Ir a página principal Ir a siguiente artículo Hay caminos que llevan al progreso, pero si nos empeñamos en recorrerlos demasiado rápido, fácilmente, nos conducen a lugares menos sugerentes. La tecnología es sin duda el más representativo de esta época, pero si pasamos de utilizarla a depender en exclusiva de ella, nos deshumaniza y nos convierte en sus esclavos. Hace treinta años, con la aparición de los primeros relojes digitales, un amigo mío profetizó que en el año 2000 llevaríamos un super "reloj-ordenador-videoteléfono-TV-base de datos-brújula-altímetro-estación meteorológica" de respetables dimensiones, y en contrapartida nosotros seríamos medio idiotas. Pienso que no acertó en el dispositivo, pero bastante en la relación de sustitución de facultades que algunos elementos tecnológicos pretenden imponer. Este escrito fue publicado hace unos diez años como artículo de opinión, cuando los teléfonos móviles eran la nueva golosina que todos deseaban pero no todos podían tener. Aunque al decir todos, nunca incluí a mi persona, ya que siempre he considerado tal artilugio como un elemento de libertad vigilada. Un elemento que en todo caso crea dependencias inútiles y por descontado no mejora la calidad de las palabras que se tengan que decir. EL SUPERHOMBRE DIGITAL
Al cerrarse la puerta de casa y oír las pisadas de mi amigo bajando la escalera, me vinieron a la memoria las palabras de un precioso relato que alguien escribió en los años treinta: “El principito se fue a ver nuevamente a las rosas. -No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún –les dijo- Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie... Y las rosas se sintieron bien molestas. -Sois bellas pero estáis vacías. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que ella es la rosa a quién he regado. Puesto que ella es la rosa que puse bajo un globo... puesto que ella es la rosa cuyas orugas maté (salvo dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que ella es la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aún, algunas veces, callarse... Puesto que ella es mi rosa.” Este sugerente fragmento de Saint-Exupéry viene a cuento porque mi amigo Javier me había encontrado en el comedor manipulando el viejo magnetofón de bobinas. Intentando ajustar por enésima vez un cojinete desgastado del motor, y diciéndome a mi mismo que al no existir recambios me vería obligado a fabricar uno nuevo en el torno. -¡Cómprate un DVD o un Minidisk Laser y déjate de trastos, tío!... Te está saliendo por un ojo de la cara en tiempo y dinero... Hay que ser prácticos, el hombre del 2000 debe apoyarse en el progreso y olvidar los romanticismos. Sé de un lugar en internet, NuevoSuperhombre-punto-com, creo que se llama... venden los DVD’s baratísimos, te hacen un carnet de supercomprador... y te mandan propaganda de todo lo nuevo que sale. Además puedes bajarte de la Web ficheros de música MP3 y cargarlos en su Dim-Ram de ciento veintiocho megabaits... Y tú sigues aquí, con esta antigualla digna de figurar en un museo... -¡Ya! –respondí- pero en todo caso es “mi” antigualla... Y no la rescaté cuando estaba a punto de caer en un contenedor de basura para cambiarla ahora por uno de estos productos de sonido digital enlatado, con mando a distancia de pantalla de cristal líquido y triple Dolby Surround. Vamos... otra de esas pijaditas consumistas nacidas con la moda de primavera y que se liquidan de rebajas tres meses después. Mi amigo movía la cabeza en señal de negación, y añadió -No te entiendo, tío... trabajas en electrónica, te gusta la informática y la programación, a veces pretendes ser de una mentalidad tan racional que asusta... y, en cambio, despotricas de las nuevas tecnologías y pierdes el tiempo reparando trastos viejos. Todo el mundo, hasta los mismos políticos andan diciendo que el futuro pasa... ¡Y un rábano...! –le interrumpí, indignado- ¿Sabes qué ven los gurús de la modernidad en las nuevas tecnologías de la comunicación?... Pues sólo negocio, chaval... un perfecto negocio sin fronteras y el control total sobre qué decimos y pensamos... ven un camino mucho más fácil para crear nuevas necesidades y la uniformidad cultural de todos los seres humanos rebajados a un mínimo común denominador, que acabemos cortados con un mismo patrón y marcando el paso de la oca al desfilar sonrientes bajo su tribuna... Sin embargo, tienes razón al decir que me apasionan algunos aspectos de la ciencia... Y digo ciencia como conocimiento, no ciertas pautas de su aplicación. Me gusta porque nos enseña un camino que sobrepasa las veleidades humanas, nos permite conocer la verdad encerrada en las leyes naturales. El resto son pamplinas filosóficas, diarreas mentales de sometidores o sometidos, cada uno para justificarse en sus remordimientos, penas, intenciones o excesos. Porque eso –y señalé con un dedo el magnetófono desmontado sobre la mesa