JOAN MARCH
EL HOMBRE Y LA ESPAÑA QUE VIVIÓ A mediados del 2004, durante mis estudios de Informática, nos platearon desarrollar un trabajo sobre un personaje que hubiera triunfado en el mundo de los negocios. Algunos de mis compañeros se decantaron obviamente por Bill Gates y Steve Jobs , recuerdo que otro lo hizo por Henry Ford y otro eligió a Rokefeller. En mi caso pensé en un personaje más cercano a todos nosotros, alguien que a pesar de tener un nombre conocido, muy pocas personas recuerdan sobre él poco más que breves anécdotas. Sin embargo, este hombre fue como ninguno el arquetipo del magnate hecho a sí mismo, alguien que no sólo vivió una época convulsa y de gran trascendencia histórica, sino que su presencia contribuyó sin duda a cambiar el futuro en que hoy nos ha tocado vivir. Este hombre se llama Joan March. La presente página se basa en el texto de este trabajo, al que he añadido las fotografías y gráficos necesarios para su mejor ambientación y amenidad. - Prólogo
El apellido March posiblemente no les dirá demasiado a quienes nacieron después del año 1975. Este final de lustro marcó una línea de separación entre la España de la dictadura, representada por el sepulcro de un general en el Valle de los Caídos, y aquella otra ilusionada por el advenimiento de una incierta esperanza democrática.
No obstante, incluso para aquellos cuya edad no llegue a los treinta, la palabra les sonará a rótulo de sucursal bancaria ya que la Banca March está presente en muchas ciudades de Baleares y del levante español. Tal vez, incluso hayan oído algún vago comentario sobre este hombre y presuntos negocios realizados al filo de la ley, historias de barcos furtivos en medio del mediterráneo, cargados de tabaco, de armas o combustible para algún contendiente de las guerras mundiales. Yo nací en el 54, y recuerdo que de niño solía acompañar a mi padre en sus viajes a Barcelona. La estampa era siempre la misma: la entrada en el puerto a las siete de la mañana, entre la neblina húmeda y gris que envolvía la ciudad aún dormida. El buque, el vetusto Ciudad de Ibiza, desfilaba lentamente por los muelles comerciales, dejando a su izquierda el extraño edificio de los silos de cemento. Después, detenía sus máquinas frente del muelle de Colón, e iniciaba la maniobra de giro que lo llevaría a quedar paralelo a la estación marítima de Baleares. Recuerdo también que desde el Ciudad de Ibiza, que a mí me parecía inmenso, me impactaba la imagen de otra nave mucho mayor, era el Juan March, un buque elegante, de estructura blanca y líneas modernas. Según me contaron, era la nave insignia de la Compañía Trasmediterránea. En aquellas ocasiones, y desde mi infantil inocencia, pensaba que el nombre del buque, escrito en grandes letras negras sobre el fondo inmaculado del casco, debía referirse a un gran hombre, tal vez a un científico como Fleming, o puede que un mártir de la guerra que hubiera dado su vida por los demás. Pasando los años, un religioso del Colegio la Salle que vivió muchos años en Mallorca nos confesó haber tratado a este personaje, y aunque era evidente que el hermano Teodoro admiraba el estatus social que ese hombre representaba, nos habló de manera poco afectuosa sobre lo que calificó “de falta de piedad cristiana” y del trato poco considerado que dispensaba a quienes tenía alrededor. Al comentarle a mi padre las palabras del viejo profesor, sonrió de manera enigmática y me contó un caso ocurrido en los años veinte, en una ocasión en que March viajó a nuestra isla. Al parecer, ese día, una muchedumbre enfurecida se enteró de su presencia y le esperaba en el muelle, junto a la pasarela del buque. Cuando él bajó, le rodearon y comenzaron a insultarlo y a agredirlo, y las cosa se hubieran puesto realmente fea si no hubiera sido por un taxista apellidado Roselló, que introdujo su coche entre la muchedumbre y consiguió rescatar al amenazado. Ese día, el taxista probablemente le salvó la vida, y de paso se arregló la suya, ya que en pocos años pasó de conducir el viejo Buick destartalado a poseer una importante empresa de trasportes de pasajeros y a convertirse en uno de los propietarios más ricos de la isla. Es posible que fuera en aquel instante, debido a las palabras de mi padre, cuando se me borró la imagen preconcebida de benefactor de la humanidad. Conocía el carácter tranquilo de mis conciudadanos, y sabía lo difícil que era moverles para cualquier causa común, y cuanto más soliviantarles hasta llegar a tal grado de agresividad. Deduje entonces el personaje no habría sido como Fleming, a buen seguro no habría descubierto algo parecido a la penicilina, ni el recuerdo que dejó entre las gentes era el de un mártir sacrificado por los demás. Con el tiempo quise averiguar si tales historias eran una exageración. El morbo, el interés y las envidias suelen trabajar al unísono para modelar de manera imprevista la imagen que se tiene de los hechos pasados. Y al margen de las evidencias, siempre quedan dudas sobre que parte de los actos humanos pueden justificarse por las circunstancias del entorno. Por ello, si hablamos de la figura de Joan March, es necesario resaltar no solamente los titulares que definieron su vida, sino también recordar la imagen de la España en que vivió. “La vida humana depende de dos instintos: el amor y el hambre. El primero sirve para procrear y el segundo para despertar el deseo de una vida mejor” - Aristóteles -
- LOS INICIOS DE LA FORTUNA Joan March Ordinas nació en 1880 en Santa Margalida, por entonces un pequeño pueblo rural del norte de la isla de Mallorca. Era el segundo hijo de un humilde labrador que un día decidió dedicarse a la compraventa de cerdos. Debía ser éste un personaje singular que se movía en el terreno de los pequeños trueques entre agricultores, conocido en su tierra con poco respetuoso apodo de "En Verga Vell". Decían quienes le conocieron en esta época, que su niñez fue como la de tantos chicos, inmersos en las difíciles circunstancias de la España de finales del siglo XIX. En sus primeros años pasó penurias y privaciones, y sólo fue por el empeño de su padre en darle una educación de la que él carecía, que pudo asistir al colegio de los Franciscanos en Pont d’Inca. Cuentan también que era un chico despierto, dotado de un talento singular para los números y las matemáticas, pero que en cambio se mostraba reservado y frío en sus relaciones con los demás. Santa Margalida, el pequeño pueblo rural del norte de Mallorca en donde nació Joan March
La asistencia al colegio fue para March una suerte reservada a muy pocos. En esta época España era un país de analfabetos, más del 45 por ciento de los adultos no sabían ni leer ni escribir. En ultramar, coleaban los rescoldos de rebeliones nunca sofocadas en Cuba y Filipinas, que la codicia del naciente imperio de Estados Unidos se encargaba de avivar. Había paro y miseria en el campo, y unas penosas condiciones de vida para los obreros de los suburbios industriales de las grandes ciudades, con jornadas larguísimas a cambio de un sueldo que a veces no les permitía ni comer. Gobernaba por entonces la regente María Cristina, segunda esposa y viuda del malogrado Alfonso XII, y alejados los vientos republicanos se alternaban en el poder el partido conservador de Cánovas del Castillo, y un partido liberal, que algunos se atrevían a llamar de izquierdas, comandado por Práxedes Mateo Sagasta. En aquella España de rezos y plegarias los terratenientes imponían sus propias leyes en un campo depauperado, atribuyéndose derechos casi medievales sobre quienes permanecían atados al terruño desde el momento de nacer. Las artes y las ciencias dormían en un sepulcro de siete llaves vigilado muy de cerca por un Santiago inquebrantable, defensor de supuestos valores que sólo servían para mantener a las clases aristocráticas unidas a sus privilegios, y sólo Cataluña, con la industria de hilaturas y el comercio de las colonias, y una incipiente siderurgia vasca que explotaba las famosas menas de Asturias, ofrecían un pequeño atisbo de esperanza frente a las incertidumbres del nuevo siglo a punto de nacer. A medio camino entre los campos y el pueblo, el joven Joan no era un chico corriente. Su inquietud le apartaba de aquellos intereses que podían ser comunes a su edad. A instancias de su padre entró a trabajar como mensajero en una oficina comercial, y al poco tiempo, como su patrono viera un interés inusual por aprender, le permitió ayudar en la teneduría de los libros de la empresa, que naturalmente aprendió a llevar muy pronto y con extraordinaria habilidad. A los quince años, participaba en el negocio de compraventa de ganado que su padre había montado con su tío Sebastián. Y su olfato para los negocios le hacía presagiar las mejores condiciones para comprar a la baja, por si después de aquel invierno seco y frío en que muchas vacas morirían de hambre, la carne de cerdo llegaría a adquirir un precio superior. En “Verga Jove”, que así era conocido entre sus vecinos, contribuyó a aumentar el negocio familiar. Muy pronto vio mejores expectativas en la compraventa de pequeños terrenos, que solía adquirir para después parcelarlos y venderlos a modestos agricultores, consiguiendo en el trato unas ganancias sustanciosas. Pese al reconocimiento social que disfrutaba en el pueblo, por entonces el negocio era sólo de ámbito comarcal. Pero con el tiempo, la compraventa de vacas y cerdos proporcionó a Joan el capital suficiente para comprar una participación en una fábrica de embutidos en Barcelona.
En 1905 se casó con Leonor Servera, heredera de una familia conservadora de Capdepera con cierta influencia en la política y la banca de la isla. Y este hecho representó sin duda su trampolín, fue el pasaje que permitió al ambicioso margaritense el poder codearse con círculos importantes de la capital mallorquina, a observar y aprender de primera mano las reglas de juego que deben seguir quienes aspiran a triunfar en la sociedad. Las ventas de la fábrica de embutidos seguían creciendo, pero no fue la venta de las típicas sobrasadas aquello que le catapultó hacia la fortuna. - EL TABACO DE ARGEL En 1906 March se convirtió en fabricante de tabaco. Compró una pequeña participación en una fábrica de Argel, que aprovechaba los terrenos no demasiado fértiles y la mano de obra barata de los naturales de la colonia. Era una actividad prometedora. Tanto la Argelia francesa como el Marruecos español estaban repletos de soldados ociosos que mataban las horas siguiendo las volutas de humo de sus cigarrillos liados a mano. Y sin embargo, Juan March vio que el gran negocio consistiría en la introducción de aquellas labores en la península, donde el férreo monopolio del estado y las elevadas tasas que cobraba la Hacienda Pública para permitir su distribución, podían dejar grandes márgenes de beneficio. Para ello adquirió parte de una vieja goleta de cabotaje que desde entonces multiplicó los viajes entre África y la costa española. Había contactado con pescadores de levante, que salían mar adentro al encuentro del velero en sus pequeños llauts de aparejo latino. Lejos de la costa y de las miradas indiscretas se trasvasaban los bultos de contrabando a las embarcaciones menores y la goleta proseguía después sin más problemas hasta descargar su flete de esparto o zapatos en el puerto de Valencia. En la península la situación era convulsa. Pocos años antes, los desastres de Cuba y Filipinas habían acabado con la tranquila alternancia, casi pactada, entre los partidos de Cánovas y Sagasta. Sustituidos para que todo siguiera igual por otra parodia de liberales y conservadores liderados respectivamente por Canalejas y Antonio Maura. Alfonso XIII había cumplido los veinte años y estaba a punto de casarse con una elegante inglesa, pariente de la reina Victoria. Los caciques de la aristocracia se habían adueñado del país. Y la poca industria que bordeaba los suburbios de las grandes ciudades estaba en su mayor parte en manos extranjeras. En Barcelona se había constituido la empresa Barcelona Traction Light & Power, llamada popularmente “La Canadiense” que generaba energía eléctrica en los saltos de la Cerdaña para distribuirla en la Ciudad Condal, moviendo las máquinas de los talleres e iluminando los hogares burgueses, ávidos de este nuevo avance. Desde diez años atrás, los ingleses eran los dueños de los tranvías de Barcelona, cuyo fluido también era suministrado por una central térmica de “La Canadiense”. Durante mucho tiempo, SOFINA, la empresa matriz radicada en Bélgica, con capital de la germana AEG, controló los servicios públicos de la ciudad.
