y esconderse de los humanos, encontrar uno muerto no resulta mucho más fácil, en contra de lo que pueda parecer. Generalmente, los cuerpos de los animales se reciclan muy rápidamente en la naturaleza: son devorados, desmembrados por los carroñeros, y lo poco que queda se descompone con rapidez. Es muy raro encontrar animales muertos, incluso conocidos, en su medio natural. Así, la aparente ausencia de cuerpos de proboscidios en las sabanas de África dio origen a la leyenda del cementerio de elefantes. En el mar, es infrecuente que un cuerpo sea arrojado a la costa; además, aunque para un europeo acostumbrado a veranear en la playa parezca increíble, la mayor parte de las costas del mundo están desiertas. Como prueba de las dificultades que entraña la búsqueda de animales en su medio natural, se pueden citar varias especies reconocidas de las que sólo se han hallado muy escasos ejemplares desde su descubrimiento. Por ejemplo, del zifio de Longman [Indopacetus pacificus], un cetáceo descrito en 1926 a partir de un cráneo encontrado en Australia, sólo se conocen además un segundo cráneo (encontrado en Somalia), tres posibles ejemplares juveniles arrojados por el mar a las playas de Sudáfrica y una hembra adulta embarrancada en la costa sur de Japón en julio de 2002. De la cecilia Atretochoana eiselti, el anfibio sin pulmones más grande del mundo, que supera los setenta centímetros de longitud, sólo se han encontrado dos ejemplares: uno, de origen incierto, conservado en el Museo de Historia Natural de Viena y otro procedente del Brasil; nunca ha podido ser observada en la naturaleza, aunque se sospecha que habita en las rápidas corrientes de los arroyos de montaña de la cuenca del Amazonas. El tinamú de Kalinowksi [Nothoprocta kalinowskii], un ave endémica del Perú, sólo se conoce por dos especímenes, recolectados en 1894 y 1900. El petrel de las Fiji [Pterodroma macgillivrayi], descrito en 1855 a partir de un solo individuo, no volvió a ser observado hasta 1984. Lo mismo ocurrió con el escinco gigante de Bocourt [Phoboscincus bocourti], descrito a partir de un ejemplar de medio metro de longitud recolectado hacia 1870 en Nueva Caledonia; la especie se daba por desaparecida hasta que en diciembre de 2003 se localizó un segundo individuo en un pequeño islote cercano. Y algunos pequeños mamíferos son sólo conocidos por un único ejemplar, como el topo dorado somalí [Chlorotalpa tytonis], el murciélago Pteralopex pulchra de la isla de Guadalcanal y varias especies de musarañas, entre otros. Una especie tan llamativa como el cabezón de Loreto [Capito wallacei], un ave piciforme de las selvas de montaña de Perú, vistosamente coloreada de rojo, blanco, negro y amarillo, no fue descubierta hasta 1996. Es más, sus descubridores afirman que, durante la expedición que condujo al descubrimiento de este animal, observaron varias aves misteriosas que no pudieron ser recolectadas, pero que seguramente pertenecían a especies aún no descritas. Otras especies, algo mejor conocidas, se han dado por desaparecidas y han sido redescubiertas decenas o incluso cientos de años más tarde. Así, el dasiúrido Parantechinus apicalis, un pequeño marsupial carnívoro australiano, se consideró oficialmente extinguido durante 83 años, desde 1874 hasta su redescubrimiento en 1967. Incluso algunas aves voladoras y de plumaje llamativo, a priori más fáciles de localizar, han sufrido esta suerte. En 1847 se descubrieron en la Isla Norte de Nueva Zelanda los huesos subfósiles de una especie de calamón, llamada moho [Porphyrio mantelli mantelli], que había sido cazada hasta la extinción por los maoríes. En 1849, en la Isla Sur, se encontró viva un ave casi idéntica, llamada takahe por los maoríes [Porphyrio mantelli hochstetteri]. Hasta 1898 sólo se capturaron cuatro especímenes; después, pese a varios testimonios durante la primera mitad del siglo XX, el calamón takahe se consideró extinto, hasta que en 1948 se redescubrió en la región del lago Te-Anau. La parina chica [Phoenicopterus jamesi], o flamenco de James, inconfundible con su pico amarillo, rojo y negro, se dió por desaparecida a principios del siglo XX, y no fue redescubierta hasta 1957, en los Andes de Bolivia. La pava aliblanca [Penelope albipennis] de Perú, supuestamente extinta a finales del siglo XIX, y buscada sin éxito en varias ocasiones a mediados del XX, fue redescubierta en 1977. En 1986 se