Algunas reflexiones para construir soluciones alternativas.
La deuda externa, un problema político global
Alberto Acosta
La Insignia. Ecuador, ago 2002 (1)
"We
want to invent and we are inventing a new world in which respect for
human rights will dominate. It is in this perspective that we think
regulation of the international system is needed."
Gustave Massiah, Presidente de AITEC. París, 2001
1. Introducción
La deuda externa resulta eterna. Sus dificultades son tan antiguas como
la formación de muchas repúblicas latinoamericanas a principios del
siglo XIX. Las soluciones, impulsadas y controladas por los acreedores,
de acuerdo siempre con sus intereses, no han resuelto el problema. Es
más, la mayoría de las veces, estas "soluciones definitivas" a la
postre ahondaron la crisis (2).
Frente a esta realidad, muchas propuestas alternativas, por diversas
razones, no cuajaron o -al decir del historiador argentino Alejandro
Olmos Gaona- "no han superado las actitudes discursivas, los planteos
académicos, las movilizaciones que se agotan en sí mismas, y una
retórica que resulta funcional a ese modelo (el neoliberal), que sigue
avanzando".
Esta constatación conduce a repensar las propuestas, rebasando los
estrechos márgenes coyunturales y locales. Se precisa abrir el
escenario desde lo nacional hacia lo internacional, procurando formular
alternativas que deberán ser viables no por la generosidad de los
acreedores, sino por la contundencia de sus argumentos y por la
profundidad de la acción política.
2. Los alcances de la deuda externa
Para
entender la lógica de la deuda externa hay que estudiar su contexto
sistémico. La deuda, para empezar, no puede tratarse exclusivamente en
el ámbito de lo financiero, resaltando sus aspectos técnicos. Hay que
tener conciencia que no se llegó al endeudamiento externo simplemente
por la escasez de capitales, es decir porque el ahorro interno de los
países empobrecidos es insuficiente y porque eso obliga a recurrir al
ahorro externo, como un complemento financiero. Esa visión esconde una
posición tecnocrática y, por cierto, una posición política
ideologizada. Aunque hay que poner este aspecto en la mesa, no hay que
centrarse sólo en él.
Otro problema importante es el desperdicio
de los recursos contratados, pues la ineficiencia es compañera
inseparable de las crisis de deuda externa. A esto se suma la
corrupción en la que los deudores no son los únicos actores. Desde el
lado de los acreedores la corrupción ha sido potenciada por las
prácticas financieras y por los marcos jurídicos que, por ejemplo,
permiten en algunos países industrializados descontar de los impuestos
aquellos egresos orientados a "aceitar" las negociaciones comerciales o
financieras externas. No obstante, sin desconocer factores como la
corrupción y la ineficiencia, cabe tener conciencia de que los
problemas del sobreendeudamiento tampoco se entienden solo desde esa
perspectiva. Es más, las crisis de deuda no constituyen hechos aislados
o nuevos, registrados en unos cuantos países.
La deuda en sí es otra manifestación de la evolución del propio sistema
capitalista. Y como tal las crisis de deuda se suceden cíclicamente,
con una serie de elementos nuevos y otros que ya se vivieron en épocas
anteriores. La deuda en sí está vinculada con los ciclos de evolución
del sistema capitalista y por tanto responde en gran medida a las
necesidades de acumulación de capital. Entonces las crisis no se
originan simplemente en los países que contratan la deuda. En términos
históricos, se constata la existencia de crisis de deuda recurrentes:
1825, 1870-1890, 1930, 1982... Por lo tanto, la contratación y aún el
uso de créditos externos no dependen solamente de la voluntad de un
gobierno y de la necesidad de recursos que tenga un país.
En realidad los detonantes de las crisis se explican mucho más desde
las políticas y las instituciones de los grandes países acreedores. Son
sus intereses los que condicionan los procesos de endeudamiento y de
ajuste. Por eso las acciones adoptadas en momentos críticos por los
organismos multilaterales de crédito han estado destinadas a proteger
los intereses de los acreedores antes que las necesidades de los países
empobrecidos, obligándolos, por ejemplo, a abrir sin restricciones sus
cuentas de capitales y sus mercados para los productos provenientes del
mundo industrializado. Lo que cuenta es que las políticas económicas de
los países desarrollados condicionan profundamente la situación en los
países subdesarrollados (3). Como reconoce la UNCTAD en su Informe
anual del 2001, "casi todas las crisis importantes en los mercados
emergentes han estado relacionadas con variaciones de los tipos de
cambio y las políticas monetarias de los principales países
industrializados"; variaciones propias de las políticas económicas de
dichos países, que tienen una explicación sistémica en última instancia
(4).
Hay determinadas épocas en que los capitales se expanden, buscan
mercados fuera de sus economías y salen en forma de créditos baratos y
abundantes cuando no pueden ser colocados en las economías líderes, en
las economías dominantes. Eso se experimentó en los años setenta del
siglo XX, por ejemplo. De un momento a otro los países del mal llamado
"tercer mundo" se encontraron que con relativa facilidad y de una
manera rápida se conseguían los créditos, anteriormente tan esquivos.
Por lo tanto, la demanda de préstamos no es la única razón para la
existencia del endeudamiento externo y su mal uso tampoco la única
explicación de las crisis. En este contexto, la actual crisis de
sobreendeudamiento encuentra sus orígenes en una serie de factores
sistémicos externos y también internos, pero en particular en la oferta
de recursos financieros en los países desarrollados, especialmente en
los EEUU.
Recuérdese que el surgimiento del endeudamiento en los años setenta del
siglo XX se debió a la afluencia masiva de los llamados eurodólares
(5), por efecto, entre otros factores, de los desbalances que provocó
la aventura imperialista de Washington en Indochina, mucho antes del
alza de los precios del petróleo. La masa de estos dólares fuera de
EEUU se amplió con la eliminación de la convertibilidad del dólar en
oro, en agosto de 1971. En lugar de corregir internamente los
desequilibrios de la balanza de pagos, el gobierno norteamericano
violentó las reglas básicas del sistema monetario internacional, de
manera unilateral, al anunciar el presidente Richard Nixon que a partir
de entonces el dólar no sería convertible en oro. Con esta decisión se
recusó el régimen de tipos de cambio fijos que caracterizó el sistema
de Bretton Woods inaugurado en 1944. Y desde 1973 el mundo ingresó en
un régimen de tipos de cambio flexibles o flotantes.
Con esta decisión unilateral los dólares que poseían los países del
mundo se devaluaron de facto, convirtiéndose en abultada deuda flotante
de EEUU, adjudicada y distribuida compulsivamente alrededor del mundo.
A partir de entonces, la oferta del dólar -y lo que ella representaba
en el ámbito financiero y monetario mundial- parecía limitada, en lo
esencial, por las decisiones de la política económica de los propios
EEUU.
La carrera expansionista de las disponibilidades financieras a nivel
internacional, encontró su punto de partida, a más de los problemas
derivados de la guerra de Vietnam, en la pugna comercial entre las
grandes potencias. Vistas así las cosas, fueron los EEUU los que
originaron la primera fase del proceso de endeudamiento, la danza de
los millones. Ellos, según Aldo Ferrer, "tuvieron el privilegio de
financiar su desequilibrio 'exportando' su moneda nacional. La liquidez
se fue acumulando en los bancos centrales y se filtró progresivamente
hacia la banca privada, aumentando su capacidad prestable".
Luego, el monto de recursos financieros se incrementó con los
petrodólares (6), los que, al no encontrar utilización productiva en el
Norte, fueron canalizados alegremente hacia el Sur, tradicionalmente
marginado de los mercados financieros internacionales. En ese entonces
los acreedores "se olvidaron" de tomar en consideración la capacidad de
pago de los deudores. Además, las bajas tasas de interés en la economía
estadounidense sobre todo, inferiores a la inflación, eran una
invitación para endeudarse. Por eso la demanda de recursos financieros
represados en el "tercer mundo" no fue motivo suficiente para que se
movilizara el flujo de los recursos externos requeridos.
De lo anterior se desprende que la elevada liquidez internacional de
los años setenta no surgió simplemente como consecuencia de las alzas
de los precios del petróleo. La cual, sin duda, contribuyó a aumentar
la disponibilidad de dólares en el mercado mundial.
Posteriormente, también en los EEUU se generó la reversión del flujo de
capitales, sobre todo en los años 80, cuando sus desequilibrios
económicos los transformaron en una aspiradora de capitales. A raíz del
"reaganomics" (7), se experimentó un proceso de recuperación de
capitales por parte de los países del Norte a través de un sostenido
incremento de las tasas de interés. Estas que habían fluctuado entre 4
y 6%, se bordearon el 20%.
Esta elevación repentina y arbitraria de las tasas de interés fue la
que provocó el reflujo masivo de capitales que se mencionó: los países
pobres endeudados fueron "amarrados a la pesada rueda del interés
compuesto", en cuya fijación no funciona la lógica del mercado. En la
práctica los grupos financieros más poderosos imponen sus condiciones;
la tasa de interés es un precio fijado en condiciones oligopólicas,
como resultado de decisiones de cartel. En este contexto juegan un
papel importante los organismos de crédito y aquellas empresas
especializadas en determinar el riesgo-país, a través del cual se
discrimina a los países y a las empresas en función de los intereses de
los acreedores y, por cierto, de los principales grupos
transnacionales. Aquí cabría preguntarse por qué una empresa petrolera
estatal financieramente consolidada como Petrobrás, por ejemplo, debe
asumir créditos con tasas de interés más altas que las que paga otra
empresa petrolera internacional, seguramente no tan vigorosa.
Desde principios de los ochenta, con tasas de interés altas, los EEUU
atrajeron capitales. Y América Latina exportó esos capitales,
destinados a financiar las grandes transformaciones tecnológicas en el
Norte, sobre todo en dicho país. Entonces se volvió a sentir a la deuda
externa como un problema; y empezó una nueva crisis similar a las
anteriores. Este proceso, una vez más, vino acompañado con una
reducción de la demanda de las materias primas, con la consiguiente
caída de su cotización.
En suma, durante el libertinaje financiero de los setenta en el siglo
XX, los gobiernos (muchos de ellos dictatoriales, apoyados por EEUU y
sus aliados) y los grupos dominantes en los países periféricos
encontraron la oportunidad para satisfacer, aunque sea parcial y
temporalmente, el déficit crónico de financiamiento. Y lo hicieron sin
preocuparse demasiado por el uso de los créditos, de los que se
beneficiaron los mismos grupos dominantes. Adicionalmente, estos
recursos sirvieron para postergar reformas estructurales
indispensables, como pudo ser el establecimiento de un sistema
tributario socialmente equitativo. Posteriormente, en la época del
pago, aquellos sectores marginados de los "beneficios" del
endeudamiento foráneo fueron convocados a asumir su servicio. Al decir
de Horacio Verbitsky, la deuda fue "el gran mecanismo reciclador de las
relaciones de poder porque unos gozan del crédito y otros lo pagan".
Entre el año 80 y el año 90 América Latina realizó una transferencia
neta negativa por 238 mil millones de dólares a los acreedores, sobre
todo a los EEUU. Transferencia que se calcula sumando los nuevos
préstamos al monto de deuda existente en 1980: 257 mil millones de
dólares, y restando el pago del capital e intereses. Al año 1990, la
deuda externa, como por arte de magia, alcanzó los 440 mil millones de
dólares. En términos netos se pagó una suma enorme: 238 mil millones,
mientras que la deuda creció en casi 220 mil millones, tal como se ve
en el Cuadro Nº 1. Esta deuda, en palabras de Franz Hinkelammert,
adquirió vida propia. Se instauró la locura financiera, la lujuria
especulativa, la sin razón de los intereses que se cobran sobre los
intereses atrasados (anatocismo) o la misma usura en las tasas de
interés impuestas (8). La deuda se volvió impagable.