En Cataluña, un joven político llamado Cambó ofrecía su discurso revolucionario y catalanista a quien quisiera escucharle. En Madrid, Alejandro Lerroux, con su reciente creado Partido Radical, enardecía a las masas con frases incendiarias y promesas que nadie en aquellas circunstancias podía cumplir, pero que por su capacidad de convicción despertó el interés de los poderes fácticos. El 30 de mayo se casó finalmente el rey, y el recibimiento no pudo ser peor; al pasar por la calle Mayor, un anarquista llamado Mateo Morral, lanzó una bomba contra el cortejo que mató a veintitrés personas y a punto estuvo de acabar con el último Borbón. En el norte de África, mientras tanto, se habían encontrado riquísimas vetas de hierro que despertaron el interés de algunos potentados españoles. Estando Antonio Maura en el gobierno se fundó el Sindicato Español de las Minas del Rif, cuyas cabezas visibles, industriales de medio pelo, eran en realidad hombres de paja de Romanones y Comillas. Una vez perdido para España el sueño americano, las miradas se volvieron hacia un enclave próximo y casi despoblado que con poco esfuerzo se podría civilizar. En Barcelona, la Sociedad Geográfica inició la ingente tarea de cartografiar todo el territorio rifeño, con la esperanza de hallar nuevos recursos naturales y que sus mapas fueran la llave para el verdadero progreso que vendría con el ferrocarril. En estas circunstancias, a mediados de 1909, una partida de cabileños disparó contra los obreros españoles que tendían las vías, y la reacción del gobierno no se hizo esperar. Aumentaron las guarniciones y se instalaron en puestos avanzados de las montañas. Atentado anarquista contra Alfonso XIII el día de su boda
Mientras tanto, Joan March había conseguido en 1911 el monopolio francés para la venta de tabacos en Marruecos, y a sus 31 años, sus negocios seguían aumentado en volumen y variedad. Pronto vio en la agitación de las cábilas una nueva oportunidad de enriquecerse, y asociado con un oscuro personaje llamado Jorro, sus embarcaciones alternaron desde entonces los viajes de contrabando a la península con la venta de armas a los nativos, pese a ser consciente que a buen seguro serían empleadas contra sus propios compatriotas. Sus actividades estaban en el punto de mira de las autoridades españolas, especialmente el tráfico de tabaco, que era un secreto a voces y que la Compañía Arrendataria del Monopolio de Tabacos intentaba reprimir con mejor o peor fortuna utilizando una pequeña flota de patrulleras. Pero March había conseguido lanchas más rápidas y pagaba muy bien a sus tripulaciones, ofreciéndoles una especie de seguro que en caso de detención permitía sostener a sus familias. Por esta causa, y pese a las apreensiones y procesos de personas ligadas con sus actividades, nunca se pudieron obtener pruebas directas de su participación. Una fotografía de Jorro, el socio de March en el contrabando de armas, y de jefes cabileños que eran
sus principales clientes (Jorro es el señor de sombrero y bigote, tercero por la izquierda) El chico serio y reservado de Santa Margalida había aprendido cómo funcionaban los engranajes del poder, cuál era el lubricante que eliminaba los roces, y qué resortes debía pulsar en cada caso para que las autoridades miraran hacia otro lado mientras abrían discretamente su mano para recibir el soborno correspondiente. Existen muy pocas evidencias sobre la implicación y los movimientos del avispado mallorquín en esta época, pero unos libros de cuentas escritos de su puño y letra y hallados uno de sus descendientes en un desván de la casa paterna relatan con pelos y señales a quien se pagaba y porqué. En las listas aparecen desde jueces hasta simples números de la Guardia Civil, que recibían el equivalente a 15 pesetas por observar el vuelo de las gaviotas en una playa solitaria, mientras a sus pies, los pescadores con las perneras de los pantalones arremangadas subían los fardos por el camino de arena y junquillos hasta depositarlos en carretones tirados por mulas para ser llevados a sus escondites en el campo. - LA PRIMERA CONTIENDA
En el norte de África las potencias europeas se repartían el territorio en colonias y protectorados. Francia era la mejor situada, Desde 1836 poseía el inmenso territorio de Argelia, que más tarde amplió a Túnez y con posterioridad se asentó en una buena parte de Marruecos. En las negociaciones de 1912, a modo de limosna, cedió a España una parte de este último país, pero reservándose la región más fértil y poblada y dejando para su vecino una franja de colinas pedregosas habitadas por tribus nómadas de reconocida belicosidad. Italia poseía Tripolitania, la actual Libia, y los ingleses estaban bien asentados en Egipto y controlaban la vía vital del canal de Suez. En la costa atlántica de Agadir, la presencia amenazante del cañonero Panther, demostraba también el interés de Alemania por instalarse en una zona que en caso de conflicto era la llave del estrecho de Gibraltar, y por tanto de todo el mar Mediterráneo.
En España, el capital extranjero seguía entrando a paso firme pero desigual en su distribución geográfica, asentándose preferentemente en las provincias vascas y catalanas, y comenzando a generar incipientes corrientes migratorias desde las partes más deprimidas. En pocos años la situación en Europa había pasado del encanto de la Belle Époque a una dinámica preocupante. Mientras los productos manufacturados americanos invadían los mercados, la decadente Rusia de los zares estaba inmersa en un período convulso, mezcla de tímidas reformas sociales y de acciones y represiones que sólo contribuían a apuntalar los elementos más extremistas. Inglaterra poseía el mayor imperio de ultramar, pero Alemania era la potencia dominante en el continente, fuertemente nacionalista y con reivindicaciones territoriales sobre casi todos sus vecinos, su ejército basado en el núcleo duro de la aristocracia prusiana se estaba armando a una velocidad de vértigo. Y a su sombra, el viejo emperador austrohúngaro intentaba mantener unido su imperio, frente a reivindicaciones nacionalistas en los Balcanes y la perenne animosidad de los húngaros, que nunca perdonaron a Viena sus actos represivos del siglo anterior. Realmente, a ojos de los observadores políticos bastaba una chispa para prender aquel montón de yesca, y esto ocurrió un mediodía del 28 de junio de 1914, en la ciudad de Sarajevo, donde el heredero al trono austriaco y su mujer fueron asesinados por un nacionalista servio. Las amenazas de unos y otros se sucedieron en cadena y en pocos días Europa ardía por los cuatro costados. Austria emplazó a Servia a unas condiciones que no podía cumplir, lo cual condujo a una declaración de guerra contra el pequeño país y a la inmediata movilización del ejército zarista, aliado de sus parientes eslavos. Este hecho fue respondido por Alemania declarando la guerra a Moscú. Como en el desmoronamiento de un castillo de naipes las alianzas entraron el liza, Francia e Inglaterra se sumaron a Rusia, y el decadente Imperio Otomano, enfrentado en el Medio Oriente con los ingleses, decidió unirse a los estados centrales. Ante esta situación, el Mediterráneo se encontró rodeado de intenciones belicistas. Algunos submarinos germanos atravesaron Gibraltar para dificultar el tráfico mercante, y las necesidades de materias primas se cuadruplicaron de la noche a la mañana. March vio en esta situación un buen trampolín para sus negocios. Poco antes del inicio de las hostilidades unos transportistas de madera catalanes, los hermanos Tayá, habían adquirido un buque de 10.000 toneladas a los armadores vascos Sota y Aznar, que con más de cincuenta unidades representaban una considerable flota de trasporte que pusieron al servicio de Inglaterra. En esta época, el Mediterráneo sufría una cierta penuria de tonelaje, y un buque de este tamaño fue un buen negocio para sus dueños. Pero ocurrió que los Tayá se vieron involucrados en negocios poco claros con Lerroux, cuyo partido radical controlaba por entonces la alcaldía de Barcelona. Mediante una hábil maniobra Juan March pudo hacerse con el buque, lo cual aumentó sensiblemente la capacidad de su organización en Baleares, África y el levante español. Los buques La Palma y el Ciudad de Alcudia, dos de las unidades que a partir de 1916 pasarían a formar parte de la
Trasmediterránea, propiedad de Joan March
Durante la guerra, el mallorquín, mantuvo en apariencia buenas relaciones con los británicos, cuyos barcos de guerra dominaban las costas occidentales. Durante los cuatro años trasportó tabaco, armas y mercancías entre las dos orillas. En esta época, su compañía absorbió a la Isleña Marítima, y poco después se unía a cuatro navieras con base en Barcelona, Valencia y Baleares y fundaba la Compañía Trasmediterránea. De la que él se constituyó en socio mayoritario. De esta manera, con una firma estampada sobre un acta notarial, Juan March Ordinas se convirtió a los 39 años en el más importante naviero español. En Madrid estaba en auge la polémica que enfrentaba a anglófilos contra germanófilos, reproduciéndose en periódicos, en tertulias de cafés y en corros políticos. El conde de Romanones era partidario de la causa aliada, aunque sin llegar a la beligerancia, el rey hacía costado a Eduardo Dato, que se limitaba a mantener una escrupulosa neutralidad. Lerroux, en cambio, fiel a sus actitudes extremas, estaba a favor de intervención directa en el bando aliado. Los contendientes de la Primera Guerra Mundial: los imperios centrales alemán y
austroúngaro, aliados con Turquía, contra Francia, Inglaterra, Rusia e Italia. Puede que sea cínico afirmar que la guerra no es mala si no afecta a uno mismo, sin embargo, es en tiempos de conflicto cuando las palabras se liberan de los adornos moralistas y aparece su verdadero peso en forma de cruda realidad. España tuvo una pequeña época de oro durante la contienda, la península era el puente por donde pasaban las mercancías de camino al norte, las cajas fuertes de sus bancos fueron refugio de una parte del oro amenazado por el avance de los ejércitos. Las siderurgias y astilleros vascos multiplicaron su producción de acero y de tonelaje naval. En Cataluña aparecieron industrias de armamento, y los buques de March aprovecharon al máximo cualquier negocio sin importar procedencia, carga o destino. En la contienda se perdieron algunos barcos nacionales. Los alemanes, conscientes de su inferioridad en unidades de superficie, multiplicaron la flota submarina, y sus capitanes no eran demasiado respetuosos con las banderas neutrales si existía la sospecha de que eran utilizadas para llevar suministros a los aliados. Tras algunos hundimientos, el gobierno español se limitó a protestar sin demasiado entusiasmo, pero fue un sindicalista catalán llamado Ángel Pestaña el que levantó la veda al presentar pruebas que acusaban directamente a Portillo, el comisario jefe de Barcelona, de facilitar información a agentes germanos sobre buques que salieron de puerto y que nunca llegaron a su destino. Aparte de la tangible amenaza submarina, la picaresca alcanzó su cenit en la Gran Guerra. Más de un buque se perdió con toda su tripulación, pero su carga reapareció milagrosamente poco después en tenderetes y almacenes de los zocos marroquíes. Otros buques dados por perdidos fueron vendidos por sus dueños a escondidas, atravesaron Gibraltar repintados de otro color y siguieron navegando durante años bajo banderas sudamericanas. Las aseguradoras tenían fundadas razones para sospechar de la honradez de ciertos pabellones, y hasta de la falta de escrúpulos morales de algunos armadores, al enviar buques en lastre como si fueran cargados de pertrechos militares hacia una cita donde a sus tripulaciones les esperaba una muerte cierta. Sin que exista constancia escrita, no es aventurado afirmar que la flota de March sacó el máximo partido de estas situaciones, es seguro que llegó a comerciar con ambos bandos, suministrando combustible y armas a quien pudiera pagarlas, simplemente vendía sus cargamentos al mejor postor. Y son significativas las palabras de un capitán mercante mallorquín cuyo instinto le había salvado de ser hundido cerca de Marsella. Contó como alteró la ruta que le había ordenado el armador, y que al regresar, en vez de agradecérselo, éste lo despidió sin contemplaciones. No todos los vientos de la guerra fueron igual de propicios en España. Al dar preferencia a los recursos bélicos, las inversiones extranjeras disminuyeron en algunos campos de la economía. La compañía eléctrica La Canadiense estaba casi arruinada, su dueño, Fred Pearson, tuvo que abandonar la construcción de la presa de Talar cuando únicamente faltaban cuarenta metros de muro para acabarla. Necesitaba dinero para continuar. Viajó a Canadá, y de regreso a España, vía Inglaterra, embarcó en el Lusitania. Después, la historia relata lo que ocurrió. El trasatlántico fue hundido por un submarino cerca de Irlanda, con gran pérdida de vidas. Entre los desaparecidos figuraba Pearson y 127 americanos más. Al poco tiempo, Estados Unidos, que había advertido repetidamente a Alemania de las consecuencias que podían acarrear sus ataques indiscriminados contra buques de pasajeros, entraba en guerra en el bando aliado. El hundimiento cerca de Irlanda del trasatlántico Lusitania por un submarino
alemán, precipitó la entrada en la guerra de los Estados Unidos En esta época Juan March se enemistó con Garau, otro de sus socios en el contrabando de tabaco y armas en el norte de África. El motivo no estuvo exento de polémica. Ya que poco tiempo antes, el hijo de Garau había aparecido asesinado en el Grao de Valencia, y las malas lenguas adjudicaban al muerto un romance con Leonor Servera, la mujer de March. Garau lo acusó directamente y sin ambages. Y March, como represalia, denunció a su ex socio en Argel, donde residía, acusándolo ante los franceses de ser un espía a favor de los alemanes. A los cuatro años de haberse iniciado, la pesadilla bélica acabó. Los imperios centrales fueron derrotados. Austria perdió Hungría y Checoslovaquia, Alemania tuvo que ceder territorios a Polonia y Francia, y permitir una presencia militar extranjera en la cuenca del Ruhr, se impuso la república, y Guillermo II, el Kaiser que soñaba con crear un gran imperio centroeuropeo, acabo sus días desterrado en Holanda. El brusco parón fue negativo para España. De repente muchas fábricas se quedaron sin pedidos, la inflación acumulada, fruto del dinero fácil que había entrado durante la contienda, superó el 50 por ciento y arruinó rentas y sueldos. La desesperación de las clases desfavorecidas alentó las revueltas sociales. Los socialistas más radicales y los anarquistas de la CNT comenzaban a representar una fuerte amenaza para los patronos, algunos de ellos fueron asesinados, lo que causó una feroz represión por parte de bandas de pistoleros pagados por la patronal. Como la que costó la vida al sindicalista Santiago Seguí, el Noi del Sucre. Son conocidas las conexiones que con estos hechos tuvieron el ya citado comisario Portillo, acusado también del asesinato durante la guerra de un ingeniero catalán, fabricante de obuses que se embarcaban con destino a Francia. Y sobre todos los violentos derechistas figuraba el que era su superior de facto, el despiadado general Martínez Anido, gobernador militar de Cataluña. Pero en aquel río revuelto, March había salido ganando. Durante la contienda había construido unos astilleros en Valencia, había comprado los talleres de Nuevo Vulcano de Barcelona, y en las islas se adueñó de una participación mayoritaria en el Banco de Crédito Balear y en la Compañía Eléctrica de Mallorca.
