Ir a página principal Ir a siguiente artículo La ciencia tiene hoy en día una gran difusión, sin embargo no todos los medios la tratan con la seriedad que se merece, y muchos temas acaban siendo una mezcla de estereotipos y creencias sin ninguna base más allá del puro deseo. Los Ovnis son sin duda una manifestación de ese fenómeno, con independencia del grado de verosimilitud de sus avistamientos, como el que tuve ocasión de presenciar. EL OVNI DE SA SINIA En una noche de verano de principios de los ochenta, la terraza del bar Sa Sinia presentaba un lleno hasta los topes. Las mesas estaban ocupadas en parte por algunos clientes habituales que ya se conocían de las largas veladas invernales junto al fuego de la chimenea, en aquel cálido ambiente que David controlaba de vez en cuando con alguna palabra amable y las canciones de Silvio Rodriguez, Rot Steward o Supertramp. Decía que en esta ocasión era verano, y aparte de los citados había también una buena cantidad de estudiantes en período de vacaciones y algunos turistas nacionales que regresaban de cenar en Calas Fons. El cielo era negro, sin luna, y las débiles luces indirectas no provocaban mayor contracción de las pupilas que la lumbre de un cigarrillo brillando frente a la cara de los acompañantes de mesa. De pronto alguien se levantó de la silla y se quedó mirando fijamente al cielo. Allá parpadeaba una luz, lo cual no hubiera sido raro excepto porque ésta presentaba un color azul intenso. En un principio estaba casi fija, a lo sumo daba pequeños saltos laterales, pero después comenzó a brillar con mayor intensidad y de forma caótica, ofreciendo todos los colores del arco iris. Y poco más tarde, con un intervalo variable entre pocos segundos y varios minutos, comenzó un ciclo en que de repente se apagaba... y aparecían dos o tres luces en su lugar... cada una con su correspondiente color que variaba sucesivamente sin ningún orden aparente. Pronto fueron diez las personas atentas al fenómeno, y pocos minutos después eran cuarenta; levantados y señalando obsesivamente hacia aquel insólito punto luminoso que se distinguía claramente del parpadear mortecino de las estrellas. Levantándome tardíamente comprobé que no era fruto de ninguna alucinación etílica de los observadores, el destello estaba allí, con un ángulo que no sobrepasaría los veinte o veinticinco grados sobre el horizonte. Su dirección sería más o menos hacia levante, y visto desde Sa Sinia, parecía flotar en la negrura a unos centenares de metros sobre las casas de la urbanización de Santa Ana. Un avión no podía ser, ya que estaba casi fijo... Y un helicóptero... bueno, sí claro, pero qué haría durante tanto tiempo, sin sonido alguno, y emitiendo en su lugar una variada sinfonía de luces de colores. Tampoco era razonable. Un chico dijo en voz alta: “¿Sabéis que os digo?... A mí me parece un Ovni... ¡Un Ovni!... un objeto volante no identificado como los que proliferaban por entonces en las revistas y programas de televisión, un misterioso artefacto de presunta procedencia extraterrestre, igual al descrito por el propietario de un supermercado de Maó, y cuyo relato lleno de inquietud, creo recordar, se publicó en las páginas de este mismo diario. Las teorías se dispararon entre la concurrencia. Uno dijo que no era raro, puesto que Menorca, con su abundancia de “taulas”, era un vértice telúrico y energético de primer orden. Otro, subido de pié sobre un taburete y sujetando un cubalibre en la mano izquierda, parecía ofrendar con los brazos abiertos una iniciación mística a los presentes. A cada nuevo cambio lumínico se escuchaba un corrillo de ¡ooh’s!, como si contemplaran boquiabiertos un castillo de fuegos artificiales. Una chica dijo con voz seria: “Es que no estamos solos en el Universo...” y David, que había salido de detrás de la barra, sonreía disimuladamente, con la prudente actitud de ni negar ni afirmar que observan los barmans avezados. Alguien dijo de acudir a la redacción del diario insular, puesto que aquel extraño fenómeno que teníamos la suerte de contemplar, debía ser recogido por la prensa. Las luces estaban allí, reales, sin explicación racional, y había más de cincuenta