Ir a página principal Ir a siguiente artículo La cultura se alimenta de símbolos, hechos y creencias, todos ellos ligados a una cierta cronología que vertebra su evolución. De igual forma, las mismas fechas pueden representar símbolos de distinta importancia, como los cambios de milenio, a los que normalmente se ha adjudicado una importancia irreal, como si el 31 de diciembre del último año tuviera que ser el final de una época y el 1 de enero el arranque de un nuevo mundo. Los que hemos contemplado el final de siglo XX, también hemos vivido una sensación extraña de cambio de época que ha propiciado la reflexión, aunque su motivación haya sido fundamentalmente mediática y la transcendencia irrelevante en todos los sentidos. Mi artículo de opinión intentó desmitificar un poco los vaticinios, a veces pueriles y a veces catastrofistas de las posturas más extendidas. Intenté además inducir a una reflexión aquello que conocemos y aquello que creemos, sobre el falso papel que muchas creencias juegan en la resolución de los problemas, cuando en ciertos casos son precisamente las causantes de los mismos. Como el asustado que se siente amenazado por un peligro desconocido, y al final muere de miedo antes de darse cuenta de su inexistencia. BALANCE 2000
En los últimos días, he podido comprobar en estas mismas páginas que son escasos los viciosillos de la pluma que se han resistido a comentar la efemérides del 2000. Será, tal vez, porque los finales, aunque sean meramente testimoniales, incitan a comparar y establecer balances, a sumar y restar columnas de debes y haberes, para ver entre todo cuánto saldo nos queda de civilización. Ya sé que la cosa no va a cambiar por añadir otra interpretación al murmullo general de mea culpas que se expresan en todos los ámbitos, pero es que por pura pereza ya me perdí el paso del Halley, las lluvias de estrellas Leónidas, la Expo de Sevilla y los más o menos veinte eclipses de Luna que fueron anunciando regularmente en televisión como si cada uno de ellos fuera el último del siglo. Está por otra parte la historia interminable de si el milenio ha comenzado en el 2000 o deberemos esperar a tomarnos doce uvas más. Miren ustedes, no me importa en absoluto. Que el siglo I empezó en el año 1 en vez del 0, como sería lógico en cualquier sistema de conteo, me parece una de esas arbitrariedades en que el mandamás de turno acaba diciendo: “¡A callar!, esto es así porque lo digo yo... y basta”. Bueno, dejando de lado esta incongruencia numérica, que insistiendo en lo dicho, me parece una memez, diré que la cifra del 2000 es mágica y redonda, me gusta... y como me gusta, estoy más comunicativo y dicharachero, abierto a la reflexión y a compartir esos pensamientos que normalmente se guarda uno para si mismo. Puestos en faena busco mi rincón favorito de la casa, me siento en mi silla menorquina y arrugo la frente para abstraerme en eso tan importante: en esa especie de balance vital que nos trae de cabeza. Tras unos instantes de concentración, se supone que ahora debería realizar una pausa, aspirar profundamente, abrir las manos y preguntarme en tono grave y preocupado: ¿qué hemos hecho con nuestro planeta... qué hemos hecho con nuestros semejantes?. Después debería bajar los ojos para citar con voz aún más profunda la larga serie de desgracias que aquejan a los hombres: hambre, pobreza, marginación, desequilibrio norte-sur, esclavitud, enfermedades, materialismo, contaminación, desastres naturales, etc... y decir que la solución pasa por la concienciación de los países desarrollados, por la solidaridad del 0.7%, por perdonar deudas y ofensas, y, en última instancia, por la resignación frente a los designios provenientes del más allá. Pero, pese a ser ésta la postura más cómoda y socialmente aceptada, no voy a hacerlo, porque creo que ya se han realizado excelentes análisis sobre estos términos y, por otra parte, considero a muchos de ellos únicamente síntomas de un problema más oculto y ancestral, problema que emerge regularmente como un fantasma de mil caras del propio desván de la especie humana. Nuestra historia transcurre en una esfera aislada en el Firmamento, es todo lo que tenemos. Somos la consecuencia involuntaria de tres mil quinientos millones de años de evolución biológica, que diciéndolo honradamente, no tenemos ni la más remota idea de cómo o por qué empezó. Vivimos junto a varios millones de especies, y bajo nuestros pies hay las huellas de una cantidad semejante que surgió, se reprodujo y se extinguió antes que nosotros. Somos un depredador más de la cadena, tal vez, el más versátil que haya habitado este mundo. Somos también capaces de amar, de sentir piedad, de sacrificarnos, de dar forma a las más maravillosas obras de arte, y seguidamente podemos engañar y matar por placer y sin remordimientos aparentes. Somos tribales como enjambres de abejas, como otros animales tenemos un fuerte sentido de la jerarquía y la territorialidad, y los mismos instintos sexuales (por muchos adornos y ritos que les pongamos) que la mayoría de vertebrados superiores. Somos tan voraces que estamos acabando sistemáticamente con todas las formas de vida de las que podemos sacar algún provecho inmediato o, simplemente, con aquellas que nos incomodan para vivir. Somos así, animales filosóficos, pero animales al fin. En el entramado natural nos sentimos distintos porque podemos razonar y tener consciencia de nuestro ser, y desde el mismo instante en que aparecieron estas capacidades, nos convertimos en beneficiarios y víctimas a la vez. Conocimos el miedo a lo desconocido, un miedo cerval que nos a llevado a buscar explicaciones místicas a los fenómenos naturales. Es creencia general de casi todas las religiones que nuestro destino está a merced de entes que habitan más allá del Universo. Y que en su capricho nos ungen con el dedo, y nos protegen a veces, o nos exigen sacrificios y castigan con terribles