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Entre los diversos géneros literarios, existe uno particularmente difícil: la literatura de humor. Hay novelas que nos hacen sonreír sutilmente en la butaca de nuestra casa, obras de teatro capaces de remover los cimientos del local con incontenibles torrentes de carcajadas y también ingeniosos discursos de presentación que pretenden hacer olvidar a los estirados oyentes la plúmbea seriedad un acto académico. Pero en toda mi vida no había encontrado un manual de instrucciones que provocase el más mínimo sentimiento de hilaridad, hasta que decidí comprarme la pecera. El aparatito en cuestión no es una verdadera pecera, es un simulacro de florero transparente “made in china” que venden en tiendas de “todo a cien”, en donde flotan tres diminutos peces de plástico imantados, y que son movidos por un mecanismo invisible, a base de ruedecitas y motores. La ilusión es completa. Con poca luz y desde una cierta distancia, todos nuestro amigos creen que están en presencia de auténticos peces tropicales. Con todo, lo mejor es sin duda el escueto folleto de instrucciones, traducido directamente desde el chino al español, por algún simpático "oliental", tan empeñado en desencajar mandíbulas, como en dinamitar el idioma de Cervantes. El curioso galimatías reza así:
Encontré el texto tan gracioso y representativo de la degeneración que puede llegar a causar una traducción, que lo envié como Carta al Director a un diario insular, añadiendo naturalmente una nota para el corrector, en el sentido que por una vez no intentara recomponer la ortodoxia lingüística y respetara la sintaxis original del texto. Ir a página principal
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