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En los últimos cincuenta años, pocos temas han levantado tantas pasiones como el de Israel y Palestina, con discusiones que a menudo acaban polarizadas hasta la radicalidad. Es evidente además que la coyuntura internacional y la necesidad de agradar a los países musulmanes, de fuerte peso político y demográfico, ha desplazado la postura mediática hacia un extremo, aunque las argumentaciones utilizadas adolezcan casi siempre de un fuerte desconocimiento de la historia y de los hechos que han desembocado en tal situación.
Este escrito lo publiqué en el año 2001, y lejos de mis temores, no recibí por él ninguna crítica, y sí en cambio frases de apoyo que demuestran la existencia de corrientes de opinión mucho más objetivas que las habituales basadas en una visión sesgada y políticamente correcta del asunto.


 



LA CUESTIÓN DE PALESTINA


Desde hace años no pasa día sin que aparezcan en los medios de comunicación preocupantes noticias referentes al problema de Oriente Medio. También es habitual que en tales noticias se muestre, velada o directamente, a los judíos como causantes únicos de la trágica situación, y que a las palabras del presentador se una el acostumbrado fondo de intifada, de niños indefensos lanzando piedras contra soldados israelíes armados hasta los dientes, de civiles muertos o heridos y de tanques bombardeando pacíficos pueblos de Gaza. Toda una cadena de imágenes que demuestran la dureza del escenario de agresión permanente que sufren los palestinos frente a la gratuita perversidad israelí.

Esta tendencia suele dejarse de lado por unas horas cuando alguno de los fanáticos suicidas que tanto proliferan en el bando palestino se va a su paraíso de vapores de dinamita acompañado por treinta o cuarenta personas que viajaban en autobús o estaban comprando en un supermercado de Tel-Aviv. Pero, una vez condenado el atentado como si hubiera llovido del cielo y no tuviera nada que ver con dicho bando, se recupera el enfoque informativo “políticamente correcto” para condenar las represalias que tal acción ha provocado.
 

A este respecto, aun recuerdo la frase pronunciada en un telediario al cumplirse el 53 aniversario de la constitución del estado de Israel. Sobre un fondo de ruinas, la voz en off de una locutora, decía: ...“Y al día siguiente de la proclamación de su estado, los judíos ya iniciaron la primera guerra contra los palestinos...”

Al oírlo me extrañé de que alguien que se supone debe estar bien informado realizara tal afirmación, ya que sin menoscabo de las amargas circunstancias que padece el pueblo palestino en los territorios ocupados, hay que decir que estas palabras carecen de la necesaria veracidad.
Cualquier libro de historia contemporánea medianamente imparcial nos dirá que al día siguiente de que Ben Gurion proclamara el estado de Israel, con palabras que incluían ofrecimientos de paz, participación en las instituciones y concordia con todos los árabes vecinos, cinco ejércitos... repito... cinco ejércitos árabes pertenecientes a los países fronterizos invadieron la zona que la ONU, en su resolución sobre la Partición de Palestina, había adjudicado a los judíos; con la única intención, expresada repetidamente por los dichos gobiernos mediante proclamas incendiarias y desfiles de multitudes, de “echar los judíos al mar”.

En esta confrontación, el nuevo estado, que no era más que un nombre estampado veinticuatro horas antes sobre un papel, se encontraba en aplastante inferioridad de condiciones: una población de cuatrocientos mil judíos rodeados de cuarenta millones de árabes, no tenían ejército digno de tal nombre, ni artillería, ni aviación, que oponer a las tropas regulares, a los cazas, bombarderos y blindados de Egipto, Siria, Líbano, Irak y Transjordania, cuyos arsenales estaban siendo bien surtidos, principalmente por Inglaterra. De he hecho, la principal fuerza de choque acorazada, la Legión Árabe del rey Abdullah (el abuelo del fallecido Jussein de Jordania), seguía comandada por oficiales británicos. Los judíos, al carecer hasta entonces de estado, no habían podido acceder al mercado internacional de armas, como sí lo hacían libremente sus oponentes, y lo poco que habían podido comprar de manera clandestina, era sistemáticamente interceptado y requisado por los ingleses. Esta actitud contrastaba con la permisividad británica ante la importación de armas del lado palestino y en la tolerancia frente a los ataques artilleros contra los kibbutz aislados o contra los convoyes de alimentos que intentaban llegar a la Jerusalén judía en estado de sitio. Tales acciones, especialmente en la zona norte, fueron protagonizadas por un verdadero ejército irregular procedente de Siria que se movía con total impunidad dentro de las mismas fronteras bajo control inglés. En 1948, en vísperas de la partición, el Foreig Office mostraba una postura clara ante las cancillerías árabes, en el sentido que, una vez hubiera terminado su mandato en Palestina, no se opondría a una “eventual intervención”, y en tal planteamiento los analistas militares de Londres no otorgaban a los judíos “más de diez días de resistencia” frente a la embestida árabe.