Esa cantidad transferida representa -para tener una idea de magnitud-
un equivalente a 3 veces el Plan Marshall, con el que los EEUU
financiaron entre 1948 y 1953 la reconstrucción de Europa. América
Latina, en términos concretos, financió la recuperación de las
economías desarrolladas, en particular la de los EEUU. Eric Toussaint
asegura que el servicio bruto de la deuda realizado por todos los
países empobrecidos desde el año 80 hasta el año 2000, representó 43
Planes Marshall, y lo que pagan anualmente estos países en la
actualidad como servicio de la deuda representa 3 Planes Marshall. Esta
realidad contradice aquel mensaje tan repetido con el que se quiere
convencer a las sociedades de los países deudores de que hay que pagar
la deuda para no quedarse sin nuevos ingresos, pues en la práctica,
durante largos períodos, los flujos financieros netos se han dirigido
desde el Sur hacia el Norte.
A esta sangría crónica se podría añadir lo que ha significado la
transferencia de recursos por el deterioro de los términos de
intercambio, la fuga de capitales, la pérdida de capital humano
(emigraciones) (9).
En varios y prolongados períodos, los países deudores han sufrido por
los vaivenes de los precios de sus materias primas, basta observar la
evolución del precio del petróleo. Problema agravado por el
neoproteccionismo de los países acreedores; como muestra véase las
dificultades que tiene el banano latinoamericano para ingresar al
mercado europeo.
3. La responsabilidad compartida
Si
los gobiernos de los países acreedores -especialmente los EEUU- con sus
políticas económicas son corresponsables directos de este proceso,
también lo es la banca privada, que alentó el sobreendeudamiento en
forma consciente y muchas veces coordinada (10). Sus prácticas no sólo
que fueron inapropiadas, sino que muchas veces fueron imprudentes o
abiertamente corruptas: piénsese en los términos desmedidos de muchos
de los préstamos otorgados y aún en los créditos innecesarios
presionados a varios países subdesarrollados por los banqueros
internacionales en contubernio con las autoridades locales (en Brasil,
por ejemplo). Igualmente cabría analizar la multiplicidad de préstamos
sin "objeto lícito", además aquellos créditos entregados a empresas
privadas sin garantía gubernamental y que luego fueron transformados en
deuda pública -"sucretizados" (11) - por presión de los acreedores, a
la cabeza los organismos multilaterales: Banco Mundial y FMI.
De
hecho existió una pésima administración de los créditos por parte de
los acreedores en su desesperación por prestar cuando los recursos
financieros les sobraban o no encontraban una ubicación productiva en
el Norte. No se puede olvidar tampoco que, muchas veces, los acreedores
recurrieron a comisiones desproporcionadas (en múltiples ocasiones
ilegales y/o ilegítimas) con el único fin de alentar la contratación de
créditos. En suma, la banca prestó en forma precipitada cuando tenía
exceso de fondos y luego encareció de manera drástica los créditos o
aún los frenó cuando vislumbró las primeras dificultades, lo cual
agravó la situación de muchos países. Esta corresponsabilidad de los
acreedores privados ha sido públicamente aceptada por los organismos
multilaterales.
Junto a los bancos actuó también una multitud de compañías extranjeras,
muchas de ellas transnacionales, que participaron activamente en la
danza de los millones. Hay casos paradigmáticos de empresas que con tal
de vender sus productos propiciaban cualquier locura (12). Muchos
proyectos resultaron improductivos o su costo final fue muy superior al
inicialmente presupuestado, a pesar de contar con la costosa asesoría
de consultores y empresas extranjeras y la supervisión de los
organismos multilaterales; sin embargo, muchos de ellos hoy permanecen
como un pasivo a ser pagado por los países empobrecidos.
Un lugar destacado en términos de responsabilidad corresponde a las
instituciones financieras multilaterales: el Banco Mundial, el FMI y el
Banco Interamericano de Desarrollo (BID), controlados por los Estados
de los países más ricos. Durante el festín crediticio, estos organismos
entregaron ingentes préstamos en el mundo subdesarrollado o ayudaron a
contratarlos, aún por parte de las ahora tan criticadas empresas
estatales (recursos contratados muchas veces para no ser usados, pero
si pagados por dichas empresas...). Trasladar las enormes masas de
recursos financieros sobrantes en el Norte al Sur era la mejor salida
frente a la recesión en los países centrales.
Además, dichos organismos, influenciados y controlados por los
gobiernos de los países del Norte, al tiempo que alentaban la
contratación de créditos externos, no avizoraban -ni siquiera en los
años ochenta cuando la crisis de la deuda era un hecho- cambios
sustanciales para el mercado petrolero, para mencionar un aspecto
sobresaliente de la época. Los efectos de este clima permisivo,
fomentado por las entidades multilaterales tanto para los países
importadores como para los exportadores de petróleo, alentaban el
proceso de endeudamiento. Para los primeros, ante las expectativas de
un sostenido incremento de los precios del crudo, la salida obligada
era endeudarse para diversificar la oferta energética y reducir la
dependencia petrolera (13). Para los segundos, lo lógico, en términos
financieros, era seguir contratando créditos, que al momento no estaban
tan caros, para posteriormente pagarlos con los esperados incrementos
de los precios del hidrocarburo (14).
Posteriormente, ya en plena crisis, estos organismos asumieron el papel
de cobradores y ajustadores de las economías que ellos contribuyeron a
endeudar. Esto es una muestra más de un cinismo increíble, cuando ellos
fueron causantes directos de la pérdida de disciplina del mercado al
propiciar muchas veces medidas que significaron asumir los riesgos de
los acreedores y de los deudores privados. Luego, estas organizaciones
intentan esconder el desastre que provocan mediante la entrega de cada
vez mayores créditos, sin analizar la raíz del mal, y desde luego sin
comprenderla.
Estos organismos, que han sido los responsables de los costosos
programas de estabilización y ajuste estructural, volvieron a endeudar
a los países pobres con créditos destinados a planes de transformación,
que en más de una ocasión concluyeron en enormes fracasos o en procesos
de corrupción masiva, como lo han sido varios de los costosos
salvatajes de la banca privada en México y Ecuador, para citar apenas
dos casos. Con estos nuevos créditos, orientados también a sostener el
servicio de antiguas deudas, el FMI y el Banco Mundial, en especial,
imponen una lógica neoliberal de mercado (15).
Con las diversas opciones de "solución" al problema de la deuda
-inspiradas e impuestas desde el Norte- vienen atadas las
condicionalidades de política económica y los propios esquemas de
ajuste estructural; la así llamada "estrategia reforzada de la deuda"
significa una intromisión total en las políticas económicas de los
países deudores y, por ende, influye en su ámbito social y aún
político. La deuda, entonces, no es sólo un problema cuantitativo, sino
eminentemente cualitativo. Su pago o su renegociación sirven de palanca
para profundizar los ajustes estructurales: reducción del tamaño del
Estado, recorte de las inversiones sociales, flexibilización laboral,
apertura de la economía, privatizaciones, liberalización de los
mercados, dolarización… en suma, disminución de la capacidad de
desarrollo nacional. Los países pierden su libertad económica por
efecto del "chantaje perpetuo por parte de los acreedores"
(Hinkelammert 1999: 118). Parecería que lo que importa, en última
instancia, no es cobrar la totalidad de la deuda, sino lograr que los
países subdesarrollados participen sumisamente en la economía mundial,
aceptando las condiciones del nuevo (des)orden internacional
capitalista.
Por otro lado, no es menos cierto que los gobiernos latinoamericanos
siempre han mantenido una actitud sumisa y condescendiente con la banca
internacional, las transnacionales, los organismos multilaterales de
crédito y los gobiernos de los países ricos. Además, las élites de los
países endeudados, por su complicidad con los acreedores (ya sea por
que se transformaron en tenedores de papeles de la deuda o por el miedo
al "gran garrote" imperial), nunca plantearon salidas conjuntas.
Siempre se impusieron los clubes de los acreedores (Club de París, Club
de Londres o comités de gestión) (16).
En síntesis, existe una corresponsabilidad en este proceso. El
presidente del Brasil, cuando era senador, al concluir una
investigación sobre el tema, manifestó en 1987 que "el envolvimiento de
los países en desarrollo en ese proceso (de endeudamiento) fue
posibilitado, obviamente, por los bancos internacionales, que concedían
los préstamos, endosados por el FMI, que acompañaba y evaluaba,
anualmente, las economías de sus miembros, y estimulado por los
gobiernos de los países acreedores, que dieron apoyo político a la
estrategia de crecimiento económico con financiamiento externo. Se
torna evidente, desde esta perspectiva, que la crisis de la deuda
externa del Tercer Mundo engloba la corresponsabilidad de los deudores
y de los acreedores".
La deuda, en consecuencia, asoma como un mecanismo de exacción de
recursos desde los países pobres y de imposición de políticas desde los
países ricos. La deuda ha sido y es, en términos de Karl von Clausewitz
si hubiera abordado las finanzas y no la guerra, la continuación de la
política con otros medios. Desde esta lógica la gestión de la deuda
externa engarza con otro axioma del propio Clausewitz, según el cual la
deuda es un acto de violencia cuyo objetivo es forzar al país deudor a
hacer la voluntad de los acreedores. Entonces, la deuda no sólo frena
el desarrollo por su carga de obligaciones, sino que abre la puerta a
las influencias y aún a la directa intervención de poderes extranjeros
en los asuntos de los países subdesarrollados endeudados. Desde esa
perspectiva, cabe replantear las alternativas reconociendo el carácter
global del reto de la deuda externa, que no pueden quedarse en simples
acciones discursivas o en parches aislados.
4. De las propuestas convencionales a la anulación de las deudas
Las
diversas alternativas planteadas frente al sobreendeudamiento de los
países subdesarrollados han fracasado constantemente y han agravado la
crisis de los países pobres. Los diversos esquemas utilizados, como las
continuas renegociaciones, el Plan Baker, los canjes de deuda, el Plan
Brady o el Programa para Países Pobres Altamente Endeudados (PPPAD o
HIPC, en las más conocidas siglas inglesas de Heavily Indebted Poor
Countries), no han resuelto el problema, a pesar de haber sido
presentados pomposamente, cada uno a su tiempo, como "la solución
definitiva".
Todas estas soluciones, como se ha visto a lo largo
de la historia de la deuda eterna, han concluido en suspensiones de su
servicio. Por lo tanto se puede afirmar que la historia de las
relaciones financieras de América Latina con los mercados
internacionales es una historia de moratorias (17).
Luego de agotar todos los medios posibles para sostener el servicio de
las deudas, prácticamente todos los países de la región, más de una
vez, tuvieron que incurrir en este tipo de medida, generalmente contra
su voluntad. Y esta realidad, tan conocida en el mundo subdesarrollado,
también se registró, una y otra vez, en los países industrializados,
empezando por los propios EEUU (varios de sus estados tienen desde hace
más de 100 años una serie de deudas impagas) y Gran Bretaña (Véase
Acosta 1994 y 1999). John Maynard Keynes (Defaults by foreing
governments, 1924) reconoció oportunamente que "los incumplimientos por
gobiernos extranjeros de su deuda externa son tan numerosos y
ciertamente tan cercanos a ser universales que es fácil tratar sobre
ellos nombrando a aquellos que no han incurrido en incumplimiento, que
aquellos que lo han hecho. Además de aquellos países que incurrieron
técnicamente en incumplimiento, existen algunos otros que pidieron
prestado en el exterior en su propia moneda y permitieron que esa
moneda se depreciara hasta menos de la mitad de su valor nominal y en
algunos casos a una fracción infinitesimal. Entre los países que
actuaron así cabe citar a Bélgica, Francia, Italia y Alemania."
Si se recuerda que el problema es sistémico y que no ha habido
respuestas sistémicas, entonces las repetidas crisis casi resultan
inevitables. Por eso el establecimiento de proyectos más eficaces de
desarrollo y aún de mejoramiento de las estructuras macroeconómicas y
políticas a nivel nacional, procurando reducir el peso relativo de la
deuda a partir de un mayor crecimiento económico, no resuelven el
problema ni garantizan por sí solos un desarrollo sostenible.
