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Es bien sabido que las ganancias del mañana será las inversiones de hoy, y también es sabido que la mejor inversión que un país puede hacer es preparar a sus jóvenes para que el futuro sea un lugar de esperanza, que dispongan de la preparación adecuada para hacer frente a los retos que sin duda van a tener que superar.

El mundo actual es un lugar competitivo, y lo queramos o no todos sus aspectos han de ganarse con esfuerzo, sabiendo cual es la meta a alcanzar y que herramientas disponemos para ello. La cultura es el elemento que ha permitido que hoy estemos aquí, y la cultura no está formada sólo por conocimientos académicos, sino también por el bagaje moral que ha vertebrado nuestra sociedades. Ambas cosas son igualmente importantes y deberían formar parte de eso que llamamos educación.

Este escrito, que publiqué en un medio de prensa, refleja la desazón que produce el ver como la situación educativa sufre un rápido y permanente deterioro, que parece incluso planificado en aras de una hipotética ilusión en una Arcadia Feliz, en que no hace falta esforzarse porque corren ríos de miel y las frutas caen del árbol directamente a nuestra boca.
En algún momento nos daremos cuenta de nuestra equivocación, porque los resultados que ya afloran llegarán a afectarnos de forma inexorable. Esperemos que entonces aún quede margen para reaccionar.






LA PARADOJA EDUCATIVA


Muchos de ustedes habrán visto algún modelo de «figura imposible», por ejemplo, la noria de Escher, esa especie de cascada artificial cuya agua hace girar la rueda de un molino y sigue después su curso descendente por un canalón en forma de zigzag, pero que, de manera incomprensible al cerrarse la figura aparece a un nivel superior y vuelve a caer por la cascada. Es una representación de las numerosas paradojas gráficas que llenan las revistas de divertimentos generales.

Por otra parte, una paradoja no es necesario que sea un dibujo. Es, ante todo, una apariencia que contradice los planteamientos de la razón, y que siempre esconde en su interior algún error de concepto difícil de apreciar a primer golpe de vista.
De paradojas estuve hablando un domingo por la tarde con mi amigo Juan. Él es profesor, y da clases en un instituto a chicos de catorce y quince años. Y me confesaba, negando con la cabeza, el profundo desánimo que cunde entre muchos de sus compañeros ante el pésimo estado de la enseñanza.
 
Escuché preocupado sus palabras. Tengo cuarenta y siete años, y por tanto sufrí en mis carnes todas las consecuencias de la rígida educación franquista. Aquellas interminable listas de reyes godos aprendidas de memoria. El deficiente nivel en matemáticas y ciencias naturales, la nula formación humanística, sustituida en su caso por un atajo de auténticas arengas «nacionales» impartidas por profesores de sospechosas tendencias falangistas. También puedo recordar algún tortazo recibido al resistirme al terrible lavado de cerebro de un sistema que tenía en una religión y una moral casi integrista su hierro de marcar.

Pese a todo, siempre aprendíamos algo. A fuerza de repetir listas y de golpes de regla en las puntas de los dedos algunos retazos quedaban prendidos en la memoria. Aprendimos generalidades sobre Cervantes y Quevedo, sobre los moros y los Reyes Católicos, un poco de física y química, algunos conceptos de matemáticas, sabíamos dónde se hallaba Madagascar y que su capital se llamaba Tananarive, y en 5º de Bachillerato recibimos el germen de lo que llamaban Filosofía.

Con la muerte de Franco y el advenimiento de la democracia era de esperar que tal situación cambiase a mejor. Los nuevos políticos parecían preocuparse por el retraso educativo y consultaban los métodos aplicados en Europa para adecuarlos a nuestro país. Por este camino llegó el BUP, la LOGSE, la LOU, la ESO y demás siglas rimbombantes que parecían señalar dicho camino. Pero aquí está la paradoja: pese a todo al esfuerzo material y humano que el estado y la sociedad española han invertido en la educación de sus jóvenes, el resultado final parece ser peor que antes. La mayoría de los chicos salen hoy de la escuela con un nivel de conocimientos rayano en una ignorancia casi tercermundista, sin conocer la literatura, ni la ciencia, sin conocimientos de geografía elemental, sin aprender aquellas lecciones que nos enseña la historia, sin conocer a los pensadores cuyas ideas han forjado el mundo actual, sin entender lo poquísimo que leen, escribiendo fatal y hablando en una jerga de cinco o seis palabras -passa, rollo, vale, tronco, tío, guai- que intercaladas entre sonidos onomatopéyicos utilizan para expresar ideas básicas y centradas exclusivamente -y esto es lo grave, su exclusividad- en la quintología de ligues, música, motos, consumismo y juerga permanente hasta reventar.

