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Introducción a la Biblia

1. ¿Qué es la Biblia?

A. Nombre: "Biblia" es una palabra griega en plural y sig¬nifica: "libros". En realidad se trata de toda una pequeña biblioteca de más de 70 volúmenes.
B. Número de libros: La Biblia no es un solo libro escrito por un autor: es un conjunto de muchos libros, concretamente de 72. El Antiguo Testamento* consta de 45 libros, y el Nuevo Testamento*, de 27.
C. Lenguas en que fue escrita: El Antiguo Testamento se escribió en lengua hebrea, la lengua del pueblo judío, excepto tres libros que se escribieron en griego.
Sin embargo, en el siglo II a. de C., como había muchos judíos que vivían fuera de Palestina (los de la diáspora) y no entendían ni hebreo ni arameo, se tradujo todo el Antiguo Testamento al griego en la ciudad de Alejandría: es la versión llamada «Traducción de los 70».
El Nuevo Testamento se escribió en griego, que era el idioma culto de la época. Pero, con la extensión del cristianismo por todo el Imperio romano, hubo que traducir toda la Biblia —Antiguo y Nuevo Testamento— al latín, que era la lengua más conocida. Esta traducción la hizo San Jerónimo en el siglo IV. Es la versión llama¬da «Vulgata», por ser entonces el latín la «lengua vulgar» en Occi¬dente. La traducción que hoy es más utilizada en la Iglesia es la lla¬mada «Neovulgata».
D. Tiempo en que se escribió: La Biblia se escribió en el espa¬cio de doce siglos: desde el siglo XI a. de C. hasta finales del siglo I d. de C. En esos doce siglos, de un modo progresivo, fueron apa¬reciendo los 72 libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Antes de la invención de la escritura, la Revelación se transmi¬tió por tradición oral durante siglos y siglos. Por ello, no tenemos noticia de escrito alguno antes de Moisés (siglos XIII-XII a. de C.). Pero, una vez inventada la escritura, parece normal que personas importantes del pueblo hebreo pusieran por escrito aquella historia religiosa de Israel que se venía transmitiendo por tradición oral de padres a hijos.
Los cinco primeros libros de la Biblia (el Pentateuco*) se for¬man con algunos escritos de Moisés, a los que se añaden las viejas tradiciones, junto con himnos del pueblo y con las legislaciones que se fueron poniendo por escrito. La redacción difinitiva parece ser del siglo V a. de C., en tiempos de Esdras, después de la cauti¬vidad en Babilonia.
Entre los siglos VI y I a. de C. fueron redactados la mayoría de los libros del Antiguo Testamento. Sus autores recogieron, como ya se dijo, tradiciones orales y escritas muy antiguas, bajo la inspi¬ración del Espíritu Santo.
 
2. El Evangelio
A. ¿Qué significa la palabra “evangelio”?
Es una palabra de origen griego que significa "buena noticia" En el mundo antiguo se daba este nombre a la paga o la propina que recibían los mensajeros de una buena noticia. Con el tiempo, la palabra "evangelio" se empleó para designar la misma Buena Noticia de Jesús.
En el Nuevo Testamento, la palabra "evangelio" se utiliza para hacer mención a la persona de Jesús: él es el Mesías esperado, la Buena Noticia, la palabra de Dios que nos trae la salvación por medio de su muerte y resurrección.
La Iglesia designa con la palabra Evangelio los cuatro escritos del Nuevo Testamento que nos anuncian la vida y las enseñanzas de Jesucristo, Palabra eterna de Dios.
B. Características de cada evangelio
Marcos
La tradición nos dice que el autor de este evangelio fue un hombre llamado Juan Marcos, que era discípulo de los apóstoles Pablo y Pedro. Seguramente escribió a partir de los relatos orales que recibió de ellos.
Es el evangelio más breve y el más antiguo, ya que fue escrito cerca del año 70. Está dirigido a cristianos provenientes del paganismo, por lo que Marcos explica constantemente las costumbres judías y traduce las expresiones arameas que Jesús usa en varias ocasiones. Su estilo es sencillo, vivo y coloquial. Se interesa por los sentimientos y emociones de los personajes que intervienen en el relato, dando a sus narraciones un tono espontáneo y de gran vitalidad. Se esfuerza por presentar a Jesús como un verdadero hombre, y centra su interés en las acciones más que en las palabras de Jesús. Por eso contiene pocos discursos.