Más aún, asegurar simplemente los flujos financieros de corto plazo
conduce a un incremento sostenido de la deuda, postergando
temporalmente el problema. Esta situación es más marcada en el caso de
países dependientes de uno o de muy pocos bienes primarios; pues estos
países caen con frecuencia en un círculo infernal de crecimiento
vertiginoso, endeudamiento, recesión y moratoria; un proceso que ahonda
aún más las tendencias recesivas en la medida que gran parte o aún la
totalidad de las exportaciones hay que destinarla al servicio de la
deuda.
Frente a esta realidad, la anulación o cancelación total y sin
condiciones de las deudas externas públicas es una posición contundente
en términos económicos; hay suficientes argumentos no sólo para
considerarla sino para exigirla. Por otro lado, pedir a los países que
primero se ajusten para luego reducirles la deuda es un error; "el
orden debería ser inverso: primero reducir o anular la deuda y después
(o en todo caso simultáneamente) exigir a los gobiernos beneficiados
que adopten medidas de lucha contra la pobreza" (Teitelbaum). Sin
embargo, a pesar de que la anulación sea la salida más inmediata, "no
es de por sí la solución del problema de la deuda, si no se hace a la
vez lo necesario frente a las causas que originan el proceso de
endeudamiento" (Hinkelammert 1999: 117).
Los argumentos a favor de una anulación o cancelación son múltiples.
Desde una simple sumatoria matemática, la deuda estaría pagada en el
caso de América Latina (18). Si se toma como ejemplo a Ecuador, desde
1982 al 2000, el país pagó por concepto de capital e intereses 75.908,2
millones de dólares y recibió como nuevos desembolsos 65.678,8
millones, habiendo una transferencia neta negativa de 10.229,4
millones, a pesar de lo cual la deuda creció en 6.931,7 millones, pues
pasó de 6.633,0 millones a 13.564,5 millones en el período mencionado.
Cabe mencionar que con la transformación de los Bonos Brady en Bonos
Global en el año 2000, la deuda de este país se redujo en 2.717,8
millones en dicho año, pero se mantuvo alrededor del 100% del PIB;
reducción que, sin embargo, oculta la realidad: el saldo neto que
habría que pagar al final de período pactado en esta nueva negociación
es mayor que el existente cuando regían los Bonos Brady.
Además, el no pago se justifica legalmente porque muchos créditos
contratados caen en el ámbito de las deudas odiosas (las deudas del
Apartheid, aquel sistema inhumano de sociedad sustentada en la
exclusión racial que existió en Sudáfrica, por ejemplo); además,
existen otros créditos que, por sus condiciones, podrían ser
considerados como usurarios y corruptos, que por definición deberían
ser nulos. A modo de ejemplo de los factores que habría que considerar,
se puede mencionar la existencia de cláusulas ilícitas, vicios de
consentimiento, anatocismo, tasas de interés usurarias, gastos y
comisiones desproporcionados, operaciones simuladas, deudas
"estatizadas" o "socializadas", etc.
Igualmente, hay deudas cuyo servicio se ha visto imposibilitado porque
las condiciones impuestas a los países deudores dependían de escenarios
impredecibles. Una situación explicable por los desbalances de poder en
los diversos procesos de negociación y porque, en muchos casos, se ha
partido de situaciones que luego resultaron equivocadas -como las
mencionadas anteriormente en el mercado petrolero- o que de antemano
eran imposibles de cumplir (19).
A contrapelo de las declaraciones oficiales u oficiosas, el impacto de
una anulación masiva de las deudas en la economía mundial no sería
desestabilizador. Si la deuda pública externa del "tercer mundo" fuera
totalmente anulada sin ningún tipo de indemnizaciones a los acreedores,
sólo representaría una pérdida del 5% para sus carteras (Toussaint)
(20). Una anulación de este tipo podría ser procesada en un contexto
programado para evitar sobresaltos en el mercado financiero
internacional, el cual, como es obvio, debe ser urgentemente
civilizado, es decir controlado y normado. Y si hay "pérdidas" como
resultado de este proceso, éstas ya no pueden ser asumidas una vez más
por las poblaciones de los países pobres.
Es importante puntualizar que una anulación incondicional de la deuda
externa liberaría de sus obligaciones a aquellos grupos reducidos en
los países del Sur que sí se beneficiaron de dicha deuda y hasta
ampliaría la disponibilidad de recursos a gobiernos que podrían dar
rienda suelta al despilfarro fiscal. Se dispondría de recursos dentro
de las economías endeudadas para que sean gastados a voluntad de los
gobernantes y de los grupos dominantes y, quién sabe, si éstos en poco
tiempo volverían a endeudarse de manera irresponsable. Con lo cual, a
la vuelta de poco tiempo, nuevamente estarían lucrando los mismos
especuladores internacionales.
Una cancelación absoluta de toda la deuda de los países
subdesarrollados sin condiciones sigue siendo un reclamo justo, pero no
modificaría las reglas de juego, aún cuando extraería recursos de los
acreedores. Por lo tanto, sin minimizar el valor de dicho reclamo, que
podría ser el punto de partida para el establecimiento de un nuevo
sistema financiero internacional, hay que rescatar la necesidad de que
una eliminación de las deudas o su no pago se haga en el marco de
condicionalidades positivas para impedir que las élites dominantes de
los países endeudados sean beneficiarias de este tipo de soluciones
temporales. Elites que deberían revertir de alguna manera los
beneficios obtenidos con el endeudamiento externo.
De allí la necesidad de poner condiciones a los gobiernos de los países
deudores por parte de su propia sociedad civil (por ejemplo a través de
veedurías ciudadanas), respaldada de ser preciso por la sociedad civil
de los países del Norte, para impedir que la deuda siga siendo una
fuente de financiamiento de privilegios o una herramienta imperial en
manos de determinados gobiernos acreedores. Y más que eso, hay que
diseñar estrategias que impidan la reedición de alegres procesos de
sobreendeudamiento externo y que conduzcan a la reconstrucción de las
viejas estructuras de dominación.
En este contexto, se precisa encontrar renovadas formas de acción
capaces de doblegar el poder del capital financiero internacional. Sin
embargo, antes de desarrollar algunas ideas básicas de cómo abordar la
problemática, cabe recordar que más allá de las propuestas
convencionales hay opciones que han rendido frutos en otras ocasiones.
Opciones que no han estado inspiradas en la lógica financiera, sino en
claras definiciones y voluntades políticas, como se verá a
continuación.
5. Lecciones exitosas desde la historia de la deuda eterna
No hay ningún argumento nuevo en la década de los ochenta o de los
noventa del siglo XX o aún en los albores del siglo XXI, que no se haya
esgrimido en torno al tema de la deuda como freno al desarrollo,
recuerda Oscar Ugarteche, uno de los mayores expertos en la materia. Lo
extraordinario es que los actuales acreedores de la deuda de los países
empobrecidos no han tenido la misma preocupación que tuvieron con la
deuda de Alemania y la deuda interaliada entre 1926 y 1931, por
ejemplo.
Interesante es observar la forma cómo se estimó entonces la carga de la
deuda y el peso de su servicio anual sobre la economía. En los años
treinta, a Alemania se le otorgó una salida similar al mencionado
esquema HIPC. Esa salida, como se sabe, no dio los resultados
esperados, como tampoco ha dado el HIPC en ninguna de sus versiones en
la medida que sus propuestas apenas constituyen parches aislados y no
abordan los problemas de fondo (21). Al final, en 1931, los acreedores
dejaron de cobrar la deuda y pidieron a todas las partes que no le
cobraran a Alemania la deuda de reparación de la guerra y que no se
cobraran entre sí las deudas, pero era ya tarde, el mundo se había
sumido en la deflación.
En ese entonces se aceptó categóricamente que "la insistencia en el
cumplimiento de un convenio que supere la capacidad de pago de una
nación le serviría de justificación para negarse a cualquier arreglo.
Nadie puede hacer lo imposible... quienes insisten en cláusulas
imposibles están propiciando en última instancia el repudio completo de
la deuda", tal como lo afirmó Andrew Mellon, secretario del Tesoro de
EEUU (citado por Sergio Bitar 1987).
Años más tarde, terminada la segunda guerra mundial, con el Acuerdo de
Londres suscrito el 27 de febrero de 1953, Alemania pudo resolver
definitivamente su problema de deuda externa gracias a la "generosidad"
de sus acreedores. Téngase en mente este histórico acuerdo, con el que
Alemania alcanzó un arreglo envidiable:
- oficialmente obtuvo un descuento de su deuda anterior -derivada
directa o indirectamente de las dos guerras mundiales que este país
desató en 1914 y 1939- de entre 50% hasta 75%;
- drástica reducción de las tasas de interés, que fueron establecidas entre 0 y 5%;
- un amplio período de gracia para iniciar los pagos de intereses y capital de determinadas deudas;
- la ampliación de los plazos para los pagos previstos;
- la posibilidad de realizar pagos anticipados en función de su desenvolvimiento económico;
- la forma de calcular el servicio se estableció a partir de la
capacidad de pago de la economía alemana, la cual se vinculó con el
avance del proceso de reconstrucción de ese país; y,
- la capacidad de pago de Alemania fue definida por el banquero Hermann
J. Abs, que presidía la delegación alemana en las negociaciones
londinenses (22).
El servicio de esta deuda, en concreto, estaba supeditado al excedente
de exportaciones garantizado por los acreedores; así la relación
servicio/exportaciones, que no debía superar el 5%, alcanzó su valor
más alto en 1959 con un 4,2%, situación más que envidiable para los
países latinoamericanos, que han destinado, por largos años, más del
30% de sus exportaciones al servicio de la deuda pública. Ecuador
sacrificó en el año 2000 un 42,7% de sus exportaciones por este motivo,
mientras que para atender el servicio de la deuda externa total destinó
100,9% de sus exportaciones... (23)
Posteriormente, en 1971 Indonesia, al igual que Alemania, con la
coordinación del mismo banquero que renegoció en 1953 la deuda por la
parte alemana, se benefició de un acuerdo similar, pero es importante
recordar que, entonces, no se quiso generalizar esta solución a la cual
se le dio el carácter de única y que la alternativa brindada a ese país
se explica por el deseo político de apoyar al gobierno que había
"alejado la amenaza comunista", asesinando a más de medio millón de
personas... (24) Tratamientos de parecida "generosidad" se repitieron
años después con Polonia, para facilitar su recuperación económica
luego de concluido el régimen comunista en los años 80; con Egipto,
para asegurar su lealtad durante la gigantesca operación bélica de
Washington y sus aliados en contra del Irak en 1991; y, con Pakistán
durante el año 2001 en medio de la denominada "guerra contra el
terrorismo", cuando se necesitaba su apoyo para bombardear
Afganistán...
Queda constancia del trato diferenciado que han recibido los países más
ricos y algunos países subdesarrollados por razones geopolíticas. Llama
la atención la acción de los acreedores en el caso alemán, quienes
fueron más eficientes en términos económicos y aún más humanos que el
Banco Mundial, el FMI o el Club de París en la actualidad.
6. Repensando el marco financiero internacional
Es
cada vez más aceptado en el mundo que son necesarias profundas reformas
en las condiciones marco de la economía internacional. Cada día surgen
más voces que solicitan un nuevo ordenamiento del comercio, de la
competencia, del sistema monetario y financiero, y medioambiental, que
debería desembocar en una suerte de gran pacto social global.
Ordenamiento que debe priorizar el establecimiento de reglas para
resolver el sobreendeudamiento externo de todos los países
empobrecidos. Este planteamiento, por lo demás, no margina el justo
reclamo de una anulación masiva de las deudas existentes, así como
tampoco la búsqueda de posiciones conjuntas por parte de los países
deudores para conseguir mejorar su posición negociadora y, de ser
posible, constituir un frente amplio para el no pago de la deuda (25).
Este planteamiento, sin embargo, prioriza conscientemente una
aproximación al problema de la deuda desde el derecho, concretamente
desde la vigencia de los derechos humanos y desde la vigencia de un
Estado de Derecho a nivel internacional.