del comedor- Será un trasto, pero a mi me sirve perfectamente... Lo he reparado con mis propias manos y siento por él un especial cariño que no sentiría por tu flamante DVD comprado por cuatro perras a través de Internet. Y me importa tanto este cacharro precisamente porque sé parte de su historia, sé quién lo utilizó antes que yo, porque he dedicado mucho tiempo para que volviera a sonar como lo hacía treinta años atrás. Esta es mi recompensa. Mírate a ti mismo –seguí diciéndole sin darle oportunidad de replicar- Desde que salieron los teléfonos móviles paseas durante todo el día con este añadido colgado de tu cintura, el tercero en pequeñez en lo que va de año, y únicamente para que tu esposa te informe a media mañana de si hará garbanzos o judías de primero. No vas a según qué sitios porque no tienes cobertura, y no puedes separarte más de veinticuatro horas de un enchufe porque se agotan las pilas y te entra el pánico al aislamiento móvil celular. Y como tú, casi todos... De cien españolitos urbanos del 2000 solamente uno necesita realmente este artilugio. El resto es simple esnobismo, sentirse de la tribu porque llevan el pendiente colgando de la misma oreja... Además, no sé de que sirven tantas facilidades para comunicarse, si en contrapartida, no se tiene nada interesante que decir. Verás... A pesar del machaque de los anuncios de televisión, sigo sin sentir la necesidad de poner cara de perdonavidas porque acabo de bajarme del ciberespacio el último concierto de los Attack en Manchester (y más sabiendo el tipo de berridos que emiten habitualmente los tales Attack), ni tampoco me hace feliz hacerme pasar por uno de estos jóvenes ejecutivos con modales de domador de leones y decir que soy mucho más listo que todos porque desde mi pequeño apéndice telefónico voy por todo el mundo de compras por la red. Mi amigo apretaba los labios y levantaba las cejas con incredulidad. Tal vez me pasé un poco, en el fondo es buena persona y no se merece que una especie de ornitorrinco mental (como me definió él en un breve instante de lucidez) le desmonte de esta manera sus fantasías futuristas. Lanzado como estaba, continué –Mira Javier, está bien aplicar la tecnología para solucionar problemas, pero me parece un error forzar su uso hasta el punto en que la misma tecnología llega a crear nuevas necesidades y problemas que sobrepasan los anteriores. ¿Es que nadie se da cuenta que estamos perdiendo los papeles?... El otro día oí por televisión que no sé qué imbécil quería incorporar un microprocesador a la tapa del water para que decidiera cuándo debía echar el agua de la cisterna. Nos acosan con toda una fauna de añadidos mecánicos y electrónicos que nos evitan la molestia de decidir, de recordar, de visitar a alguien para que oiga nuestra voz... No chico, no... Como seres presuntamente inteligentes, que a estas alturas es un decir, de cada vez tenemos más, pero somos menos... Lo que sí deberíamos echar es el freno de este alocado tren consumista, globalizante e igualador y recuperar un poco de todo aquello que hemos perdido en el camino. Cultivar nuestra propia individualidad porque representa la riqueza que debemos ofrecer a los demás. Somos animales de relación, necesitamos la familiaridad, necesitamos lazos que nos unan a las personas y a las cosas, necesitamos trabajar estos lazos y sacrificarnos un poco para que tengan su importancia. Una excesiva sencillez en conseguir algo, un regalo no es siempre la mejor solución para el futuro, porque si no ha costado nada alcanzar nuestras metas es igualmente difícil aprender a disfrutarlas. Mi amigo pasó su mirada errática sobre un par de libros que descansaban en una mesilla antes de levantar su abultado reloj digital con pulsómetro, barómetro y altímetro incorporado y decir con un tartamudeo. Bueno... creo que me voy... tenía que llamarme mi mujer y aquí no tienes cobertura...” Que YO no tengo cobertura... Curiosa última frase le brotó del subconsciente. Contemplé un instante los dos libros de la mesilla, el pequeño cuento de Exupéry, al lado del más grueso y aparente “Así habló Zarathustra” con su germen del falso superhombre alienado. Pensé que una vez más los detalles decorativos engañaban al observador. Porque pese a su apariencia de cuento infantil, pese a la sencillez de sus tapas, el mensaje del Principito sigue siendo mucho más intuitivo, profundo, sincero y positivo para el ser humano que las elucubraciones de ese filósofo degenerado llamado Nietzsche. Postdata. Y después de todo... pese a lo que diga mi amigo y todo su ejército de expertos en nuevas tecnologías, ni a Mozart le van los sintetizadores, ni es lo mismo escuchar los acordes de “Feelings” desde el frío sonido enlatado de un CD, que desde el lento girar de las bobinas de mi venerable antigualla. Ir a página principal Ir a siguiente artículo
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