A lo largo de todo el evangelio permanece latente una gran pregunta: ¿quién es este hombre? La respuesta termina de develarse en la cruz:"Verdade-ramente, este hombre es el Hijo de Dios" Marcos también nos invita a nosotros a preguntarnos: ¿Quién es Jesús para mí?
Mateo
Es un autor de origen judío que la tradición identifica con el apóstol Mateo.
Escribió su evangelio alrededor del año 80, dirigido a cristianos provenientes del mundo judío; cita con frecuencia el Antiguo Testamento y su finalidad es demostrar que Jesús de Nazareth es el Mesías y que todas las profecías anunciadas en el Antiguo Testamento se cumplen en él.
Su estilo es ordenado y sistemático, resalta la doctrina y las enseñanzas de Jesús.
La lectura del evangelio de Mateo nos ayuda a reflexionar acerca de la manera en que vivimos el mensaje de Jesús en la Iglesia, despierta en nosotros el deseo de ser sus discípulos, seguir sus huellas y anunciar el Reino.
Lucas
Fue compañero de viaje de Pablo y escribió su evangelio entre los años 70 a 90, para las comunidades cristianas extendidas por el mundo. Su estilo y vocabulario son muy buenos y depurados. Uno de los aspectos que más destaca Lucas es el carácter universal de la salvación: la Buena Noticia de Jesús es para todo el mundo, y los únicos destinatarios "preferidos" son los pobres, los niños, los marginados. El evangelio de Lúcases llamado "el evangelio de la misericordia" porque presenta con mucha insistencia el amor y el perdón que vino a ofrecer Jesús.
Lucas nos invita a sumergirnos en el amor de Dios, a comprender a través de sus páginas el amor inmenso que nos fue revelado en Cristo Jesús.
Juan
Este evangelio es muy distinto a los sinópticos por su vocabulario, su estilo y su estructura. Fue escrito por el apóstol Juan entre los años 90 y 100 para los cristianos que formaban su comunidad.
El tema central del evangelio es la presentación de Jesús como el enviado de Dios, su Palabra por excelencia que viene a develarnos todos sus misterios. Juan habla frecuentemente de Jesús empleando distintos símbolos que nos ayudan a penetrar su misterio: Luz, Agua viva, Pan, Camino, Verdad, Vid.
Juan nos ofrece un evangelio muy espiritual y nos invita a descubrir progresivamente el misterio de Dios significado en Jesús.
 
3. ¿Qué es la revelación?
Revelar significa «desvelar», «dar a conocer algo desconoci¬do»...; en el caso que nos ocupa, la Revelación es la comunicación que Dios hizo a los hombres, por medio de obras y palabras, de verdades o de misterios que nos eran desconocidos: por ejemplo, la Revelación que hace Jesús del misterio de la Santísima Trinidad.
Las «obras» y las «palabras» a que nos referimos son las que están escritas en ese conjunto de libros que es la Biblia. Pero, ¿cómo sabemos los cristianos que eso que leemos en la Biblia viene de parte de Dios? ¿Acaso es la Biblia un libro que un buen día cayó del cielo? Es evidente que no. Sin embargo, los cristianos estamos seguros de que Dios se ha comunicado a los hombres en las palabras recogidas en la Biblia. ¿Cómo lo sabemos?
Los cristianos lo afirmamos por la fe y por los datos que nos ha transmitido la historia:
a. Lo afirmamos por la fe porque San Pablo dice: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (Hebreos 1, 1-2).
b. Y lo confirmamos por la historia porque nos es posible comprobar que muchos de los hechos que en la Biblia se relatan sucedieron realmente: es histórica la existencia de Abraham, de Moisés, de Jesús, etc. Y esos hechos históricos que la Biblia nos relata son tan extraordinarios y sublimes, que no se pueden expli¬ car sin la intervención todopoderosa de Dios.
 
4. La inspiración en la Biblia
En muchos casos, los hechos que leemos en la Biblia sucedieron mucho tiempo antes de que se escribieran: primero se fueron trans¬mitiendo oralmente y, al cabo de los siglos, se pusieron por escrito.
Cabría preguntar: ¿por qué se pusieron por escrito las diversas revelaciones de Dios a los hombres? En unos casos, porque Dios mismo dispuso que se escribiesen (Éxodo 17, 14) y, en otros, por¬que sus autores veían su evidente utilidad para la historia futura.