Y lo insólito es que no hace falta ser un lince para ver dónde está el origen problema, y por tanto su solución. La educación actual falla porque se ha disminuido al mínimo la exigencia de esfuerzo personal por parte del alumno. No pide prácticamente nada a los chicos, salvo que vegeten en las aulas y vayan pasando sin pena ni gloria por los ciclos programados.

El éxito de cualquier actividad social, y la enseñanza no es una excepción, se basa en un equilibrio entre esfuerzo y recompensa, entre deber y derecho, entre norma y libertad. Y en este caso, nuestros legisladores parecen haber prescindido de los términos primeros de cada par en aras de una presunta «conciencia» de la juventud para educarse a si misma. Casi como abrir de par en par las puertas de una discoteca, decirles a los muchachos que la entrada y las consumiciones se pagan a voluntad y confiar después que la caja cubrirá los gastos de los vasos que se rompan.

El camino a tomar está bastante claro, lejos de regresar a los deplorables métodos de antaño es imprescindible establecer metas mucho más altas en el plano académico y crear además un código de derechos y deberes que pueda premiar o sancionar adecuadamente la consecución de dichas metas por parte de los estudiantes.

Sin embargo, mi amigo Juan es pesimista, porque exigir responsabilidad o establecer límites a ciertos grupos sociales no parece ser hoy en día «políticamente conveniente». A este respecto, cuando el Sr. Aznar dice con la boca pequeña que quiere enmendar algunos de los errores educativos, le replican las cejas rampantes del Sr. Zapatero diciendo que se está pretendiendo volver a la educación de los años cincuenta, y para más INRI el jefe de la oposición da la razón a los estudiantes, pensando en ganar votos jóvenes y olvidando que una parte de la culpa por la situación actual la tienen las leyes apresuradas que su mismo partido aprobó en el pasado.

Y en cuanto a la postura de los sindicatos del sector o a las opiniones de los numerosos expertos «progresistas» que proliferan ante cualquier problema social, no hay que esperar ninguna novedad... A falta de imaginación y valentía para adoptar enfoques radicalmente distintos a sus dogmáticas visiones, su parches siempre se conforman en enquistar los problemas y, naturalmente, en seguir engordando el embolado a base de «invertir»  muchísimo más. Y para ellos, invertir significa contratar el doble de funcionarios, el doble de educadores, de psicólogos, tutores y asistentes, el doble de fotocopiadoras a color y accesos ADSL a Internet, más edificios de diseño, más centenares de miles de millones que resultarán totalmente inútiles para mover una gigantesca noria de riego, en que una buena parte de los cántaros, o sea de los alumnos, ya han decidido de antemano que si quieren agua, que la cargue su papá.

Mi amigo profesor, me contaba resignado cómo al comienzo de su carrera siempre procuraba interesar a los chicos con nuevas actividades, incitarlos a buscar información por su cuenta, enseñarles lo más importante que la educación puede proporcionar: a pensar y razonar por sí mismos, a despertarles el interés por descubrir. Pero que después de años de frustraciones ha tirado la toalla. Los desprecios hacia su trabajo y su persona, los problemas graves de comportamiento en el aula y hasta los reproches de los padres y de sus mismos compañeros de trabajo componen el rosario de varapalos que Juan ha tenido que encajar en estos años. Ahora le da igual que aprendan o no, salvo casos muy contados los aprueba a todos y sólo aspira a que llegue el mes de junio, desaparezcan de su clase, y que el próximo año no sean peores que en el anterior.

Y acabo estas líneas regresando a la paradoja de Escher. Aunque, pensándolo mejor, no creo haber acertado estableciendo un paralelismo entre la evolución de la enseñanza española y esta extraña figura. No resulta un fiel reflejo porque actúa justo al revés: en nuestra enseñanza, con cada nuevo paso en forma de novedoso proyecto parece que se acaba un poco más bajo que antes. Y frente a la increíble ceguera que muestran los legisladores para afrontar sus responsabilidades con la sociedad y con quienes serán los hombres del futuro, es tal la relajación cultural y moral -y no me refiero a la sexual sino a la ética- que muestra una significativa parte de nuestros estudiantes, que ya ni siquiera se puede tener la esperanza de cerrar la figura educativa y aparecer en el mismo lugar en que nos encontrábamos veinticinco años atrás.



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