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TRAZANDO RUMBOS EN CERDEÑA - Parte VIII-

LA COSTA DE PONIENTE


Remontar la costa occidental de Cerdeña tiene algunos pequeños inconvenientes. En primer lugar, las distancias entre puertos son considerables, y en segundo, el virazón, el viento térmico conocido a igual que en Menorca como "embat", casi siempre será del nor-oeste, con muy poco ángulo aprovechable entre nuestra proa y la línea de costa. Aparte de ello, es frecuente que en verano sople el mistral con cierta periodicidad, creando marejada o mar gruesa, aunque su intensidad casi nunca será la misma que en el norte de la isla.
Estos son importantes detalles que nosotros tenemos en cuenta, puesto que los barcos pequeños y muy cargados no suelen ser buenos ceñidores.

A las nueve de la mañana, el Bon Vent y el Mar Pla, dos veleros de 23 y 26 pies de eslora con matrícula de Mahón, han zarpado del puerto de Calasetta, situada al norte de la Isla de San Antíoco, para recorrer la última etapa de un giro a Cerdeña que iniciaron en el puerto de Alguero hace algo más de un mes.
La pequeña isla que hemos dejado a nuestra popa en realidad hoy en día no es tal isla, puesto que está comunicada con la tierra firme a través de un puente y una carretera que cruza las marismas.

Octava y última etapa. De Calasetta a Bosa Marina y regreso a Menorca



En esta zona hay dos pequeños puertos: el puerto de San Antíoco y el Porto Ponte Romano. Este último, dedicado al sector pesquero, está abierto al sur, y toma el nombre de un puente de piedra construido por los romanos en el siglo I de nuestra era.
El propio puerto de San Antíoco es de pequeñas dimensiones y tiene dos accesos. Las pequeñas embarcaciones que no lleven mástiles ni elevadas superestructuras pueden entrar por el sur, pasando por debajo del puente nuevo. Y las demás deben dar un largo rodeo a toda la isla y acceder por el norte; a través de un canal balizado de dos millas de longitud que comienza junto a Punta Trettu. En este caso, es necesario prestar atención a las boyas, puesto que no siempre se encuentran a flote y en su lugar correcto.

Precioso yol encontrado al dejar la isla de San Pietro


 
Nosotros vamos a motor, remontando la gran extensión de aguas interiores comprendidas entre las islas de San Antíoco, San Pietro y la propia Cerdeña. La carta nos indica la presencia de bajíos, pero esto, con mar en calma, no nos preocupa demasiado, ya que en todos ellos hay más de tres metros de agua y pasaríamos directamente por encima sin notarlos.
Una hora después y cinco millas más al norte, hemos dejado atrás el puerto industrial de Porto Vesme, con sus altísimas chimeneas visibles desde gran distancia, y estamos casi al través de Portoscuso, un antiguo refugio de pescadores transformado en lugar de veraneo.

En este puerto, a parte de los amarres destinados a los residentes, hay una dársena deportiva de titularidad privada, donde, en caso de querer alquilar un coche para visitar el interior de la isla, se puede dejar la embarcación con total seguridad. Los precios son moderados (la tarifa hasta 8 metros de eslora es de 23.000 liras, unas 2.100 pts diarias, en temporada alta).
Frente a nosotros tenemos la Secca Grande, un escollo a medio camino entre la Isla Piana y la playa vecina a Portoscuso. Esta roca, que siempre vela sobre el mar, está señalizada de noche por una baliza luminosa, aunque fue precisamente donde embarrancó un petrolero ruso hace algunos años, creando una grave contaminación por el combustible vertido.

Siguiendo la línea de la costa encontramos a continuación una bahía abierta de unas doce millas de extensión, que alterna zonas de pendiente suave, con altos acantilados en su parte norte, cerca de los lugares denominados Puerto di Massua y el Pan di Zucchero.

