Ir a página principal Ir a siguiente artículo Hay paisajes con figuras que no son fáciles de olvidar. Calas Covas, situada en la costa sur de Menorca es uno de ellos, ya que en sus paredes de piedra han vivido y descansado eternamente seres humanos durante milenios. Vigilantes sobre el azul del mar, cada una de las cuevas talladas a fuerza de manos e instrumentos de bronce tiene su historia, de la que una de ellas se brindó a mostrarme los últimos capítulos. DIARIO DE UNA CUEVA QUE MIRA SOBRE EL MAR
A mediados del pasado verano realicé con mi esposa una visita por mar a Calas Covas, y una vez aseguradas las anclas de la embarcación y refrescados sus tripulantes con un baño confortante, se me ocurrió la idea de encaramarme por el acantilado para visitar una de las cuevas que destacan en este extraño paraje. Es una de las más vistosas y llamativas, puesto que posee un dintel cincelado sobre su puerta y está situada en la parte más atrayente del lugar, como un balcón preferente, justo en la esquina izquierda que divide la cala en dos preciosos entrantes. Es difícil acceder a ella, hablando en plata, las pasé moradas para escalar palmo a palmo y alcanzar de una pieza la plataforma de entrada. En algunos instante las piernas me flaqueaban y desde la altura miraba al mar con respeto y temor, ya que desde la posición en que me encontraba, agarrado como una garrapata primeriza a los salientes de piedra, siempre existía la posibilidad de una linda caída de diez o doce metros hasta dar de bruces en dos palmos escasos de agua. Pese a encontrarme en buena forma física, reconozco que ya no soy un tarzán. Y tardé más de un cuarto de hora desde el momento en que desembarqué en su base hasta que conseguí llegar a su boca. Atisbé con precaución en el interior y vi que, a pesar de ser verano, estaba deshabitada. Allí no había muebles ni utensilios de cocina contemporáneos, solamente encontré dos velas casi consumidas y, sobre una repisa de piedra, una pequeña libreta sin tapas, con las hojas hinchadas y dobladas por la humedad. Con una mezcla de sorpresa y fascinación descubrí que era el diario de la cueva. Iniciaba el relato en agosto del 98. Nuria y Jordi habían pasado unos días en aquel sitio (cuatro lunas, dicen ellos). Describieron con emoción que la vista era maravillosa, sus sensaciones al habitar aquel lugar mágico y milenario. Allí todo adquiría un carácter especial, la noche era intensa sobre sus cabezas, el ruido del mar, hacer el amor iluminados por las estrellas. Dicen que las dos primeras jornadas apenas pudieron dormir, intimidados por el entorno y por una extraña sensación que naciendo de los rincones más ancestrales de su persona, se integraba de alguna manera en el conjunto. En sus sinceras palabras hablaban de su vida de ciudad, y de perder este cascarón defensivo que nos impide apreciar muchas de las cosas maravillosas que pasan a nuestro alrededor. Terminaban el relato con una triste despedida, un abrazo a los desconocidos lectores y la promesa de que otro año regresarían. Jordi añade la iniciativa de que cada uno de los futuros visitantes dejen de igual forma cuatro líneas escritas para los demás. Un mes después Tolo escribiría: "desde esta cueva observo el paraíso que me llevo en mi corazón"... Rosa decía al despedirse emocionada que le esperaban muchas otras cuevas y muchos mares azules que una vez vividos siempre permanecerían en su interior. Harry y Lothar, de Austria, informaban sencillamente que había estado allí. Nico y Pat dijeron “sin palabras” y dibujaron el símbolo de la paz. Con los fríos de marzo llegaron Marc, Bernat y Sandra, nacidos, según ellos, de las olas del mar: “Somos las olas del mar que con la brisa hemos subido a esta cueva para saludar al sol”. Miar hablaba del equilibrio y Litus le decía en otra página y otro mes que no lo buscase demasiado lejos, porque está dentro de ti. Memo, Juani, Lluís, Merina, Johny, Txon, Laura, Alicia, todos y todas estuvieron allí. Ahora la cueva sobre el mar está deshabitada y un visitante ocasional descansa sentado de cuclillas en su puerta. Al bajar comencé a mirar de forma diferente a todas aquellas personas que habitaban las demás cuevas de los alrededores, confieso que me sentí un intruso, entendí sus miradas de reproche por invadir con la vorágine colorista y hortera del verano su pequeña parcela de libertad. Aquella misma tarde regresé para dejar una pequeña constancia escrita de mi paso y tranquilizar mis intenciones ante los futuros inquilinos. Pedí perdón como mejor supe, escribí cuatro cosas bonitas sobre la vida, la cala y el mar, y expresando los mejores deseos, firmamos Charo y yo en el diario de la cueva, a mediados de julio de 1999. Postdata: Ahora la Administración ha entrado con su rastrillo en Calas Covas. A priori no puedo condenarlo, puesto que junto a personas que se merecían estar allí, también había algunos lunáticos que emitían alaridos escalofriantes a las cuatro de la madrugada, tiraban piedras a los barcos fondeados y se dedicaban al consumo-compraventa de esos polvillos blancos que nadie en su sano juicio debería tomar. Pero creo, y esto lo dice un urbanita convencido, que también se ha cometido una gran injusticia con algunos de sus habitantes, con aquellos que a su manera cuidan y quieren la cala. Quienes han tenido la valentía de despreciar durante años las comodidades que les ofrecía la vida moderna para vivir una existencia más sencilla y ligada a la naturaleza. No creo en los argumentos que se fundan en el grave deterioro de las cuevas habitadas. Esto, como otras muchas cosas es muy relativo en lugares que llevan casi tres mil años viendo pasar la humanidad. Tal vez no constituirá un deterioro las rejas que van a instalarse, ni que se permita que legiones de despistados turistas teutónicos lleguen en autobús y pisoteen su interior. Todo es relativo en importancia, dependiendo del interés. La ley, como sus servidores, deben ser ante todo instrumentos de la justicia, y de la misma manera que se ignoran diariamente centenares de normas y preceptos porque conviene al poder, deberían tenerse en cuenta los derechos adquiridos por quienes llevan tantos años viviendo allí que ya forman parte indisoluble y armónica con su paisaje. Ir a página principal Ir a siguiente artículo
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