redescubrió en la India el corredor del Godavari [Rhinoptilus bitorquatus], un ave corredora supuestamente extinta desde el siglo XIX. El carpintero real [Campephilus principalis], considerado extinto desde 1944, se ha vuelto a observar en los bosques del este de Cuba en 1985 y en Luisiana en 2000, y su supervivencia ha sido confirmada definitivamente en 2005 gracias a múltiples observaciones y grabaciones sonoras por parte de varios biólogos y ornitólogos en los extensos bosques del este de Arkansas. Pero el caso más asombroso es, sin duda, el del petrel cahow [Pterodroma cahow] de las Bermudas, un ave costera voladora que se creyó desaparecida a principios del siglo XVII, cuando las hambrunas obligaron a los habitantes de esas islas a comérse estas aves y sus huevos; no fue redescubierto hasta 350 años después, en 1951. No todos los fósiles están extinguidosOtro aspecto de la criptozoología que choca con el escepticismo general es la identificación de algunos críptidos con animales sólo conocidos en estado fósil. Pero fósil no significa extinto. El pecarí chaqueño [Catagonus wagneri], descrito como especie fósil en 1930, no fue descubierto vivo hasta 1975, en Paraguay; los indios del Gran Chaco, donde habita, lo llaman tagua, y lo cazaban desde tiempo inmemorial por su carne y por su cuero, con el que fabricaban objetos para los turistas incluso antes de su descubrimiento oficial. Debido a la proliferación de reconstrucciones de animales extinguidos en museos, libros y películas, no somos generalmente conscientes de la escasez del registro fósil; por ejemplo, del conocido dinosaurio acorazado Ankylosaurus sólo se han recolectado fragmentos de cuatro individuos: un cráneo, un hueso del hombro, veintiuna vértebras, algunas costillas y placas dérmicas, un mazo caudal y varios dientes. La fosilización es un proceso excepcional. Para que un organismo se convierta en fósil y llegue hasta nosotros se debe cumplir una serie de condiciones que hace que la probabilidad de que eso suceda sea infinitesimal. En el momento de su muerte, el organismo debe quedar preservado de la destrucción por otros organismos, el agua y el aire; esto puede suceder si se hunde en la arena del fondo del océano o de un lago, en un pozo de alquitrán, en una capa de fango o en un charco de resina; o si queda sepultado por un derrumbamiento, una erupción volcánica o una tormenta de arena. Muchos de los estratos fosilíferos así formados no han sobrevivido hasta nuestros días: algunos son erosionados, otros desaparecen en las fosas tectónicas de subducción, unos pocos han sido destruidos por el hombre...; y de los que aún existen, muchos no han sido detectados o su situación hace imposible la excavación (se encuentran en el fondo del océano, o a varios kilómetros de profundidad, o debajo de construcciones...). Debido a la improbabilidad de los procesos de fosilización, el registro fósil, además de ser escaso, es incompleto; sólo se fosilizan, según los casos, los seres más abundantes en un momento y un lugar determinado, o los que poseen un caparazón más resistente, o los más torpes, o los más estúpidos, o simplemente los menos afortunados. Esto significa que, en paleontología, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia, como atestiguan casos tan conocidos como el del celacanto: Aunque sus fósiles más recientes datan de hace 65 millones de años, al menos dos especies sobreviven en la actualidad en aguas del Océano Índico occidental (Latimeria chalumnae) y de Indonesia (Latimeria menadoensis). Aún más incompleto es el registro fósil de los mixines, los más primitivos de los peces vivientes: los únicos fósiles conocidos de este grupo, de las especies Myxinikela siroka y Gilpichthys greenei (éste último, de identificación dudosa), tienen una antigüedad de 300 millones de años. Entre los animales terrestres, se pueden citar los tuátaras [Sphenodon] de Nueva Zelanda, únicos representantes vivos del orden de los rincocéfalos, cuyos fosiles más recientes datan del período cretácico, hace más de 65 millones de años. Y, sin embargo, en la edición española de una prestigiosa revista científica, y con la firma de paleontólogos profesionales, se publicó en el año 2001 la siguiente falacia: Puesto que el hombre de Neandertal se extinguió hace 30.000 años, los restos encontrados tienen al menos esa antigüedad.
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