Mientras sus negocios se expandían como la hiedra, el final de la guerra imponía otras necesidades. El aumento del parque automovilístico y la mecanización de la industria precisaba del alimento vital del combustible. Y March vio en el negocio del petróleo una posible salida a los capitales acumulados que necesitaba invertir. Para ello se proveyó de una pequeña flota de buques tanque y comenzó la construcción de una refinería en Porto Pí. - LAS PENAS DE ÁFRICA En África, sus negocios de tráfico de armas seguían en aumento con la agitación de las cábilas. Un jefe tribal llamado Abd-el-Krim había declarado el Estado Independiente del Rif, y sus ataques a las posiciones españolas eran cada vez más frecuentes. Los rifeños eran maestros en el arte de las emboscadas, y el ejército tenía serios problemas para mantener transitables los caminos y evitar que una buena parte de los suministros destinados a sus tropas fueran a parar a los partidarios de Abd-el-Krim. En 1909 ocurrió el desastre militar del Barranco del Lobo, y como consecuencia el ministro Linares decidió reforzar las guarniciones africanas utilizando reservistas de Cataluña en vez de acudir al ejército regular. La protesta de los afectados degeneró en un verdadero levantamiento popular en la Ciudad Condal que se adueñó de sus calles con huelgas generales, enfrentamientos y barricadas que se mantuvieron por espacio de una semana. Hasta que Maura declaró el estado de guerra y llamó al ejército. Los infantes entraron en la ciudad con la bayoneta calada, mientras que desde Montjuit las baterías retumbaban cada pocos minutos ahogando en sangre la insurrección. La tormenta institucional que causó la Semana Trágica de Barcelona representó el final político de Antonio Maura. Canalejas fue llamado al gobierno. Cambó estaba en Madrid y había moderado su discurso catalanista, pero Lerroux, que en su juventud había sido aventurero y crupier, parecía entender la vida como un garito en que ganan los más tramposos. Su partido radical seguía adquiriendo cotas de poder, que utilizaba para extender una red de corrupción e influencias que abarcaba casi toda la nación. En el exterior arreciaban las críticas por el fusilamiento de Ferrer i Guàrdia, considerado uno de los promotores de la revuelta catalana. España se encontraba en un impasse, enfrascada en una guerra impopular en el continente africano y sometida a una clase política cuya confianza rayaba mínimos históricos. En 1912 las balas de otro anarquista terminaban con la vida de Canalejas.
En 1921 Cambó fue nombrado ministro de Hacienda, y desde su flamante despacho acusó a March de practicar “un contrabando técnico, llevado a cabo de manera impecable, a la moderna”. Mientras tanto, el mallorquín, que hasta entonces había contemplado la situación política desde una segunda fila, decidió entrar en el juego electoral. Sus primeras intervenciones fueron para apoyar a Dato frente a Maura, y en poco tiempo consiguió que dos de sus protegidos llegasen a la alcaldía de Palma. Con su habilidad para el convencimiento o la coacción, formó un bloque de fuerzas y personajes antagonistas que sus opositores llamarían “Grupo Verguista” en clara relación a su antiguo apodo de familia. Compró un periódico en Palma y dos en Madrid. Desde 1919 controlaba el partido liberal mallorquín, al que con sabia visión de futuro intentó librar del caciquismo para reconvertir su estructura en una especie de regionalismo paternalista que aumentase su implantación. Como empresario procuró limar las difíciles relaciones que mantenía con los socialistas de Indalecio Prieto, a los que regaló en Mallorca una Casa del Pueblo. Además, El Socialista, el órgano de difusión del partido, utilizaba por entonces unas máquinas de imprenta que habían sido cedidas a precio de saldo por orden del potentado desde uno de sus periódicos, y que sin embargo, no impidieron los constantes ataques que desde este medio se realizaba contra su persona. Se acercaban las elecciones y el propio ministro de estado, Marqués de Lema, que desde su alto puesto había protegido al financiero en sus negocios de contrabando, le aconsejó que se presentara como candidato. Hay constancia que en fechas preelectorales se cursaron órdenes al Gobierno Civil de Mallorca para asegurar su victoria a cualquier precio, y de esta manera, Joan March entró en las cortes el 29 de abril de 1923, consiguiendo 8000 votos más que su opositor Maura. En Mallorca, su refinería de Porto Pí seguía a plena producción. March compraba petróleo a las grandes multinacionales, como la Standart Oil o la Shell, pero también petróleo ruso a través de un consorcio galo formado por la banca Arnús y la Societé du Produits du Naphte Russe, ya que España no mantenía relaciones diplomáticas ni comerciales con la Unión Soviética. Mientras tanto, en África las cosas se complicaban. El general Silvestre tenía prisa por acabar con el cacique rifeño y había decidido pasar a la acción. Las tropas españolas abandonaron sus posiciones defensivas y avanzaron rápido. Desde el estado mayor se pensaba que muy pronto tendrían el feudo rebelde de Alhucemas a tiro de cañón. Pero entonces, los cabileños, mucho menores en número pero buenos conocedores del terreno, rodearon a los españoles y provocaron la desbandada. La derrota fue total. En Annual murieron más de 12.000 soldados. Abd-el-Krim contraatacó y conquistó Nador, la posición del Monte Arruit y la ciudad de Zeluán, mientras que Melilla fue salvada en último instante por la intervención de tropas de Ceuta mandadas por Sanjurjo. Esta derrota sin paliativos provocó un cruce de acusaciones en Madrid, y pese ha haber muerto en el combate se juzgó a Silvestre por su clara imprevisión. El expediente del general Picasso levantó ampollas en las Cortes. Las críticas más duras enfrentaron al general Primo de Rivera, Marqués de Estella, que se declaraba dispuesto a abandonar el territorio africano, con Santiago Alba, del partido liberal, que propugnaba el continuismo. Otra cuestión candente era cómo rescatar a los 1500 prisioneros que mantenían los rifeños en las montañas. Mientras tanto, el gobierno, previa consulta al rey y viendo peligrar todo el protectorado español en el norte de África, se decidió enviar al general Berenguer con una fuerza de 50.000 hombres. El descontento era patente en el ejército. Y como una nefasta tradición que se repetía de manera inevitable, el nuevo presidente del gobierno, Eduardo Dato, fue asesinado por uno de los anarquistas a los que tan duramente ha reprimido. García Prieto no conseguía enderezar la situación. En estas circunstancias, el general Primo de Rivera, de acuerdo con el rey y con los capitanes generales, proclamó la dictadura y formó un Directorio Militar. - LA DICTADURA Una buena parte de los españoles no vieron con malos ojos el cambio de gobierno, hartos de la corrupción y los engaños, creían en las palabras del general cuando hablaba de una limpieza y una regeneración en las costumbres públicas, aunque sus primeras órdenes fueran restablecer la censura de prensa, perseguir políticamente a sus adversarios y reprimir los espectáculos de variedades que a su modo de ver pudieran atentar contra la moral.
Con Joan March las relaciones fueron difíciles desde el principio. El mallorquín pertenecía al partido de Alba, al que el general había calificado como el “enemigo público numero uno”. En un primer momento, y por haber recibido una delación sobre las intenciones del dictador, Joan decidió huir a Francia. Desde allí pudo mover sus peones para conseguir unas mínimas seguridades y regresó un mes después para presentarse ante el Directorio. Con una audacia fuera de toda duda, March pidió que fueran investigados sus negocios. Según sus palabras “no tenía nada que esconder, y no podía vivir por más tiempo bajo el peso de infundios y calumnias”. Después del encuentro, utilizó sus periódicos para denunciar a Bastos, el director de Tabacalera, acusándolo de haber hecho perder 150 millones al estado. Dicen que Primo de Rivera sonreía ante la jugada del financiero, puesto que con sus artículos estaba apoyando la pretendida cruzada moralizadora del dictador. El hecho de que Bastos demostrara la falsedad de las acusaciones y fuera rehabilitado por el Directorio no borró el hecho de que la dictadura ya había perdido la agresividad de sus primeros días y March pudo permanecer en el país. En esta época, Joan March habitaba en una suite del Hotel Palace, de Madrid, establecimiento del que poseía una parte y que se había convertido en el centro de la vida política y financiera de la capital. Era frecuente verlo en las tertulias que se organizaban en sus salones pero en las que rara vez intervenía de palabra, limitándose a pedir un coñac y permanecer de pié mientras los actores de aquella farsa política dirimían sus diferencias. Después subía a su habitación, llamaba a los directores de sus periódicos y les indicaba las directrices que debían tener los próximos editoriales. El espíritu pragmático del mallorquín llegaba al punto de que varias de sus publicaciones eran de signo contrario, como La Libertad, de tendencia izquierdista, e Informaciones, que defendía postulados de la derecha.
