Gideon Levy, periodista israelí, publicó
estos artículos, con el respectivo intercambio suscitado con un soldado
compatriota suyo, destacado en la convulsionada ciudad palestina Nablus, en el
periódico Ha´aretz de Tel Aviv, en diciembre de 2004. Hace justamente cuatro
años.
El ejército israelí asesina a centenares niños
palestinos ante la indiferencia del mundo
Traducido para Rebelión por L.B.
Palestina: el sufrimiento de los niños (I)
Gideon Levy
Ha’aretz
En la
actual Intifada, 323 niños palestinos menores de 14 años han muerto por
disparos del ejército israelí. He aquí tres ejemplos recientes ocurridos en
Nablús.
¿Para qué desperdiciar munición? Hace pocos días un soldado israelí disparó
contra dos niños en la cashba (1) de Nablús. Una bala solitaria que penetró en
el cuerpo de uno de los niños, volvió a salir, entró en el cuerpo del segundo
niño y los mató a los dos. Dos muchachos de 15 años que se encontraban cogidos
del hombro en la calle que desciende hasta el mercado.
El soldado no “confirmó la muerte” (2) después de que sus dos víctimas se
derrumbaran. Quizá lo único que pasa es que nadie en nuestro lado se estremece
ante este horripilante doble asesinato. Pero en dos hogares de la cashba de
Nablús se velaron los cadáveres de dos niños. Uno, Amar Banaat, era el único
hijo que había concebido su madre tras 15 años de infertilidad; el otro,
Montasser Hadada, había perdido a su padre sólo tres meses antes. De la pared
cuelga también, al lado de la fotografía de los dos niños muertos, el retrato
de su buen amigo Hani Kandil, al que mataron hace algunos meses en ese mismo
lugar de la cashba. Colgados de la pared, tres retratos de tres niños muertos.
No lejos de allí, en la cashba, lloran por otro niño que murió con un enorme
boquete en el pecho. Se trata de la casa de Khaled Osta, que tenía nueve años
de edad. Muataz Amudi, de 3 años, tuvo suerte: la bala sólo le agujereó una
pierna mientras su padre lo llevaba en brazos en mitad de la noche, huyendo
después de que los soldados le ordenaran evacuar su casa.
Nablús llora a sus hijos. Aquellos de nosotros –incluido el jefe de estado
mayor—que nos sentimos tan horrorizados con el asunto de la “muerte confirmada”
de la niña de 13 años Iman al-Hamas (3) en el campamento de refugiados de
Rafah, podemos experimentar el mismo sentimiento de horror 323 veces seguidas,
una vez por cada uno de los 323 niños menores de 14 años (según las
estadísticas del Grupo Palestino de Control de Derechos Humanos, PHRMG) que han
muerto en esta Intifada por disparos del ejército israelí. Si hubo alguien que
pensó que el caso de Iman al-Hamas era sólo una excepción, debería saber que
matar niños es un asunto rutinario que no suscita ni comisiones de
investigación ni el interés del público. Sólo la ciudad de Nablús lleva
enterrados ya a 29 niños, dos de ellos hace dos semanas, el día del sabat.
***
Los cuervos graznan entre las grietas de las rocas a las que se aferran las
casas del barrio de Ras al-Ayin. Las casas están construidas al lado de cuevas
casi en el mismo centro de la ciudad. Hace seis semanas, la noche del 20 de
septiembre, los miembros de la familia Amudi se despertaron, como de costumbre,
sacudidos por el estruendo ensordecedor de varias explosiones. Cuando
recobraron la calma oyeron a los soldados llamar a los vecinos por un
altavoz y ordenarles salir de sus casas. Eso también es rutinario. Los soldados
estaban desplegados en la calle y sobre el acantilado que se alza sobre las
cuevas.
Bader Amudi, de 28 años, se precipitó a la cama de su hijo pequeño. Muataz
estaba profundamente dormido y Bader lo alzó y corrió hacia la puerta llevando
en brazos a su bebé dormido. Su madre y su mujer se quedaron detrás para
proteger las joyas y el oro, temerosas de que los soldados entraran a saquear.