castigos la transgresión de sus códigos morales. Paralela al primer razonamiento nació también la duda, y tras ella vino el dogma y la fe necesaria para mantenerlo. Puede que el mayor error de la raza humana haya sido siempre la impaciencia, querer entenderse y entender su entorno mucho antes de estar preparada para ello. Buscar explicaciones fáciles a cuestiones que no lo son. No saber decir simplemente: “aún no lo sé”. Porque la otra opción es una lucha penosa partiendo de cero; es muy largo el camino del conocimiento, una constante superación, subir peldaño a peldaño, y retroceder a veces, pero sólo para coger aire y seguir remontando sin desfallecer. Tanto la duda como la fe son buenas a ciertas dosis. La primera porque estimula la imaginación, mantiene la agilidad y el movimiento. La fe, porque otorga tranquilidad en el reposo y, en su otra forma, es la base del esfuerzo para alcanzar las metas más lejanas. Tal vez, ésta sea la causa de la gran diversidad humana que ha conocido el cambio de milenio: mientras unos viven casi en el Neolítico, otros están explorando las estrellas y los misterios de la vida. La fe en los dogmas de los primeros, frente a la fe en las metas de los demás. Creo sinceramente que uno de los mayores problemas que ha tenido o tendrá nunca la humanidad son las falsedades protegidas tras radicalismos dogmáticos. Pequeñas estructuras rodeadas de sofismos que una vez abiertas no resistirían la luz del día, porque, a la fin, sólo contienen la ceniza de los miedos heredados de nuestra animalidad. Por ellas nos hemos batido a muerte a lo largo de toda la historia, por ellas se han silenciado tantas voces que pretendían sacarnos de la oscuridad. Y pese a todo, pese a siglos y siglos de pensamiento, siguen ahí a nuestro lado, tan vigentes hoy en día como pudieran estarlo al principio de los tiempos. Nunca he entendido el motivo por el cual los mismos procesos racionales que han permitido abrir poco a poco la luz en el conocimiento de las leyes naturales, son negados sistemáticamente para explorar las cuestiones más transcendentales de nuestro ser, producto de estas mismas leyes. Y si prefieren que me deje de vaguedades filosóficas y hable un problema concreto, les diré que, hasta ahora, la raza humana ha utilizado su capacidad diferencial para burlar todas las limitaciones que planteaba la naturaleza. Cuando tuvo frío utilizó primero pieles de otros animales, aprendió a hacer fuego, a fabricar herramientas, a domesticar otras especies; la tecnología permitió descubrir remedios contra enfermedades, desviar ríos, multiplicar las cosechas, multiplicarse a si mismos sin que ningún límite pareciera infranqueable. Creo que realmente, en los albores de esta nueva etapa cronológica, sí tenemos un nuevo y acuciante problema que está en el origen de muchos más... el de un seis seguido de nueve ceros. El problema que una especie en principio reducida y que ocupa el más alto lugar de la pirámide alimenticia haya roto las barreras que la contenían y se haya disparado en una progresión geométrica que solamente puede acabar de una forma. El colapso llegará, eso es seguro, y no es necesario ser profeta apocalíptico para vaticinarlo, porque cualquier matemático sabe que las funciones exponenciales acaban saturando rápidamente el sistema en que se desarrollan. Y hasta el más obtuso estudiante de biología les dirá también qué les pasa a las poblaciones que alteran sensiblemente el equilibrio de su entorno multiplicándose sin control. Hasta ahora, esto se ha demostrado tan válido para los seres microscópicos como para el más evolucionado de los mamíferos. Hacer balance de estos 2000 años debería permitir una lección de verdadera humildad, pensar que existe la posibilidad de que no seamos el producto de ningún sueño divino, sino un extraño capricho del azar; pensar por un momento que estamos solos aquí, que nadie espera barrocas reverencias de nosotros, a igual que no se espera de la más simple bacteria que habita, o habitó, una charca del bosque. El código nacido de esta consciencia debería estar basado ante todo en no herir a los demás, pero no por temor a hipotéticos castigos eternos, sino porque el amor, la justicia, la paz y la armonía son las mejores maneras de compartir esta maravillosa posibilidad que nos ha brindado la existencia. Debemos aprovechar lo poco o mucho que tenemos y aprender de los errores, de los ciclos que vienen repitiéndose a través de la historia. Hacer rasero y comenzar de nuevo en ciertos aspectos transcendentales del pensamiento que condicionan y lastran gravemente nuestra forma de actuar. Y mientras tanto, mientras los líderes políticos y religiosos del mundo siguen inmersos en su juego de influencia y poder, es loable lo que hacen las ONG’S, un tratamiento sintomático que alivia momentáneamente pero que no puede eliminar las verdaderas causas del mal. Está bien curar y dar de comer a los ochocientos millones de hambrientos; pero si no se replantean entre todos la influencia de ciertas culturas, de ciertos modos de vida y de determinados dogmas religiosos, si no se fuerza un inmediato cambio sociocultural en los países del tercer mundo, a la vez que se limita el derroche de recursos del primero, dentro de diez años serán dos mil millones las bocas hambrientas a alimentar, y diez mil pocos lustros después. Y la cosa, a pesar de todas las justificaciones políticas, morales o religiosas que se apliquen, actuará como una marea imparable. Tanto en las frías simulaciones por ordenador como en el cálido manto de la biosfera, los fracasos evolutivos no se acaban recompensando a los seres buenos con paraísos recobrados o jardines de Alá, no hay trompetas ni Valhallas, ni suenan dulces cantos de Walkyrias. Como ya ha ocurrido a otras muchas especies, se acaba con la simple y llana extinción. Ir a página principal Ir a siguiente artículo
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