A partir de las
declaraciones de las diversas instancias de Naciones Unidas y de una
serie de convenios internacionales se puede encontrar argumentos de
peso que demuestran cómo la deuda implica una violación de los derechos
humanos, del derecho al desarrollo y del derecho a la libre
determinación de los pueblos. Igualmente ha quedado comprobada la
ilegitimidad de la deuda y la imposibilidad de su pago sin poner en
riesgo la existencia misma de amplios sectores de la población en los
países endeudados, pues estos enfrentan deudas odiosas o corruptas,
contratos injustos e ilegítimos (26), mientras que los países
acreedores se niegan a asumir su corresponsabilidad, la cual también
aparece en la medida que han impedido, directa o indirectamente, que
los países pobres obtengan los ingresos necesarios para pagar sus
deudas.
La coyuntura y la experiencia de las últimas décadas imponen una
respuesta de gran envergadura sobre la manera en que debería
configurarse un nuevo orden mundial que al menos "dome" al "capitalismo
salvaje" (en su versión neoliberal), mediante normas financieras,
sociales y ecológicas; al tiempo que se establezcan las condiciones
para superar los mayores problemas internacionales, como la pobreza y
la inequidad, así como el masivo deterioro ambiental.
Por otro lado, las actuales instancias normadoras y controladoras existentes están seriamente cuestionadas:
- el FMI y el Banco Mundial, con poco más de medio siglo de
funcionamiento, muestran pobres resultados en sus políticas y
estrategias;
- la racionalidad de la Organización Mundial de Comercio (OMC) tampoco es ampliamente aceptada;
- el rechazo masivo al Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) habla
de la necesidad de esquemas reguladores que no intenten simplemente
establecer garantías para la acumulación del capital;
- el Area para el Libre Comercio de las Américas (ALCA), por igual,
asoma como una real amenaza para América Latina y las protestas en su
contra crecen aceleradamente.
Sin embargo, a pesar de todos los cuestionamientos valederos y urgentes
que hay que hacer a estas instituciones, aún a las que están en
ciernes, resulta asombroso la todavía relativamente escasa discusión
tendiente a establecer normas para el "mundo" financiero. Hoy más que
nunca, a la luz de las reiteradas crisis de deuda externa, urge la
construcción de un código financiero internacional que regule los
mercados financieros. Esta es una de las ausencias más notables. A
nivel del comercio mundial, con todas sus limitaciones, existe un
Código Internacional de Comercio y un Tribunal Internacional de
Arbitraje, que utiliza precedentes conocidos como el de París (27),
mientras que en el campo financiero -para el manejo de la deuda
externa, por ejemplo- no hay nada similar. No hay reglas para normar el
mercado financiero internacional, en el cual, por lo demás, se ha
instaurado la especulación y la irracionalidad.
Es obvio que las distorsiones financieras y monetarias mundiales no se
pueden solucionar sólo con medidas nacionales o regionales. La falta de
disciplina monetaria y financiera internacional favorece la
inestabilidad interna y mantiene la esclavitud que implica la deuda
externa. Si se redujeran los incentivos para la huida de capital y la
dolarización espontánea de las economías subdesarrolladas, éstas
conservarían su dinero y su ahorro, con posibilidades para invertirlo
internamente de manera segura y rentable. Habría más financiamiento
propio y menos endeudamiento y dependencia del capital extranjero.
Según James Tobin, Premio Nobel de Economía, lo grave es "la movilidad
internacional excesiva del capital privado" (28). Frente a esta
realidad "las economías nacionales y los gobiernos nacionales no están
en condiciones de ajustarse a los flujos masivos de fondos en los
mercados cambiarios, sin sufrimiento (de la economía) real y sin un
sacrificio significativo de la política económica nacional respecto al
empleo, la producción y la inflación. Específicamente, la movilidad del
capital financiero limita las diferencias viables entre las tasas de
interés nacionales y, por tanto, restringe severamente la habilidad de
los bancos centrales y de los gobiernos para adoptar políticas
monetarias y fiscales apropiadas para sus economías domésticas". En ese
contexto, la mejor vía para enfrentar los problemas, de acuerdo a
Tobin, habría sido transitar "hacia una moneda común, una política
monetaria y fiscal común y a la integración económica". Lo que él
denominó "el ideal de un mundo", en el que "los movimientos de los
fondos para explotar el arbitraje de las tasas de interés o para
especular en base a las fluctuaciones de los tipos de cambio no pueden
ser el origen de los desarreglos y de los ajustes regionales
dolorosos". Frente a las dificultades políticas que avizoraba para su
propuesta, Tobin se inclinó por un segundo sendero: el conocido
actualmente como Impuesto Tobin, destinado a gravar a los flujos
financieros internacionales con el fin de limitar su carácter
especulativo.
Con la definición de un marco global se debería, entonces, normar,
regular y controlar las relaciones financieras. Esta sería la esencia
de un código financiero internacional, que de paso a una instancia
global que podría cobijar, a su vez, un Tribunal Internacional sobre
Deuda (29), el cual, de ninguna manera, puede caer bajo la férula del
FMI o del Banco Mundial, cuya reorganización, por lo demás, es urgente.
Las consideraciones teóricas para muchas de estas normativas están
planteadas desde hace tiempo y se enmarcan, directa o indirectamente,
en la creciente importancia del derecho internacional (30). Todo esto
habla de la necesidad de esquemas reguladores que no intenten
simplemente reformar las instituciones existentes para sostener o
ampliar las garantías para la acumulación del capital.
Teniendo siempre en mente la búsqueda de soluciones integrales y
reconociendo la vigencia de Estados de Derecho en el mundo
desarrollado, desde fines de los años ochenta, se propone, en suma, la
creación de un esquema que considere el arbitraje para resolver
definitivamente la situación de sobreendeudamiento de los países
subdesarrollados. Aquí cabe destacar los aportes de Kunibert Raffer,
Profesor de la Universidad de Viena (31), la UNCTAD y el Profesor
italiano Sandro Schipani. Este arbitraje -coincidiendo con Oscar
Ugarteche- debería enmarcarse en el contexto del mencionado código
financiero, que cobijaría el funcionamiento de un Tribunal
Internacional sobre Deuda, pues no se puede dejar como un instrumento
aislado la posibilidad de recurrir a un arbitraje. Con un código
internacional se viabilizaría un sistema institucionalizado y
generalizable a nivel mundial, quizás en el marco de la Organización de
las Naciones Unidas, entidad que parecería ser la más competente e
independiente para intervenir en el problema de la deuda. Hasta se
podría estudiar la viabilidad de que este nuevo tribunal este adscrito
al Tribunal Internacional de La Haya (32).
El potencial de un sistema de arbitraje podría debilitarse seriamente
si solo se abre la puerta para salidas puntuales, por ejemplo para
ventilar la situación de algunos países de ingresos medios que no
reúnen los "méritos" para ser considerados en el HIPC. En otras
palabras, todos los países en determinadas circunstancias establecidas
con absoluta claridad y con reglas adecuadas deberían poder acogerse a
la posibilidad de un proceso jurídico internacional, que no se
concedería en forma selectiva (clientelar) por parte de los acreedores.
Hacerlo aisladamente sería crear una nueva forma de dominación, basada
en, sistemas discriminatorios en los cuales el poder mundial premia a
unos países y castiga a otros a partir de sus intereses. En suma no hay
que instaurar exclusivamente un procedimiento justo y transparente de
arbitraje para casos aislados, sino que este proceso tiene que estar
abierto para todos los países en condiciones visibles y
predeterminadas, sin olvidarse que "el diablo está en los detalles".
Sin embargo, como bien señala Raffer, no se puede esperar a que algún
día se elabore y apruebe el necesario código financiero internacional
para dar paso a los procesos de arbitraje. Si se logra
institucionalizar la posibilidad de un arbitraje ad hoc, al cual puedan
acogerse -en base a normas generales previamente definidas- todos los
países deudores, ya se habría dado un paso importante.
El punto de partida para iniciar cualquier proceso de resolución
definitiva de la deuda será, sin duda, la realización de una auditoría
independiente. No todas las deudas merecen similar tratamiento. Muchas
deben ser desechadas desde el inicio, sobre todo aquellas que caen en
la categoría de deudas odiosas (contratadas por una dictadura, por
ejemplo), usurarias (con tasas de interés desproporcionadas, que de
antemano hicieron imposible el servicio de la deuda) o corruptas
(contratadas en condiciones que no se ajustan a las normas legales del
país acreedor o deudor, o a normas internacionales).
Este tribunal -no dependiente de ninguno de los acreedores- serviría
para ventilar y juzgar casos de corrupción relacionados con las
finanzas internacionales. Esta iniciativa sería el complemento externo
de acciones nacionales como el juicio contra la deuda externa
argentina, llevado adelante por Alejandro Olmos, luchador infatigable
fallecido en el año 2000; iniciativas que habrán de multiplicarse (33).
Lo que se pretende con esta propuesta es avanzar en la búsqueda de
soluciones rápidas y definitivas frente a situaciones de insolvencia de
facto, las cuales, como se conoce, conducen a un acelerado deterioro de
las condiciones de vida de la población en los países afectados.
Por otro lado, si un país, en forma soberana, se acoge a esta
posibilidad debería estar en capacidad de suspender el servicio de su
deuda externa, sobre todo mientras se ventila su solicitud de
resolución del problema. Esta posibilidad sería autorizada por una
instancia internacional, no por el FMI o el Banco Mundial. Los
organismos multilaterales de crédito -rediseñados y transformados
profundamente- deberían proteger al deudor y no ahorcarlo en
situaciones de crisis, tal como sucede en la actualidad con el FMI y el
Banco Mundial. Como complemento habrá que desarmar la capacidad de
chantaje que tienen los fondos "buitre", pues se deberá asegurar la
estabilidad de los países endeudados con reformas jurídicas en los
principales países acreedores; reformas que deberán ser complementadas
con las normatividades internacionales que sean necesarias.
El propósito sería garantizar las inversiones sociales y, al mismo
tiempo, asegurar el proceso de acumulación interno, para impedir que la
deuda estrangule el desarrollo de un país. Proteger el gasto social sin
atender la capacidad de acumulación es insuficiente. Es imposible que
se mantenga el gasto social si se capitalizan los intereses y se
aplican condiciones de política económica que limitan el crecimiento
económico y aseguran el traslado del ahorro interno al exterior. Por lo
tanto, los propios esquemas de ajuste estructural deberán ser revisados
y sustituidos por otro tipo de política económica, pues no se trata de
hacer mejor lo que se viene haciendo hasta ahora en la búsqueda de una
suerte de neoliberalismo de segunda mano. Por eso la anulación de las
deudas, como parte de una estrategia global que no se agota en el no
pago o en dicha anulación, plantea "la recuperación de condiciones de
producción dignas para todos" (Hinkelammert 1999: 127).
7. El complejo tema de la soberanía y la deuda externa
El
tema de la soberanía es un punto complejo. De hecho un país que se
acoja a un tribunal estaría de alguna manera aceptando su insolvencia.
Esto implica una serie de consecuencias que afectarían su imagen y
significarían la limitación de su soberanía. Sin embargo, en la
actualidad, al aceptar el dogma de la no insolvencia -para no debilitar
su soberanía-, los países, de hecho, asumen pasivamente la necesidad de
los ajustes para garantizar el pago de la deuda: no habría más
alternativa que cumplir con los acreedores para no quedarse al margen
de la "globalización", reza el discurso dominante.
Además, la
constitución de un tribunal de arbitraje sería un paso importante en
términos cualitativos en vista de que no hay, en la actualidad, ningún
tratamiento equitativo ajustado al Estado de Derecho. Pero que quede
absolutamente claro, el arbitraje no puede ser un mecanismo aislado
para procesar situaciones de insolvencia puntuales. Aquí no se plantea
saltearse la soberanía judicial de un país y apelar a un comité de
arbitraje de tipo comercial, como se proponen en el ALCA para el tema
de las inversiones de las empresas extranjeras, por ejemplo. Este
tribunal va más allá de los escenarios comerciales. Su legitimidad
debería residir directamente en una nueva forma de soberanía social y
política a nivel internacional.