Bader abrió la puerta, se las arregló para bajar uno o dos escalones e
inmediatamente fue recibido por disparos. Una bala desgarró la pierna del bebé
e hirió a su padre en una mano. El padre depositó a su hijo sobre los escalones
y, presa del pánico, corrió al interior de la casa en busca de su mujer y de su
madre. Los tres declaran que pasó mucho tiempo antes de que los israelíes
permitieran pasar a una ambulancia para que recogiera al sangrante bebé y se lo
llevara al hospital de Rafidia.
Traen a Muataz a la habitación. Tiene las mejillas sonrosadas y parece muy bien
atendido, sentado en su tacataca. Al día siguiente al que el soldado le disparó
en la pierna y se la destrozó, fue conducido a un hospital israelí, el Hadassah
Ein Karem, para ser sometido a tratamiento. Tras operarlo, aseguraron a sus
padres que volvería a caminar sin ayuda. De momento tiene dificultades para
andar. Tiene una cicatriz grande y fea en la cadera.
Portavoz del ejército israelí: “El 20 de septiembre, en el curso de la
operación desarrollada para arrestar a tres adultos en situación de busca y
captura, una unidad del ejército israelí rodeó la casa de los hombres
perseguidos y ordenó a todos sus habitantes que la abandonaran. Una vez que los
hombres hubieron salido de la casa, se identificó a una figura sospechosa que
trataba de escaparse por una salida trasera que da a un acantilado. Debido a su
comportamiento sospechoso la fuerza abrió fuego contra el individuo apuntando a
sus extremidades inferiores, tal como establecen los protocolos de apertura de
fuego. Las balas hirieron al hijo del sospechoso, a quien los soldados no
habían visto mientras disparaban debido al ángulo en el que se encontraba. El
niño herido recibió tratamiento sobre el terreno y al anochecer fue trasladado,
en coordinación con el ejército israelí, a un hospital de Israel, presentando
herida leve”.
***
Una casa en el corazón de la cashba. Aquí es donde vivían los miembros de la
familia Osta. El padre, Jemal, de 43 años, trabaja como guarda para la Media Luna Roja,
desempeñando también labores de enfermero cuando es necesario. A finales del
verano, el 17 de agosto, llamaron a Jemal para que acudiera con su
ambulancia a la cashba para evacuar a una persona de uno de los
callejones. Rápidamente se presentó en el lugar y extrajo una camilla del
interior de la ambulancia, pero los soldados le obligaron a alejarse
intimidándolo con sus armas. Permaneció esperando con la camilla durante más de
un cuarto de hora hasta que desde el cuartel general le informaron de que la
persona herida había sido evacuada por otra ruta. Lo último que podía imaginar
era que el herido en cuestión era su hijo mayor.
De la pared cuelga la fotografía de un niño de pelo rubio y ojos azules: Khaled
Osta, muerto a la edad de 9 años. Está peinado con raya al lado y parece
satisfecho. Aquí lo vemos en su última fotografía, en un campamento de verano
de la Media Luna
Roja, unos pocos días antes de su muerte: lleva gafas y está bebiendo un yogur.
Cuando su padre regresó a la sede de la Media Luna Roja su hermano le llamó para
decirle que habían herido a Khaled, pero sólo ligeramente. En ese mismo
instante un vecino tomaba en sus brazos el cuerpo sangrante de Khaled y corría
dos kilómetros a través de los callejones de la cashba hasta salir a una
carretera lejos de los soldados donde le aguardaba otra ambulancia.
Otra fotografía: el cadáver de Khaled con un enorme boquete de dimensiones
inusuales abierto en la parte izquierda del pecho: el boquete de entrada de la
bala, granada o cartucho. ¿Qué pudo haber producido semejante boquete en el
cuerpo del niño? Su padre levanta el sofá y extrae de un rincón oculto
una bolsa de plástico negra en la que ha guardado la granada que se halló junto
al cuerpo herido de Khaled: “Bala especial de 40 milímetros. Serie
30-30. Sólo se dispara con lanzagranadas M203”, explica en hebreo acerca de la
granada plateada. Es improbable que sea esto lo que haya matado a Khaled; pero
ésta es la carcasa de la granada que dispararon, y fue encontrada junto al
cuerpo de Khaled, y desde entonces su padre la ha guardado en el interior
del sofá. En la fotografía, los ojos azules de Khaled están cerrados.
