Ir a página principal Ir a siguiente artículo ME HA TOCADO...
Hace un par de días sonó el timbre de casa. Dejé a un lado el libro de Rosa Montero y acudí a abrir la puerta. Frente a mí apareció la figura de un sonriente funcionario municipal con un papel en la mano ¿Fulanito de Tal...? Preguntó. Y tras asentir yo con la cabeza, añadió algo así como “Pues le ha tocado...” En un primer momento me quedé algo inquieto, porque aún sin temerlas, tampoco espero nada especialmente positivo de tales visitas. De hecho, ni siquiera recuerdo cuándo recibí el último papel con membrete oficial que representara alguna dádiva para mi persona. Siempre recuerdo avisos y requisitorias ineludibles para cobrarme alguna cosa que no he pedido explícitamente: la incorporación a filas, una multa de tráfico por llevar el espejo sucio, o toda la panoplia de impuestos directos, indirectos y circunstanciales en que incurro simplemente por existir. El nuevo papelito me informaba que en sorteo imparcial, había recaído sobre mí la increíble suerte de ser el primer vocal de una mesa en las próximas elecciones generales del 12 de marzo. En un principio imaginé que la cosa no representaría ningún problema, puesto que ya tenía planes para esta fecha. Pensé que bastaría con comunicarlo a la Junta Electoral para que buscaran a un sustituto ansioso de permanecer doce horas tras una mesa, viendo como una marea humana decide si en los próximos cuatro años prefiere saturar las cabeceras de TVE con la calva del Sr. Almunia o seguir con el bigote del Sr. Aznar. Pero, hete aquí que no resulta tan sencillo. De una lectura detallada del documento se desprende que en el mismo inicio del proceso que permite ejercer la libertad individual y democrática, y de forma totalmente increíble, el nombramiento tiene carácter de “aceptación obligatoria”, y pasar de él sin justificación contemplada en la Ley Orgánica de tal y cual... acarreará el arresto de siete a quince fines de semana y multa de dos a diez meses (no especifica en qué consiste dicha multa, y por tanto, tomándoselo a broma, se podría decir que desde perder el derecho al saludo, puedes acabar engrilletado en las minas de sal). Supongo que para los legisladores, el correctivo necesario ante tan grave falta de civismo debe ser comparable al que reciben hoy en día los delincuentes habituales tras haber sido detenidos en dos mil sesenta ocasiones por destrozar ventanillas de coches y “tomar prestados” sus radiocasettes. Se da la paradoja que el 12 de marzo no pensaba votar, y que conste que no intento hacer proselitismo de ningún género, es únicamente ejercer mi derecho a no ser manipulado una vez más. Desde el final de la dictadura fui acudiendo a la mayoría de las convocatorias, hasta darme cuenta de que algunos de aquellos señores que en un principio pedían mi confianza en nombre de tal o cual ideología, se dedicaban a hacer después lo que les venía en gana; desde utilizar los dineros de todos para comprar con paros agrarios, subvenciones y generosas ofertas de empleo público, las simpatías necesarias para perpetuarse en el poder; hasta acabar por transgredir directamente muchos de los apartados del código penal, acunando a una legión de amigos, empresarios y cuñados afortunados, efectuando escuchas telefónicas ilegales y malversaciones de fondos varios... y en esto me callo otros casos conocidos que suben más peldaños en el comportamiento antisocial. Convencido de que todo ello es únicamente la punta de un gigantesco iceberg que se oculta tras una teoría de bonitas fachadas de cartón piedra, siento de veras no poder seguir participando en este teatro. Ya me han cansado las palabras. No me afectan ni un ápice las inflexiones de voz que adornan su demagogia de feriantes. No me dicen nada sus músicas pegadizas ni sus programas de rebajas adornados con confeti de fáciles adjetivos progresistas. En este mundillo, me molesta especialmente el uso que se hace del marketing más descarado, la falta de seriedad personal, la mentira aplicada sistemáticamente en todo el proceso político, el hecho de fijarse en la paja del ojo contrario sin ver la viga que sobresale del propio. Soy consciente de que esta visión puede parecer excesivamente injusta con la totalidad del colectivo. Puesto que siempre han existido cargos electos de moral intachable y gran valía para el trabajo. Pero también quiero hacer notar la falta de espíritu crítico, el mirar para otro lado de estos señores cuando los hechos reprobables afectan negativamente a su propio partido o a su posición personal. Algunos lectores pensarán que soy una rara avis, un extraño tipo de objetor votacional, pero no es cierto, formo parte de una creciente masa de ciudadanos desencantados que exigen una pronta revisión de los reglamentos que rigen la vida democrática. La evolución imprescindible que permita corregir los errores y abusos que se han ido constatando en el devenir de las dos últimas décadas. Créanme si les digo que de otra forma me sentiría orgulloso de poder colaborar en el proceso, de trabajar con ahínco para que entre todos podamos alcanzar las verdaderas metas a las que debe aspirar cualquier sistema de libertades. Hasta entonces, el voto representa mi propia esperanza de futuro, y no pienso regalarlo a nadie alegremente, sólo lo prestaré a quien demuestre con hechos estar dispuesto a mejorar la situación actual, a cambiar el balance entre poder y ciudadanos, ciertamente desfavorable para los segundos. Dejaré mi voto con estas premisas y siempre que pueda ser retirado en el instante que yo quiera. Tal cambio de voluntad de los votantes debería reflejarse, con la adecuada regulación, en un nuevo recuento de diputados y senadores. Votaré cuando se aprovechen los medios técnicos e informáticos que ya existen en la actualidad para que la gente que acredite un mínimo de consciencia pueda sancionar “a la suiza”, directamente y sin intermediarios, muchas de las leyes presentadas ante el congreso. Cuando desde la calle se pueda elegir a quienes formarán parte de comisiones de investigación. Cuando un diputado o un presidente de gobierno tengan exactamente las mismas garantías legales y las mismas obligaciones que cualquier ciudadano corriente. Ya sé que el típico Juan Español, este modelo de mente conformista y folclórica que todo gobierno desearía clonar, tras mirarme con cara de reproche dirá : “Pues si no votas... después no te quejes...” Pero el caso es que ya estoy harto de quejarme tras haber votado. Y por tanto, palabrita del niño Jesús... Ni una más hasta que cambie la coyuntura. Quien sabe, si tras la publicación estas líneas, la Junta Electoral llegará a intuir que existen leves indicios de incompatibilidad entre mis convicciones personales y la labor presuntamente cívica que me obligan a llevar a cabo bajo pena de no sé qué. Sería perfecto que a igual que en los jurados de algunos tribunales de justicia, tomaran la sabia decisión de sustituirme por alguien más imparcial y predispuesto. Por que este día tengo una paella campestre totalmente participativa y democrática que, les aseguro, en el actual estado de cosas, deja en pañales cualquier pantomima electoral. Y si no puede ser... bueno, uno aún gruñe de vez en cuando, pero también le cuesta más desenterrar su hacha de guerra... Con cara de circunstancias allí estaré, sentado en mi silla el 12 de marzo. Conociendo el paño, mejor será llamar a los amigos y pasar la paella al 19. Ir a página principal Ir a siguiente artículo
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