(ARTICULACIÓN DE LOS PRINCIPIOS NORMATIVOS DE LOS DIFERENTES
“CAMPOS” PRÁCTICOS)
Enrique Dussel
UAM-Iz. (Ciudad de México), 2002
Habiendo expuesto este tema en un seminario que impartí en
agosto de 2002 en la sede central del Partido Sandinista en Managua (Nicaragua),
invitado por Miguel Escoto y en presencia de varios comandantes, inclusive
Ortega, indicaba que frecuentemente, y como un ejemplo relevante, los
“revolucionarios” de izquierda habían sido hasta heroicos en sus actos políticos
(o en su estrategia militar como guerrilleros en las inhóspitas montañas), pero
se conocían casos de “doble moral” (incoherencia
ética) con respecto a las “compañeras”, en
el nivel de las relaciones de género, con las que se ejercía un machismo
tradicional; o en la cuestión de la raza, discriminando a los de raza
afro-latinoamericana; o en la cuestión de la propiedad ocupando residencias del
antiguo régimen y contando dichos bienes como propiedad privada de algún
comandante sin el pago respectivo, etc. De allí surgió la hipótesis del
“principio coherencia”.
Llamo “principio de coherencia” aquel que obliga (normativamente
con fuerza de “deber”) al sujeto ético,
situado y concreto, a aplicar (subsumir o justificar),
de manera semejante
por analogía de proporcionalidad, los mismos
principios prácticos y los mismos criterios universales en cada “campo”, en
referencia sistémica, institucional, y en los que las acciones de los que
participan y cumplen funciones específicas. Por ejemplo, si se aplica el
principio ético material crítico 1
en el “campo” económico-político (tal
como: “Debes siempre auxiliar al que sufre un efecto negativo del orden
económico-político vigente”, p.e., al obrero cuando no le son reconocidos
ciertos derechos humanos fundamentales –tal como tener siempre los medios
suficientes para reproducir su vida- en una constitución liberal o capitalista2),
para ser coherente éticamente
(dentro del horizonte de la propia y singular
trama intersubjetiva), debe aplicárselo igualmente, de manera analógica
proporcional, en el “campo” práctico familiar (relación de género mujer-varón,
padres-hijos, etc.: “Debes siempre auxiliar al que sufre un efecto negativo del
orden familiar vigente”; p.e., a la mujer en el machismo o a los hijos en el
autoritarismo de una familia patriarcal 3).
Es obligatorio esta
coherencia, entonces, para el sujeto
concreto de la acción (ligado inevitablemente por la intersubjetividad a
diversas comunidades sistémicas o institucionalizadas), y es la cuestión central
en nuestro tiempo de la aparente contradicción entre “ética y política”. Lo es
igualmente en el tema de “ética y empresa”. Piénsese en la falta de ética de los
que manejan corporaciones trasnacionales, como en el caso de la empresa eléctrica Enrom, que carcome la misma
“ética del mercado”, aún en el sentido restrictivo de F.Hayek 4,
mercado que, fetichistamente considerado, es por sí inmoral de no articular con
coherencia sus principios específicos con principios más fundantes 5.
De la misma manera es necesario que se actúe en el nivel privado (p.e. la
familia, y otros) con coherencia al aplicar de la misma manera los principios
normativos en el accionar en el nivel público (p.e. el político o económico). Y
aún es debido ser coherente en la acción práctica en los restantes “campos”
específicos de lo público (siendo “lo público” sólo
otra manera
de la
existencia intersubjetiva a diferencia de
“lo privado”).