¿Por qué le dispararon? Era por la tarde, recuerda Wafa Halawi, una vecina, y
afuera en el callejón había un grupo de unos 20 niños jugando. Halawi los vio a
través de los barrotes de su ventana. Vio a unos soldados acercándose en un
jeep desde la parte oeste e inmediatamente comenzó a llamar a sus hijos para
que entraran en casa. Wafa Halawi dice que vio a dos soldados descender
del jeep y arrojar gas lacrimógeno y una granada de shock al grupo de
niños. Khaled estaba comiendo un bocadillo que le había preparado su madre;
todavía se pueden ver sus restos en la foto de su muerte. Los soldados estaban
arriba, en la calle, y los niños abajo, en el callejón. Es altamente improbable
que los niños fueran a lanzar piedras a los soldados desde la parte baja de una
pendiente tan pronunciada --la calle está situada mucho más arriba que el
callejón.
Cuando la vecina no pudo encontrar a dos de sus hijos, un niño y una niña,
corrió a buscarlos al callejón. Entonces vio las manchas de sangre que se
dirigían a la casa de la familia Osta, situada en el portal contiguo. La vecina
siguió el rastro de sangre hasta que vio a Khaled sangrando a la entrada de su
casa. El niño se las había arreglado para recorrer los 20 metros que hay entre
el lugar donde fue herido y su casa y a continuación se desplomó en la entrada.
La vecina llamó a voces a sus familiares y la madre y hermana de Khaled se
precipitaron afuera para encontrarse de bruces con la terrible escena. En ese
momento el padre de Khaled estaba en la calle de arriba, donde le retenían para
que no se acercara.
Jemal dice que 20 días después de que perdiera a su hijo vio a un soldado
israelí que se había caído de un tejado de asbestos en el curso de una
operación del ejército israelí en el barrio de Yasmina, cercano a la cashba. El
soldado se cayó sin que sus compañeros se dieran cuenta y Jemal corrió hacia
él y llamó a los demás soldados pidiendo auxilio. “Aquí cayó el mártir
Khaled Osta” reza la inscripción pintada en el muro del callejón. Pegada sobre
el muro se ve la fotografía de un niño de 9 años con un boquete en el pecho.
Portavoz del ejercito israelí: “Una investigación iniciada por el ejército
israelí sobre las circunstancias de la muerte de Khaled Osta revela que murió
entre las 3 y 3:30 p.m.. A esa hora ninguna unidad del ejército israelí efectuó
ningún disparo, exceptuando una única bala disparada contra Mafer Sader, de 19
años de edad, que se encontraba lanzando piedras contra la unidad del ejército
israelí. No es seguro que el chico fuera herido cerca de su casa;
es posible que resultara herido en un lugar distante y que de alguna forma
consiguiera llegar hasta el lugar donde fue hallado después. Una investigación
de la Media Luna
Roja informó que cuando llegaron al lugar el niño ya estaba muerto. Resumiendo,
tras realizar una exhaustiva investigación no está claro qué es lo que provocó
la herida del niño”.
***La tienda del duelo a la entrada de la cashba. Amar Banaat tenía cuatro años
cuando su padre murió víctima de una enfermedad. Desde entonces, su madre Sabah
lo crió sola. 15 años había esperado para ver nacer a su único hijo varón, y 15
años alcanzó a vivir Amar antes de que lo mataran. Sabah tiene una hija de 13
años, Safaa.
El 20 de noviembre, festividad del sabat, hace aproximadamente dos semanas,
Amar salió a la calle. Eran las 6:30 p.m. y su madre le había dado 5 shekels [1
euro] para que se comprara golosinas. Amar corrió a la tienda de
ultramarinos de Montasser Hadada, un muchacho de su misma edad y su compañero
de colegio. Los dos eran amigos y recientemente habían compartido
idéntico destino: tres meses antes, el padre de Montasser había muerto en un
accidente de tráfico. Todos los días, después de la escuela, Montasser corría a
la tienda de la familia para ayudar a su madre y ocupar el puesto de su difunto
padre. A esa tienda fue Amar a comprar su barrita de caramelo.
“Ojalá que la madre del soldado que lo mató lo vea muerto”, dice Sabah, la
desolada madre, clamando venganza en medio de su aflicción.