El hotel era también el lugar para sus citas amorosas con prostitutas de lujo, que nunca ocultó a sus conocidos. Y cuentan que no era infrecuente verlo subir a su habitación varias veces en una misma tarde y con mujeres distintas, aunque sólo fuera para despertar las envidias ajenas y alagar su vanidad. En el apartado económico, la dictadura intentó dinamizar el país. Se creó la Compañía Telefónica, con participación mayoritaria de la americana ITT y de una filial española de la Standart Eléctrica, que a su vez estaba participada por la Banca Morgan y la propia ITT. La presidencia de la nueva sociedad recayó en el Duque de Alba, que compartiría el poder con un intrigante personaje llamado Sosthenes Bent, venido de la Standart. March intentó varias veces convencer a Primo de Rivera de que su ayuda sería positiva para la buena marcha de la economía. En una ocasión accedió a una petición personal del dictador en el sentido de que el millonario autorizara a Tabacalera a distribuir tabaco entre los soldados españoles de Africa, lo cual estaba vetado por el contrato de monopolio que poseía su compañía. March accedió. Pero no fue hasta el asunto de Tánger en que las relaciones se normalizaron. Esta ciudad marroquí tenía por aquel entonces unos 45.000 habitantes, de los cuales más de la mitad eran magrebíes, el segundo grupo lo constituían unos 12.000 judíos sefarditas, después venían 6000 españoles y 2000 franceses. El lugar era un avispero de intereses en que se daban cita aventureros, espías, hombres de negocios y traficantes de todo tipo. No era un secreto que el mercado de armas de Tánger surtía a las partidas de Abd-el-Krim, cuyos representantes disfrutaban de consideración pública y mostraban con orgullo una noticia del Daly Telegraph que anunciaba la obtención de un importante crédito de Inglaterra. Primo de Rivera ansiaba cortar de raíz la ayuda que conseguía el cacique rebelde, y sin embargo, en el estatuto internacional que disfrutaba la ciudad tenía predominancia el peso anglo-sajón. El Directorio confiaba en forzar una revisión para conseguir que entrara la Italia de Musolini, cuyas posturas eran más cercanas a las aspiraciones españolas, y para ello necesitaba adquirir más peso en la economía de la ciudad. En estas condiciones, Primo de Rivera se entrevistó con March y le propuso que comprara las propiedades valoradas en cuatro millones de francos de un importante judío que estaba pasando apuros económicos, de esta manera los intereses españoles adquirirían mayor entidad. March investigó al vendedor, descubrió sus puntos débiles y viajó personalmente hasta Tánger para cerrar la compra por una cifra algo superior a la mitad de la cantidad inicialmente pedida. Ciudad y puerto internacional de Tánger, nido de contrabandistas, espías y aventureros,
donde March, para favorecer el deseo de Primo de Rivera de una mayor influencia española, compró las propiedades de un importante judío sefardita En esta ocasión, el dictador se tragó su orgullo y ofreció a March una cena oficial en la que después de calificar al anfitrión como “un gran patriota dispuesto a arriesgar su dinero por el bien del país”, siguió prodigando un seguido de promesas de futuras colaboraciones, brindis y alabanzas. Mientras tanto, en Palma de Mallorca, se había puesto la primera piedra de la Banca March, como paso necesario para tratar de igual a igual a ciertos banqueros de rancia cuna que siempre habían menospreciado en sus círculos la presencia del mallorquín. En África, Adb-el-Krim había obtenido una elevada suma por el rescate de los soldados españoles, y además disponía de miles de fusiles, centenares de ametralladoras y algunos cañones capturados en Annual. Pero en abril de 1925 el cacique rifeño cometió la torpeza de atacar a las guarniciones francesas, y la tolerancia que habían mantenido los galos mientras los agredidos fueron sólo españoles se trocó en premura para acabar con él. Los dos gobiernos se pusieron de acuerdo y el 2 de octubre del mismo año una escuadra formada por cincuenta barcos de guerra, veintiséis mercantes cargados de tropas y veintiocho barcazas de desembarco iniciaron la toma de la bahía de Alhucemas. El cacique rifeño huyó ante la magnitud de la embestida, y cortadas sus fuentes de suministro y acosado desde todos los lados ya no se recuperó, sus acciones disminuyeron de intensidad hasta mediados del año siguiente, en que él y ocho jinetes se entregaron a los franceses. Este país, lejos de hacer caso a las peticiones de España para que les entregara el prisionero, le procuró un destierro dorado en la isla Reunión, con treinta personas de séquito y una paga de cien mil francos anuales.
Con el final de Adb-el-Krim se acabó el problema de África. Primo de Rivera recuperó una parte de la popularidad perdida. Pero de quien decía su propio hijo que “no se enteraba de nada porque prefería dejarse adular hasta la estupidez”, no se podía esperar una reflexión que incluyera el abandono honroso del poder. Su gestión continuaba dando palos de ciego, incapaz de contentar ni al pueblo, ni a los políticos derechistas que podían apoyarle ni a los militares que debían defenderle en caso de necesidad. Poco antes de Alhucemas había ocurrido un incidente digno de mención. El general había acudido a la plaza de Ben-Tieb, a la sazón campamento del Tercio. Y casi simultáneamente aterrizó en Melilla el comandante de aviación Varela, un conocido opositor. Los rumores corrieron como la pólvora. Decían que se estaba preparando un levantamiento y que Primo de Rivera sería conducido preso a Chafarinas. A la fin no ocurrió lo pronosticado, pero durante la cena de gala se escucharon insultos, silbidos y abucheos dirigidos al general, que al levantarse ofendido y abandonar la mesa, fue seguido hasta el pasillo por el general Franciso Franco que le increpó ante los presentes. Los ánimos estaban muy alterados, apareció una pistola de la mano de un oficial, que el propio Franco le arrebató. El Marqués de Estella regresó a Madrid compungido, sin haber podido convencer a sus generales de que sus dudas respecto a mantener un protectorado que absorbía más de lo que retornaba, eran dignas a considerar. - El MONOPOLIO DE PETRÓLEOS En cuanto a las relaciones con Joan March, la bonanza nacida después del asunto de Tánger tampoco tardó demasiado en menguar. El mercado petrolífero seguía aumentado de volumen. Petróleos Porto Pí había conseguido una importante reducción de aranceles y March consideraba seriamente ampliar las instalaciones para aumentar la producción. Pero Calvo Sotelo, en su puesto de ministro de Hacienda estaba fraguando una operación que daría al traste con la iniciativa. El 21 de junio de 1927 se creó el monopolio de petróleos español, que llamaron CAMPSA. Joan March pujó a través de Trasmediterránea para conseguir el concurso de explotación, pero desde el gobierno prefirieron la solidez de un conglomerado de bancos encabezados por el Urquijo, que dejar aquel gigante energético, vital para el país, en las manos de un hombre de tan reconocida ambición. El problema para March no fue sólo el no haber conseguido la concesión, si no el hecho de que la creación de CAMPSA implicaba la expropiación de las instalaciones de las multinacionales que trabajaban en España, y tanto la Shell como la Anglo-Persian como la Standart no aceptaron las condiciones que se les impuso y abandonaron el país. A los pocos días sus buques dejaron de llegar a los puertos españoles y se temió el desabastecimiento. Entonces, el Marqués de Estella vio la salvación en el petróleo ruso y ordenó incautar la refinería de Porto Pí.
March reaccionó como era previsible. Presionó a los importadores franceses para que declararan nulo el contrato de suministro, ya que la sociedad con la que habían firmado había dejado de existir como entidad legal. Al poco tiempo, tres petroleros con destino a Mallorca eran secuestrados por las autoridades argelinas. Primo de Rivera invitó entonces a los delegados rusos para que firmaran otro contrato al margen de la Societé du Naphta, y de esta manera Joan March perdió una de las pocas batallas de su vida. Pleiteó durante años mientras las multinacionales renegociaron las condiciones y volvían a España. Al mallorquín no le resultó tan fácil y durante mucho tiempo permaneció sin cobrar la indemnización por la fábrica perdida. Durante la dictadura, March fue sometido a tres procesos incoados desde el gobierno. Sin embargo, algunos poderosos, como el ministro de marina, seguían protegiendo sus actividades a cambio de una parte del pastel. En 1927, por pagos a favores realizados, recibió finalmente el permiso para vender su tabaco en Ceuta y melilla. Tabacalera se opuso firmemente, pero algunos altos cargos optaron por acceder, según dijeron “para poner fin a una lucha de intereses que perjudicaba a todos”. Mientras tanto, en el gabinete de Primo de Rivera, lejos de ofrecer la imagen de un ejecutivo cohesionado, se discutía de manera acalorada en los consejos de ministros: Calvo Sotelo se indignó más de una vez con sus compañeros al ver como los barcos aprendidos al mallorquín por contrabando le eran devueltos al poco tiempo o subastados por sumas irrisorias, a las que, curiosamente, solo pujaban los apoderados de sus empresas. El Marqués de Estella seguía apegado al poder. En el año veintiséis, durante la verbena de San Juan hubo un pronunciamiento del general monárquico Weyler que no cuajó por falta de preparación. Más tarde, Maciá, partidario del Estat Català, preparó una invasión a través de los Pirineos que fue detenida en territorio francés. Y en enero del 29, el ex ministro Sánchez Guerra se sublevó en Ciudad Real. Primo de Rivera reaccionó tímidamente, contentándose en aplicar sanciones económicas y a incoar procesos interminables que casi nunca llegaban a obtener condenas en firme. Diríase que no quería soliviantar más los ánimos de todos aquellos que estando contra él, aún no habían decidido sumarse al siguiente complot. Personajes que protagonizaron pronunciamientos de distinto tipo contra Primo de Rivera: el general monárquico Valeriano Weyler, antiguo
gobernador de Cuba, Francesc Maciá, promotor del Estat Catalá y José Sanchez Guerra, ex-presidente del gobierno en 1922
Las relaciones con la monarquía seguían deteriorándose, era cuestión de tiempo que el régimen cayera como fruta madura. Finalmente, el 30 de enero del año 30, poco después de haber dicho “A mí no me borbonea nadie”, el general se encontró sentado en el despacho del palacio de Oriente, con una pluma en la mano y obligado a firmar su renuncia. En el pasillo se cruzó con el general Dámaso Berenguer, en quien el rey había confiado para renovar la monarquía sin salirse de los cauces establecidos. Primo de Rivera murió ese mismo año en París, víctima de una embolia cerebral. Olvidado por todos. Los periódicos, incluidos los de Joan March, se cebaron con él. El general era considerado el artífice de todas las desgracias que afectaban a los españoles. A decir de los articulistas, a partir de su renuncia todo iría mejor. - LA REPÚBLICA Estaba claro que Berenguer tampoco aguantaría mucho tiempo. Su figura sólo era de transición, la última oportunidad que tenía la monarquía para llevar a cabo las reformas constitucionales que le permitieran mantenerse en el poder. Mientras el rey viajaba a Francia para entrevistarse con Alba y a Londres para ver a Cambó, los republicanos moderados tanteaban al socialista Besteiro, en el que confiaban mucho más que en el desacreditado Lerroux. Joan March permaneció a la expectativa ante los movimientos que se llevaban a cabo. Con el dictador no le había ido demasiado bien, pero la agitación revolucionaria iba ganando adeptos, y entre los posibles futuros que se vislumbraban en el horizonte, había algunos mucho más preocupantes que las pasadas maniobras del general. Dicen que los capitales son como las ratas, que huelen el peligro antes que nadie y abandonan el buque a la primera oportunidad. La crisis, fruto de la política errática de los últimos años, se había cebado en el país. La peseta perdía valor día a día en los mercados internacionales. La segunda república se intuía cada vez más cerca y las fuerzas de la izquierda se unieron para coordinar sus esfuerzos en el Pacto de San Sebastián. Era un primer paso, aunque en realidad no llegara a un acuerdo de mínimos que satisfaciera a los asistentes. Los socialistas estaban divididos por el programa. Los comunistas parecían esperar el beneplácito de Stalin