Esta temática no tienen casi interés para la Etica del
Discurso, porque afirmando un solo
principio de validez normativa para los
diversos niveles de lo práctico, de la ética y la política, la coherencia es
obvia e inevitable. Al no poseer un principio material de “orientación” en la
discusión del contenido
(“orientación” dejada en manos de los “expertos” sin
criterios ni principios éticos que guíen materialmente la discusión) en cada uno
de los niveles prácticos, ni tampoco tener un principio de factibilidad, ni
principios críticos (material, formal o instrumental), toda la reflexión ética
se reduce (y por esto cae ya en una “falacia
reductivista”)
a la cuestión cuasi-epistemológica de la fundamentación última (que tiene
sentido e importancia ciertamente) o a la aplicación del principio en el campo
de la política. La obra Facticidad y
validez de Habermas, muestra bien como la
política al final se reduce a una mera “filosofía del derecho”, al “estado de
derecho”, momento real pero sólo formal de la política –faltándole todos los
niveles materiales (ecológico-económico) o de factibilidad (las instituciones en
todos los ámbitos prácticos y una teoría de la acción estratégico-política que
simplemente desprecia por imposibilidad de tratarla). La filosofía práctica
discursiva se reduce a ser exclusivamente formal, privilegiando sólo la cuestión
de la relación de los principios y la hermenéutica (la “Teil B”, siendo ésta,
además, sólo considerada en el ámbito de la acción comunicativa, dejando de lado
igualmente todas las otras dimensiones de lo material, instrumental, estratégico
y crítico de la acción política como ya hemos anotado arriba). La coherencia de
los diversos niveles prácticos no es entonces para la “Etica del Discurso” un
problema relevante. No así para una ética más compleja, no solamente formalista,
procedimental o de la mera “pretensión de validez normativa” –porque si se habla
en esta Ética de “pretensión de verdad” no deja de ser sólo dentro de un
horizonte consensualista 6-,
que tendrá en cuenta muchos principios –no sólo uno- (en el nivel A), el nivel
hermenéutico e institucional
más concreto (en el nivel B), y el de la
estructura de la acción práctica concreta (en el nivel C), todo lo cual se da en
diversos “campos” prácticos (económico o político, estatal-nacional o global,
del centro o la periferia, ecológico, familiar, racial, de género, de clases,
pedagógico, religioso, de la tercera edad, de las generaciones futuras, de los
marginales, del deporte, de la comunicación, etc.; diversos “frentes”, campos
sistémicos 7
de totalización o liberación), y no sólo en los “dos”
sistemas (económico y político) que “colonizarían” (un eufemismo) el “mundo de
la vida cotidiana” (la Lebenswelt)..
§ 1. Los diversos “campos” prácticos
En un sentido aproximado al de Pierre Bourdieu 8,
usaremos el concepto de “campo” para denominar los diversos niveles o ámbitos
posibles de las acciones que el sujeto como “actor” opera como participante de
múltiples horizontes prácticos, con numerosos “sistemas” –en un sentido
aproximado al de N. Luhmann-. La totalidad del “mundo de la vida cotidiana” (en
el sentido heideggeriano y no de Husserl, Schultz o Habermas con su “Lebenswelt”) 9
es el suelo sobre el que se “recortan” (y se
desarrollan) los “campos” y sus respectivos “sistemas”, incluyendo además la
subjetividad irreductible a la comunicación plena del sujeto singular (el
S del
Esquema 1,
más adelante). El “mundo cotidiano” no es la suma de todos los “campos”, y estos
de los “sistemas”, sino que los engloba y sobreabunda siempre (como la
“realidad” sobreabunda todos los posibles “sistemas”, porque se establece como
la “red” de los sujetos corporales intersubjetivos, en sus múltiples relaciones
existenciales en las que son los “nodos” 10
–en el sentido de Castells- vivientes y
materiales insustituibles 11).
Todo “campo” está delimitado. Permítaseme presentar un
ejemplo trivial de lo que significa el “límite” de un “campo” que las “reglas”
(los “principios”) definen para fijar la esfera del cumplimiento de su
contenido, diferenciando lo posible de lo imposible 12.