Peñasco del Pan di Zucchero, donde también hubo explotaciones mineras



Los nombres de las cartas marinas a veces suelen engañar. En este caso, al acercarnos vemos que en Massua no hay puerto, sólo una pequeña playa con el acceso salpicado de peligrosos arrecifes. Por su parte, el Pan di Zucchero, sin llegar al tamaño de su homónimo brasileño, es una impresionante roca que se levanta verticalmente sobre un mar profundo, a poca distancia de la costa, y donde también hubo en le pasado una mina de cinc que muestra sus bocas a distinta altura de sus paredes.
En realidad, toda esta zona ha sido explotada desde tiempos inmemoriales y es fácil observar numerosos túneles y terrazas en muchos puntos del terreno. No obstante, la complicada orografía y la ausencia de carreteras aptas para el transporte de grandes cargas, dificultaba la comunicación con los puertos importantes. Para solucionar este problema, una compañía francesa construyó a principios de siglo el llamado Porto Flavia.

Porto Flavia, un insólito terminal de carga de mineral construido en el interior del acantilado
  Vieja fotografía de un vapor cargando mineral en Porto Flavia
 


En este lugar, situado casi enfrente del Pan di Zucchero, existen unos grandes silos excavados en la propia montaña. El mineral de zinc era almacenado en su interior después de ser transportado en vagonetas desde las explotaciones cercanas, y periódicamente era vertido mediante una larga cinta transportadora a las bodegas de una nave de carga que fondeaba junto al acantilado.

La configuración de la costa no cambia demasiado hasta llegar a Cala Doméstica, a tres millas de distancia. Este simpático nombre señala una playa de doradas arenas que de repente rompe la uniformidad del acantilado, formando dos entrantes que nos recuerdan a Macarella y Macarelleta, aunque no tenga la zona arbolada que rodea estas bellas calas menorquinas.
Fondeamos en cuatro metros de agua y a unos cincuenta de la orilla, respetando la mínima distancia reglamentaria que debe separarnos de ella. En la arena hay una veintena de bañistas que han venido por tierra, y también una cuadrilla de cinco o seis inevitables “naranjitos”, esos vigilantes de la playa que ya vimos en Malfatano, equipados con toda la ridícula parafernalia copiada de las series de TV americanas. Dos de sus componentes están subidos a una elevada tarima pintada de rojo y, utilizando unos potentes prismáticos, no paran de escrutar un mar en calma absoluta para no perderse detalle de cuanto ocurre a su alrededor. No sea que un chico se les separe más de veinte metros de las rocas, o que alguna zodiac a remos se atreva a llegar hasta la orilla. Este absurdo radicalismo representa otra cara de lo que ocurre en Menorca, donde el celo parece estar reservado únicamente a controlar los papeles, permisos y la enorme cantidad de artefactos homologados que deben llevar a bordo las embarcaciones que permanecen fondeadas tranquilamente o que pescan con volatín. Mientras tanto, las lanchas siguen entrando a toda velocidad en puertos y calas, y las motos de agua tripuladas por quinceañeros se dedican a esquivar las cabezas de los bañistas, sin que en ningún momento quienes deberían poner orden hagan acto de presencia.

Playa de Cala Doméstica, muy cerca de Buggeru



Olvidando estos nubarrones de verano, hay que decir que Cala Doméstica es un lugar perfecto para pasar el día. Aunque si se decide pernoctar, es importante atender a la predicción meteorológica, ya que en caso de que se levantara viento de mistral, las olas entrarían en la cala sin ningún impedimento.
Dos millas más al norte acaba el acantilado y llegamos al puerto y la villa de Buggeru.
Este puerto ha sido modernizado recientemente, añadiendo un rompeolas en forma de “L”, construido con tetrápodos de cemento, que cierra la bocana del antiguo malecón.
Los muelles tienen una capacidad para unas trescientas embarcaciones, incluyendo los dos pantalanes que han sido dados en concesión a una marina. Y aquí se da el mismo caso que ya encontramos en Poetto; las tarifas pueden oscilar entre amplios márgenes según el aspecto que ofrezca la embarcación o dependiendo del humor del encargado (al pedirle que nos enseñase las tarifas de precios autorizados para nuestra eslora, bajó de golpe de las 40.000 liras diarias que nos había pedido en un principio, a sólo 17.000). De todas formas, si alguien no necesita ni luz ni agua, puede amarrar sin cargo alguno en el muelle del viejo rompeolas.