antes de tomar cualquier decisión, y la CNT moderó tanto su discurso para no asustar a las clases altas que tuvo que afrontar fuertes críticas procedentes de la FAI. Era evidente que cada cambio político necesitaba recursos para desarrollarse. Como si fuera abono para revitalizar un campo agotado, los republicanos tenían muy claro que necesitarían dinero para llevar a cabo sus proyectos. Las ejecutivas de los partidos discutieron hasta la saciedad para ver quién sería el banquero de la nueva situación. En este estado de cosas, Juan March fue llamado a consultas por Besteiro. El encuentro que tuvo lugar dejó bien claro cual era la postura del financiero. Estaba dispuesto a apoyar, pero no compartía el optimismo en la república que demostraban sus interlocutores. Las reuniones fueron degenerando en una sucesión de presiones, amenazas y contraamenazas que se traducían en enfrentamientos de titulares en los periódicos de ambos bandos. En una ocasión, Indalecio Prieto encontró a March en un restaurante, acompañado de una mujer rubia y muy atractiva, y con cierta falta de tacto le espetó que "sería conveniente que soltara los millones de una vez, a lo mejor de esta manera la república decidiría dejarlo en paz". Manuel Azaña, que también se encontraba presente, cuenta que March se limitó "a sonreír como un conejo". Era evidente que las negociaciones distaban mucho andar por buen camino. Mientras tanto, el general Berenguer insistía que pensaba convocar elecciones el 22 de febrero, pero a la vez movía los hilos entre el ejército con el fin de conseguir apoyos para una nueva dictadura personal. Desde París, donde se encontraba por motivos profesionales, el general Francisco Franco se declaró partidario se seguir trabajando para encontrar una salida legal a la situación. Su hermano Ramón, militar de aviación, defendía en cambio la senda revolucionaria como método para imponer sus ideas republicanas. Este personaje disfrutaba por entonces de una alta consideración. Aún estaba fresca en la memoria de los españoles la gesta del Plus Ultra, el viaje que efectuó en 1926 en un hidroavión Dornier Wal desde Palos de la Frontera hasta Buenos Aires, siendo la primera vez en la historia que un aeroplano atravesaba el Atlántico Sur. Ramón Franco era un revolucionario convencido que no se moderaba al expresar su opinión en la prensa. Lo que le valió una larga temporada encerrado en Pamplona. Al general Berenguer no le salían las cosas como las había planeado. Prácticamente no había un sólo día en que los titulares de los periódicos no anunciaran un nuevo conflicto social. Cuando no eran los estudiantes, eran los sindicatos convocando huelgas, los atentados anarquistas o los nacionalistas catalanes y vascos reivindicando su plena nacionalidad. En el campo económico la peseta seguía en caída libre, las empresas multinacionales anunciaban su salida de España o el recorte de actividades. Y por si fuera poco estalló un motín militar el Jaca, que fue apoyado por la sublevación de Cuatro Vientos, donde un comité revolucionario, en el que se encontraba un Ramón Franco recien fugado de la cárcel de Pamplona, había lanzado una proclama para acabar con la monarquía. Con todo, tanto Berenguer como el rey aún creían en una victoria de sus partidarios en las elecciones. Mientras tanto, March, que había quedado al margen de estos movimientos, realizaba un trueque entre compañías al ceder una parte de Gesa (Gas y Electricidad de Palma de Mallorca) a la Unitetd Utilities Co, de filadelfia, expertos en explotar centrales eléctricas en las islas de América y del el Pacífico. A cambio, recibió una participación en la planta que esta empresa poseía en Canarias. En palabras de Montañés, un abogado catalán que tenía tratos con el financiero, su principal virtud era siempre la de saberse mecer con las olas, retirándose cuando hacía falta y aprovechando el vaivén para embestir con más fuerza sin gastar esfuerzos inútiles. En esta época se conocieron la existencia de unos papeles que habían pertenecido a Primo de Rivera y que implicaban a March en algunos escándalos: Como el caso de unas extrañas subvenciones que realizó a la revista “La Correspondencia Militar”, y que muchos opinaban que eran en realidad pagos ofrecidos directamente al dictador. También se reveló que seis millones de pesetas que el financiero prometió para construir un hospital, habían servido para recuperar unas joyas que la Casa Real tenía empeñadas en París. Entre todos sus negocios, los de compraventa de tierras seguían proporcionándole grandes beneficios. Invirtiendo sus considerables recursos adquiría latifundios y los dividía en pequeñas parcelas, con lo que multiplicaba su valor. Además, hay que reconocer su visión de futuro al ser el primero en ofrecer a través de su banca créditos inmobiliarios avalados con las mismas tierras que acababa de vender, permitiendo de esta manera el acceso a la propiedad de gentes con escasos recursos económicos. El paso de los acontecimientos fue inexorable. Llegaron las elecciones, ganaron los socialistas y Alfonso XIII entregó el poder a Alcalá Zamora, el cual nombró primer ministro a Manuel Azaña. La Segunda República fue proclamada por las cámaras el 14 de Abril de 1931, y el rey, queriendo evitar un derramamiento de sangre, abandonó España para siempre. Al salir pronunció una célebre frase que intentó ser premonitoria y que sin embargo no acertó en los supuestos que contenía: "...espero que no habré de volver, pues ello sólo significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz".
- RETOS Y DESDICHAS La situación del país era más crítica de lo que cabía esperar. Pese a los avances en educación, seguía habiendo un 26% de analfabetos. Estaba pendiente una reforma agraria que Primo de Rivera sólo esbozó en los papeles. Los campos, propiedad de aristócratas, seguían estando constituidos por grandes latifundios donde se pasaba hambre y privaciones. Un jornalero ganaba tres pesetas al día trabajando de sol a sol, las zonas industriales estaban semiabandonadas a causa de la fuga de capitales. A los socialistas les esperaba una tarea ingente y buscaron la colaboración de Miguel Maura, que entró en política siguiendo los pasos de su padre, fallecido seis años atrás. Azaña veía la absoluta necesidad de reorganizar el ejército. España era el país del mundo que disponía de una mayor proporción de generales y oficiales en relación al número de soldados de reemplazo. Una vez pacificado el Protectorado de Marruecos, los mandos permanecían ociosos en los cuarteles, sin otra cosa que hacer que elucubrar cómo lo harían ellos para acabar con los problemas del país. El ministro reformó las academias militares, lo que le valió un primer enfrentamiento con Francisco Franco, un general joven e intolerante, formado en la guerra de África junto al legionario Millán Astray y que hasta entonces había sido protegido del rey. La economía necesitaba una urgente inyección de divisas para no sufrir un colapso. El ministro Ventosa y Clavell consiguió que la Banca Morgan y un consorcio holandés le concedieran un préstamo de 60 millones de dólares, que a duras penas podían compensar las pérdidas de capitales, las cuales, sólo entre marzo y diciembre de aquel mismo año, alcanzaban la cifra de 250 millones de pesetas. Pero ajeno a estos esfuerzos de estabilidad, en la Hacienda Pública habían colocado a Indalecio Prieto, cuya incontinencia verbal era fruto de constantes problemas para Azaña. Maura ocupaba la plaza de Gobernación, y desde su despacho se diseñó un plan para acabar con el imperio del naviero mallorquín. Para ello contó con la colaboración del periodista Ángel Galarza, que se definía a sí mismo el moralizador de la sociedad y que por su posición en el partido había sido aupado al puesto de Fiscal de la República. A través suyo, el diario La Voz lanzaba diatribas a los cuatro vientos pidiendo juicios sumarísimos contra todos los prevaricadores y corruptos del país, ninguno de los cuales, naturalmente, pertenecían al color político de la publicación. Galarza necesitaba materia para alimentar el clima de linchamiento. En su despacho tenía expedientes abiertos por cada asunto turbio ocurrido en los siete años de dictadura. El problema era que muchos de los protagonistas se hallaban a salvo de cualquier inquisición. Los americanos protegían a ITT por el asunto de Telefónica, y CAMPSA no podía tocarse porque resultaría perjudicial para el país. Galarza, optó por echar mano de Joan March, a quién tanto había demonizado en sus artículos. El nombre del financiero salía frecuentemente en primera plana de El Socialista, y respondiendo al ataque, en uno de los artículos de El Liberal se acusó al fiscal de prevaricación. El 18 de abril el general Berenguer se presentó en Gobernación con dos jueces dispuestos a arrestar al impaciente Galarza. La maniobra no salió bien. A última hora, el director General de Seguridad no quiso firmar la orden de encarcelamiento y el fiscal acabó encausando a Berenguer por la represión del levantamiento de Jaca y sus responsabilidades en la derrota de Annual. Fuera o no el instigador real del precipitado acto, Joan March no estaba dispuesto a abandonar la lucha. El 5 de noviembre de 1931 pidió audiencia al Presidente del Congreso para que, en sesión pública, se le permitiera defenderse de las acusaciones. El día señalado amaneció con una gran expectación. Los periodistas y curiosos se agolpaban en los palcos para presenciar el enfrentamiento que iba a producirse. Comenzó March lamentándose de la actitud hostil de muchos parlamentarios. Negó primeramente una serie de acusaciones puntuales que se habían prodigado en la prensa, como su presunto veto a una fábrica de tabaco en Málaga, y siguió después con un relato cronológico de cómo había adquirido su fortuna. No rechazó las acusaciones de haber estado involucrado de manera indirecta en actos de contrabando, pero negó ser un contrabandista. March se confesó "un hijo del pueblo" que había triunfado a base de tesón, y tras negar que tuviera negocios o capitales en el extranjero, pidió benevolencia a la cámara. Galarza, por su parte, replicó que sus actividades casi habían arruinado a Tabacalera, e inició una enumeración de irregularidades y delitos a los que acusó personalmente al financiero. Salieron a la luz los seis millones de la joyas reales, el caso Garau, e intentos de soborno a jueces y diputados. La contrarréplica de Joan March fue esta vez desafortunada. En una actitud no demasiado usual del mallorquín, que según sus allegados nunca perdía la sangre fría, acusó a Galarza de amenazas de muerte y reveló detalles secretos de las Comisiones de Gobierno. Las palabras de los implicados subieron de tono, y ante el cariz que tomaban, el presidente de la cámara, Julián Besteiro, disolvió la sesión. Pese a esta intervención, el financiero fue puesto bajo vigilancia domiciliaria. En una ocasión, la policía llegó a penetrar incluso en su dormitorio, con el pretexto de que querían comprobar si aún se encontraba en España o había sido sustituido por un doble. March comenzó a dudar de algunos aliados. Se sentía prisionero de la República y la situación afectó visiblemente a su salud. Azaña dijo que "parecía un gallo viejo y desplumado, cohibido por los enemigos, pero furioso y dispuesto a morder" Las discusiones para levantarle la inmunidad fueron interminables, intervinieron a favor del financiero el derechista Gil Robles y Rey Mora, siendo replicados por Azaña, Baeza Medina y Alvarez Mendizabal. De manera paralela a estos hechos, el nuevo rumbo político español había contagiado a los portugueses. En Francia, un numeroso grupo de refugiados conspiraban contra el dictador Salazar y buscaban cualquier apoyo que pudieran obtener de los republicanos europeos. Azaña estaba interesado en un Portugal democrático ya que ello contribuiría a aumentar la estabilidad peninsular frente a intentos involucionistas. Y para conseguirlo contactó con Horacio Echevarrieta, un banquero de Bilbao que estaba dispuesto a financiar la causa. El único inconveniente era que en aquellos momentos pasaba un período de falta de liquidez. Sus problemas estaban causados por un astillero vasco que había construido un submarino por encargo de Primo de Rivera, y que ahora permanecía en seco sin que los almirantes demostraran el más mínimo interés por recepcionarlo en la marina. Azaña insinuó a Echevarrieta que pidiera ayuda a Joan March, puesto que al estar bajo la presión de un posible