Si diez deportistas juegan un partido de basket, en un “campo” deportivo, deben
cumplir para ser tales con las reglas de ese deporte. Si dos boxeadores, en otro
“campo” deportivo: en el ring, cumplen las reglas del box, triunfa el que
acierta más golpes en el “enemigo” (“enemigo” deportivo, ciertamente), y, de
manera sobresaliente triunfa el que lo deja sin conciencia a su oponente de
turno –no considerando aquí lo anti-ético de este deporte-. Es decir, en el box
se debe vencer físicamente al “oponente” hasta dejarlo “fuera de juego”. La
intención no es asesinarlo, sino dejarlo indefenso, inerme, y por lo tanto
vencido. Si, en el caso anterior, un baskebolista dejara “fuera del juego” a un
“antagonista” en un partido de basket propinándole golpes como en el caso del
boxeador, había dejado de ser baskebolista (al ultrapasar el límite de lo
“posible” le es ya “imposible” ser siendo baskebolista), pero no sería por ello
boxeador, sino que recibiría, según la regla del basket, una pena por la
infracción. Si insistiera en golpear al contrario, entonces habría dejado de ser
deportista, habría ultrapasado el “límite” del “campo” deportivo, y desde el
“campo” de la vida cívica sería necesario llamar a la policía para que lo
tratara como un simple infractor de la ley, ya que estaría agrediendo a otro
ciudadano. El baskebolista, al agredir sin intención a un antagonista (acto que
el boxeador hace con intención válida en su campo boxístico) es objeto de una
pena según la regla del basket, y todavía es deportista si acepta la pena en su
contra. Si no la aceptara y agrediera al árbitro, sería suspendido; es decir,
habría dejado de ser deportista, como hemos dicho. Lo mismo si el boxeador,
después de derrotar al enemigo deportista, quisiera seguir propinándole golpes.
Habría igualmente sobrepasado el “límite” del “campo” del deporte del box.
De manera muy inicial y analógicamente, deseamos describir un
”campo” práctico, por ejemplo el “campo” político, en el que es necesario
aclarar ¿qué es eso de “lo político?”. Para ello sería necesario comenzar por
alguna determinación, ya que para entrar en el “círculo hermenéutico” hay que
decidirse por alguna de dichas determinaciones como su inicio (Anfang),
sabiendo que dicho punto de entrada supone todos los otros no analizados
todavía. Iniciaremos por ello reflexionando sobre el “campo” específico de la
política: el “campo” político, partiendo de la metáfora espacial ya indicada,
gracias a la cual podamos imaginarnos una esfera o una superficie (puede ser
territorial, pero siempre virtual o intencional, sistémica), está limitada por
una “línea” o “frontera” que permite considerar numerosos momentos como situados
“dentro” o “fuera” de dicho campo. En un sentido analógico al “lugar” de un
“sistema” (como mundo de sentido, tanto para Niklas Luhmann 13,
como de manera más compleja para Heidegger), como un espacio, por una parte, a)
“lleno” de fuerzas que lo atraviesan y estructuran (como si fuera un “campo
magnético”, o como una red que tienen innumerables nudos, donde las cuerdas que
la forman se cruzan y se aseguran) 14;
pero, por otra, b) “vacío” (como la red que en la mañana todavía no ha apresado
los pescados del atardecer 15).
Los puntos donde se tocan las relaciones de la estructura, los “nodos” de la red
(de Castells) o los “cuerpos” intersubjetivos dentro del campo de fuerzas (como
lo sugiere Foucault), son los agentes funcionales, los
actores
que representan su papel en el teatro, en el “campo”
político, en el ágora
donde los ciudadanos participantes de la asamblea en
Tiro o Sidón antes, o después en el
démos griego, junto a la Acrópolis,
cumplían retóricamente las acciones de aquel “viviente que habitaba la ciudad
helénica” –zoón politikón-.
“Campo” siempre precario constituido por redes o estructuras de “Poder”; y por
ello campo minado, ya que cualquier punto puede explotar como un conflicto de
intereses. “Campo” pragmático y retórico, lingüístico, como “teatro” donde se
“actúa” –como lo hace el artista o el actor ante espectadores actuales o
virtuales-. “Campo” político que se amplía, cuando se dan las condiciones
(vigencia plena de los principios o marcos referenciales adecuados), o que se
estrechan hasta desaparecer (como en las dictaduras totalitarias, que no son
estrictamente políticas ni necesitan serlo, porque su acción es puramente
tecnocrática, represiva, militar, devastadora de lo político
como político 16).
Cuando el “campo” político se reduce a “0”, evidentemente, no hay más política.