Puerto de la antigua villa minera de Buggeru



 Buggeru es un discreto pueblo construido sin demasiados lujos en la falda de una colina. Con limpias y cuidadas calles de casas bajas por las que circulan algunos turistas y veraneantes. Antaño fue núcleo de elaboración conservera del atún, y también de tratamiento del mineral de zinc, que era triturado y separado de la ganga antes de ser cargado mediante porteadores a una verdadera flota de barcas de vela latina procedentes de Carloforte.
En la plaza mayor encontramos varias vendedoras ambulantes que resultan ser de nacionalidad polaca, y ofrecen la misma variedad de extraños productos que ya vimos en Calasetta. Hay copas de cristal, jarros y objetos varios. A su lado vemos un cajón con una gran cantidad de lupas y lentes de aumento de todos los tamaños imaginables, desde pequeños cuentahilos, hasta enormes lentes de casi treinta centímetros, que deben pesar más de un kilo. Otra caja esta llena de unos insectos de plástico que saltan al apretar una pera de goma. También venden viejos cuchillos, medallas y prismáticos del ejército ruso, relojes de cuerda, cámaras fotográficas de la misma nacionalidad, y lo más insólito; un surtido de herramientas industriales usadas: brocas, buriles, galgas, comparadores, y piezas varias de tornos y fresadoras que, suponemos, deben proceder del desmantelamiento de fábricas en la Europa Oriental.

Al día siguiente, al partir de Buggeru, encontramos una sucesión de larguísimas playas abiertas al pie de grandes pendientes, como la de San Salvatore, o la de Aqua Durci, ya pasado el cabo Peccora.
Afortunadamente, y para contradecir a los vientos predominantes, se ha levantado algo de viento sur, aunque es demasiado variable en dirección e intensidad como para izar el espinaker. Navegamos con mayor y el génova antagonado en un mar casi desierto; a lo sumo, cada media hora nos cruzamos con algún velero de bandera francesa o inglesa que remonta contra viento a motor. Sin duda, con la intención de llegar a Carloforte antes de la noche.

Cabo Peccora, al norte de Buggeru



La costa es prácticamente recta, casi vamos siguiendo la misma línea del meridiano mientras en la pantalla del GPS las cifras suben poco a poco de latitud. Pasamos pequeños enclaves como Piscina, Cala Bianca, y Porto Palma, junto a la Punta Sa Murta (en lengua sarda también se utiliza el llamado artículo “salado”, como en la modalidad menorquina del catalán). Y a media tarde alcanzamos el Cabo de la Frasca, zona militar donde a veces se efectúan ejercicios de tiro real y que señala el extremo más meridional del extensísimo Golfo de Oristano. Este enclave, en forma de gota invertida, debe tener unas doce millas de largo, por seis de ancho; siendo también de unas seis millas la anchura de su boca, comprendida entre el cabo anteriormente citado y el Capo San Marco, en su parte norte.
Las profundidades no son excesivas en sus aguas, variando desde los veinticinco metros en la línea de la bocana, hasta disminuir paulatinamente hacia el interior, con profundidades de menos de dos metros que en algunos lugares se extienden a más de una milla de la costa.

El sol ya no se levanta demasiado sobre el horizonte cuando alcanzamos el fondeadero de Cabo San Marco. Este refugio está situado al este de una pequeña península con un faro en su punta más saliente, y ofrece protección a las embarcaciones frente a los vientos de componente norte; aunque no es un buen lugar en caso de siroco fuerte, ya que las olas disponen de una gran extensión interna de agua para arrancar y la estancia sería poco confortable.
A la mañana siguiente, con el cálido sol recortándose en los altos picos del centro de Cerdeña, podemos contemplar el atractivo paisaje. En la ribera vemos una sucesión de pequeños rincones arenosos que llegan hasta los muros de mampostería de las ruinas de la ciudad púnico-romana de Tharros. Un poco más arriba, en la cima del promontorio, vemos una gran torre de defensa, que como la mayoría que hemos encontrado, también fue edificada por los aragoneses en el siglo XIII.

