Prefacio

En mis tiempos de estudiante solíamos decir que "Los físicos son científicos y los biólogos coleccionan sellos". Yo estudiaba física, naturalmente. En el fondo de la broma, no del todo exenta de razón, está la distinción entre las ciencias duras o experimentales, como la física y la química, que se basan en la experimentación para inferir leyes generales; y las ciencias blandas o descriptivas, cuya capacidad predictiva es prácticamente nula. De acuerdo con Popper, estas últimas disciplinas ni siquiera merecen ser contadas entre las ciencias, ya que carecen de verificabilidad (o falsabilidad): No son capaces de plantear hipótesis que puedan ser confirmadas o refutadas con la experiencia.

Pero no es del todo justo catalogar la biología como disciplina meramente descriptiva; desde el siglo XX se han desarrollado varias ramas, como la genética, la biología molecular y la biología celular, que pueden recibir con todo merecimiento la calificación de experimentales.

La frase está anticuada, indudablemente, pero era básicamente correcta en los tiempos en los que la biología se llamaba Historia Natural; unos tiempos, por cierto, muy anteriores a los míos. La Historia Natural comprendía fundamentalmente lo que ahora denominamos zoología, botánica y ecología. Sin embargo, incluso entonces podían encontrarse excepciones, casos extraordinarios en los que un naturalista de genio era capaz de formular hipótesis, predicciones basadas en los hechos conocidos que, con el tiempo, fueron confirmadas por nuevos descubrimientos.

La historia de una de estas excepciones comienza con la Revolución Francesa: En 1790, el aristócrata y botánico francés Louis-Marie-Aubert Aubert du Petit-Thouars (1758-1831) fue encarcelado. Consiguió librarse de la guillotina, pero tuvo que partir al exilio en 1792. Durante diez años viajó por el Océano Índico, primero a la isla Mauricio y después a Madagascar, hasta que, en 1802, pudo regresar a Francia. En 1822 publicó "Histoire particulière des plantes Orchidées recueillies sur les trois îles Australes d'Afrique, de France, de Bourbon et de Madagascar", una monografía sobre las orquídeas de Madagascar y las islas vecinas con la que se inició el estudio sistemático de las orquídeas africanas.

La orquídea estrella de Navidad, en una ilustración
original de su descubridor. A la izquierda se puede
ver el largo y estrecho espolón de la flor.

En esta obra se describe una flor enigmática, la orquídea estrella de Navidad [Angraecum sesquipedale], que se caracteriza por sus grandes flores blancas, de más de quince centímetros de diámetro. En esta orquídea, como en muchas otras, la base de las flores se prolonga en un estrecho recipiente tubular, llamado espolón, que contiene el néctar con el que la planta atrae a los insectos encargados de polinizarla. Pero el espolón de la orquídea estrella de Navidad es desmesurado: Alcanza los veintinueve centímetros de longitud. En el fondo de este recipiente, el néctar no llena más de cuatro centímetros.

Durante varias décadas resultó un misterio cómo se llevaba a cabo en la naturaleza la polinización de esta flor: Ningún insecto malgache conocido era capaz de alcanzar el néctar a tal profundidad, condición indispensable para asegurar el intercambio de polen entre las flores de la especie.

En 1862, el célebre naturalista Charles Darwin (1809-1892), en una obra sobre la fertilización de las orquídeas ("On the various contrivances by wich British and foreign orchids are fertilized by insects, and on the good effects of intercrossing"), propuso una solución al enigma: El polinizador de la orquídea estrella de Navidad debía de ser una mariposa con una trompa de entre veinticinco y veintiocho centímetros de longitud. En aquel entonces no se conocía ninguna mariposa con una trompa tan larga, por lo que varios entomólogos se apresuraron a ridiculizar la hipótesis.

Once años más tarde, el británico Alfred Russel Wallace (1823-1913), padre de la zoogeografía, en "Contributions to the Theory of Natural Selection", en apoyo de la predicción de Darwin, llamó la atención sobre la existencia de varias esfinges tropicales con una trompa casi tan larga como la propuesta; entre ellas, la esfinge de Morgan [Xanthopan morgani], que habita en el continente africano y cuya trompa alcanza los veinte centímetros de longitud.