Se habría pasado a otro tipo de acción que es políticamente ”imposible”. Se
habría sobrepasado la “línea” de lo políticamente “posible” 17.
Esa acción, que ya no es política, podría ser de otro tipo; podría ser una
acción puramente violenta, dominadora y negadora extrema de la autonomía, la
libertad o simplemente de la vida del Otro, cuando éste intentaba o luchaba por
el reconocimiento a ser participante de un nuevo “campo” político. La acción
violenta que excluye al Otro, no es política, es irracional, injusta; es
negación de fraternidad.
Cuando nos referimos a este “campo” político lo hacemos
tomando este espacio en el que los actores políticos actúan públicamente
en tanto políticos
–en primer lugar, el sujeto político propiamente
dicho: los ciudadanos; y, en segundo lugar, los representantes de los ciudadanos
en las instituciones políticas.
§ 2. Los principios implícitos de los respectivos “campos”
El “campo”, por su parte, está estructurado desde los límites
que fijan sus principios respectivos. Atendiendo a las razones de los pensadores
“anti-fundacionalistas” debemos elaborar un concepto de “principio” que sea
“post-anti-fundacionalista”. Sería el caso de principios que cumplen
implícitamente en la práctica política la función de definir, como un
“marco” de referencia 18,
el indicado “campo” entre lo “posible” e “imposible” de lo político propiamente
dicho. Estos principios se dan siempre integrados
implícitamente
en las prácticas políticas concretas –aunque pueden
también ser explicitados-.
Acontece como las reglas lingüísticas, no se las aprende primero y después se
las aplica. En la práctica empírica de la regla se descubre que el principio
gramatical se aplicó inadecuadamente cuando se enfrenta con un uso práctico
errado, que es anterior al conocimiento posterior teórico explícito de la regla
de la lengua. De la misma manera, en el “campo” político el principio práctico
(por ejemplo, el principio ético subsumido en el principio político, y éste
asumido prácticamente y en concreto en la actuación efectiva) permite la
coherencia de la acción en su ejercicio dentro del “campo”. Si, por ejemplo, un
político asesina a su antagonista (“antagonista” en el sentido de Ernesto Laclau),
además de la eliminación física del oponente se crea un “clima” de “enemistad”
creciente de todos los “amigos” del asesinado: ahora se enfrenta al “enemigo” (inimicus
y no sólo
hostis
en el sentido de Carl Schmitt; no sólo al
antagonista), y en mucho mayor número y potencialmente “enemigos” en un posible
“campo” militar (más allá del “campo” político, en el sentido de Clausewitz 19).
Además, sus propios “amigos” comienzan a sentirse inseguros, y ocultan posibles
críticas para no transformarse en “enemigos”. Crece la tensión en el campo
político, y el político asesino deberá comenzar a crear un sistema de terror
para inmovilizar a antagonistas, enemigos, y también a los amigos inseguros. El
“campo” político” se va transformando lentamente en un “campo” de guerra (en el
“estado de guerra” con el que comienza
Totalidad e Infinito de E. Levinas
20 (que no es sino el “estado de guerra” de
John Locke), o meramente policial, de mutua manipulación, espionaje e
insostenible desconfianza mutua. El “Poder comunicativo” es imposible en esa
situación límite. Se ha perdido el consenso mínimo necesario para que sea
posible una política lucha por la hegemonía (ahora en el sentido gramsciano). El
totalitarismo destruye entonces las condiciones de posibilidad del “campo”
político como político.
El principio enunciado, a modo de ejemplo y como negación de
una máxima no generalizable21,
que se refiere al principio político material universal22:
“¡No mates al antagonista!”, muestra en las prácticas políticas mismas
“implícitamente” su sentido político, a largo plazo y empíricamente, dando
estabilidad en el tiempo al ejercicio institucional del poder, en sus diversas
modalidades y estructuras, pero, y en segundo lugar, manifiesta también en su
misma constitución la posibilidad del “campo” y de la acción política,
permitiendo la existencia del antagonismo dentro de la lucha democrática por la
hegemonía en el ejercicio político posible del poder (antagonismo político que
no es la “enemistad” del oponente en la guerra, aún en el sentido de C. Schmitt,
como hemos ya indicado).