 Cabo San Marco, que cierra por el norte el golfo de Oristano   Ruinas de la ciudad púnica de Tharros, un importante puerto de la antigüedad
 

Estamos fondeados a pocos metros de la orilla (por suerte, aquí no hay “naranjitos”), y por tanto podemos bajar a tierra y dejar la zodiac sobre las rocas sin que amenacen con fusilarnos. Esta mañana hemos desayunado en el patio de una casa cartaginesa, a la sombra de los milenarios arcos y columnas de esta antigua ciudad portuaria.
Algo más tarde vamos andando hasta San Giovanni di Sinis, que nos recuerda el caserío del Pilar de Formentera, y que dista menos de un kilómetro de la torre.
En un bar-tienda de souvenirs vemos unas maquetas de embarcaciones realizadas con haces de cañas. La chica del bar nos explica que estas barcas, llamadas fassoni, son de origen prehistórico y fueron utilizadas hasta hace pocas décadas por los pescadores de la bahía.

El camino hacia S. Giovanni di Sinis desde Tharros



Más tarde paseando por una playa en que abundan las casas construidas con el mismo tipo de cañas, veo entre unos juncos los restos de un “fassoni”, y un pescador me cuenta que las cañas utilizadas son llamadas “feu” y crecen en abundancia en los extensos lagos de agua dulce que rodean la ciudad de Cabras.
Esta embarcación debía tener unos cinco metros de eslora por uno y medio de manga, y está hecha sin un solo clavo, reuniendo haces de feu atados con fibras vegetales, anchos a popa, y que van estrechándose a medida que se elevan con un grácil arrufo hacia la proa. El pescador sigue diciendo que, a cada lado llevaban dos elevadas horquillas donde encajaban los remos, que eran manejados por el tripulante puesto de pie y mirando hacia el sentido de la marcha.

 Embarcación tipo "Fassoni", construida con tallos de "feu" del estanque de Cabras
  Cabañas de "feu" en la península de San Marco
 

Al expresarle mis dudas sobre la flotabilidad, él me contesta que es muy engañoso. Cuando era pequeño, solía salir a pescar con su padre en una barca semejante, y recuerda que a veces llegó a sostener sin problemas a cuatro personas adultas.
Las fassonis solían sacarse del agua después de cada salida, para que los haces no adsorbieran demasiada agua y acabaran pudriéndose. De esta manera, podían durar perfectamente un año entero. Mientras tanto, cada verano, en la semana anterior a la luna llena de agosto, acudían a los estanques para cortar nuevos tallos que se dejaban secar, y tres meses después, en una sola mañana, dos hombres comenzaban y dejaban acabada otra flamante embarcación.

Yo recuerdo un apasionante libro escrito por el antropólogo noruego Thor Heyerdahl, donde explica su travesía del Atlántico, desde Marruecos a Barbados, con los Ra, dos naves a vela construidas con tallos de papiro, siguiendo las indicaciones y pinturas encontradas en tumbas egipcias.
Con estos viajes, (en el segundo de los cuales llegó sin problemas al Nuevo Mundo) Heyerdahl demostró que la navegación de altura era perfectamente posible en épocas prehistóricas. Estas embarcaciones no eran rígidas, y podían tener casi cualquier tamaño. Iban gobernadas por espadillas e impulsadas mediante grandes velas cuadras sostenidas por mástiles bípodes. Y existen constancias escritas en tablillas sumerias de que su capacidad de carga podía exceder las cien toneladas.

Mucho antes de que aparecieran los cascos de tablas y cuadernas, el hombre utilizaba cualquier material disponible para cruzar los mares. En Sudamérica, los incas unían troncos de balsa para fabricar grandes almadías, y en lugares tan distantes como el lago Titicaca y la solitaria isla de Pascua se servían de la planta llamada totora para construir sus embarcaciones. De igual manera, en la península Ibérica se utilizaban haces de enea y espadaña, que crecía abundantemente en los humedales. En el vestíbulo de Pabellón de los Descubrimientos de la exposición universal de Sevilla, tuve ocasión de contemplar la embarcación Uru, de unos dieciséis metros de eslora, construida con tallos de totora por el español Kitín Muñoz, y con la que realizó un larguísimo viaje desde las costas del Perú hasta la lejana Polinesia.