Tal es el caso, por ejemplo, de los Evangelios, pues, como ense¬ña el Concilio Vaticano II: «Estos escritos, según el sabio plan de Dios, confirman la realidad de Cristo y van explicando su doctrina auténtica» (Dei Verbum, n° 20). En efecto, si sólo conservásemos de oídas —por tradición— la vida y las enseñanzas de Jesús, cier¬tamente nuestra fe podría tener la misma certeza, pero estaríamos expuestos a mil dudas y se originarían numerosas controversias. Lo que queda escrito —como un testamento, un contrato o una ley— sirve de referencia segura para actuaciones futuras y para evitar interpretaciones falsas.
Pero el valor de la Biblia no deriva de lo que narre cada libro, sino de que el autor de esa narración, aunque lo escribiese con sus manos, lo hacía «movido» o «impulsado» por el Espíritu Santo, por Dios. Eso es lo que llamamos «inspiración».
¿Qué es la inspiración? La inspiración es un influjo sobrena¬tural de Dios en el escritor sagrado, de tal profundidad y efica¬cia que puede decirse que la obra escrita tiene a Dios como autor principal. Vamos a desglosar esta definición para compren¬der mejor qué significa:
A. La inspiración es una cualidad propia de la Biblia que no se encuentra en otros escritos, ni en las obras de los Santos Padres ni en los escritos del Papa.
B. Sin embargo, la inspiración no consiste en que, cuando los autores se ponen a escribir, lo hagan al «dictado» del Espíritu Santo. La inspiración es «un influjo sobrenatural», es decir, una asistencia especial del Espíritu Santo a la persona que se dispone a escribir esos hechos y palabras.
C. Ese «influjo sobrenatural» de Dios en el autor consiste en dos cosas: un impulso a la voluntad para ponerse a escribir y una ayuda al entendimiento para captar y expresar correctamente las verdades que debe escribir. Esta doble acción lleva consigo que el autor no pueda equivocarse al expresar por escrito las verdades de la fe.
D. La asistencia del Espíritu Santo no elimina las cualidades
del autor, el cual escribe según su conocimiento de la lengua, su cultura, su época, etc. No escribirá igual un profeta del siglo X a. de C. que otro autor del siglo I d. de C.; sin embargo, los dos escriben asistidos por el Espíritu Santo.
E. Como consecuencia de esa doble acción (la propia del autor al escribir y la asistencia del Espíritu Santo), un libro inspirado tiene dos autores: uno principal, que es Dios, y otro secundario, el autor humano.
Además de esas revelaciones divinas que encontramos en la Biblia, la Iglesia admite otras revelaciones privadas, como pueden ser las apariciones de la Virgen en Lourdes o en Fátima. La Iglesia las admite, por cuanto refuerzan las revelaciones contenidas en la Biblia, pero no tienen el valor definitivo de éstas.
 
5. La interpretación de la Biblia
Es evidente que Dios, al revelarse, lo hizo con lenguaje humano y según la mentalidad de los hombres de cada época. Asimismo, en el modo de expresarse, se debe atender más a lo que los autores han querido decir, que al modo concreto de expresarse. Aquí entran en juego los llamados géneros literarios*. En efecto, no es lo mismo la narración de un hecho acaecido, que una parábola o un Salmo. También nosotros distinguimos la narración histórica de la forma novelada o de lo que se describe en género poético. Al mismo tiempo, se han de tener a la vista la mentalidad de la época, sus sensibilidades y el modo concreto de expresarlas. A este pro¬pósito, el concilio Vaticano II enseña:
«Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios. Pues la ver¬dad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros pro/éticos o poéticos, o en otros géneros Hiéranos [...]. Para comprender exactamente lo que el autor quiere afirmar en sus escritos, hay que tener muy en cuenta los modos de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en tiempo del escritor, y también las expresio¬nes que entonces se solían emplear más en la conversación ordinaria». (Dei verbum, n° 12).
Para la interpretación de la Sagrada Escritura hay que tener muy en cuenta cómo ha sido entendida a lo largo de los siglos por la Tradición* viva de la Iglesia y cómo ha sido interpretada por el Magisterio* de la Iglesia.
A. Los géneros literarios
Los géneros literarios son "diversas for¬mas de expresarse". Una ley emplea distinto lenguaje que un poema. Una carta a un íntimo amigo tiene otra tonada que una protesta a la usina por el alto costo de la luz ... Un testigo de un accidente en que ha muerto un niño, relatará el mismo hecho de modo muy distinto a la poli¬cía, a los padres de la víctima, o a su propia se¬ñora. Hay quien narra con tal precisión y objeti¬vidad, como si estuviese redactando un informe policial, otro exagera un tanto las cosas a fin de captar algo vivo del acontecimiento.
El lenguaje figurado usa metáforas, compara¬ciones, antromorfismos, figuras, imágenes, sím-bolos, etc.