En la práctica, con la aceptación de una situación de insolvencia se
protege al deudor para que sobreviva, se reponga y luego incluso pague
lo que pueda. Con lo que, en poco tiempo, el insolvente podría volver
al mercado financiero internacional, realmente a un nuevo mercado
financiero menos especulativo y no tan inequitativo. Esto exige,
entonces, reducir la debilidad contractual de los países empobrecidos,
sobre todo en el caso del endeudamiento externo.
En estos países, aún cuando oficialmente sus gobernantes no reconozcan
una situación de insolvencia, en la práctica lo que hacen es dejar en
la insolvencia a sus habitantes y seguir deteriorando sus estructuras
sociales, debilitando las prácticas democráticas y destrozando la
naturaleza para tratar de demostrar que su país no cae en la
insolvencia. Perversa realidad: el Estado no llega a la insolvencia
oficial, sus sociedades muchas veces sí...
El tema de la jurisdicción de los créditos merece por igual ser
incorporado en el análisis. Hoy rige la jurisdicción de Nueva York o
Londres, con el argumento de que se trata de contratos privados. Esta
práctica produce, de facto, un recorte de la soberanía de los países
endeudados. En suma, se aplican las leyes de los acreedores, dejando a
los deudores expuestos a todo tipo de atropellos. Con el
establecimiento de un tribunal internacional se eliminarían aquellas
situaciones en las cuales los acreedores directa o indirectamente son
"juez y parte", como sucede con el FMI, el Banco Mundial y en especial
con el Club de París.
En los países industrializados, en donde se precian de sus instancias
jurídicas, es imposible que alguien sea juez, asesor, consultor y
ejecutor a la vez; son inimaginables situaciones donde la falta de
transparencia y democracia esté a la orden del día. Entre el derecho
del acreedor a recibir los pagos y el derecho del deudor a no ser
forzado a cumplir un contrato que le conduce a una situación inhumana,
en cualquier país con un mínimo Estado de Derecho existe el principio
de la protección del deudor para impedir que el servicio de la deuda
afecte su dignidad humana. Esta protección no asoma en el campo del
endeudamiento externo.
El actual tratamiento de los países deudores contradice el discurso de
los países ricos en relación con el mundo subdesarrollado, al cual le
critican -con razón, muchas veces- sus debilidades y hasta aberraciones
jurídicas; discurso que, gracias a su posición de poder, no asoma en
las relaciones financieras con los países empobrecidos.
En este contexto, esta propuesta, que incluiría normas para procesar la
bancarrota internacional con un esquema justo y transparente, ha
comenzado a ganar adeptos en diversas partes del mundo; aunque muchos
de los propulsores más consistentes, hay que señalarlo, todavía están
atrapados por la idea de respuestas puntuales y selectivas (34). Es
más, funcionarios del gobierno norteamericano y del propio FMI -a la
cabeza Ann Krueger, subdirectora del Fondo- ya se han pronunciado, de
alguna manera, en este sentido, aunque resaltando el tema de la
insolvencia. Krueger aceptó la necesidad de estudiar la creación de un
mecanismo internacional para procesar bancarrotas, con el cual se
podría dar paso a reestructuraciones ordenadas de la deuda externa de
países con problemas. Ella reconoció que "carecemos de incentivos para
ayudar a países con deudas insostenibles a resolverlas con celeridad y
apropiadamente", señalando, a continuación, que "es hora que este vacío
sea llenado". Con su propuesta acepta la posibilidad de que un país con
severos problemas de deuda, siempre a la sombra del FMI, pueda
suspender el servicio de dicha deuda, para luego someterse a un proceso
de insolvencia, cuyo funcionamiento no ha sido aún claramente definido.
Por un lado, sin embargo, esta iniciativa del FMI constituye una
demostración de que las cosas no funcionan como se las viene
instrumentando el propio Fondo, pero por otra representa un intento por
mantener el control de la situación a pesar de su fracaso, pues, tal
como propone Krueger, el FMI mantendría bajo su mandato el pretendido
esquema de insolvencia internacional y a través de él seguiría
controlando la situación económica internacional. Con esta sugerencia
el FMI acepta la existencia de un "hoyo profundo" en las relaciones
financieras internacionales, algo impensable hasta hace poco. Y, por
cierto, se pretende, bajo la batuta del propio Fondo, establecer normas
que permitan definir la constitución de dicho "elemento ausente".
Esta intencionalidad del Fondo podría parecer novedosa, pero no lo es.
Como ya se manifestó antes, la voz de Krueger se pierde entre las
múltiples voces que solicitan, desde hace años, un nuevo ordenamiento
del sistema financiero mundial. Y está claro que las distorsiones
financieras y monetarias no se pueden solucionar sólo con medidas a
nivel nacional, pues la falta de disciplina financiera internacional
favorece la inestabilidad interna y mantiene la esclavitud de la deuda
externa, término que por cierto no utiliza Krueger (35).
Por eso, un simple esquema de arbitrajes para abordar el problema no
abrirá la puerta a soluciones definitivas en la medida que esté
atrapado por la racionalidad fondomonetarista, esto es por el manejo
del caso por caso y, sobre todo, por la lógica de respuestas netamente
financieras que no abordan los temas de fondo, pues se mantiene, entre
otros elementos cuestionables, el desbalance jurídico al ser el Fondo
también un acreedor. De todas formas, por fin el FMI estaría asumiendo
la recomendación que hiciera Adam Smith en 1776, en su libro clásico,
quien dijo que "cuando un Estado se ve en la necesidad de declararse en
quiebra, lo mismo que cuando un individuo se ve en tal necesidad,
entonces una quiebra limpia, abierta y confesada es la medida que a la
vez menos deshonra al deudor y menos perjudica al acreedor".
Un punto adicional que debe ser aclarado es el relativo a quién define
qué país puede acogerse a un sistema como el aquí esbozado; por un lado
hay quienes sostienen la necesidad de definir ciertos parámetros para
calificar al deudor que entraría en el arbitraje, pero por otro se
plantea, con mucha razón, que cada país a través de su gobierno, en
forma autónoma y soberana, asuma esta decisión, con lo cual se
reduciría ostensiblemente la posibilidad de presiones y manipulaciones
externas.
A pesar de todas las limitaciones y riesgos inherentes a esta
iniciativa -en proceso de definición y sujeta a discusión-, la
posibilidad de instrumentar un esquema de arbitraje ad hoc en las
actuales circunstancias ya sería un paso interesante, sobre todo si así
se abre la puerta para otros casos a partir de una práctica que deberá
ser afinada y difundida. Un ejercicio de esta naturaleza serviría como
escenario de prueba para el establecimiento de un sistema generalizable
y no excluyente, que exigiría la elaboración y aprobación de lo que
podría ser un Tribunal Financiero Internacional (36). Entonces, un
arbitraje puntual para tener un valor táctico no puede marginar una
visión estratégica del problema, por tanto debe propender a una
solución global y no simplemente a la colocación de parches pragmáticos
apelando a la "generosa comprensión" de los acreedores.
8. Algunas conclusiones para civilizar el mercado financiero
Si las partes afectadas interviniesen en la búsqueda de una solución
concertada para establecer este marco jurídico internacional se podría
esperar que las condiciones financieras mundiales mejoraran. Lejos de
ser un problema, la existencia de un esquema internacional para normar
los flujos financieros y resolver sobre situaciones complejas de deuda
externa, que inicialmente crearía cierta incertidumbre, a la postre
establecería condiciones más transparentes y sólidas que son
indispensables para normar, regular y domar el mercado financiero
internacional.
Es cierto que al principio podría darse un cierto nerviosismo en el
mercado financiero internacional por la posibilidad de que un número
significativo de países quisiera acogerse a un esquema como el
esbozado. Esto podría provocar tensiones. Sin embargo, si las reglas
son claras, superado este primer momento los beneficios serán
indudables. Las ventajas para los acreedores y los deudores son
inocultables. Disminuirá considerablemente el aspecto especulativo del
endeudamiento externo y sus actores serán mucho más cuidadosos el rato
de prestar dinero en el exterior. Un acreedor prudente en ningún caso
volvería a entregar créditos en montos superiores a la verdadera
capacidad de pagos de un deudor y éste, por su lado, sería aún mucho
más responsable en el manejo de los créditos externos. Los criterios de
los nuevos préstamos se ajustarían a la real capacidad de pago de los
países, en el marco de un tratamiento jurídico internacional basado en
la lógica y racionalidad del Estado de Derecho, inexistente
actualmente. Este tratamiento no puede caer en la trampa de establecer
una supuesta igualdad de derechos, cuando la desigualdad de condiciones
es el punto de partida: derechos iguales a contrapartes desiguales
benefician al más fuerte y perjudican al más débil.
Para conseguir estos beneficios ampliados, hay que instaurar
"principios de justicia por los cuales debemos ser gobernados, para
buscar aquellos que eviten consecuencias que constituyan violaciones a
los derechos humanos y de los pueblos, y afirmar nuevamente, con mayor
certeza y estabilidad, tales reglas para la vida económica". Téngase
presente que las inequidades en las relaciones entre acreedores y
deudores han sido causantes de muchos problemas y de la propia
incertidumbre financiera (Schipani 2001: 35).
En el campo cuantitativo tampoco habría grandes dificultades si al
empezar con este sistema global se diera paso a una masiva anulación de
la deuda externa pública de los países empobrecidos. Entonces, la
salida pasa, entre otras cosas, por la aceptación de la
corresponsabilidad por parte de los acreedores (37), y por la asunción
de sus pérdidas, que tampoco serán tan graves como para poner en riesgo
el sistema económico mundial, pero que representarán acciones
indispensables para poder enfrentar el acelerado proceso de
empobrecimiento en el mundo (38).
Para hacer realidad este nuevo esquema internacional habría que definir algunos puntos básicos:
1. El pago de la deuda externa no puede ser, en ningún momento, un
freno para el desarrollo humano o una amenaza para el equilibrio
ambiental. No sólo está en la mira la resolución de los problemas del
endeudamiento, sino el nacimiento de un sistema económico más estable y
equitativo que redunde en beneficio de toda la humanidad.
2. Tampoco es aceptable, dentro del Derecho Internacional, que los
arreglos de deuda externa sean instrumentados como herramientas de
presión política para que un Estado acreedor o una instancia controlada
por los Estados acreedores impongan condiciones a un Estado deudor,
reflejadas especialmente en el ajuste estructural. Esto abre la puerta
para que cada país desarrolle su propia política económica y no viva
atado a las condicionalidades del FMI y del Banco Mundial.
3. Es necesario establecer normas internacionales enmarcadas en un
código financiero internacional, tanto para sentar con claridad los
mecanismos que rijan el proceso de resolución de crisis de deuda, como
para impedir que mecanismos como el arbitraje sean utilizados como una
nueva herramienta de presión política por parte de los acreedores. No
se puede reeditar el manejo arbitrario caso por caso como hasta el
momento, lo cual, en más de una ocasión, ha dado lugar a la imposición
de condiciones insoportables para los países endeudados y hasta ha
provocado una enconada competencia entre deudores que sólo beneficia a
los acreedores. Quizás hasta que se disponga de dicho código y exista
el correspondiente tribunal internacional, habría que presionar para
que se institucionalice el arbitraje.
4. El punto de partida de cualquier solución, incluido el arbitraje,
radica en la identificación de las deudas adquiridas legalmente y que
pueden ser pagadas, distinguiéndolas de aquellas a partir de la
doctrina de las deudas odiosas y corruptas. Con una auditoría
independiente se podría descubrir la existencia de deudas ilegales e
ilegítimas, sobre todo aquellas contratadas por gobiernos
dictatoriales; además, suspender el pago de estas deudas podría
constituirse en una barrera para prevenir aventuras dictatoriales.
Igualmente, hay que desmontar las deudas que resultan impagables y aún
las condiciones que las han hecho impagables por afectar los derechos
humanos económicos, sociales y culturales de los pueblos. Entre los
factores a considerar para impugnarlas podrían estar las alzas
usurarias de las tasas de interés y esquemas como la socialización de
las deudas privadas ("sucretización", por ejemplo). Con este ejercicio
de selección se abriría de facto la puerta a cancelaciones masivas de
la deuda, que debería asegurarse con condiciones positivas (40).