Montasser era su primogénito, y aquella bala --la misma bala-- atravesó también
el cuerpo de Amar. Al día siguiente, el ejército israelí anunció que los dos
niños estaban armados. Aquí esbozan una risa sardónica: ¿Que Amar, aquel
delgaducho chaval de 15 años, estaba armado? ¿Y dónde está su arma? Sabah dice
con un bufido: “Me gustaría encontrarme con el soldado y arrancarle los
ojos. Era mi único hijo, durante toda mi vida no hice otra cosa que ahorrar
para criarlo. Ojalá que Dios extermine a Sharon y a todos sus soldados.
Ahora me he quedado sola en casa”.
Dicen que después de que el soldado disparó contra los dos chicos descendió del
jeep, se acercó a los cadáveres, y se marchó. “Tienen jeeps blindados, tanques
blindados, y un niño les lanza una piedra. ¿Qué daño les puede hacer?”, grita
un tío, vecino del cercano campamento de refugiados de Askar, que ayudó a
criar a Amar.
“No somos terroristas, somos gente que quiere vivir en libertad y con
respeto”, dice el tío, calmándose un poco. “Los niños ven a sus amigos morir
delante de sus ojos. Que nos dejen en paz, que salgan de nuestra tierra”.
Sabah: “¿Dónde van a jugar nuestros hijos? ¿Dónde? ¡Ay, si solamente Sharon
pudiera sentir nuestro sufrimiento! Todas las noches, todas las noches se ponen
a disparar. ¿Qué clase de país es éste? ¿Dónde está la justicia? ¿Con qué
derecho entran en nuestros hogares? ¿Con qué derecho asesinan a nuestros niños?
Basta”.
Portavoz del ejército israelí: “En el curso de una operación llevada a cabo por
el ejercito israelí el día 20 de noviembre, una unidad del ejército israelí fue
tiroteada y fueron lanzados contra ella bombas y cócteles molotov. La unidad
identificó a un palestino armado y dirigió fuego graneado contra él. El
individuo armado y su hermano, activistas de Fatah en situación de busca y
captura, resultaron heridos a consecuencia de este tiroteo. La unidad
identificó a otro hombre armado al este de la cashba, disparó un tiro
concentrado contra él y lo alcanzó, con resultado aparente de muerte del
individuo armado.
“Tras interrogar a la unidad acerca del incidente en el que otro muchacho
palestino resultó muerto más tarde, y según los datos aportados por la Administración de
Coordinación y Enlace referentes a la ubicación de su herida y a la hora de su
llegada al hospital, resulta que durante el tiempo antes mencionado tuvo lugar
en la parte oriental de la cashba un tiroteo contra una unidad del ejército
israelí en dos incidentes: en uno de ellos la unidad fue atacada con disparos
de kalashnikov y en otro incidente recibió fuego de pistola. La unidad no
devolvió el fuego porque no pudo identificar el origen de los disparos. Por
consiguiente, la muerte del último palestino no puede atribuirse a la actividad
del ejército israelí en el área”.
El hermano de Montasser, Maher, de 20 años, fue testigo de los hechos: vio a un
grupo de cerca de 10 niños que estaban juntos en el callejón, incluyendo entre
ellos a Amar y a su hermano, que había salido de la tienda de
ultramarinos. De repente vio aparecer a los soldados y se dirigió a su casa.
Afirma que nadie estaba disparando o lanzando piedras contra los soldados. De
pronto escuchó un disparo. Amar murió en el acto y Montasser falleció mientras
se lo llevaban en volandas al hospital. Los dos sangraban por la boca.