procesamiento, sería más maleable y generoso. March aceptó la petición. Sólo puso una condición para ello: que utilizara su influencia ante el primer ministro para ser recibido por Indalecio Prieto. Lamentablemente, la negativa de Prieto fue rotunda, y March se dispuso a ejecutar las cláusulas del contrato que obligaron a devolver el considerable préstamo a bajo interés y hundieron a Echevarrieta en la ruina. Pese al fracaso de la gestión, el mallorquín insistió de nuevo ante Azaña: Estaba dispuesto a ofrecer cinco millones de pesetas directamente a los portugueses si el parlamento rechazaba su procesamiento. En cualquier otro momento, este regalo hubiera podido tener consecuencias favorables para el inculpado, pero sin estar enterado del asunto, Jaime Carner, el nuevo ministro de Hacienda realizó en estas fechas un discurso que retrató, más que cualquier otra posible descripción, la personalidad del financiero Joan March Ordinas. Lejos de las intervenciones escrupulosamente técnicas que le eran habituales, el catalán comenzó hablando de Joan March e imitando el gesto de un contrabandista llevándose un bulto a la espalda. Y al escuchar algunas risas entre sus señorías, los miró fijamente y comentó que no era cosa de broma, porque o solucionaban este problema, o "tal vez la República tendría un día que llorar". Calificó a March de caso extraordinario. Dijo que su filosofía se basaba en sentirse poseído por la verdad y en su total ausencia de valores, que no era ni enemigo ni amigo de la República, que en realidad no era ni amigo ni enemigo de nadie. Sólo medía a sus amigos por el hecho de que se plegaran a su voluntad. Sin atisbo de remordimiento o moral. Y cualquiera que contrariase dicha voluntad era un firme candidato a su ira. Citó sus enfrentamientos con Tabacalera, con Cambó, con Bastos y con Prieto, y añadió, mirando a la concurrencia, que mañana mismo podría ser con cualquiera de los presentes. .... Señores, -añadió muy lentamente-; "...La República va a tener que tomarlo muy en serio. O le somete a él, o él someterá la República". Sus palabras fueron demoledoras. La cámara, en sesión secreta aceptó el suplicatorio de la fiscalía y levantó la inmunidad al diputado. El 29 de abril de 1932 un despacho de Associatet Press ofrecía la exclusiva de que el ministro de Gobernación había dictado orden de prisión contra el financiero Joan March Ordinas. El cual fue detenido cerca de la frontera y conducido a la prisión Modelo de Madrid. - LA CÁRCEL Sin embargo, a pesar de las advertencias de Carner, el encierro de March no representó un alivio para la República. Desde el primer día de su encierro, March ordenó a sus testaferros que estuvieran dispuestos a financiar a cualquiera que se declarase opositor al gobierno. Lerroux, como buen mercenario, comenzó a lanzar diatribas contra Azaña por todo lo divino y lo humano, mientras los periódicos del mallorquín golpeaban con sus titulares cualquier iniciativa de las cámaras. Los generales Sanjurjo, Goded y Villegas que tenían preparado un levantamiento para aquella primavera, activaron sus consignas y dominaron Sevilla durante veinticuatro horas, pero fracasaron en el resto de las capitales de provincia. Cierto es que Maura no pudo involucrar a March en esta intentona, pero el hecho de que el pronunciamiento de Sanjurjo hubiera sido redactado por Pujol, director del diario Informaciones, propiedad de Joan March, ofrecía como mínimo indicios de sospecha. Para alguien acostumbrado a obrar siempre su voluntad, la vida en la cárcel no fue fácil. Durante los primeros meses no pudo recibir ni siquiera visitas de sus familiares más allegados, temeroso el gobierno de que a través de ellos diera órdenes para seguir organizando sus negocios ilegales y maquinar una probable venganza. Pero lo cierto es que, con la cantidad de altos cargos radicales que ocupaban puestos de la administración y los fieles testaferros en su nómina, March no tenía porqué preocuparse. Todos sus asuntos continuaron como si el patrono continuara en libertad.
En vísperas de la Nochebuena, una furgoneta procedente del Hotel Palace se presentó ante las puertas de la cárcel y varios camareros comenzaron a descargar bandejas de platos preparados y vinos con destino a los presos. Al algarabía fue general. Una vez pasada la sorpresa del director, éste acudió a March para agradecerle el gesto de Navidad, y se encontró con que el primer sorprendido era el propio potentado. Al parecer, un tal Velardini que estaba preso por una huelga de telefónica falsificó la firma de March y envió una nota al director del hotel. El mallorquín, ante los hechos consumados prefirió callarse y aceptar el pavo trufado que compartió con los demás internos de su ala. La CNT, de tendencia anarquista, no estaba conforme con la lentitud con que el gobierno de izquierdas aplicaba las medidas sociales. Para ellos sólo se alcanzaría la igualdad mediante la revolución, ya que el sistema estaba viciado desde sus mismas extrañas. El día 8 de enero, la Federación Anarquista Ibérica FAI, llamó a la insurrección general. Estallaron numerosos incidentes en casi todas las provincias españolas, pero fue en Cádiz donde estos hechos adquirieron mayor gravedad. Casas Viejas era una pequeña pedanía de la localidad gaditana de Medina-Sidonia y este día, al grito de "ni Dios ni rey", los braceros anarquistas proclamaron el comunismo libertario y atacaron el cuartel de la Guardia de Asalto. Los enfrentamientos que duraron casi todo el día se saldaron con un guardia muerto, mientras los insurrectos, que habían perdido en control de casi todo el pueblo, se refugiaron en la casa de uno de sus cabecillas, apodado "Seisdedos". Ya en la noche, los guardias llegados de Cádiz incendiaron la choza y mataron al cabecilla y a parte de su familia, pero después, furiosos por la muerte de su compañero, recorrieron todo el pueblo buscando sospechosos, que sin mediar palabra fueron puestos contra una tapia y fusilados al instante.
En Casas Viejas no solamente murieron once campesinos, sino que también se sembraron graves dudas sobre si la izquierda podía tratar a los españoles de manera diferente a cómo lo habían hecho los demás. El primer ministro no supo reaccionar. Las protestas contra la gestión de Azaña llegaron por primera vez desde los dos extremos del arco político. Muchos diarios, y especialmente los de March se cebaron con el gobierno. En la calle menudeaban incidentes entre anarquistas de Durrruti y fascistas de la Falange, dirigida por José Antonio Primo de Rivera, hijo del ex-dictador. Azaña estaba seriamente preocupado por la evolución de los acontecimientos. Sabía que cualquier motivo sería utilizado en su contra por el banquero mallorquín y los generales más reaccionarios del ejército. En la capital, los diarios El Sol, La Voz y La Luz, que eran firmes apoyos de los socialistas, cambiaron de la noche a la mañana y se volvieron sus mayores detractores. El motivo no era otro que sus dueños habían vendido sus participaciones a personas ligadas al entorno de March. Éste intentó posteriormente negociar con Azaña el apoyo de la prensa, ofreciendo que los periódicos volverían a su línea habitual si era puesto en libertad. El magnate, que a la sazón tenía de 52, años llevaba 17 meses encerrado en Alcalá de Henares, donde había sido trasladado, y su salud se encontraba bastante deteriorada. Por otra parte, comenzaba a ver muy claro que no sería negociando con Azaña como recuperaría la libertad. Fiel a los viejos métodos que siempre le habían dado buenos resultados, observó quienes se movían a su alrededor y averiguó el precio de sus personas. Y el 3 de noviembre, cuando a primera hora de la mañana un guardián de la prisión abrió la puerta de su celda, advirtió con sorpresa que estaba vacía. Joan March apareció al día siguiente en Gibraltar, acompañado de su médico particular y de un oficial de prisiones llamado Vargas, el mismo que lo acompañó hasta el coche y que se había fugado con él. Azaña montó en cólera. En todo el tiempo que había estado encerrado no habían encontrado pruebas suficientes para encausarle, a pesar de las evidencias de que las decisiones del multimillonario estaban detrás de delitos gravísimos de contrabando y corrupción. La encuesta que se realizó fue digna de un sainete cómico. Tanto Vargas como Arnaiz Moreno, el jefe de la prisión, declararon que le habían dejado salir "por razones de humanidad", para evitar el sufrimiento de aquel hombre enfermo, y que en peor de los casos la República tuviera que cargar una muerte sobre su conciencia. Una vez en Gibraltar, March se entrevistó con antiguos amigos de tiempos de la Primera Guerra Mundial. Y desde el mismo día de su llegada le estaba esperando en su hotel un inspector de la Sureté que le entregó los permisos de residencia en Francia. Poco después, March se trasladó a este país.
Pronto se sintió recuperado, se rodeó de los colaboradores más allegados y desde su forzado destierro anunció que en las próximas elecciones estaría otra vez en Mallorca. Como era previsible, las urnas cambiaron de nuevo la situación. La derecha sacó un total de 217 diputados, el centro 156 y las izquierdas 99. En cuanto a los partidos, la CEDA de Gil Robles era mayoritaria, y el incombustible Lerroux, pese a los incontables escándalos de corrupción, había arrancado 102 diputados a la voluntad popular. Joan March, por su parte, volvió a ganar en Baleares. Los anarquistas no aceptaron la derrota. En un mitin multitudinario, Durruti gritó "que aquello que no se podía obtener por las urnas, se conseguiría por la lucha". En Zaragoza, al grito del comunismo libertario, se desencadenó un levantamiento popular que ocupó durante semanas los edificios públicos. El gobierno reaccionó deteniendo a millares de personas. La CNT fue declarada fuera de la ley y más de 700 de sus integrantes condenados a años de cárcel. Después, tal vez alarmado por las posibles consecuencias políticas de la represión, Martínez Barrio dimitió dejando el puesto al diputado radical. El problema era que en triunvirato formado por el presidente de la República, Alcalá Zamora, el católico Gil Robles y Lerroux era difícilmente estable. Los tres hombres no hablaban el mismo lenguaje. Lerroux no era una persona de fiar, y el presidente abogaba por una amplia amnistía cuya sola mención abominaba al cedista. En 1934, el gobierno lanzó una batería de recursos contra los parlamentos vasco y catalán, al considerar que algunas leyes sobrepasaban las atribuciones. Se creó la Alianza Obrera que integraba varios partidos y en otoño estalló un levantamiento minero en Asturias. La situación era tan grave que el gobierno ordenó al ejército su represión. El general Franco fue encargado de llevarla a cabo, y la aventura revolucionaria acabó con 1300 muertos, 3000 heridos y más de 40000 personas encarceladas. En Cataluña, la ley de Contratos de Cultivo, apadrinada por Lerroux, provocó las iras de los diputados, Lluís Companys proclamó el Estat Català, pero desconfiando de la Alianza Obrera se negó a entregarles armas, lo cual, unido a la ausencia de colaboración por parte de la potentísima CNT catalana, facilitó que el general Batet sofocara la revuelta y detuviera al gobierno de la Generalidad. Sin embargo, poco después de los incidentes, y a pesar de la oposición de Gil Robles, el ministro de justicia Salvador de Madariaga, lanzó su ley de amnistía. Por ella quedaron en libertad personajes tan antagónicos como Durruti y el mismo Sanjurjo, provocando que los cedistas comunicaran a Alcalá Zamora su renuncia al gobierno.
En esta época, los partidarios de Lerruox se vieron implicados en otro escándalo de corrupción relacionado con la ruleta de Strauss y Perl, de cuyos nombres derivó, aunque implicando otro sentido, la palabra estraperlo. Esta ruleta fue presentada como una alternativa legal que por sus características se saltaba la ley de prohibición del juego, vigente en España. Pero en realidad, su autorización por el gobierno radical se debió al interés particular de los personajes que intervinieron en las concesiones. Cuando todo el asunto salió a la luz, salpicó a los máximos representantes del partido, como al Director Nacional de Seguridad, el Gobernador General de Cataluña, el alcalde de Madrid y el delegado del estado en la Compañía Telefónica, este último, para más señas, sobrino de Lerroux. Este "affaire" fue la gota que colmó el vaso. Los cedistas rompieron su pacto con los radicales y Alcalá Zamora convocó nuevas elecciones.