Aún pasaron varias décadas hasta que, en 1903, el barón Lionel Walter Rothschild (1868-1937), creador del primer museo privado de zoología del mundo, y el entomólogo Karl Jordan descubrieron finalmente la mariposa, una nueva subespecie de Xanthopan morgani, y la bautizaron con el nombre de Xanthopan morgani praedicta en honor a la predicción de Darwin. Esta esfinge tiene una envergadura de trece a quince centímetros, color de hoja seca ligeramente rosado y una trompa, como estaba previsto, de veintiséis centímetros de longitud. Éste fue uno de los primeros éxitos de la criptozoología.

La historia se repite: En el número de invierno de 1991 de American Entomologist, el entomólogo norteamericano Gene Kritsky, del College of Mount St. Joseph (EE.UU.), predijo la existencia de una nueva mariposa dotada de una trompa aún más larga para realizar la polinización de otra orquídea malgache, descrita en 1965: Angraecum eburneum longicalcar, cuyos espolones alcanzan los cuarenta centímetros de longitud. Pero, una vez más, esta nueva predicción no tardó en ser tachada de descabellada, en esta ocasión por un entomólogo del Museo Nacional de Historia Natural de París.

A pesar de todo, es posible que nunca se encuentre la mariposa predicha por Kritsky. No porque este entomólogo esté equivocado, sino porque quizá sea demasiado tarde. La orquídea Angraecum eburneum longicalcar está desapareciendo rápidamente de su medio natural, si no ha desaparecido ya. Quizá la mariposa se ha extinguido en fechas recientes y la planta, sin ningún insecto capaz de polinizarla, está a su vez condenada a la extinción.

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Hasta hace poco tiempo, mi actitud hacia la criptozoología era de desdeñosa incredulidad. No podía concebir que un gran simio desconocido pudiera ocultarse en el corazón de un país tan poblado y desarrollado como los Estados Unidos, ni que un plesiosaurio hubiera sobrevivido millones de años en un lago escocés sin que nadie lo hubiera capturado. (La ignorancia es muy atrevida.) Entonces descubrí el Institut Virtuel de Cryptozoologie, el sitio web de Michel Raynal, un activo criptozoólogo francés.

Es difícil, pero entre las toneladas de paja que llenan la web es posible encontrar algunos granos. (A veces, también se encuentran agujas, pero ésa es otra cuestión.) Gracias al Institut Virtuel de Cryptozoologie descubrí que mis reticencias hacia la criptozoología estaban basadas, como pretendo mostrar en este sitio web, en premisas equivocadas.

El hombre de la calle tiene una idea falsa de la criptozoología. El mayor problema de la criptozoología es que un gran número de pretendidos criptozoólogos ha destruido la credibilidad de la disciplina, y la ha convertido, tanto a los ojos del público como a los del mundo académico, en una pseudociencia sin ningún rigor científico. Aquí también, como en la web, es necesario separar el grano de la paja. Porque, entre la gran cantidad de charlatanes que pueblan este campo, hay científicos serios cuyo trabajo no recibe el respeto que merece. Pagan justos por pecadores. Es como si los peritos en arte, debido al descubrimiento de varios cuadros falsos de Miró, negaran la autenticidad de todas sus obras o incluso la misma existencia del pintor catalán.

Si la divulgación científica en general es difícil, en el campo de la criptozoología es casi una misión imposible. Antes que nada, es necesario vencer los prejuicios y desmontar las ideas erróneas que impiden al público acercarse ecuánimemente a esta disciplina. Pues bien, esa complicada tarea es la que me he propuesto al crear este sitio web. El lector dirá si lo he conseguido.

Este sitio está estructurado en tres partes. En la primera, la única completa por el momento, se exponen los conceptos fundamentales de la criptozoología. La segunda, que se irá completando poco a poco y llegará a ser la más extensa, hará un amplio recorrido por diversos animales estudiados por esta ciencia, desde los gigantes de las profundidades oceánicas hasta los enormes seres voladores de la jungla. La última parte estará consagrada al aspecto más espinoso de la criptozoología: La posible existencia en nuestro planeta de otros seres humanoides distintos de nosotros.

Una advertencia final sobre la redacción de estas páginas. En los textos que siguen se ha optado, para conseguir un estilo más ágil, por evitar las expresiones dubitativas, tales como "se dice", "parece ser", "es posible", "quizá", lo que puede dar la impresión de que el autor da por sentada la existencia de todos los animales descritos. Nada más lejos de la realidad. Las afirmaciones vertidas en las páginas siguientes no deben tomarse como verdades absolutas, sino como posibilidades e hipótesis más o menos plausibles, pero, por supuesto, no demostradas.

Índice © MMIII  Apuntes de criptozoología
Última actualización: 30 de junio de 2003