Gideon Levy,
Diciembre 4 de 2004
Palestina:
querido soldado (y II)
Gideon Levy
Ha’aretz
A.L., un paracaidista destinado en Nablús, me escribió a raíz de mi artículo
“El sufrimiento de los niños” (Ha’aretz Magazine, 4 de diciembre). El artículo describía cómo el ejército israelí tiroteó a cuatro
niños en la ciudad vieja de Nablús, matando a tres y dejando herido al cuarto,
un bebé de 3 años de edad. Ésta es la carta, que transcribo prácticamente en su
integridad:
“El viernes leí su artículo, su
comentario habitual en Ha’aretz, y sentí que debía intentar comprender su queja
contra el ejército israelí. Sirvo en la Brigada Paracaidista,
estacionada al presente el sector de Nablús, que está al cargo del puesto de
control de Hawara y realiza operativos nocturnos prácticamente a diario. Llevo
ya en este sector unos cuantos meses y todos los días siento una tremenda
satisfacción cuando me levanto por la mañana y sé cuánto estoy contribuyendo a
la defensa de los ciudadanos de Israel, que confían en los soldados del
ejército israelí que combaten por ellos en los territorios [ocupados] para que
ellos puedan ir a trabajar con seguridad y enviar a sus hijos a la guardería
con total seguridad. Es por ello que los soldados aquí estamos tan
tremendamente motivados, más de lo que lo estuvimos nunca antes, y por lo que
mostramos un grado de seriedad tan alto para unos simples chavales de 19 años.
“Al igual que usted, también yo tengo ideas de izquierdas y apoyo la evacuación
de los asentamientos, pero en este período de ataques terroristas es imposible
abandonar un sector como éste desde el que se lanzan ataques terroristas contra
territorio israelí. No acabo de comprender cómo puede usted escribir que los
soldados del ejército israelí están matando a niños palestinos deliberadamente.
¿Realmente piensa usted que los soldados disfrutan matando a los infantes
inocentes que se pasean por las calles de la cashba? ¿Cree usted que un
chaval de 20 años se alista en el cuerpo de paracaidistas para matar
niños? Se enrola para proteger al Estado. Punto.
“La situación en esta difícil
área se cobra un precio que no siempre es justo. El hecho de que usted dé
crédito a cada una de las palabras de ellos [los palestinos] es un problema
serio que tiene usted. Si acompañara a las unidades de arresto y a las
patrullas del ejército israelí vería con sus propios ojos cómo esas operaciones
se desarrollan con el propósito exclusivo de causar daño sólo a los
terroristas, y cómo se delimitan sectores de fuego para evitar que se
produzcan errores fatales sobre el terreno. Créame, jamás en la vida un soldado
apretará el gatillo si ve en su mira óptica a un niño de 12 años, que es la
edad que él mismo tenía unos pocos años antes.
“Si estuviera usted allá, sobre
el terreno, y viera qué es exactamente lo que sucede allí, comprendería
hasta qué punto están mintiendo. Si un niño de 12 años lanza una carga
explosiva lo único que puede hacer el ejército israelí es atacarlo y
neutralizarlo como medida disuasoria sobre el terreno de cara al futuro.
Es evidente que todos los días se cometen pifias en los territorios [ocupados],
pero el ejército israelí está haciendo todo lo posible –créame usted: todo lo
posible-- para prevenir errores de ese tipo. Estos niños no son
inocentes. Saben perfectamente cómo opera aquí el ejército israelí.
“No voy a descender al nivel de las respuestas de los oficiales, que
dicen: en toda guerra se cometen errores. Sin embargo, en un contexto de
operaciones complejas que se desarrollan en medio de la población civil es muy
difícil no dañar a civiles inocentes que circulan en las proximidades de los
terroristas. Le garantizo a usted que si entrevista a centenares de soldados
que sirven en los territorios [ocupados] le dirán que no desean herir a civiles
inocentes y que harán todo lo que esté en sus manos para evitarlo, exceptuando
a los soldados que sirven en los territorios [ocupados] para hacer daño
deliberadamente a gente inocente movidos por deseos de venganza. No se puede
hablar de esas cosas de ese modo porque no son representativas del
ejército.
“Cada patrulla que entra en la cashba no tiene como objetivo hacer sentir
nuestra presencia, sino obligar a salir a los terroristas y a individuos
armados en busca y captura y liquidarlos, o crear las condiciones de
accesibilidad necesarias para llevar a cabo los operativos nocturnos. Los
ciudadanos ven a esas patrullas como otro instrumento de Israel para mantener
la ocupación y disparan contra los soldados o les arrojan bombas incendiarias,
a lo que el ejército israelí responde de forma acorde. Todos los niños aquí
saben muy bien que si se meten con el ejército israelí lanzándole explosivos o bombas
incendiarias los soldados intentarán capturarlos. El hecho de que haya niños
que caigan heridos durante los tiroteos callejeros que se mantienen con los
terroristas es un problema, pero así y todo eso es algo que debe hacerse
necesariamente para liquidar a las personas buscadas que tratan de lanzar a
diario ataques terroristas desde Nablús.