5. Como complemento de las auditorias habrá que establecer un fondo de
emergencia para impedir que el país que se acoja a este sistema sea
víctima de chantajes y de cualquier tipo de presiones especulativas.
Para garantizar el funcionamiento relativamente autónomo de las
políticas monetarias de los países pobres se debería dar paso
inmediatamente a la emisión de nuevos Derechos Especiales de Giro, con
el fin de establecer un fondo especializado en esta tarea; este fondo
también podría ser alimentado con los recursos que genere el impuesto
Tobin, por ejemplo. Por cierto, la posibilidad de suspender los pagos
también debería estar institucionalizada para aquellos casos en los
cuales un país es víctima de un ataque especulativo.
6. Todas las partes involucradas en el problema deben tener un trato
equitativo que implica el derecho de ser escuchadas, propio del debido
proceso. Para lo que hace falta incorporar activamente a los
representantes de la "sociedad civil" de los países endeudados, que es
normalmente el sector más afectado por la crisis de la deuda y su
manejo. En este sistema, hay que decirlo categóricamente, también habrá
que asegurar un trato equitativo para los acreedores internacionales.
7. Para el servicio de la deuda contratada y renegociada con acuerdos
definitivos y en condiciones de legitimidad, habrá que establecer
parámetros claros en términos fiscales, para que el servicio de las
deudas que todavía hubiera que pagar, dentro del Presupuesto del
Estado, no afecten las inversiones sociales y tampoco minimicen el
potencial de desarrollo (41).
8. En términos comerciales se espera que exista un superávit como
condición mínima para servir la deuda (42). Como complemento se
requiere de un esquema que estimule la compra de productos de los
países endeudados por parte de los acreedores. Las rebajas de la deuda
deben ir en relación directamente proporcional a las restricciones
comerciales de los acreedores, a más barreras arancelarias más
desendeudamiento.
9. Hay que incorporar por igual cláusulas de contingencia para el
comercio exterior y para las finanzas internacionales que conduzcan
inexorablemente a la suspensión de pagos. Si se produce una caída
sustantiva de los precios de las materias primas, por ejemplo, se
suspenderían los pagos hasta que se restablezca el equilibrio.
Igualmente, si la tasa variable de interés supera una banda razonable
con relación al momento de la firma del crédito, se pospondría el
servicio hasta que se fije una nueva tasa.
10. Desde una amplia perspectiva, este sistema internacional para
resolver el problema de la deuda externa, debe sustentarse sobre bases
de transparencia, justicia y equidad.
En paralelo a estas demandas, es necesario que se establezca un nuevo y
mejor sistema monetario y financiero internacional, lo cual no se
resuelve con una simple reforma interna de las instituciones como el
FMI y el mismo Banco Mundial. Se precisa un nuevo Bretton Woods que
ayude a regular y normalizar otro proceso de globalización sobre bases
de solidaridad y sustentabilidad. Algo urgente, pues "el FMI y el Banco
mundial no son en la práctica organismos especializados del sistema de
Naciones Unidas, sino meros instrumentos y mandatarios de las grandes
potencias y del gran capital" (Teitelbaum 2001).
De todas estas reflexiones se puede sacar algunas conclusiones para la discusión:
1. El Banco Mundial y los bancos regionales deberán rebajar
sustantivamente la deuda sin condiciones. Se deben superar los actuales
requisitos de política económica transformados en una trampa de
imposiciones que generan y/o agudizan la pobreza en los países
"beneficiarios", sin llegar, por cierto, a resolver el reto de la deuda.
2. El Banco Mundial deberá retornar a su papel de financista de
proyectos de desarrollo, mientras que el FMI -si su existencia fuera
necesaria- debería limitarse a apoyar con créditos cuando se produzcan
desequilibrios de balanza de pagos dentro del marco de un código
financiero internacional. Para resolver situaciones críticas, los
países deberían tener la posibilidad de acceder a asesorías
especializadas que no sean ofrecidas exclusivamente por estas dos
entidades, cuyo trabajo es con razón cuestionado. Entre las
alternativas de solución tampoco se puede descartar la disolución de
estas instancias multilaterales, para poder diseñar y dar vida a nuevas
estructuras financieras y monetarias que reorganicen y controlen el
mercado monetario y financiero mundial sin arrastrar con una herencia
tan pesada (43).
3. La inmediata disolución del Club de París, en vista de su fracaso
histórico y en cuyo seno no hay ningún arreglo apegado al derecho,
sería el primer paso para la constitución de un tribunal internacional
de deuda independiente.
En este contexto surge con fuerza la necesidad de desinflar la gran
burbuja especulativa mundial, cuya lógica de acumulación ha subordinado
sin piedad la racionalidad social, cultural y hasta ecológica. El
mercado financiero internacional ha colonizado a la economía real y
hasta la misma política. Esto conduce a reforzar e integrar propuestas
como la del Impuesto Tobin, a través del cual desea "lanzarle algo de
arena a las ruedas de nuestros mercados monetarios internacionales
excesivamente eficientes". Con los recursos obtenidos por esta vía se
podría establecer un fondo (44) para enfrentar los desequilibrios en el
mercado financiero internacional a favor de los países empobrecidos
(45). Siguiendo estas reflexiones aparece la urgencia por desarmar los
paraísos fiscales. La deuda, como se ve, es apenas un componente a ser
considerado en un amplio proceso de transformaciones profundas del
sistema financiero internacional.
Así, por ejemplo, la UNCTAD plantea una cuestión de fondo que también
merece ser globalmente analizada, al preguntarse "si existe un régimen
de tipos de cambio viable y apropiado para economía en desarrollo
cuando las principales monedas de reserva sufren frecuentes
fluctuaciones y desalineaciones y los movimientos de capital son
sumamente inestables". Esto implica, dentro de la lógica global para
abordar el problema, la necesidad de introducir objetivos monetarios
entre los principales bloques procurando armonizar sus políticas
macroeconómicas no en función de equilibrios coyunturales o nacionales,
sino considerando las crecientes demandas derivadas del empobrecimiento
de la mayoría de habitantes del planeta, estableciendo los mecanismos
que permitan manejar las épocas de crisis. Desde esta perspectiva,
vigilancia y concertación, con la participación activa y democrática de
los países subdesarrollados, serían pilares para la construcción de una
nueva economía mundial.
Igualmente hay que incorporar en la discusión el análisis de diversos
mecanismos de control de los flujos de capital a nivel nacional,
regional y mundial. Por igual hay que fortalecer el reclamo de la deuda
ecológica (46), en la cual los países subdesarrollados son los
acreedores (47). Esta deuda, que no tiene necesariamente que expresarse
y pagarse en términos convencionales, coloca en el centro de la
discusión el tema ambiental a nivel global y anticipa, desde ya, "el
mayor reajuste económico y geopolítico de la historia moderna" (Simms).
Desde esta perspectiva y si se considera que la deuda externa
financiera ya habría sido pagada, considerando las deudas social,
histórica y ecológica, la pregunta que surge es quién debe a quién. Es
más, es hora de pensar en una organización conformada por los países
empobrecidos, acreedores de las deudas histórica y social, así como de
la deuda ecológica.
Estas son algunas de las propuestas globales urgentes para la
construcción de sociedades sustentables. Sin embargo, puede que no
representen a primera vista una salida radical e inmediata como sería
la que se conseguiría con la cancelación definitiva de todas las deudas
del mundo pobre, sin embargo las ideas esbozadas en estas páginas
llevan implícita la modificación profunda de las reglas del juego. Son
apuestas en construcción por un futuro diferente -¡otro mundo es
posible!-, que no se logrará simplemente con discursos y posiciones
radicales carentes de propuesta.
Lo que está en juego, en suma, es la búsqueda de un nuevo régimen
social de acumulación y participación. Si se pone la vida en el centro
de la acción y no sólo la reproducción del capital, impulsar un nuevo
proceso de globalización es indispensable. No se intenta construir
simplemente un mejor sistema de acumulación material. No se trata sólo
de hacer bien las cosas que se han hecho hasta ahora o de buscar unos
cuantos consensos para parchar al sistema. Se precisan cambios
profundos. Urge superar aquellas visiones simplistas que convirtieron
al economicismo en el eje de la sociedad. Esta es una apuesta por un
futuro diferente. Sí, otro mundo será posible si se parte de los
derechos humanos políticos, económicos, sociales, culturales y
ambientales.
La tarea, entonces, es construir una situación global de derecho, que
permita normar y de ser posible desarmar la mundialización del
capitalismo desbocado. Dada la importancia intrínseca de los derechos
humanos (48), es necesario defender su vigencia aun sin demostrar, por
ejemplo, que el crecimiento económico es necesario para el desarrollo.
Proceso de crecimiento económico, que -para ponerlo en palabras de
Amartya Sen, Premio Nobel de Economía- "no es más que un medio para
lograr otros fines. Esto no equivale a decir que el crecimiento carece
de importancia. Al contrario, la puede tener, y muy grande, pero si la
tiene se debe a que en el proceso de crecimiento se obtienen otros
beneficios asociados a él. (...) No sólo ocurre que el crecimiento
económico es más un medio que un fin; también sucede que para ciertos
fines importantes no es un medio muy eficiente". Y como se ha visto,
sobre todo en los últimos años, el crecimiento económico de los países
industrializados sacrifica el bienestar de amplios segmentos de la
población mundial, los cuales, por lo demás, pretenden alcanzar un
estilo de vida consumista y derrochador que no es viable para la
totalidad de habitantes del planeta y que a la postre será también
inviable en las regiones donde viven las sociedades más ricas del
planeta.
El reto, entonces, no radica en obligar a los países subdesarrollados a
seguir por un camino sin salida tratando de realizar mejor las mismas
tareas asumidas hasta ahora, simplemente para imponer la razón
coyuntural del más fuerte, que implica la sinrazón de un futuro cada
vez más inhumano. El reto exige un redoblado esfuerzo político a nivel
global, que sume fuerzas en el Sur y en el Norte, a partir del respeto
de sus especificidades. Esto significa, a su vez, un sólido compromiso
ético, que permita desnudar posibles trampas que aparecen con el mañoso
manejo de la deuda, como el que se da con el tan promocionado canje de
deuda para inversiones sociales. Sólo con respuestas políticas
estructurales y sistémicas, desde una visión global y con acciones
globales, dejará de ser eterna la deuda externa.
Notas
(1) www.lainsignia.org
(2) Si se toma al Ecuador como ejemplo, el tan promocionado acuerdo
Brady de 1995 duró apenas 5 años, también se podrían considerar los 7
inútiles arreglos con el Club de París desde 1983, todo lo cual no
impidió una nueva moratoria en 1999 (impulsada curiosamente por el
propio FMI). Y los propios Bonos Global que sustituyeron en el año 2000
a los Bonos Brady ya se perfilan como impagables...
(3) José María Tortosa confirma esta apreciación cuando dice que "el
problema del llamado subdesarrollo se origina en los países llamados
desarrollados, que se agudiza gracias a estos últimos con la visible
colaboración de las elites de los países pobres..." Una situación que
se experimenta con crudeza en el marco de las renegociaciones de deuda
y más aún en las condicionalidades cruzadas que imponen el FMI y el
Banco Mundial, por ejemplo. Por lo tanto, hasta la tan denigrada teoría
de la dependencia, originada especialmente en América Latina, para
explicar gran parte de las causas del subdesarrollo, mantiene su vigor.
(4) Se puede afirmar que casi un 80% de las crisis de endeudamiento del
mundo subdesarrollado fue causado por factores fuera de su control
(Jochnick: 2001).
(5) Dólares norteamericanos que no encontraban una colocación
productiva en los propios EEUU y que comenzaron a circular en los
mercados europeos.
(6) Dólares acumulados rápidamente en manos de los países exportadores
de petróleo y que retornaron a los países del Norte.
(7) Así se conoce la política económica en los EEUU aplicada en el gobierno de Ronald Reagan.
(8) Mientras las tasas de interés activas en seis de los más grandes
países industrializados tuvieron un promedio de 4,35% entre 1985 y
1989, en el período anterior, entre 1980 y 1985, alcanzaron un 16,8%.