La ciudad de Cabras, a orilla del estanque del mismo nombre
 
  Plaza Eleonora de Oristano, una bonita ciudad hermanada con Ciudadela de Menorca
 

Dejando de lado este breve apunte de arqueología náutica, diremos que Oristano es la capital de la provincia del mismo nombre, situada en el centro-oeste de Cerdeña. Es una pequeña y bonita ciudad de unos treinta mil habitantes que tiene una curiosa característica; está hermanada con la población menorquina de Ciudadela, con la que comparte bastantes similitudes, incluyendo los actos ecuestres de sus fiestas mayores.
El puerto dista unos cuatro kilómetros de la ciudad, pero no resulta demasiado agradable para los cruceristas por estar destinado al tráfico industrial y carecer de los más elementales servicios. Por este motivo decidimos evitarlo y quedarnos fondeados tranquilamente al otro lado de la bahía.

La noche ha sido calmada, pero en la madrugada ha arreciado el viento de siroco. Los dos barcos se mueven mucho, y el Bon Vent, que está situado más cerca de la orilla, ha ido borneando hasta quedar solamente a diez metros de las rocas.
Decidimos partir hacia la siguiente etapa. Desde el cabo San Marco tomamos rumbo nor-oeste, para visitar el pequeño islote llamado Mal di Ventre, que dista cuatro millas del cabo Mannu y unas diez del lugar donde nos encontramos.
Cuando llegamos, el "embat", el viento térmico del día, ha aumentado y nos damos cuenta de que no podemos quedarnos en el fondeadero de la Cala dei Pastori, en el sur-este de la roca, puesto que la marejada es considerable. Rodeamos la ribera hacia el norte, sorteando la cadena de escollos de una milla de longitud y, con la intención de comer y darnos un baño, fondeamos en Cala Maestra, bajo el faro de la isla.

El "embat" está aumentando y este laud ha arriado su vela
 
  Isla de Mal di Ventre, junto al Cabo Mannu
 

A las cinco de la tarde hemos regresado junto a la costa de Cerdeña. Estamos llegando al cabo Mannu. Una península rocosa de unos cincuenta metros de altura, que está unida a tierra por una lengua de arena, formando dos playas; Cala Salina en el sur, y Cala Pallosu en el norte, pudiendo elegir una u otra según el viento reinante.
Ahora ya estamos al socaire del cabo, y vamos remontando un extensísimo arenal de cuatro o cinco kilómetros que llega hasta la población de Santa Caterina.

Dos horas más tarde llegamos a Bosa Marina. Éste es un enclave formado por una playa en forma de media luna abierta hacia el sur-oeste y protegida por la llamada Isola Rosa, un pequeño islote que está unido a tierra por un rompeolas. En esta elevación, que curiosamente y a diferencia del entorno, está formada por basaltos y roca volcánica, se levanta el edificio semiderruido de un viejo faro, justo al lado de la consabida torre aragonesa en perfecto estado de conservación. En la parte de tierra hay un pequeño pueblo de pescadores, con su bonita capilla blanqueada, y un centenar de casas que hoy en día alojan a veraneantes y turistas.

Justo al lado de la Isola Rosa, por su lado norte, se abre al mar la desembocadura del río Teno. El entrante tiene unos doscientos metros de anchura y es navegable para pequeñas embarcaciones hasta el pueblo de Bosa, distante unos dos kilómetros hacia el interior. De todas formas, nosotros no podríamos llegar hasta allí a causa de nuestros mástiles y de la estructura del puente nuevo, situado a unos ochocientos metros de la bocana, y cuya luz es de sólo siete metros en su punto más alto.
En caso de temporal del libeccio o poniente, las embarcaciones pueden abandonar la playa y entrar en el río, donde estarán a salvo. Únicamente hay que tener la precaución de hacerlo antes de que el viento alcance fuerza cinco, puesto que en la desembocadura hay un bajío con dos metros y medio de sonda, donde las olas acabarán levantándose y rompiendo de forma violenta.

Playa de Bosa Marina, con la inevitable torre aragonesa sobre el promontorio llamado Isola Rosa     Barra de rompientes en la desembocadura del río Teno

 

La méteo francesa no da ningún aviso de tormenta. El viento de siroco se ha calmado y para mañana se anuncian brisas variables de poca intensidad. Bosa Marina es un lugar perfecto para bañarse, tomar el sol, o entablar amistad con las tripulaciones de otros barcos fondeados. Conocemos a unos franceses que viven en Perpigñán, cuyo crucero comenzó en Marsella y están de paso para Túnez. Y también a los tripulantes de Lotim, un Janneau de cuarenta y dos pies con bandera Belga. Nos invitan a bordo para tomar un refresco y acabamos cenando con ellos.