Frente a este nuevo reto electoral, Portela, el ministro de la Gobernación, pregunto en una ocasión a Joan March cuántos candidatos presentaría. El financiero sonrió levemente y contestó que ninguno, ya que era más barato comprar el que saliera elegido, con independencia del partido que fuera, que gastarse una fortuna en intentar asegurar la elección del propio. Después de los malos resultados obtenidos en las pasadas elecciones, las izquierdas habían aprendido la lección. El 15 de enero del 36 se reunieron el Partido Socialista, el Comunista, Izquierda Republicana, la Unión Republicana, la Unión General de Trabajadores, el POUM, el Partido Sindicalista Catalán y el Partido Republicano Federal. De esta unión nació el llamado Frente Popular, dispuesto a otorgar una amnistía general y llevar a cabo la pendiente reforma agraria. Los anarquistas de la CNT, al desconfiar de los métodos no revolucionarios para alcanzar las metas, denegaron su participación. - CAMINO DEL ABISMO Las elecciones trascurrieron normalmente. Los primeros resultados comenzaron por dar la ventaja al centro-derecha, pero al avanzar el escrutinio los porcentajes se decantaron claramente hacia el Frente Popular. Al tener constancia de la derrota de la derecha, Gil Robles y el nuevo el jefe del estado mayor, Francisco Franco, llamaron al ministro de la gobernación para presionarle y declarar el estado de guerra, éste se negó y dejó que los hechos siguieran su curso. Al final, de los 453 diputados de la cámara, las izquierdas habían conseguido 275, frente a 139 de la derecha y 57 de los centristas. A los tres días, Manuel Azaña era llamado por Alcalá Zamora para formar un nuevo gobierno.
En esta ocasión, Joan March decidió no correr riesgos. La misma tarde en que se hicieron públicos los resultados electorales se dirigió hacia la frontera y se estableció en Biarritz, cerca de España pero a salvo de las previsibles represalias de los socialistas. Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que los conspiradores comenzaran a llamar a su puerta. En Madrid, mientras tanto, Calvo Sotelo intentaba unir lo que quedaba de la derecha, y los militares, con Mola al frente, iniciaron los contactos para organizar un nuevo golpe militar. Existen pocos datos del apoyo económico dado por el banquero al alzamiento contra la República, pero las fuentes más fiables cifran que puso a su disposición entre quince y treinta millones de libras esterlinas, una cantidad exorbitante para cualquier banquero del año 36. Un testigo colaborador de Mola afirmó haber visto un documento firmado por March en el que figuraba la cantidad de 600 millones de pesetas. En el interior del país, los militares repasaban sus movimientos con meticulosidad para el día del alzamiento. Se contactaba con todos los líderes que pudieran apoyarlo, se emplazó al antiguo somatén de Cataluña, y en los montes vascos seguían entrenándose los 40.000 requetés tradicionalistas que el año anterior se habían reunido en Montejurra. El verano se acercaba y Azaña estaba intranquilo. No era ningún secreto que se estaba preparando un pronunciamiento, la dificultad residía en saber quienes se sumarían a él. El 14 de marzo, el general Emilio Mola fue enviado a Pamplona, mientras otro militar díscolo, el general Franco, permanecía en Canarias, lejos de la península y de tropas dignas de consideración. El 3 de abril se constituyó la nueva cámara de diputados y por los votos de la minoría socialista, Alcalá Zamora fue sustituido por Azaña, que a su vez confió en Casares Quiroga para formar gobierno, un candidato mucho más manejable que el correoso Indalecio Prieto o el más extremista Largo Caballero. En la sombra seguían los preparativos del golpe, pero Franco estaba indeciso en si participar. Sanjurjo, que se encontraba exiliado en Portugal, le apremiaba, pero no fue hasta finales de junio que el general gallego dio finalmente su aprobación. Mientras tanto, Joan March realizó una labor de logística y de convencimiento de los indecisos. Mandó recoger a la familia de Mola para resguardarla en Francia, y sobre todo, intervino en conseguir un avión con el que el general Franco pudiera trasladarse desde Canarias hasta las plazas africanas. March recibió la petición del teniente coronel Herrera, un enviado de Mola. Se entrevistaron en el café Royalty, de Biarritz, y el militar le expuso la necesidad de disponer de un hidroavión que pudiera llegar desde Canarias hasta Marruecos. El mallorquín aceptó el encargo y añadió que él correría con todos los gastos. Al día siguiente contactaba con Bolín, el corresponsal de ABC en Londres y le encargaba buscar el avión adecuado. Le informó también quien sería su contacto y le facilitaría el dinero; un hombre llamado Mayorga que trabajaba en un despacho de abogados de la City londinense. Al día siguiente recibió la llamada de Ricardo de La Cierva, el inventor y constructor aeronáutico español, que residía en Inglaterra. Éste le dijo que no creía adecuado un hidroavión para tal trayecto, y le aconsejó un De Haviland Dragón Rápide, con capacidad para siete pasajeros más el piloto, y suficiente autonomía para el tipo de vuelo que se precisaba. El día señalado llegó finalmente y a las siete y cuarto de la mañana del 11 de julio el avión despegaba del aeropuerto de Croydon. A bordo iba un comandante inglés retirado con su hija y una amiga. Por si eran vigilados o interrogados la coartada consistía en hacerse pasar por turistas ricos que preferían viajar de esta manera antes que ir en un vapor.
El aeroplano realizó escalas en Burdeos y Lisboa antes de llegar el 13 a Casablanca. Allí recibieron la noticia del asesinato de Calvo Sotelo en Madrid a manos de los Guardias de Asalto. Dos días después, el día 15 de julio a las tres de la tarde llegaron finalmente a las Palmas de Gran Canaria. A la mañana siguiente, desde Tenerife, el General Franco pidió permiso al Ministerio de la Guerra para asistir a los funerales por el general Balmes que había muerto en Gran Canaria y, como estaban esperando, durante la ceremonia les llegó la noticia de que el ejército de Africa se había sublevado. Aquella misma noche el general subió al Dragón Rápide que lo llevó hasta Tetuán. La intervención de Joan March en esta rocambolesca historia salió reflejada en los diarios de todo el mundo. En Madrid las Juventudes Republicanas asaltaron el palacio de la calle Lista, propiedad del banquero, y El Socialista, publicó en primera plana que "Nadie, nunca, olvidara el nombre de March, porque su sombra siniestra se proyectaba sobre el cuerpo sangrante de España". A partir de este momento la imagen de multimillonario se desvaneció un tanto en el misterio. Sus apariciones públicas quedaron reducidas al mínimo, y durante el resto de la guerra trabajó en la sombra para seguir proporcionando recursos a los sublevados. Es cierto que sólo con el dinero del mallorquín no se hubiera podido sostener el esfuerzo bélico hasta el final, pero los fondos sirvieron para sufragar los primeros gastos hasta que llegaron los ingentes créditos y el apoyo material de la Alemania nazi y la Italia fascista. Hay indicios que vinculan a March con ciertas intervenciones de los italianos, especialmente en las que ayudaron ha hacer fracasar el intento del capitán Bayo por invadir Mallorca desde Barcelona. También fue visto en el 37 en un hotel de Nápoles camino de Roma, acompañado por el Duque de Alba, y según dijo a los periodistas “para hacer turismo por la Ciudad Eterna”. La República se desmoronaba. Las milicias frenaron a los nacionales ante las puertas de Madrid, pero perdieron todo el norte de España, y por el centro del país las fuerzas nacionales avanzaron hasta alcanzar el mar por Castellón, cortando en dos la zona republicana. Los sublevados disponían de un modernísimo arsenal procedente de Alemania. Y mientras en el bando republicano luchaban con viejos Máuseres de la Primera Guerra Mundial y aviones rusos de dudosa eficacia, sus contrarios aplastaban las columnas con los cazas Messerschmit de la Legión Cóndor y los bombardeos Savoia entregados por Italia. Por si fuera poco, cuando las cosas iban peor, el Partido Comunista comenzó una labor de zapa en el ejército con el fin de controlar sus movimientos y decisiones. Azaña necesitó toda su habilidad para evitar un pronunciamiento comunista con una mano, mientras intentaba lidiar con los incontrolables anarquistas con la otra. La organización y el monolitismo ideológico de la parte franquista contrastó con los intereses opuestos, las pasiones y la falta de preparación republicana. Las interesadas ayudas de Stalin en forma de armas y asesores fueron considerables, pero las democracias europeas se mantuvieron en un plano de cínica neutralidad. Francia entregaba a Madrid armas viejas y defectuosas, e Inglaterra se encogía de hombros ante la evolución de la guerra, sin esconder sus recelos hacia el peso que las ideologías más extremistas habían conseguido en el bando republicano. A principios del 39 la República se desmoronó. El ejército de Franco estaban acabando con el reducto de Cataluña, Madrid estaba cercado desde el año anterior y en todas partes se observaban signos de desintegración del ejército popular. Se inició un terrible éxodo hacia las fronteras, y existe la anécdota de que una de las últimas personas que consiguieron huir en avión de la capital española fue Velardini, el mismo que imitara la firma de March en la cárcel de Alcalá para conseguir una insólita cena de Nochebuena. Escapó junto a su jefe Cipriano Mera hasta Orán. - LA VICTORIA QUE NO CONVENCIÓ La guerra civil acabó después de tres años de lucha, y esta vez, por sufrirla en carne propia no hubo dudas sobre su perjuicio para España. Murieron casi un millón de personas y muchas más pasaron largos años de cárcel. El silencio y las represalias fueron la solución decidida por un general que siempre fue mediocre salvo en vanidad. Entre todas las dictaduras que sometieron a la piel de toro, ésta fue sin duda la peor, la más sangrienta. March no se encontró a gusto con la nueva situación. El régimen franquista no era partidario del libre comercio, bueno para los negocios, sólo buscaba crear una autarquía que adorara al gran líder, el cual se creía un enviado de Dios. El país quedo arrasado, y los inversores extranjeros permanecieron apartados de los bancos españoles. Sus condiciones políticas eran inaceptables para la mayoría de los países llamados democráticos, que veían en el fascismo internacional una amenaza para la integridad de sus pueblos. La paz se cerró como un sudario sobre el suelo de España sólo seis meses antes de que la guerra se abriera de manera violenta sobre Europa, esta vez más rápida y diabólica que la anterior. El 1 de septiembre de 1939 Adolph Hitler, que había pactado secretamente con Stalin, invadió Polonia, inmediatamente fue apoyado por Musolini y dos días más tarde la contienda se había extendido a Francia, Inglaterra y los Países Bajos, un año y medio después afectó a la extensa Unión Soviética, y a finales del mismo año incluyó a Japón y a Estados Unidos. El gobierno español era claramente partidario del eje italo-alemán, sus líderes compartían una misma filosofía militarista y no se podía olvidar la ingente ayuda que las dos potencias habían prestado a Franco en la guerra civil. Y sin embargo, su prudencia gallega le aconsejó esperar a ver acontecimientos. En 1940 Alemania estaba ganando claramente, en el 41, después de la Batalla de Inglaterra ya no era de esperar una victoria fácil, a finales del 42 se llegó al punto de equilibrio y desde mediados del 43 se vislumbraba cada vez más claro que la derrota de Alemania, Japón e Italia llegaría inevitablemente a su final. Durante la contienda, Franco permitió algunos reabastecimientos de submarinos germanos en aguas españolas. Se conocen 16 casos documentados, pero es seguro que hubo muchos más, y es muy probable que Joan March participara en el negocio. Al margen del permiso del dictador, los espías germanos contactaron con el mallorquín para organizar suministros