(PNUD, citado por Teitelbaum).
(9) Que quede constancia que nunca los países ricos han frenado esos
flujos de recursos del Sur, pues esta extracción de riqueza les ha
beneficiado desde la época colonial. Hay que resaltar, además, lo
difícil (sino imposible) que resulta recuperar los depósitos de los
dictadores escondidos en los países ricos… no hacer nada también es
otra forma de complicidad.
(10) Chris Jochnick, recogiendo informaciones de Naciones Unidades,
frente a la realidad descrita anteriormente, concluye "dado que buena
parte de la deuda proviene de actos irresponsables y de procesos
determinados por los acreedores, los Estados deudores y sus poblaciones
no deben asumir toda la responsabilidad legal. Dada su constante
intervención en las condiciones y políticas internacionales, los países
del Norte y los bancos multilaterales deben responder legalmente.
Asumir esta responsabilidad se torna más urgente cuando se considera
que, en concordancia con el derecho internacional, los países del Norte
se encuentran también sujetos a la obligación de crear un ambiente
económico justo y a la obligación fiduciaria como prestamistas".
(11) Recuérdese que en los gobiernos ecuatorianos de Oswaldo Hurtado
Larrea (1981-84) y de León Febres Cordero (1984-88) se dio paso a la
"sucretización" -socialización- de la deuda externa privada, en un
monto que bordeaba los 1.500 millones de dólares. Las condiciones de
esta operación se caracterizaron por la ausencia de criterios de
selectividad y por una serie de generosas concesiones que representaron
un gran alivio y un magnífico subsidio a los grupos más acomodados de
la población. Ecuador fue uno de los primeros países en donde se
socializó la deuda externa privada, con lo cual el término de
"sucretización" fue utilizado en otras partes para definir este proceso
impuesto por los intereses de los acreedores.
(12) La construcción de una planta termonuclear por un valor de 2.500
millones de dólares en las Filipinas sobre terreno sísmico y que no
funciona; la fábrica de papel de Santiago de Cao en el Perú, que no
pudo operar por no tener suficiente agua, o el inconcluso tren
eléctrico de Lima; la refinería de estaño de Karachipampa en Bolivia,
la cual, por estar ubicada a 4.000 metros de altura, no tiene
suficiente oxígeno para trabajar; la procesadora de basura para
Guayaquil, que se compró y pagó, pero que nunca se instaló y cuyos
restos se incendiaron; la acería ACEPAR en Paraguay, que prácticamente
no funciona desde su culminación a mediados de los años ochenta; o, la
imprenta del Ministerio de Educación de Quito, instalada en 1991, 12
años después de haber sido comprada (y que aún no funciona), cuando el
país de origen de la maquinaria ya no existía: la República Democrática
Alemana. Otro caso digno de mención puede ser la compra de unos cuantos
barcos pesqueros noruegos por parte de empresarios ecuatorianos a fines
de los setenta; estos barcos, construidos porque el gobierno noruego
estaba interesado en apoyar a sus debilitados astilleros, fueron
adquiridos con un crédito estatal noruego y sin considerar todas las
normatividades legales para este tipo de "ayuda al desarrollo". El
crédito, de casi 50 millones de dólares (345,6 millones de coronas
noruegas), se sirvió hasta mediados de los ochenta. Entonces
aparecieron los problemas. La empresa compradora fue liquidada y aún
cuando el Estado ecuatoriano no tenía ninguna obligación legal para
asumir la deuda privada y los noruegos ya tenían una alternativa para
los buques, lo hizo; tal como sucedió con la "sucretización"
indiscriminada de las deudas externas privadas en el gobierno de
Oswaldo Hurtado Larrea (1981-1984). Y las naves pasaron a la empresa
estatal TRANSNAVE. La deuda, que se había reducido a 27,5 millones de
dólares en 1987, fue servida durante los años noventa, en un monto de
casi 22 millones de dólares. Sin embargo, luego de que el Ecuador
suspendió los pagos, el monto de dicha deuda, en el año 2000, por
efecto de los intereses sobre los intereses, superaba los 46,5 millones
de dólares. Tan flagrante es la ilegalidad del proceso, que éste fue
calificado públicamente como una "vergüenza" por Hilde F. Johnson,
ministro de Desarrollo noruego. Sin embargo, a inicios del milenio, a
pesar de ser una deuda impagable e ilegítima, se la quiere transformar
en inversiones sociales...
(13) De la revisión del endeudamiento de estos países, es fácil
concluir que no fue el alza del precio del petróleo el único detonante
pues esta demanda masiva de créditos hay que enmarcarla, como se dijo
antes, en un contexto sistémico.
(14) El BID, por ejemplo, afirmaba en 1981, que "dada la elasticidad de
ingreso de la demanda de energía, tanto a corto como a largo plazo, y
los probables cambios en la estructura de la economía, la aceleración
de la tasa de crecimiento de la actividad económica conducirá a un
mayor consumo de energía en general y a una mayor demanda de petróleo
en particular, por lo menos durante los próximos diez años". Aún cuando
los precios del crudo ya había descendido desde la segunda mitad del
año 1982 y daban señales de un debilitamiento de tipo estructural que
les llevó a su valor más bajo en 1986, el Banco Mundial en 1985 todavía
aseguraba "que es probable que vuelvan a aumentar en términos reales
durante el presente decenio". En este contexto había escenarios con
precios crecientes del crudo, que fluctuaban entre los 30 y los 48
dólares por barril para mediados de los ochenta y entre los 30 y 78
dólares a mediados de la década de los noventa, en valores constantes
de 1980. Estas previsiones erróneas en el campo hidrocarburífero se
repitieron en el caso de muchos otros productos primarios para los años
ochenta, así, si para el petróleo el error estuvo entre 150 y 160%,
para los minerales metálicos llegó al 62%, para las grasas y aceites al
180%, para otros productos agrícolas no alimenticios al 10 % y así por
el estilo...
(15) El FMI, en palabras de Andreas Hausrecht, asistente científico de
la fundación del Deutsche Bundesbank de la Universidad de Berlín,
"proporciona a los países en crisis abundante liquidez y hace creer a
los acreedores de los países industrializados que se les devolverá su
dinero. Promueve así directamente el abuso y sienta los fundamentos
para la siguiente crisis (...) El FMI asegura de forma continuada la
devolución de los préstamos, reajusta el valor de las posibles pérdidas
(con lo que rebaja la deuda tributaria), se privatizan las ganancias y
se socializan las pérdidas. El FMI se autojustifica con la presunta
necesidad de deber ser, como prestamista de última instancia
internacional, quien remedie las crisis de liquidez.(...) El deber
nacional de un banco central es proveer siempre al sistema bancario de
la suficiente liquidez, en ningún caso el mantener a flote mediante
préstamos a los bancos mal gestionados. El supuesto de la iliquidez
debe ser radicalmente diferenciado del supuesto de insolvencia de un
banco concreto. (...) El FMI trata de salvar su función, asignada en
los tiempos de Bretton Woods, en un sistema internacional de tipos de
cambio fijos, cuando concedía créditos para salvar las dificultades a
corto plazo en la balanza de pagos, en el actual sistema mundial de
tipos de cambio flexibles, y utiliza para ello una categoría
-prestamista internacional de última instancia- que no existe. E
incluso esta ayuda hipócrita y poco desinteresada no es tal, porque ni
siquiera un FMI dotado de omnipotencia monetaria puede acabar con la
deuda externa; se trata más bien en esencia de una extensión del
endeudamiento, que deja a cuenta del país en desarrollo el precio del
ajuste. En segundo lugar, el Fondo liga sus promesas de préstamo a
ciertas condiciones, que en ningún modo son catalogables como adecuadas
para los países. El FMI va mucho más allá del restablecimiento de la
confianza en el sistema financiero del país, e impone una constitución
neoliberal de mercado."
(16) Alejandro Teiltebaum, desde la legislación argentina, plantea la
posibilidad de que los gobernantes de los países deudores puedan se
imputados del crimen de traición...
(17) Argentina, a raíz de la grave crisis del esquema de
convertibilidad y del propio modelo neoliberal, al finalizar el año
2001 entró en una moratoria también tolerada por el FMI, organismo que
espera "recuperar" el control de dicha economía después de haber sido
uno de los principales responsables de su fracaso, tal como lo
reconoció el propio Horst Köhler, director del FMI, en entrevista
reproducida por Diario El País de España, el 22 de enero del 2001.
(18) Alejandro Teitelbaum, argentino, asevera que "desde el punto de
vista económico financiero, si se hiciera un estudio actuarial
descontando los pagos realizados, las deudas ficticias, los intereses
usurarios, los intereses sobre los intereses, los gatos y las
comisiones desproporcionados, se llegaría a la conclusión de que la
deuda ha sido totalmente pagada y probablemente se vería que los
presuntos deudores son en realidad acreedores". El Profesor Sandro
Schipani, italiano, experto en aspectos jurídicos del endeudamiento
externo del mundo subdesarrollado, considera también que un cálculo más
justo y digno para ambas partes quizás ayude a establecer que la deuda
ya está pagada. Si estos es así, se podría reclamar la devolución de lo
percibido sin derecho: "enriquecimiento sin causa del acreedor", tal
como lo estipulan los códigos español, francés y argentino (Ver
Teitelbaum 2001).
(19) Sobre la impugnación de temas contractuales imposibles de cumplir
véase las reflexiones jurídicas del Profesor Sandro Schipani. También
es interesante el aporte de Alejandro Teitelbaum sobre el tema.
(20) "Contrariamente, para las poblaciones que se librarán de tan
pesado fardo, significaría la posibilidad de incrementar
considerablemente sus inversiones en salud, educación, creación de
empleos, etc. Efectivamente el reembolso de la deuda pública del Tercer
Mundo constituye, bien o mal, una erogación de alrededor de 200 a 250
mil millones de dólares, es decir de 2 a 3 veces la suma necesaria para
satisfacer las necesidades básicas fundamentales, según la definición
de las Naciones Unidas. El Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD) y la UNICEF estiman que un gasto anual de 80 mil
millones de dólares en un período de 10 años permitiría garantizar el
acceso a la educación básica, al cuidado de la salud, a una
alimentación adecuada, al agua potable y a la infraestructura
sanitaria, a las mujeres el acceso al cuidado ginecológico y
obstétrico, a todos los seres humanos. Ochenta mil millones de dólares,
es casi cuatro veces menos que lo que el Tercer Mundo reembolsa en
concepto de pago de la deuda externa: aproximadamente un cuarto del
presupuesto militar de los EEUU; el 9% de los gastos militares
mundiales; el 8% de los gastos publicitarios de todo el mundo; la mitad
de la fortuna de las cuatro personas más ricas del planeta. Miseria
presente, riqueza posible." (Toussaint).
(21) Sobre este tema se pueden consultar los valiosos análisis de
Jubileeplus at the New Economic Foundation: www.jubileeplus.org La OCDE
también considera que "la iniciativa para los PPAE no se traducirá
jamás en una reducción del valor nominal del monto de la deuda porque
los alivios se referirán esencialmente al perdón de los intereses y de
las donaciones destinadas a financiar el servicio de la deuda, y no de
perdones directos al monto de la deuda", citada por Toussaint.
(22) Walraud Schelkle, asesor de la FAO, lo recuerda así: "resulta muy
instructiva una mirada a la ayuda al desarrollo, que practicaron sus
antiguos enemigos de guerra con la RFA: después de la crisis de la
balanza de pagos (1950/51), los miembros de la Unión Europea de Pagos
abrieron unilateralmente sus mercados a la RFA y los aliados, en el
Convenio de Londres sobre las Deudas (1953) concedieron una generosa
remisión."