Es un encantador matrimonio joven, con dos hijos de diez y catorce años que se muestran muy interesados por conocer Menorca. Hablamos sobre el mar, la navegación, y la pérdida de tranquilidad y de calidad de vida que siempre causa el turismo masificado.
Al intercambiar un seguido de anécdotas ocurridas en nuestros años de navegar, las risas suben de tono. Ernesto nos deleita con una de las habilidades de marinero; para dejar las manos libres para la maniobra, nos nuestra... ¡cómo fumar con los pies!. Sin darnos cuenta, hemos acabado con el contenido de una botella de Ambrosía de Cagliari, que yo había traído a bordo para agradecer la invitación; y los anfitriones han descorchado una de Grappa milanesa; tal combinación resulta ser bastante más explosiva de lo que en un principio podíamos imaginar.

A bordo del Lotim en la playa de Bosa Marina



El caso es que regresamos al Bon Vent pasadas las doce de la noche y con cierta euforia, digamos... etílica; y con un curioso presente de los belgas: un banderín del Rotary Club, que enarbolamos en alto a modo de estandarte mientras continuamos con grandes problemas para mantener la zodiac en el rumbo mínimamente correcto para alcanzar nuestra embarcación.
Dedicamos el nuevo día a visitar los alrededores. El pueblecito nos sorprende por su pulcritud y la simpatía de sus gentes. En una oficina de información turística nos regalan un mapa de la zona, informándonos de un interesante recorrido que puede hacerse en un antiguo tren de vapor a través de las montañas, hasta la ciudad de Macomer.
 
Lamentamos no poder apuntarnos, habida cuenta de la fascinación que siempre nos han causado este tipo de trenes, pero el de hoy ya ha partido y, probablemente, nosotros zarparemos mañana a primera hora.
Vamos recorriendo la vereda del río, tapizada de cañizales que ocultan huertas y muelles improvisados. Atravesamos el puente nuevo. Hemos preferido no esperar el autobús para ir hasta la ciudad de Bosa. Dos kilómetros se convierten en un agradable paseo cuando no se tiene prisa por llegar.

Bonita estampa de dos velas latinas descendiendo por el río



Bosa es una bonita ciudad medieval. Está edificada en la falda de una colina y sus calles se encaraman en zigzag hasta alcanzar las murallas del castillo Malaspina. En la parte alta la pendiente es considerable, y el paso entre una y otra calle se efectúa a través de escaleras abiertas bajo arcadas.
Al escuchar el sonido de nuestras pisadas sobre el viejo empedrado es fácil empaparse del ambiente, de la forma de vida de sus habitantes, cuya economía está dedicada casi exclusivamente al campo. Una señora anciana nos llama desde una diminuta ventana. Por unas pocas liras, nos ofrece un primoroso trabajo realizado con encaje, que Charo se apresura a comprar.
La última calle acaba en una rampa que conduce directamente al castillo. Llegamos a la puerta andando entre un verdadero bosque de chumberas, en cuyas hojas están grabados miles de nombres de anteriores visitantes.

Vista de Bosa, el río Teno y Bosa Marina desde las murallas del Castillo Malaspina      Torre del Castillo Malaspina

 

Las ruinas de la fortificación ofrecen una increíble panorámica de la población de Bosa, de la curva del río que llega hasta el mar, y de Bosa Marina, en cuya playa distinguimos dos pequeñas motas blancas correspondientes al Bon Vent y al Mar Pla. A pesar de ser pleno verano, el verde es omnipresente en todo el valle; éste es sin duda uno de los lugares más bellos de Cerdeña.
En el centro de las ruinas distinguimos la figura solitaria de una ermita. En la puerta de la misma hay una señora vestida de negro, cuyas arrugas indican que no debe andar muy lejos del centenario. Al acercarnos nos indica con un amable gesto que pasemos al interior.
La ermita está restaurada, especialmente los muros, donde una colección de frescos parecen representar una historia medieval. La señora nos llama para que la atengamos, y sin pausa comienza a relatar tales hechos. Nos cuesta entender sus palabras, puesto que alterna el italiano con el sardo más arcaico. Y de todas maneras permanecemos fascinados por la pasión que pone en la leyenda; es una historia de caballeros y doncellas, de amores traicionados y de la eterna lucha entre la vida y la ambición por el poder.