adicionales. March aceptó, aunque existen dudas de la fidelidad del financiero hacia sus clientes en tales operaciones, ya que un número anormalmente alto de sumergibles fueron cazados por los Spitfire ingleses cuando se dirigían hacia los puntos de encuentro. Mientras tanto, aprovechando que el consorcio SOFINA había tenido que escaparse a América después de que Hitler invadiera Bélgica y que muchos de sus fondos permanecían bloqueados en bancos europeos, el financiero se apropió de la Ebro Irrigation & Power Co., cuyas centrales y redes de suministro estaban valoradas en más de 250 millones de dólares. Otra empresa de mayor entidad estaba en su punto de mira; la Barcelona Traction, que March ambicionaba desde mucho tiempo atrás. Contactó con su actual responsable, un holandés llamado Heineman que residía en Manhatan, y le presionó hasta llegar a la amenaza. Dijo que de no venderle La Canadiense ejecutaría las deudas que tenía la CHADE, otra de las empresas eléctricas del grupo SOFINA. A lo que respondió Heineman sacando la sede de CHADE del país y llevándosela a Argentina. March optó por mantener la presión y se dispuso a esperar tiempos mejores. Su influencia en el régimen de Franco no era todo lo sólida que se podía esperar. Después de las tirantes relaciones que mantuvo con el general Primo de Rivera, con su hijo José Antonio fueron aún peores. El falangista llegó a decir que "si alguna vez llegaran al poder, la primera cosa que haría sería fusilar al banquero". Puede ser que lo culpara por el triste final que tuvo su padre, u otra consideración que hasta ahora no se ha tenido en cuenta: la posibilidad de que March fuera de sangre judía, descendiente de conversos mallorquines como lo son el 36% de los habitantes de la isla. A este respecto no eran desconocidas las convicciones antisemitas de la Falange ni de elementos importantes de la España de entonces, como el lugarteniente de Franco, el almirante Carrero Blanco. Sin duda, para March era una suerte que José Antonio hubiera sido fusilado por los republicanos en el primer año de guerra, pero sus seguidores estaban ahora en posesión de varias carteras ministeriales y seguían proporcionando al régimen franquista el soporte ideológico que necesitaba mantener. Entonces, March se enteró de que agentes de la Gestapo había obtenido del obispado de Palma listados en los que figuraban posibles descendientes de judíos mallorquines. Hitler presionaba por cauces diplomáticos para que Franco iniciara una campaña de limpieza similar a la que llevaba a cabo el mariscal Petáin en el sur de Francia. March se intranquilizó. Y a todo ello se sumaban la quejas alemanas por los "extraños accidentes" que sufrían los submarinos aprovisionados por barcos de la Trasmediterránea. Por todo ello, el financiero no se encontraba seguro en España y decidió fijar su residencia en Lisboa. Lisboa, capital de un país neutral, era el centro del espionaje en Europa. Joan March, cada vez
más próximo a los ingleses, se estableció en esta ciudad para apartarse de los elementos más proalemanes del gobierno de Franco y de la hostilidad de la Falange hacia su persona - UNA NUEVA ETAPA La Segunda Guerra Mundial acabó en 1945. Primero cayó Alemania, y poco después las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki quebraron la voluntad de resistencia del Imperio Nipón. Europa había cambiado sustancialmente respecto a seis años atrás. Alemania estaba ocupada y dividida entre los cuatro países aliados. Aunque franceses, americanos e ingleses reunieron sus zonas de influencia permitiendo la creación de la República Federal, como elemento político necesario para la estabilidad centroeuropea. Pero el gran ganador de la contienda fue sin duda Josef Stalin, que amplió el control de la Unión Soviética hasta las mismas fronteras de Austria e Italia. Con respecto al resto del mundo, Inglaterra perdió su estatus de gran potencia colonial y Francia se lamió sus heridas como un perro apaleado, intentando recuperar Indochina y sus posesiones africanas, pero ignorando que sus sufrimientos en estas colonias estaban aún por empezar. La influencia económica americana se cernió sobre medio mundo. El plan Marshal de reconstrucción permitió levantar ciudades e industrias en donde sólo había ruinas humeantes. Y mientras los europeos aprovechaban la oportunidad, España permanecía marginada, con su régimen pseudofascista apestado y sin ningún apoyo internacional salvo el reconocimiento de la Argentina de Perón, que en aquellos años difíciles envió miles de toneladas de carne para saciar el hambre de la posguerra. Franco se encerró en si mismo, dispuesto a aguantar contra viento y marea. Y sólo fue por su actitud anticomunista que consiguió, sino la simpatía, al menos la tolerancia de Churchil y Truman. - LA CANADIENSE March volvió al ataque con su causa pendiente. En 1947 envió a Nueva York a un enviado a entrevistarse con Heineman, recordándole que La Canadiense llevaba desde el año 36 sin abonar dividendos a los accionistas españoles, y ofreciéndole la compra de sus títulos. El holandés volvió a negarse. Y entonces, en febrero de 1948, un juzgado de Reus declaró por sorpresa la quiebra de la empresa. La maniobra se realizó en viernes para que los representantes legales no pudieran intervenir antes de dos días. Los canadienses acusaron a March, y aunque todos los pasos se llevaron de acuerdo a la legalidad española, era evidente que tal maniobra había exigido una ingente labor de planificación. ¿Cómo era posible que un insignificante juzgado de una pequeña ciudad catalana pusiera en jaque a una de las empresas más grandes del país?. Desde el otro lado del Atlántico los miembros del Consejo de Administración mostraban su total incredulidad. Alegaron que la empresa no estaba en quiebra, pero que no podían pagar a los accionistas porque el gobierno de Franco no les autorizaba la entrada de capitales. Contrataron a importantes bufetes de abogados y apelaron la orden. Los letrados argumentaban que el juzgado de Reus no tenía competencias sobre este asunto, al ser la compañía extranjera y miembro de un consorcio multinacional. Y sin embargo, el engranaje legal que Joan March había montado no tenía resquicios por donde entrar. Siguiendo los plazos que la ley preveía, el juzgado nombró un depositario, se procedió al bloqueo de las empresas filiales y tras una tasación se redactó el pliego de condiciones para la subasta. Como la mayoría de los títulos de las acciones estaban fuera del país, y tales documentos eran necesarios para el proceso, la empresa emitió nuevos títulos y se dio un plazo de 30 días para que quien demostrase su posesión acudiera a recogerlos. Muy pocos vinieron. En el mes de noviembre de 1951 la compañía salió en pública subasta, a la que sólo se presentó la empresa FECSA, Fuerzas Eléctricas de Cataluña, evidentemente, propiedad de la familia March. Para el mallorquín existía aún otra etapa que era necesario salvar. El derecho de los propietarios a recuperar su compañía por la misma cantidad que FECSA había ofrecido. Pero estos, integrados ahora en un consorcio llamado SIDRO, pensaban que no era necesario pagar dos veces por lo que ya era suyo, confiando en que la justicia les daría finalmente la razón. Se equivocaron totalmente. Los procesos fueron interminables. La multinacional presionó por todos los medios posibles. Enviaron a Mr. Dean, un importante abogado, socio de Foster Dulles, el secretario de estado americano, esperando que su influencia fuera más allá de los términos estrictamente legales. Pero en aquella época Madrid había iniciado las negociaciones para el alquiler de las bases al ejército americano, y las prioridades enterraron el asunto de la compañía eléctrica en un farragoso pantano legal. March había ganado la partida. Heineman y SIDRO-SOFINA siguieron pleiteando hasta llegar en 1975 al Tribunal Internacional de la Haya, trece años después de la muerte del financiero mallorquín. Que seguramente debió reírse a gusto en su tumba al conocer que la sentencia inapelable daba la razón a sus herederos. El caso Barcelona Traction Light & Power ha sido uno de los pleitos más largos y complejos que ha tratado la justicia internacional. Expresado en términos no legales sólo fue un atraco a mano armada realizado con toda la alevosía y premeditación posibles, pero por la forma magistral en que fue llevado a cabo, aún es objeto de análisis y estudio en las facultades de Derecho. -EPÍLOGO DE UN MITO El año en que se apropió de La Canadiense, Joan March había cumplido los setenta y un años y tenía serios problemas de salud. Una hemorragia intermitente en la próstata le causaba dolor y desmayos frecuentes, dolencia de la que fue tratado por el célebre urólogo Puigvert. Su mujer murió en esta época, y él pasó sus últimos años entre Mallorca y Suiza, en un hotelito de la isla Rouseau, junto al lago Leman, donde solía alojarse con sus colaboradores más allegados. Una de sus últimas apariciones en sociedad fue durante la fiesta que dio en los esponsales de su nieta, en la que se gastó 175.000 dólares, engalanando los jardines de su casa de Capdepera con 200.000 bombillas y trayendo a 200 camareros y al cantante Gilbert Becaud. El acontecimiento fue comparado en la prensa mundial a las recepciones monegascas del príncipe Rainiero. Y de manera involuntaria dió oportunidad a su viejo enemigo Indalecio Prieto, para que desde su destierro en Méjico pudiera escribir algunas frases satíricas sobre el acontecimiento.
March nunca dejó de trabajar. En el año 55, tal vez para lavar un poco su imagen pública, había creado la fundación que lleva su nombre y a la que dedicó una cifra cercana a los 1.500 millones de pesetas. Esta entidad ha crecido con el tiempo y prosigue hoy en día el mecenazgo en el arte, la cultura y la investigación. Quienes le conocieron íntimamente cuentan que nunca fue un buen padre ni esposo. De sus dos hijos, Joan y Bartolomé, uno decía que era hijo suyo y otro que era de su mujer. A veces se llegaba incluso a lamentar en público por su falta de carácter para los negocios, tal es así que en vida nunca les entregó el timón de sus empresas, y prefirió adiestrar a uno de sus nietos para que siguiera su labor. En 1962, en una mañana de un domingo de febrero, el Cadillac que le conducía por la carretera de la Coruña patinó con la ligera llovizna se estrelló de frente contra otro coche. Las heridas que sufrió fueron muy graves y quince días más tarde fallecía en Madrid, a la edad de 82 años. Al día siguiente, el New Yorker se hizo eco del óbito, asegurando que el chico que comenzó comprando cerdos en Santa Margalida, era por entonces la séptima fortuna del mundo. Es muy posible que para la ética no sea una figura digna de encomio. Hablando en términos de justicia, en el resumen de su vida se dan muy pocos elementos que se puedan calificar de edificantes. Joan March Ordinas no era Fleming, ni su medicina alivió los sufrimientos de los demás, más bien es probable que cada uno de sus millones estuviera teñido con algunas gotas de sangre ajena. Sin embargo, fue el producto de una época convulsa en que sólo sobrevivieron los más capaces, alguien que se hizo a sí mismo y supo aprovechar cuantas oportunidades le procuró la vida. Pirata para algunos, mecenas para otros, el viejo mallorquín de rostro de pájaro y mirar penetrante forma ya parte de la galería de personajes que cada país expone para orgullo o escarnio común. Bibliografía:
“Juan March Ordinas”.EL ÚLTIMO PIRATA DEL MEDITERRÁNEO -- MARCH, UN MECENAS DEL SIGLO XX Nebot, Frank -- JUAN MARCH Y SU TIEMPO Garriga Alemany -- LA IRRESISTIBLE ASCENSIÓN DE JUAN MARCH Díaz Noty, Bernardo -- SEÑOR MONOPOLIO, LA ASOMBROSA VIDA DE JUAN MARCH Dixon -- LOS MARCH, EL PRECIO DEL HONOR Piñeiro Pérez, JUAN MARCH Jiménez, María Ángeles -- SEÑOR MONOPOLIO, LA ASOMBROSA VIDA DE JUAN MARCH Dixon, Arturo -- JUAN MARCH, LOS INICIOS DE UN IMPERIO FINANCIERO, 1900-1924 Ferrer Guasp -- Ir a página principal |













































