La crítica de la posición anti-fundacionalista es adecuada
con respecto a un principialismo
explícito, predicativo, abstracto. Pero no
sería justificable si se definen los principios que de una manera mucho más
flexible o compleja tienen contenido pragmático y procedimentalidad normativa.
En ese caso el anti-fundacionalismo adopta una posición que le impide tener
criterios y límites consistentes de la misma acción. La política se torna
irracional: pura estrategia sin sentido a largo plazo.
Cuando se niegan simplemente los principios de la razón
práctica desde un escepticismo radical, con ello no sólo se niega toda
fundamentación posible –a la manera de Richard Rorty-, sino igualmente todo
ejercicio de la racionalidad, y en especial la racionalidad crítico
emancipatoria, que me interesa particularmente. Este aspecto reaccionario del
escepticismo radical es olvidado frecuentemente.
Otra cosa es negar que puedan fundamentarse
trascendentalmente los principios –como en el caso de J.Habermas-. Es necesario,
sin embargo, buscar también nuevas maneras de fundamentar los diversos
principios. Algunos niegan, como E. Laclau, que hayan principios
a priori,
con el argumento de que el “antagonista” aparece empíricamente de manera
inesperada y sin condiciones en cualquier lugar y circunstancia del “campo”
político, por lo que parecieran inútiles y innecesarios dichos principios porque
no otorgan claridad alguna a la lucha por la hegemonía. También se opone a la
existencia de principios una cierta posición crítica postmoderna al afirmar la
fragmentariedad de la política y la imposibilidad de toda universalidad de
principios porque negaría la complejidad de la incertidumbre, de la contingencia 23,
de la indecidibilidad, de la Diferencia en la política. Por último, algunos no
aceptan principios al pensar que el actor político deba conocerlos
explícitamente para poder actuar. Entendiendo todas estas razones, y muchas
otras, que posibilitan una posición anti-fundacionalistas (frecuentemente “anti-principialistas”).
Por ello es necesario desarrollar una estrategia argumentativa que permita sin
embargo mostrar la conveniencia y necesidad crítico-política de ciertos
principios políticos siempre
implícitos en las prácticas políticas.
Robert Brandom muestra como las “reglas (rules)”
(o los “principios” en nuestro caso), pueden ser interpretados por los
racionalistas (como Platón, Kant o Frege) como reglas o principios
“explícitamente” conocidos (y enunciados) como tales, y que se aplican con
posterioridad:
“Wittgenstein argues that [ …] proprieties governed by
explicit rules rest on proprieties governed by practice. Norms that are
explicit
in the form of rules presuppose norms
implicit
in practices”24.
Sellars argumentó contra el “regulismo” (que en política
sería “principalismo” o “fundacionalismo”) en el sentido de mostrar que si se
necesitara conocer la regla para usarla en las prácticas lingüísticas, habría
que poder conocer antes otra meta-regla para enunciar la misma regla (porque
ella consiste también un enunciado lingüístico) para saber si su enunciado es
correcto, pero esto nos llevaría a un regreso al infinito 25.
Brandom concluye:
“The norms implicit in regularities of conduct can be
expressed explicitly in rules, but need not be so expressible by those in whose
regular conduct they are implicit”26.
