Ir a página principal Ir a siguiente artículo En una época en que los temblores financieros causan intranquilidad creciente, en que la economía parece más pendiente de la deuda externa, de los especuladores a corto plazo y del diferencial con los bonos alemanes que de conseguir mayor competitividad para trabajadores y empresas, recuerdo un artículo de opinión que publiqué en otra época mucho más calmada, en que el progreso y la balanza de pagos no cesaba de mejorar. Por aquel entonces, ya no podía comprender, como lo más serio del mundo, es decir, el dinero, estaba en manos de personas que se dedicaba a jugar con él a igual que niños de primaria en un patio de colegio, contentándose a darle patadas sin orden ni concierto para ser quien lo controle más tiempo, olvidando que en un equipo, así como en un país, lo importante es ir todos a una para ir sumando puntos hacia la meta común. ¿LA BOLSA... O LA VIDA?
Uno reflexiona a veces al abrir las páginas del periódico. Cada día hay algún asunto que atrae la atención por encima de los demás, bien porque sea trágico, preocupante o insólito. Y se da el caso que las noticias sobre bolsa pueden ser las tres cosas a la vez. Un antiguo profesor de economía, con el que nunca me llevé demasiado bien, me enseñó una vez que la bolsa es un sistema de financiación de las empresas. Que éstas emiten una serie de participaciones -denominadas acciones- que son compradas por particulares o por otras empresas, y permiten obtener los capitales necesarios para iniciar la actividad o ampliar su funcionamiento. Me dijo también que el valor nominal de salida, esto es, lo que pide inicialmente la empresa por cada participación, puede cambiar después dependiendo de la marcha general de sus actividades, factores que condicionarán el que debe ser principal interés del inversor: los dividendos recibidos por cada acción. Ahora bien, con tan precisa información me siento una mañana ante el teletexto y contemplo los altibajos que casi minuto a minuto experimentan las acciones. ¿Qué pasa?... ¿Es que Dragados y Construcciones va bien a las nueve cincuenta, pero mal a las diez y cuarto? ¿Por qué remonta a las doce persiguiendo el Ibex-2000 (o como se llame el índice de marras) para derrumbarse instantes antes del cierre? ¿Es que su director general ha llegado tarde al trabajo, con el consiguiente nerviosismo de los empleados, pero después ha conseguido enterarse de un chollo y comprar una serie de ladrillos de oferta? ¿Será que a la fatídica hora de cierre, un inoportuno chaparrón les ha hecho ver que los ladrillos eran en realidad de cartón piedra? Con estas dudas llamo de nuevo a mi antiguo profesor. Él me dice que, como es habitual, no me he enterado de nada, que olvide aquello que me dijo años atrás porque era solamente teoría, y ya se sabe que en economía o en política la teoría sólo sirve para tranquilizar las inquietudes del espectador. Mira, chico -añade con un deje de fastidio- Esto que se llama bolsa, esto que es la quintaesencia del capitalismo y de la economía mundial, es solamente una pantomima realizada por una legión de especuladores para quedarse con los dineros de los demás. Si la cosa sube, no es porque nada vaya mejor, ni la economía brasileña, ni el índice de inflación de Baleares, o que al todopoderoso director del Bundesbank le hayan extirpado con éxito un orzuelo. Es porque a alguien con suficiente dinero y poder, y que en su día compró barato, le interesa que suba... para así vender y ganar sus dinerillos; o para que, con el efecto rebote, baje después y pueda seguir comprando a precio de saldo. Mira, chico... -me repite el profesor con voz cada vez más cansada- se están pagando fortunas por acciones de empresas que están en ruina técnica, por firmas de Internet que pierden decenas de millones cada día, y cuyas expectativas son iguales para los cuatro años venideros. En cambio, empresas que reparten buenos dividendos están por los suelos a pesar de contar con estructuras saneadas y suficientes contratos. El negocio en la bolsa es como un cuchillo, en donde lo importante no es la hoja, que es lo más visible, sino en el imprevisible y peligroso comportamiento del filo. Si tuviera veinte años en vez de sesenta y ocho te diría que algunos brokers van haciendo surf en las olas pequeñas, éstas que ahora subo, ahora bajo, siguen atentos a pequeños avances y retrocesos, e intentan apearse de golpe antes de que llegue la rompiente. Utilizan al máximo la psicología y el efecto dominó, asustándose mutuamente como niños para ver quien aguanta más en la cresta. A veces, reciben discretos soplos de cuál será el caballo ganador -eso que se llama información privilegiada- y en pocos minutos pueden hacer una fortuna, o meter la pata y perder de un plumazo lo que es suyo y de los demás. Otros, en cambio, prefieren cabalgar en las grandes olas, ir caldeando el ambiente poco a poco para animar a los pequeños inversores -las víctimas propiciatorias de los anuncios de televisión-... Y cuando la cosa ha subido suficiente, venden de golpe y provocan el pánico generalizado y la resignación. Si juegan bien sus cartas el balance será positivo para ellos, y serán casi siempre los pequeños quienes salgan perdiendo. Después sólo queda esperar a que la cosa se tranquilice e iniciar un nuevo ciclo. Hay también un tercer tipo, -y con esto voy a colgarte porque se me enfrían las lentejas- el que persigue ese paquete de acciones a cualquier precio porque su posesión otorgará el control sobre cierto Consejo de Administración, así algún personaje de traje impecable y corbata de seda natural podrá dedicarse a expoliar impunemente los fondos de la compañía... Supongo, zoquete, que hasta a ti se te ocurren los nombres de un par de financieros expertos en el tema. Eso, chico, es la bolsa, y es como todo, aunque lo parezca aquí no se coge una varita y se saca un conejo del sombrero; para que alguien gane otros tienen que perder. Ocurre como en el Péndulo de Focault, esa embrollada novela de Eco; quienes hablan no saben... y quienes saben no hablan. Así que, si quieres invertir de verdad, gástatelo en un viaje a Seychelles, que también te dejará sin un duro, pero al menos tendrás buenos recuerdos... Y ahora debo colgar... ha sido un placer haber estado tantos años sin saber de ti... adiós. La última frase me deja tan hundido como las acciones de Dragados, pero después de cuarenta y cinco años enseñando, no se le puede tener en cuenta al viejo profesor. El periódico al que me refería al principio anuncia en grandes titulares la milagrosa revalorización de Terra, ligándolo sibilinamente con el asunto de las stock options de Telefónica y las ácidas declaraciones de Almunia al respecto. Hace unos momentos he intentado por teléfono que el banco cambie mi plan de pensiones a renta fija, huyendo de la variable que se ha comido todas las ganancias de los tres años anteriores. Pero, al parecer, una cláusula me impide hacerlo antes de seis meses -supongo que aún no he perdido suficiente para beneficiar al surfero de grandes olas-. Habrá que estar al tanto de ese zoológico de vociferantes camareros uniformados que es la bolsa de Tokio, o vigilar la salud de la próstata de Allan Greenspan, el director de la Reserva Federal Americana; sin olvidar escuchar cada día las alquímicas, contradictorias y despistadas opiniones de los analistas bursátiles. O también puedo liarme la manta a la cabeza y llevar un cirio a Lourdes, que no será como ir a las Seychelles, pero va a dar el mismo resultado que los tres métodos anteriores. Mientras tanto, ¡La Bolsa o la vida! es la frase que quedará rodando en mi cabeza... al menos hasta que cierre el corro de Madrid. Publicado el 27 de noviembre de 1999
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