Todo lenguaje simbólico exige ser desci¬frado. Hacer de él una lectura "al pie de la letra" equivale a quedar condenado a no entender na¬da del sentido profundo escondido bajo la letra. Dice San Pablo: "La letra mata, el Espíritu da Vi¬da." (2Cor 3,6). Si no se toma en cuenta el géne¬ro literario, la equivocación es segura.
Por ejemplo, se dice: "Ese tiene un tornillo flo¬jo." Si se tomara esta frase al pie de la letra, ten¬dría que ser posible arreglar este problema con un destornillador. Asimismo sería equivocado imaginarse a San Pedro en el cielo como portero, ya que nuestro Señor le daba sus llaves. Las fi-guras hay que tomarlas como figuras y no como realidades tal cual suenan.
Dios, con la Biblia, no pretende enseñarnos geografía, matemáticas, astronomía, medicina o cosas semejantes, sino darnos la Buena Noticia de la Salvación. Los escritores sagrados, hijos de su tiempo, hablan de la tierra y del cielo según las apariencias: dicen que la tierra está fija, que el sol sale y se pone (Bueno, también nosotros seguimos diciéndolo), etc.
En general podemos decir que a la Biblia le gusta transformar experiencias internas en narraciones concretas. La luz interior que ilu¬minaba la mente de los primeros cristianos, su experiencia de que el fuego del Amor de Cristo une a los hombres y la fuerza del Espíritu Santo les hizo soltar sus lenguas para dar testimonio de Cristo con coraje, todo esto se concreta en el re¬lato de Pentecostés en "lenguas de fuego".
Lo que ante un texto bíblico nos interesa no es tanto el ropaje externo, quiere decir: el modo có¬mo nos llega la verdad divina, sino lo que nos viene dentro, es decir: el mensaje que el Señor quiere comunicarnos a través de ese ropaje literario.
B. El Antiguo Testamento es figura del nuevo
Dios no sólo nos habla en la Biblia con pala¬bras; lo hace también con personas, aconteci-mientos o cosas, que significan otras realidades futuras superiores: El cordero pascual, la libera¬ción de la muerte y la esclavitud de Egipto por su sangre, el maná ...; todo esto y otras muchas co¬sas eran tipo o figura de realidades futuras mu¬cho más importantes: como la Salvación de la Muerte y la Liberación de la esclavitud del peca¬do por la sangre de Cristo, el verdadero cordero pascual. El maná prefigura el pan eucarístico, el maná auténtico, que alimenta para la Vida eter¬na. El liberador Moisés es tipo del Liberador defi¬nitivo: Jesús. El rey David y el sabio Salomón son tipos del Rey del Universo y del Maestro por ex¬celencia: Cristo. La peregrinación por el desierto y el cautiverio de Babilonia son símbolos de nuestra vida en esta tierra. Etc.
C. Hay que tomar cada frase en su contexto
Es importante tener en cuenta la unidad de to¬da la Biblia.
Hay que interpretar una frase en su contexto inmediato y en el contexto de toda la Biblia. El mejor intérprete de la Sagrada Escritu¬ra es ella misma en su propia evolución y perfección progresiva. La luz ha ido creciendo. Por eso no se hace una buena interpretación ma¬nipulando frases sueltas, desconectándolas de su contexto.
Hay alguna secta que rechaza las transfusio¬nes de sangre basándose en un dicho de Dios a Noé (Gen 9,5.6.), En aquel tiempo se pensaba que la vida estaba en la sangre. Y Dios manda a Noé precisamente que respeten la vida. Y ahora resul¬ta que eso se toma para ir en contra de la misma. Cosa parecida vale en cuanto a la prohibición su¬puesta de imágenes cristianas, de tomar vino, etc. ... De una lectura tal (interpretación fundamenta-lista) se abusan con frecuencia las sectas. Hace falta una visión global de la Escritura entera.