En realidad, lo que tales países musulmanes querían no era proteger la integridad de un futuro estado palestino independiente, sino dividir Palestina y anexionarse sus respectivos trozos de influencia. El propio rey Abdullah, pocos días antes de las hostilidades, llegó a proponer a Golda Meir que ellos invadirían la zona otorgada por la ONU a los palestinos y respetarían la judía, siempre, claro está, que Egipto y Siria no intervinieran por su parte en el conflicto.

Después de la previsible tragedia que se vislumbraba en el horizonte y que pese al cercano recuerdo del Holocausto nazi ningún país occidental se molestó en evitar, los pronósticos ingleses acabaron torciéndose. Los distintos ejércitos árabes atacaron cuando el último soldado británico abandonó Palestina y consiguieron grandes avances, pero también se mostraron incapaces de cooperar entre sí, más recelosos de las iniciales conquistas territoriales de sus aliados que de sus teóricos enemigos sionistas. La falta de coordinación y de realismo de un lado contrastó con la organización estricta, la tenacidad y el uso extensivo de los pocos recursos disponibles por parte del otro, características sin duda relacionadas con las particulares culturas de ambos pueblos. Con todo, en las semanas siguientes, el incipiente estado judío sufrió pérdidas muy graves y en vísperas de un primer alto el fuego se encontraba al borde del colapso.

Al finalizar la tregua de veintinueve días, que los árabes fueron los primeros en no querer prorrogar, la situación cambió radicalmente. Mientras éstos seguían con sus proclamas triunfalistas de borrar del mapa el estado sionista, sus contrincantes habían aprovechado el tiempo. Los ejércitos árabes fueron sorprendidos por un enemigo renovado y comenzaron a batirse en retirada en todos los frentes. Un segundo alto el fuego pactado a todo correr a instancias internacionales creó una situación de facto que convirtió en inaplicable y obsoleta la resolución de la ONU. Los judíos habían alcanzado unas fronteras más defendibles y a tenor de la amarga experiencia con sus vecinos ya no renunciarían a ellas en el futuro. A partir de este momento, los miles de palestinos que habían huido de estos territorios se encontraron con la sorpresa de que eran rechazados en todos los países hermanos que decían luchar para protegerlos. Tal actitud se mantuvo con altibajos y culminó en los sangrientos episodios del Septiembre Negro de 1971, en que el ejército jordano de Jussein atacó con toda su fuerza a los fedayínes de Arafat.

Llegados a este punto, podríamos retroceder al origen del problema y argumentar sobre el discutible derecho de un pueblo a regresar a una tierra de la que habían sido expulsados en los primeros años de nuestra era. También podría citarse la dudosa oportunidad de la Declaración Balfour o el grado de responsabilidad de los países occidentales, que después de tratar a los judíos durante dos mil años como si su existencia no tuviera lugar en este mundo, quisieron acallar sus conciencias regalándoles un Hogar Nacional en una franja de terreno pedregoso y desértico, olvidando que en este lugar también vivían otras gentes de distinta cultura.

Se podría seguir hablando de éstas y otras cuestiones hasta la extenuación, pero pienso que ante el devenir de los hechos sería un debate accesorio. En la complejidad del tema, todas las partes seguirían exponiendo su particular manera de entender la justicia hasta agotar los argumentos, y los más radicales acabarían apelando a motivaciones religiosas como mandatos ineludibles para sus acciones. Y entrados en este campo, creo yo, es cuando se anula no sólo cualquier posible comparación de derechos, si no también el debate civilizado y hasta la razón. Después de todo, los motivos históricos y religiosos nunca han servido de mucho frente al pragmatismo de las situaciones de fuerza: la historia de los conflictos humanos nos muestra que el derecho a la tierra nunca ha estado escrito sobre lápidas divinas, siempre ha sido algo volátil que debe renovarse día a día, y que, al fin de al cabo, solamente se sustenta en la capacidad que tenga un grupo humano para defenderla.