“Espero que me aclare usted su postura sobre esta cuestión, porque
verdaderamente deseo comprender cómo artículos como el suyo pueden ser
publicados en Ha’aretz, que ha existido durante décadas, y que me demuestre
usted lo equivocado que estoy.”
Querido soldado:
Es imposible hacer lo que
usted está haciendo en los territorios [ocupados] a menos que se piense como
usted lo hace. Es imposible que arriesgue usted su vida diariamente si no se
siente una “tremenda satisfacción” como la que experimenta usted. Usted y sus
colegas serían incapaces de hacer el trabajo que se les ha asignado si no
estuvieran convencidos de que lo que están haciendo es algo fundamentalmente
esencial y justo.
Es precisamente porque al menos
algunos de ustedes son personas con principios por lo que no serían ustedes
capaces de perpetrar los actos que están perpetrando si no les hubieran
inculcado la idea de que aquello que a ustedes les está permitido a ellos [los
palestinos] les está prohibido; que ellos no son exactamente iguales que
ustedes; que en nombre de la seguridad les está permitido a ustedes hacer
prácticamente todo lo que se les ocurra, sin restricciones, incluida la
restricción elemental de que no se puede disparar contra los niños –una
restricción vulnerada hace ya mucho tiempo.
Ésa es la razón por la que
existe un sofisticado sistema de educación, información, comunicación, lavado
de cerebro, deshumanización y demonización, un sistema que está produciendo
generaciones enteras de jóvenes excelentes que cometen actos espantosos
simplemente porque no son conscientes de lo que están haciendo, ni siquiera los
mejores de entre ellos. Lo que el sistema les está inculcando es la idea de
que ellos son los señores del país y los palestinos un pueblo inferior al que
bajo ningún concepto corresponden los mismos derechos que nos corresponden a
nosotros; la idea de que la ocupación es justa, obligatoria en las actuales
circunstancias, que el terrorismo surgió de la nada, que los palestinos son
asesinos natos, que los ataques terroristas obedecen exclusivamente al carácter
intrínsecamente sanguinario de los palestinos. Y todo eso se presenta envuelto
en consideraciones de seguridad que se convierten en un pretexto para todo
–-créame: para todo.
Los soldados han matado a 623 niños y jóvenes ¿y usted pretende decirme
que ni un sólo soldado ha visto a un niño en el punto de mira de su
arma? ¿La persona que tiroteó a la niña en Rafah tampoco la vio? La
persona que disparó contra dos niños --Amar Banaat y Montasser Hadada— en la
cashba de Nablús y los mató con una sola bala, ¿tampoco los vio?, ¿tampoco
sabía? Y la persona que mató a Khaled Osta, de 9 años de edad, abriéndole un
enorme boquete en el pecho, ¿tampoco se dio cuenta? Y la persona que bombardeó
zonas residenciales en Gaza, que no vio a ningún niño en su visor óptico pero
que sabía perfectamente que había niños en los edificios que bombardeaba, como
los hay en todos los edificios de viviendas, pero que no obstante apretó el
botón y lanzó la bomba? ¿Y el piloto que apretó un botón y arrojó una bomba
sobre un barrio densamente poblado, ¿tampoco él sabía que entre las víctimas
habría niños?
Y si un niño lanza una piedra
contra un jeep blindado, o incluso si arroja una bomba incendiara, o incluso
una carga explosiva, ¿acaso merece morir por eso? Usted escribe que debe
atacársele para mantener el nivel de disuasión. Eso es aterrador. ¿Matar a un
niño para disuadir? Y si usted mata o hiere a niños para disuadir, ¿cree usted
que obtendrá el efecto disuasorio que busca?
