Ir a página principal Ir a siguiente artículo En el número 47 de la Aventura de la Historia, apareció una carta de un señor realmente inflamado por el hecho que en la isla de Menorca no se condenen de forma pública y tajante las tres dominaciones inglesas que sufrió en el siglo XVIII, borrando además cualquier rastro cultural o arquitectónico que pudieran haber dejado. Su carta denotaba un total desconocimiento de la historia, pero aparte mostraba un cierto sectarismo de "nosotros contra todos" con el que nunca he estado de acuerdo. Por este motivo dirigí a la revista este escrito de réplica que fue publicado al mes siguiente. MENORCA ANGLÓFILA
Perplejidad y hasta cierta desazón me ha causado la carta “Menorca anglófila” firmada por Manuel Rosal Sánchez, en el nº 47 de La Aventura de la Historia, en la que vierte sus opiniones contrarias al hecho de que en la isla de Menorca aún permanezcan elementos arquitectónicos, escultóricos, lingüistas y costumbristas del período de dominación inglesa. Califica tales elementos como provocadores de “indignación y vergüenza” por proceder de un pais “enemigo” y propone que el gobierno inicie una labor “reeducadora” de la población y de las jerarquías locales, y retire o reconvierta toda “la simbología de ocupación”para hacer entender a los lugareños su nueva situación bajo la tutela de la Madre Patria y que “por su obligación de españoles” extirpen de sus mentes cualquier vestigio de simpatía hacia la Pérfida Albión. Es difícil afrontar el derecho de réplica ante tales opiniones sin exceder el espacio disponible en esta revista, ya que emanan de un concepto muy simplista de la historia; la existencia de buenos y malos, y lo buenos, intuyo que siempre serán para dicho señor los españoles carpetovetónicos, peninsulares y centralistas. Otro peligroso concepto es el afán “uniformador de conciencias”: todos debemos pensar según las directrices “patrióticas” y acatar, amar y morir por ellas si es necesario; con independencia del trato recibido, de que se haya cumplido este camino de doble sentido que enlaza a cada ciudadano con el país al que pertenece. En el caso que nos afecta, los historiadores más imparciales dicen que a principios del siglo XVIII un inglés llamado Kane trató infinitamente mejor a los menorquines que un malnacido llamado Dávila, gobernador a las órdenes de Felipe V. Que la marina y el comercio florecieron en la isla, que se introdujeron nuevas especies animales y agrícolas, alejando el recurrente fantasma del hambre. Que se puso coto al poder de la Iglesia eliminando el Tribunal de la Inquisición cien años antes que en el resto de España. Que por primera vez se crearon más hospitales y escuelas que conventos. Durante los períodos de soberanía británica se acometieron importantes obras públicas con cargo a la corona inglesa y se desecaron zonas pantanosas infestadas de malaria. Se autorizó la libre circulación de mercancías, ideas y cultos, y ello permitió vivir en paz a importantes colonias de griegos, musulmanes y judíos, proscritos en el resto de España. En las tres dominaciones británicas, que totalizaron 76 años, junto a la notable personalidad de Richart Kane, es de justicia citar también a Blakeney y a Stuart como buenos administradores. Hay que reconocer que la actitud de la corona inglesa hacia los menorquines no fue por simple “bondad”, sino por que teniendo contentos a los isleños eliminaba una fuente de problemas internos y podía mantener esta posición dominante en el Mediterráneo occidental con menos guarnición. Como fuera, este hecho representó una positiva simbiosis para las dos comunidades, pese a las grandes diferencias culturales y al permanente esfuerzo del clero católico para envenenar tal relación. En honor a la verdad también hay que decir que no todo fueron mieles por parte de los ingleses. El gobernador Anstruther era un ladrón, y Jonhston y Murray sumaban a esa característica el ser unos dictadores engreídos que se enemistaron con todas las capas de la población. Pero la historia también dice que al reconquistar la isla en 1781, Carlos III no cumplió ni una sola de las promesas que se hicieron a los isleños a través del Duque de Crillón. A igual ocurrió en 1802, fecha en que Menorca volvió definitivamente a la corona española en virtud del tratado de Amiens; las disposiciones de las nuevas autoridades provocaron un notable retroceso en la economía y en las libertades. Finalmente, las medidas cada vez más restrictivas aplicadas a los naturales culminaron en 1820, al prohibirse la importación de granos extranjeros. Esta medida arruinó por completo la importantísima marina mercante con base en Mahón y por ende una buena parte de la riqueza isleña, y acabó abocando a este castigado pueblo al recurso último de la emigración. Esta es la realidad histórica. Y me pregunto ¿Si el Sr. Rosal hubiera vivido aquellas circunstancias, a quien apreciaría más, al perro que lame la mano, aunque sólo sea por el interés de conseguir algo a cambio, o al que se la muerde a la mínima para reafirmar su principio de autoridad? Otro detalle curioso en la apasionada carta del Sr. Rosal es el “orgullo que debemos sentir los españoles al haber recuperado la isla mediante una acción militar”. Siento decepcionar este sentimiento, pero en los avatares entre ingleses y españoles ocurridos en Menorca a partir de 1708, los nuestros corrieron más que lucharon, los españoles sólo ganaron una vez disponiendo de una superioridad numérica de nueve a uno, apoyados por tropas extranjeras y al mando de un noble francés. En cambio, en las dos ocasiones en que perdieron la isla a manos de los británicos hay constancia de que entregaron las plazas fuertes con poquísimas bajas, disparando unas cuantas simbólicas andanadas antes de izar la bandera de rendición. En fin, por sus palabras deduzco que el Sr. Rosal no debe mirar con buenos ojos el que existan españoles cuyos más profundos sentimientos no aparezcan escritos en letras llameantes en el idioma del Imperio. Aunque no lo acepte, España es hoy en día una realidad política basada en distintas culturas que han aprendido a convivir, y estas diferencias, lejos de perjudicarnos, nos enriquecen a todos. A su vez, cada una de estas culturas es el inevitable fruto de su historia, de su devenir particular, de sus inquietudes, de sus ambiciones y sus luchas, de aquellas cosas buenas y malas que todos, absolutamente todos hemos hecho. Y a estas alturas sería inaceptable que la parte dominante de esta amalgama pretendiese reescribir la historia en provecho propio y anular la identidad de las demás. Para finalizar, tranquilizaré al Sr. Rosal diciendo que, en los albores del siglo XXI, la pretendida anglofilia menorquina es sólo una simpática anécdota sin transcendencia social. La mayoría de los menorquines, cuya cultura linguística es eminentemente catalana, opinan que España no es un mal país para vivir, y muchos se sienten orgullosos de que la roja y gualda sea su bandera, pero ello no debe borrar el hecho de que, en su conjunto, las tres ocupaciones británicas acaecidas casi tres siglos atrás representaron una clara oportunidad de progreso para la isla y un alivio en el secular desamparo hacia sus habitantes por parte de las autoridades de Madrid. Ir a página principal Ir a siguiente artículo
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