Frente a esto, pienso que sería necesario olvidar el pasado para buscar una solución pactada en el futuro. Aceptar primero que las culpas están muy repartidas y hacer después tabla rasa para comenzar a trabajar a partir de la nueva realidad. Como sea, los judíos están en Palestina y no se marcharán, porque, sencillamente, no tienen otro lugar a donde ir sin que se repita su trágica historia. Y visto su grado de firmeza, dudo que sirvan de nada las razones de carácter unidireccional que esgrimen en su contra algunos periodistas, intelectuales y políticos de izquierdas, disfrazando bajo una aureola de justicia su evidente interés en ganarse las simpatías del bando de los petrodólares, o los reproches de un Occidente que perdió su razón moral en el trato vejatorio que prodigó a los judíos durante tanto tiempo; como también dudo de la efectividad de las amenazas árabes, cuyas constantes y desafortunadas acciones bélicas llevan medio siglo estrellándose contra un muro.

Partiendo de estas premisas, en el avispero de intereses y sentimientos encontrados que representa hoy en día el Oriente Medio, la trágica situación de los palestinos comenzó a fraguarse en el mismo instante en que menospreciaron aquel reducido grupo de refugiados de la historia y les obligaron a luchar por su propia supervivencia. Nunca se sabrá que habría ocurrido si en vez de esto hubieran aceptado la resolución tal como la dictó la ONU en el 48. Cierto es que las fronteras entre las dos zonas eran poco realistas, al intercalar núcleos de población judía en su zona y viceversa, pero tal decisión representaba un mal menor, un punto de partida en que cada comunidad podría negociar, cooperar y aprender de los demás, como habían estado haciendo en muchos lugares de Palestina durante años. Lamentablemente, en el desenlace pesaron más las avaricias territoriales de sus vecinos, los preceptos religiosos llevados hasta extremos de lo absurdo y las actuaciones de los elementos más sanguinarios de los dos bandos: los terroristas del Irgún por parte judía y los pistoleros del Gran Mufti de parte palestina.

Ahora, después de cincuenta y tres años, cuatro guerras más y decenas de miles de muertos, la situación no ha cambiado demasiado, los judíos son ahora cinco millones y continúan enfrentados, no sólo con un número igual de palestinos poco armados, sino con setecientos millones de musulmanes con inmensos recursos financieros y militares que les recuerdan diariamente su odio visceral y siguen dispuestos a echarlos al mar. Por esta causa, ante el hecho irrefutable de que han sido atacados por sus vecinos cada vez que éstos se han encontrado en disposición material de hacerlo, lo único seguro es que Israel no va a mostrar el más mínimo rastro de debilidad. Mientras persista tal estado de amenaza seguirán en liza los políticos de la línea dura, y no renunciarán al recurso de la inmigración, ni al desarrollo armamentístico, ni a la expansión mediante asentamientos, ni a cualquier otro factor estratégico que pueda aumentar su voluble margen de seguridad.
 

Volviendo a las noticias que contemplamos desde nuestra casa, pienso que se debería comenzar por ofrecer una visión más realista y global del problema, mostrando no sólo la brutalidad y los excesos del ejército de Sharon, sino también la parte de responsabilidad que en la situación actual ha tenido y tiene la permanente hostilidad y el radicalismo social que impregna la parte árabe. Sin olvidar la falta de autoridad (o de consentimiento) del líder Yasser Arafat para imponer un alto el fuego efectivo y detener a los terroristas de su bando, y que se traduce en un recrudecimiento de los atentados cada vez que los israelíes aflojan la presión sobre los territorios ocupados.

Y para ser más justos aun, junto a las imágenes de intifada que ofrecen nuestros informativos, debería aparecer de vez en cuando el recuerdo de la diáspora, las vejaciones, las deportaciones y los asesinatos en masa de que han sido víctimas los judíos por espacio de veinte siglos. Una sinrazón de tintes ferozmente racistas y religiosos aplicada a un pueblo, al que se ha obligado a vagar durante este tiempo sin patria ni refugio.

Después de todo, es posible que, presentando a Israel únicamente como un sádico agresor de víctimas indefensas y de pacíficos vecinos que sólo quieren evitar el atropello cometido con sus hermanos de religión, el sentimiento antisemita que sigue flotando en el subconsciente del mundo occidental, esconda en tal postura informativa una buena parte de autojustificación.



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