¿Ha pensado usted alguna vez por qué esos niños luchan contra usted? ¿O por qué
lo hacen los adultos? ¿Ha considerado usted en algún momento la posibilidad de
que estén luchando por una causa justa? ¿Que tal vez sólo desean liberarse de
una vez por todas de su opresiva presencia? ¿Que no tienen ninguna otra forma
de luchar? ¿Alguna vez ha tratado usted de ponerse en su lugar, aunque sea por
un instante? ¿Qué haría usted si hubiera nacido
palestino bajo esta ocupación? ¿Tiene usted el coraje de decir lo que Ehud
Barak dijo hace unos años: “Yo me habría enrolado en una organización
terrorista”? No puede haber una respuesta más directa, valiente y verdadera que
ésa.
Está usted combatiendo con
fuerza descomunal contra niños y adultos que luchan con sus débiles fuerzas por
una causa que es la más justa de todas. Están combatiendo contra la ocupación.
No disponen de otros medios de lucha que no sean la carga explosiva y la bomba
incendiaria. Están luchando contra la ocupación del mismo modo que nuestros
padres y los padres de nuestros padres lucharon contra otra ocupación
diferente. ¿Piensa usted alguna vez en eso?
La Historia está
llena de conflictos y guerras como ésta. Jóvenes de su misma edad a los que
envían a morir por una causa que se les describió como absolutamente esencial,
de vida o muerte, y luego un buen día todo se acaba, de un modo u otro el
conflicto se resuelve pacíficamente, como si nunca hubiera existido, y entonces
todo el mundo pregunta: ¿por qué? ¿Qué sentido ha tenido todo esto? Usted, y
seguramente sus hijos, no comprenderá lo que hicimos aquí. Exactamente como los
familiares de los soldados que cayeron en el Líbano siguen preguntando qué
estábamos haciendo allí. ¿Por qué razón nos hicimos matar? ¿Por qué nos estamos
haciendo matar hoy?
¿Que hizo usted con los
mejores años de su vida en la cashba de Nablús --un lugar que no le
pertenece--, poniendo en peligro su vida y las vidas de otros?
¿Qué derecho le asistía para
oprimir a la población local? ¿En nombre de qué autoridad decidió usted
cómo debían vivir, cuándo debían quedarse encerrados en sus casas y
cuándo podían salir a la calle, cuándo trabajarían y cuándo permanecerían
ociosos, cuándo podían ir al hospital y cuándo debían sufrir en casa?
¿Quiénes somos nosotros, en cualquier caso? ¿Qué nos da ese derecho? ¿Sólo
porque tenemos la fuerza, una fuerza abrumadora, hemos de poder hacer lo que
nos dé la gana?
Usted y sus compañeros no tienen
ninguna legitimidad moral para estar ahí y, desde luego, ninguna para hacer con
la población palestina lo que están haciendo: entrar en sus casas en mitad de
la noche, pasar de una casa a otra echando abajo las paredes, detener a la
gente de forma indiscriminada, destruir, disparar, tiranizar y causar bajas.
Un día, bajo una luz diferente,
comprenderá usted lo que ahora está haciendo aquí, entre Hawara y la cashba, y
si verdaderamente es usted una persona con conciencia tendrá dificultades para
conciliar el sueño por las noches, durante muchas noches y por muchos años.
Entonces ya no será usted capaz de justificarlo todo en nombre de la seguridad,
como pretende hacer ahora. La verdadera seguridad para los habitantes de Tel
Aviv se obtendrá solamente cuando se garantice también la seguridad de
los habitantes de la cashba –-ni un segundo antes. Seguridad, dignidad y
libertad: los palestinos tienen exactamente el mismo derecho que nosotros a
disfrutar de eso. Entonces –-así lo creo— su “tremenda satisfacción” dará
paso a un profundo sentimiento de culpa y una oleada de vergüenza le abrumará
cuando perciba finalmente lo que usted provocó aquí, lo que sus ojos se negaron
a ver.
Creo que en su corazón usted sabe que la conexión entre su actividad en la
cashba y nuestra seguridad en Tel Aviv es mucho más tenue de lo que la describe
usted. Usted y sus colegas abortan un ataque terrorista y generan motivación
para 100 nuevos ataques; liquidan a un individuo en busca y captura y producen
tres más que lo reemplazarán. Así funciona la lucha popular que surge de la
desesperación. El chico cuya casa redujeron a escombros hoy en mitad de la
noche y los padres a quienes humilló usted ante sus ojos no lo olvidarán jamás,
igual que usted no olvidaría jamás si alguien hiciera lo mismo con usted y con
su familia. Los amigos de Amar, Montasser y Khaled --los niños que los soldados
tirotearon y mataron— no perdonarán. Crecerán alimentando el odio que hemos
sembrado en su corazón. Eran tres niños sin presente y sin futuro. Dos de
ellos, Amar y Montasser, eran huérfanos de padre. Amar era hijo único. No
merecían morir. Cierto, no vi con mis propios ojos cómo murieron, pero sí vi lo
que quedó después de que fueran asesinados.