Colorido de la parte antigua de Bosa, al pie del castillo   El puente viejo de Bosa, visto desde la subida a la fortaleza

 

Algo más tarde, sentados en la plaza mayor de Bosa, recordamos con una sonrisa los gestos teatrales de la señora, cómo iban cambiando sus facciones dependiendo de la gravedad de sus palabras; si eran de angustia por un peligro inminente o de relajación tras haber superado la crisis y haber salvado el honor de la doncella.
Pensamos también que en cierta hoja de chumbera del jardín de Malaspina, desde hace una hora, cuatro firmas procedentes de Menorca hacen compañía a las demás.

Charo, junto a las barcas de pescadores a orillas del río Teno   El autor, sentado sobre le puente viejo de Bosa

 

Las calles más bajas del pueblo desembocan junto al río, en un bonito paseo con parterres de flores y bancos de hierro situados a la sombra de árboles de morera. En la otra ribera, comunicada por un viejo puente de mampostería roja, vemos una gran cantidad de almacenes abandonados que indican una cierta actividad portuaria en el pasado. Hoy en día, están proliferando los restaurantes que aprovechan el atractivo del lugar.
Nosotros cruzamos el puente y nos sentamos en una de las terrazas, construida sobre una plataforma de madera, y contigua a un muelle repleto de laúdes. Allí ahogaremos el hambre del mediodía saboreando unos exquisitos fetuccini acompañados por vino tinto de Sagolaj.
Por la tarde regresamos en autobús a Bosa Marina.

La cosa se acaba... Estamos a mitad de agosto y ésta es nuestra última cena en común. Nuestros amigos Paula y Ernesto nos han acompañado en este apasionante viaje alrededor de la isla hermana de Cerdeña. En nuestra mente quedarán imborrables recuerdos de ciudades como Alguero, Stintino y Bonifacio; del archipiélago de La Madalena, de Villasimius, de Cagliari, Carloforte o Calaseta; de amigos como Pepe Collu y Tonino Martinelli, de los días pasados con Celi y Biel Seguí, con quienes coincidimos en el norte de la isla. Del simpático camarero de una pizzería en Porto Pozzo. De aquella larga noche bajando por la costa de levante, después de haber aguantado fondeados al ancla, dos días de viento de mistral de fuerza once. Y de decenas de anécdotas que recordaremos en invierno a la lumbre de la chimenea.

Las dos tripulaciones bajo un arco medieval de Bosa



Hemos conocido calas, puertos y marinas, lugares donde nos acogieron con simpatía y otros donde quisieron aprovecharse de nuestra presencia. Hemos observado diferentes formas de vivir; la tradición, el campo, la minería, el desarrollo turístico en sus diversos enfoques. La huella histórica que dejaron cartagineses, romanos, pisanos y catalanes en esta tierra de cultura indomable.
 
Recordaremos especialmente las islas de los genoveses, las pequeñas San Pietro y San Antíoco; y su habitantes; el cestero de la calle Tabarka; la imagen del Dafne, el velero de Enrico y Hèlena, fondeado en el centro del puerto; a Sandro, entrando en el comedor de su casa con una gigantesca fuente de espaguetis en las manos; y a otros amigos que, como nosotros, estaban de paso en Cerdeña, y que, a buen seguro, volveremos a encontrar otro año en otro puerto y otro mar.

Nos quedan ciento ochenta y cinco millas para regresar a Menorca; el trayecto no nos preocupa demasiado. Tanto el Bon Vent como el Mar Pla ya lo tienen bien memorizado en sus carenas. Entre los dos suman muchos miles de millas y más de cincuenta años flotando sobre las aguas mediterráneas; este mar, este tapiz que ha contemplado el transcurrir tantos sueños humanos.
Y frente a la imparable progresión de una forma de vida que amenaza en convertirnos en esclavos, intentaremos que nuestros propios sueños, sean cuales sean en el futuro, sumen su gota al sueño común de seguir navegando en libertad.

Espectacular puesta de sol en el momento de partir  para Menorca





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