testigos adultos (algunos de ellos bastante sobrios) que podían dar crédito de la visión. Pienso que fue una suerte que nadie quisiera abandonar su Voll-Damm aquella noche para correr en busca de un periodista. Al día siguiente, acompañado por un amigo, acudí al mismo sitio a media tarde. Nos situamos en nuestra posición de la víspera y, tomando como referencia una celosía de madera cubierta de enredadera, miramos en la dirección adecuada. Allí, a escasos doscientos metros de nosotros, una torre de alta tensión gris se elevaba sobre el terreno, en el mismo ángulo y posición que ocupó el Ovni de marras. Después, al acercarnos a su base saltando algunas tapias, pudimos escuchar el típico chisporroteo de los aisladores de cristal con fugas de corriente a causa del salitre. Causa que fue sin duda potenciada por el viento de los días anteriores y las especiales condiciones de humedad de la madrugada. Hasta aquí llega la anécdota, naturalmente, pero no creo que muchos de los que se acostaron convencidos aquella noche regresaran de día al lugar para cercionarse de la veracidad de su visión. Y a veces me pregunto porqué los seres humanos necesitamos tan ardientemente vivir entre las brumas de la magia, porqué nos llenan y nos tranquilizan más las explicaciones místicas y fantásticas que los hechos comprobados por la experiencia. Los psicólogos dicen que nuestro cerebro tiene dos partes diferenciadas: el arquicéfalo, o cerebro antiguo, que rige la vida emocional, sus apetitos, sus pasiones, y sentimientos como la ansiedad, la furia o el terror; y el cerebro nuevo, causante de la parte cognoscitiva, de los razonamientos y demás funciones intelectuales superiores que nos distinguen como especie. El caso es que mientras el segundo ha evolucionado claramente desde los primeros antecesores, humanizando la especie y dando origen a la civilización, el primero sigue anclado en un grado de desarrollo comparable al de los reptiles, 500 millones de años atrás del lugar donde ahora nos encontramos. Cierto es que no podríamos vivir sin esta porción, ya que regula los instintos sexuales, la mayoría de las funciones internas de nuestro cuerpo y las reacciones básicas de autoprotección. Pero, algunos de sus efectos, innecesarios desde el instante que otra parte más compleja ha tomado el relevo y puede solucionar los problemas de adaptación a la vida con mucha mayor eficacia, se resisten a abandonar su antiguo papel, provocando un permanente conflicto, la dualidad entre bestia y ángel que define nuestro comportamiento. Existe la incógnita del porqué no parecemos aprender demasiado de los errores pasados. Tal vez será porque ambas partes poseen su propias capacidades, pero mientras la antigua lleva impresa por la genética toda su carga operativa en el instante mismo del nacimiento, la nueva necesita cultivarse en cada individuo y en cada generación, necesita ser actualizada constantemente a través del ejercicio mental, el estudio y la cultura. Facetas que hoy en día se prefiere soslayar en la mayor parte de las sociedades, ahogando esta maravillosa herramienta en toda clase de fáciles supercherías, en los frutos de una educación estereotipada y ausente de exigencias o en esa caricatura del saber humano que nos es impuesta en Occidente a través de la televisión y otros medios de comunicación de masas. No es extraño por lo tanto que en la misma puerta del siglo XXI sigan floreciendo astrólogos, echadores de cartas y gurús, que muchas religiones mantengan a sociedades enteras esclavizadas bajo las más absurdas normas de comportamiento, o que en este caso, en una noche de verano aparezcan extraños Ovnis parpadeantes sobre el cielo de Sa Sinia. Porque si algo quedó claro a los jefes tribales desde que el hombre comenzó su largo camino, es que todo lo fantástico e incomprobable es aceptado sin discusión por una mente con poca capacidad de razonar, y tales sociedades, sin rastro de autoestima y atemorizadas por entes celestiales y tabús de todo tipo, resultan luego más dóciles y sumisas; y en consecuencia más fáciles de manipular en su provecho. Ir a página principal Ir a siguiente artículo
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