¿Y qué me dice de usted? ¿Qué
recuerdos se va a llevar usted de aquí? ¿Qué consecuencias va a tener en su
mente y en su personalidad su período de servicio militar? ¿Qué le va a contar
a sus hijos? ¿Que su padre protegió Tel Aviv desde la cashba de Nablús y que
liquidó a personas de forma casi indiscriminada, como admite usted en su carta
(“Cada patrulla que entra en la cashba no tiene como objetivo hacer sentir
nuestra presencia, sino obligar a salir a los terroristas y a individuos
armados en busca y captura y liquidarlos”)? ¿Qué lecciones ha extraído usted de
todo esto con relación al uso de la fuerza, de la violencia, de la liquidación
de personas? Si todo eso es lícito allí, ¿por qué no habría de serlo también
aquí?
Una persona a la que se otorga tanto poder siendo tan joven no puede evitar
quedar marcada psicológicamente. Tras haber retenido a ancianos en las colas de
los controles, tras impedir a los enfermos llegar al hospital, tras detener en
los puestos de control a mujeres a punto de dar a luz y a niños, los recuerdos
brutales no le abandonarán jamás. Incluso si usted personalmente no demoró su
camino y fue el más compasivo de los soldados, basta con que ellos hayan tenido
que obtener de usted autorización para transitar por sus ciudades, para entrar
en sus casas, para que las cicatrices se le queden grabadas. ¿Qué clase de persona
será usted cuando regrese a casa después de todo eso?
No pienso ni por un instante que
los soldados del ejército israelí disfruten matando niños. Pero los niños están
muriendo. Muchos niños, cientos de niños. Y el ejército israelí no está
haciendo lo suficiente para impedir esta carnicería criminal. Lo que el
ejército israelí está inculcando a sus soldados es la idea de que
no hay opción y de que tampoco es tan terrible matar a un niño. Lo más
importante es nuestra seguridad.
La sangre de esos niños clama al
cielo. Su sangre mancha nuestras manos. Su sangre mancha las manos de
todos los que le han enviado a usted a la cashba y cae sobre la cabeza de
aquellos que dispararon y de aquellos que se pasean armados por las calles de
Nablús y tiranizan a sus habitantes, y cae también sobre la
cabeza de aquellos que guardaron silencio. Usted está allá en mi nombre
también, y por consiguiente todos tenemos una gran responsabilidad, una carga
demasiado pesada para soportarla. Siga usted haciendo sus cosas y protéjase a
usted y a mí. Yo seguiré haciendo otro tanto.
Gideon Levy,
DIciembre 20 de 2004
Notas del Traductor
(1) Parte vieja o ciudad antigua.
(2) Eufemismo empleado en la jerga militar israelí en sustitución del verbo
“rematar”.
(3) Iman al-Hamas es el nombre de una niña palestina de 13 años que, el
pasado mes de noviembre, tras caer herida por disparos realizados desde una
torre de vigilancia israelí situada a más de 100 metros de distancia,
fue rematada a quemarropa por un oficial israelí que primero le disparó dos
tiros en la cabeza, luego se alejó unos pasos del cadáver, cambió de idea,
regresó donde yacía el cuerpo y vació sobre la niña todo el cargador de su
pistola --10 balas. Más tarde, el oficial declaró que la habría matado igual
aunque hubiera tenido 3 años. La grabación del diálogo radiofónico mantenido
entre el oficial asesino, los soldados de la torre de vigilancia y el puesto de
mando central registra la siguiente frase: “Aquí el comandante. Todo lo que se
desplace, todo lo que se mueva en la zona, aunque sea una niña de tres años,
hay que matarlo. Corto.” (Más información sobre este crimen )
Fte.: Rebelión, 27 diciembre 2004