D. Los sentidos de la Biblia
Se conocen como «sentidos de la Biblia» los diferentes niveles de interpreta¬ción que pueden tener los textos bíblicos. Éstos son:
a. Sentido literal.  El sentido literal es el expresado directamente por los autores humanos inspirados por Dios; es indispensable y base para los demás sentidos. Puede ser propio o metafórico, según sea el sentido que dio el autor a las palabras, y puede referirse a una realidad concreta o a distintos niveles de realidad. Por eso es muy importante no caer en el literalismo (interpretar todos los textos al pie de la letra) ni en el subjetivismo (interpretar un texto según lo que el lector capta o desea leer en él).3
b. Sentido espiritual.  El sentido espiritual es el expresado por un texto bíblico, cuando se lee a la luz del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él. Este sentido siempre se basa en el sentido literal. El sentido tipológico, que manejan muchos escritores sagrados, consiste en la interpretación de un texto antiguo a la luz de una nueva experiencia de fe y es un ejemplo del sentido espiritual.
c. Sentido pleno. El sentido pleno es un sentido profundo del texto, querido por Dios, pero no claramente expresado por el autor humano. Se descubre a la luz de otros textos bíblicos o en su relación con el desarrollo interno de la revelación. En realidad, el sentido pleno, si es que lo hubiera, sería ya el sentido espiritual del texto en cuestión, y sólo puede darlo la Sagrada Escritura, la Tradición o el Magisterio de la Iglesia.
Por lo tanto, puede decirse que un texto tiene básicamente dos sentidos: el literal y el espiritual o pleno. Primero hay que buscar el sentido literal para poder descubrir el espiritual. Después hay que preguntarse si además existe algún sentido pleno-espiritual.
E. Hay que tomar en cuenta la tradición viva de la Iglesia
No se puede contraponer la autoridad de la Iglesia y la de la Biblia: ésta es obra del Pueblo de Dios. La Iglesia existía antes del Nuevo Testamento (como libro), fijó por escrito sólo una parte de su fe. (Véase Jn 20,30; 21,25). Lo demás sigue siendo riqueza valiosísima en la Tradición de la Iglesia. Ella interpreta con la luz de Pascua y Pentecostés el Antiguo Testa¬mento y es autora del Nuevo Testamento. Si me queda algo oscuro en un libro debo recurrir lógi¬camente al autor para esclarecerlo. Es la Iglesia quien tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la Palabra de Dios.
Y queda algo más en claro: Ningún pasaje de la Escritura puede tener un sentido contra¬rio a una doctrina cierta profesada por la fe de la Iglesia. En otro caso Dios se contradiría a sí mismo, ya que la Palabra de Dios afirma que la Iglesia es "columna y fundamento de la Verdad" (1Tim3,15).
 
6. Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio
Como hemos visto, Dios se reveló muchas veces en el Antiguo Testamento a los Patriarcas y Profetas. En el Nuevo Testamento se reveló por Jesucristo (Hebreos 1, 1-4). Esta revelación es primero oral, luego se pone por escrito, y siempre ha de ser conservada hasta el fin del mundo.
A. Sagrada Escritura: Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, algunos elementos de esa Revelación se pusieron por escrito, dando lugar a los 72 libros que componen la Biblia. Ahora bien, no todo lo revelado por Dios se contiene en la Escritura. Un ejemplo claro es el Nuevo Testamento, que no recoge toda la predi¬ cación de Jesucristo. Tal y como San Juan escribió (ver el texto a la derecha).
B. Tradición: Esa revelación no escrita es lo que denominamos «Tradición». Pero la Tradición no es sólo lo acontecido y no escrito, sino que abarca más. Por ejemplo, la misma vida y milagros de Jesús, antes de ponerse por escrito, eran Tradición, y así lo fue para la primera generación cristiana. Y, cuando ya apareció la Escritura, la Tradición continuaba incluyendo otras muchas cosas: por ejemplo, el modo de vivir de los primeros cristianos, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, las celebraciones litúrgicas, las devociones naci¬das a lo largo de la historia en las diversas partes del mundo, etc.
C. Magisterio: Con el fin de que se conservaran íntegras las enseñanzas de Jesús y de que fuesen fielmente custodiadas e inter¬pretadas, Jesús instituyó su Iglesia sobre los Apóstoles, los cuales, para cumplir ese cometido, eligieron sucesores. Los sucesores de los Apóstoles son los obispos, presididos por el Papa, que representa a Pedro. Sus enseñanzas se denominan Magisterio de la Iglesia. El Magisterio enseña la verdad sobre la Sagrada Escritura y la Tradición a todos los fieles de la Iglesia a través de los tiempos, pues tiene la misión de interpretarlas de modo auténtico.
Es de admirar, la armonía que existe entre estos tres elementos dispuestos por Jesús como garantía de que la Iglesia mantendrá su doctrina invariable a través de todos los tiempos. La historia es testigo de cuánto ha cambiado la cultura humana a lo lar-gode los siglos. Pues bien, Jesucristo puso los medios para que el recuerdo de su Persona y sus enseñanzas no estuviesen sometidos a los cambios y modas de los tiempos.


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31/08/2010 21:15