(23) Los indicadores de deuda externa de Ecuador demuestran una
situación insostenible, aún después de la renegociación de los Bonos
Brady en el año 2000, tal como lo demostró Salvador Marconi con un
modelo de consistencia económica. La relación servicio de la
deuda/exportaciones 44% (HIPC 15%), deuda/exportaciones 278% (HIPC
150%), deuda pública/ingresos fiscales 391% (280%), ingreso per cápita
US$ 1.079,- (HIPC US$ 800 - 900,-). Este país, que priorizó el servicio
de la deuda sobre las demandas de la sociedad, como consecuencia de un
largo proceso de ajustes y de la crisis mencionada, experimentó el
empobrecimiento más acelerado en la historia de América Latina: entre
el año 1995 y el año 2000, el número de pobres creció de 3,9 a 9,1
millones, en términos porcentuales de 34% al 71%; la pobreza extrema
dobló su número de 2,1 a 4,5 millones, el salto fue de 12% a un 31%. Lo
anterior vino acompañado de una mayor concentración de la riqueza. Así,
mientras en 1990 el 20% más pobre recibía el 4,6% de los ingresos, en
el 2000 captaba menos de 2,5%; entre tanto el 20% más rico incrementó
su participación del 52% a más del 61%. Y la emigración de
ecuatorianos, con casi medio millón de personas en dos años (más de 10%
de la población económicamente activa), se transformó en una válvula de
escape social, política y económica...
(24) Las características que hacían entonces de Indonesia un caso único
las cumplen totalmente los países subdesarrollados en la actualidad.
Ghana obtuvo poco después un tratamiento preferencial, pero hasta la
actualidad no se conocen los términos del acuerdo...
(25) "¡Desgraciada condición humana! Siempre los tiranos se han ligado,
los libres jamás", clamaba con angustia Simón Bolívar.
(26) Es importante rescatar de la historia la impugnación de las deudas
que tenía Cuba con España contratadas previo a la independencia de la
isla, pues según los propios EEUU se trataba de lo que hoy se definiría
como una deuda odiosa. Como complemento a lo anterior se recuerda
también el repudio de la deuda externa del estado de Missisipi en los
EEUU, que dura hasta ahora desde 1852, luego de un referéndum en el
cual la población de dicho estado se opuso al pago de la deuda;
situación que también se registró en otros Estados de los mismos EEUU.
(27) Oscar Ugarteche sugiere la posibilidad de introducir un arbitraje
ad-hoc para las deudas como mecanismo transitorio en la Cámara de
Comercio de País
(28) Los flujos diarios de transacciones de divisas, entre 1989 y 2001,
crecieron de aproximadamente 600.000 millones de US$ a casi 2.000.000
millones. En ese lapso, las exportaciones aumentaron a una tasa anual
del 6,1%, mientras que las operaciones cambiarias lo hicieron al 9,9%.
(29) Esta propuesta fue planteada durante la realización del Tribunal
Andino a la Deuda Externa, celebrado en Quito los días 29 y 30 de
noviembre del 2001. El autor señala, con satisfacción, que gran parte
de las conclusiones de un texto publicado en noviembre del 2001, fueron
asumidas en el Veredicto General del mencionado Tribunal. Véase en:
http://alainet.org/active/show_text.php3?key=1578
(30) Aquí se puede recordar los pasos dados para constituir una Corte
Penal Internacional, como parte de un proceso que ha tomado casi cinco
décadas y cuya cristalización se garantizó en base a una amplia alianza
de gobiernos y organizaciones sociales y ciudadanas. Como punto de
partida de este empeño está la Corte Mundial establecida en la Carta de
la Organización de Naciones Unidas en 1945, como órgano judicial de la
institución. Igualmente habría que mencionar las doctrinas Drago y
Calvo desarrolladas en América Latina hace más de un siglo como
consecuencia de los problemas de deuda externa, que contribuyeron a
reducir las presiones políticas más crudas y aún las intervenciones
militares vinculadas a este tema, cuya práctica requirió un tiempo de
maduración.
(31) Uno de los puntos que inspiran la reflexión de Raffer radica en la
existencia de normativas expresas existentes en EEUU para procesar
situaciones de insolvencia de las empresas (capítulo 11) y de las
municipalidades (capítulo 9, título 11).
(32) Aún cuando la viabilidad política de esta transformación
financiera es un punto que está por dilucidarse, considerando sobre
todo el riesgo de que en ésta se reflejen las mismas desigualdades del
poder internacional dominante, urge reflexionar sobre estos aspectos
teniendo presente que el desarrollo sustentable de la humanidad es un
tema global y que debe pensarse íntegramente desde la lógica de todos
los derechos humanos.
(33) Desde el derecho surge la necesidad de impulsar -como en una
verdadera guerra de guerrillas en el campo jurídico- juicios nacionales
a la deuda, como el llevado adelante en Argentina que ya se proyecta en
el contexto internacional y que dará paso a un reclamo en la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos en Washington, ante el acto de
denegación de justicia que supone el fallo judicial, que ha sido
virtualmente desconocido al no haberse hecho cargo de su
responsabilidad el Congreso argentino.
(34) Existe un grupo especializado que trabaja sistemáticamente el
tema: Fair and Transparent Arbitration Group (FTPA), en el que
participan personas del Norte y del Sur. A modo de ejemplo se podría
también mencionar la iniciativa italiana para la Conferencia de
Naciones Unidas sobre "Financiamiento y Desarrollo" del 2002: "Towards
a Contractual Global Fund for the Development of Global Public Goods",
2001 (mimeo).
(35) Las críticas a la propuesta del FMI no se hicieron esperar. El
mismo Raffer ha expuesto las debilidades de la propuesta
fondomonetarista (31.1.2002), así como Ann Pettifor de Jubilee y de New
Economics Foundation (febrero del 2002). Estos y otros estudiosos y
expertos en la materia coinciden en señalar categóricamente que el FMI
no puede ser el eje de esta iniciativa.
(36) En la búsqueda de propuestas amplias, en una primera fase, se
podría pensar en la realización de un esquema de mediaciones a partir
de una consulta ampliada en la cual podrían participar los diversos
acreedores, así como el gobierno y representantes de la sociedad civil
del país deudor. Sin embargo, esta consulta no puede sustituir un
arbitraje independiente y naturalmente tampoco la aplicación de un
tribunal financiero internacional.
(37) anulación masiva de deudas, no puede obviar el establecimiento de
marcos jurídicos diferentes, que restablezcan el derecho en las
relaciones internacionales sobre bases de universalidad y equidad.
(38) Igualmente una masiva anulación de deudas sería una contribución
efectiva para prevenir las tendencias recesivas existentes a nivel
mundial, agudizadas por los atentados del 11 de septiembre del 2001.
(39) En el plano jurídico de muchos países se incorporan el criterio de
la "excesiva onerosidad sobreviviente", o sea el derecho a no cumplir
una obligación cuando las condiciones de la misma han cambiado haciendo
que su cumplimiento sea en extremo oneroso; principio incluido también
el la Convención de Viena, en su artículo 62 (Véase Teitelbaun 2001).
(40) Si "el margen de maniobra para el desarrollo se configura cuando
se organizan las restricciones", en palabras de Elmar Altvater,
renombrado Profesor de la Universidad Libre de Berlín, la mayor
influencia la ejercen los países industrializados, lo cual revaloriza
aún más la acción de la sociedad civil de esos países. En este empeño
se requerirá de un sistema de veedurías ciudadanas para hacer un
seguimiento a los procesos de negociación y contratación de la deuda
pública, igualmente serán necesarios esquemas jurídicos que normen el
endeudamiento foráneo. Entre otros puntos que se podrían mencionar urge
poner límites a la posibilidad de que las personas provenientes de los
países deudores que negocian la deuda o suscriben convenios con el FMI,
por ejemplo, puedan trabajar a renglón seguido en organismos
multitalerales de crédito, al menos durante un lapso de 10 años; esta
condición es importante por la experiencia acumulada en los últimos
años, en los cuales muchos funcionarios de los países empobrecidos han
hecho méritos para asegurarse un puesto bien pagado en el exterior
antes que atender los intereses de sus países...
(41) Una opción sería permitir que un país deudor pague al menos parte
de su deuda en moneda nacional. Otra desventaja para los países que
dolaricen oficialmente sus economías…
(42) En la actualidad la tendencia es inversa. Pero más que eso, debido
a las limitaciones de productividad y competitividad de los países
subdesarrollados ,es difícil esperar que los países industrializados
estén en capacidad de adquirir toda la oferta de bienes primarios y aún
los manufacturados, muchas veces de muy baja calidad. El reto es
complejo: cómo garantizar que los productos del mundo pobre accedan al
mercado mundial en condiciones aceptables, cuando además están sujetos
a los cambios tecnológicos, sea por el desarrollo de productos
sintéticos o por la desaparición de la demanda a raíz de cambios en la
tecnología.
(43) Conviene pensar en propuestas para la creación de una moneda
universal, el "bancor", como lo propuso Keynes durante las
negociaciones de Bretton Woods en 1944.
(44) Fondo que no debería caer en manos del FMI o del Banco Mundial. Su
manejo debería recaer en alguna instancia de las Nacionales Unidas.
(45) Esta iniciativa está siendo liderada por ATTAC: Association pour
une Taxation des Transactions financières pour l'Aide aux Citoyens -
Asociacion por un Tributo a las Transacciones Financieras y Ayuda a los
Ciudadanos, que surgió en Francia y que se extiende cada vez más en el
mundo. Es interesante anotar que los parlamentos de algunos países
-Canadá, Finlandia, Irlanda, Bélgica y España-, así como el gobierno
francés de Lionel Jospin ya discutieron esta iniciativa. Es más, el
Parlamento Europeo perdió la posibilidad de instaurar el impuesto por
un solo voto, mientras que el "Llamamiento Mundial de Parlamentarios
por la Tasa Tobin" ya ha sido suscrito por unos 700 parlamentarios
europeos y algunos norteamericanos.
(46) Conviene reflexionar sobre el uso y alcances de este concepto que
podría conducir a equívocos y malas interpretaciones, sin que esto
signifique negar "la destrucción ambiental y la apropiación desigual de
recursos naturales", tal como señala Eduardo Gudynas (2001).
(47) Esta deuda, que se originó con la expoliación colonial -la tala
masiva de los bosques naturales, por ejemplo-, se proyecta tanto en el
"intercambio ecológicamente desigual", como en la "ocupación gratuita
del espacio ambiental" de los países pobres por efecto del estilo de
vida depredador de los países industrializados, algo que se refleja ya
en el sobrecalentamiento acelerado de la tierra. Así, hay que
incorporar las presiones provocadas sobre el medio ambiente a través de
las exportaciones de recursos naturales -normalmente mal pagadas y que
tampoco asumen la pérdida de nutrientes y de la biodiversidad, para
mencionar otro ejemplo- provenientes de los países subdesarrollados,
exacerbadas últimamente por los crecientes requerimientos que se
derivan del servicio de la deuda externa y de la propuesta aperturista
a ultranza. Propuesta que, al estimular al máximo las exportaciones, ha
devenido en promotora y aceleradora de los monocultivos, del uso
incontrolado de agrotóxicos, de la deforestación masiva, de la mayor e
indiscriminada presión sobre los recursos naturales. Adicionalmente,
desde la lógica de recortes fiscales de los programas de ajuste
estructural y de las políticas de estabilización se han reducido
sustantivamente las escasas inversiones destinadas a aquellos proyectos
de protección y aún de restauración ecológica que serían indispensables
para reducir la sobre-explotación de la oferta ambiental. Y la deuda
ecológica crece, también, desde otra vertiente interrelacionada con la
anterior, en la medida que los países más ricos han superado largamente
sus equilibrios ambientales nacionales, al transferir directa o
indirectamente "polución" (residuos o emisiones) a otras regiones sin
asumir pago alguno. A todo lo anterior habría que añadir la
biopiratería, impulsada por varias corporaciones transnacionales que
patentan en sus países de origen una serie de plantas y conocimientos
indígenas. Por eso bien podríamos afirmar que no sólo hay un
intercambio comercial y financieramente desigual, sino que también se
registra un intercambio ecológicamente desequilibrado y
desequilibrador.
(48) Schipani despliega su argumentación jurídica desde los derechos
humanos y de los pueblos, los que deberían servir de guía para el
diseño, la reorganización y el funcionamiento de todas las instancias
económicas.
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