El fundacionalismo principista piensa los principios
políticos como enunciados explícitos
proposicionales de los que se debería
tener conciencia para poder aplicarlos. El anti-fundacionalismo (o anti-principialismo)
niega simplemente dichos principios al no poder imaginar un ejercicio necesario,
pero implícito, de los principios en las instituciones y las prácticas de los
diversos actores del campo político. Por nuestra parte, en cambio, afirmaremos
los principios como normas (o reglas práctico-políticas) constitutivas, como
“límites” del campo político, donde se dan las instituciones o se ejercen
acciones políticas, frecuentemente de manera no-intencional, invisibles o
encubiertas a la conciencia del agente como implícitas en la institución o
acción misma. El agente “enmarca” de hecho, empíricamente, el “campo” político,
donde organiza las instituciones y efectúa su acción, incluyendo así
implícitamente los principios en todo lo político. De no hacerlo, la institución
o la acción se desarrollará dentro de las estructuras del Poder de manera
patológica, desde un punto de vista estrictamente político, y comenzaría a
producir efectos negativos inesperados que crearán tanto “ruido” en el corto y
largo plazo, que el campo político, la institución o la acción política
desaparecerían negada o destruida por otros tipos de instituciones o acciones
que sepultan los político desde otro campo de la acción (por ejemplo, al campo
de la guerra o al de la mera manipulación totalitario-policial). Si alguien
elimina físicamente la posible simetría del oponente, si se le niega una
adecuada participación en el campo politico (por ejemplo, encarcelando
injustamente al antagonista), la pérdida del consenso, de la validez, de la
legitimidad de su acción roerá el impacto o sentido politico de su acción (se
tornará autoritaria), y el ejercicio del poder ya no será el de un “poder
comunitativo” –en el sentido de Hannah Arendt-, sino meramente el ejercicio de
una coacción violenta, policíaca. La permanencia a largo plazo del campo
político no tendrá posibilidades, sostenibilidad, condición necesaria para su
vigencia. Habrá desaparecido el orden político propiamente dicho. El no
cumplimiento empírico de ciertos principios implícitos lleva al fracaso de la
acción como política, aunque puede ser, como ya hemos indicado, una acción de
otro tipo (por ejemplo policial o militar), pero habría dejado de ser política.
Los principios pueden ser mostrados como necesarios (en el
sentido implícito de su ejercicio integrados a las prácticas concretas
políticas) por su contradicción dialéctica al absurdo, y en esto consistiría una
posible fundamentación. De no respetarse de hecho en la acción los principios
políticos desaparece la política como tal. Son sus condiciones absolutas de
posibilidad. Cada principio tendrá oponentes diferentes para su fundamentación,
y produciría su negación una patología política específica. A la negación del
principio material de la política, le seguiría la patología totalitaria; a la
del principio formal o democrático: la autoritaria; y a la del principio de
factibilidad política: la patología anarquista (que intenta lo imposible
políticamente) o decisionista (que niega los principios desde una acción
política estratégica que se auto-define como teniendo en su misma acción el
sentido último de su lucha por la hegemonía contra sus antagonistas, cuyo
contenido y forma quedan indefinidos y sin criterios ni límites para su
coherencia a corto y largo plazo).
Una fundamentación dialéctica, no excluyendo la
trascendental, permite mostrar que es imposible negar el principio sin caer en
una contradicción performativa. Es decir, sin negar la política como tal al
negar el principio. Claro que esto exigiría diferenciar entre la violencia como
principio del totalitarismo, que aniquila al campo político como posibilidad de
producción y reproducción de la vida humana en el consenso libre, no sólo de los
habitantes de un territorio o de un Estado, sino en principio de toda la
humanidad. La universalidad es la condición necesaria de la definición de estos
principios. La violencia, ahora como negación del ejercicio de la libertad, la
autonomía 27
o la igualdad de los miembros de la comunidad
política, mostrará en la contradicción performativa del autoritarismo, la
negación del “principio democrático”. De la misma manera, contra el mero
decisionismo (de un C.Schmitt, R. Rorty o E. Laclau, que por la eficacia o la
necesaria incertidumbre de la acción niegan todo principio como innecesario), el
anarquismo radical (que por la falta de afirmación de un principio de
factibilidad intentan lo imposible, ultrapasando el límite del campo político
estratégico y cayendo inesperadamente en un “campo de guerra” por la acción
directa), u otras posiciones posibles, será necesario mostrar la necesidad de
principios de posibilidad empírica de la acción, como eficaz acción estratégica,
que no caiga ni en el conservadurismo (que cree como única posibilidad lo
vigente) ni en el nombrado anarquismo (que crea posible políticamente lo
empíricamente imposible).
Podrían estudiarse las posiciones adoptadas ante la
posibilidad o no de principios, y el modo de tratarlos, en el pensamiento
clásico griego o latino-medieval, en el racionalismo spinocista, en el empirismo
inglés, en el utilitarismo, en la axiología, en el pensamiento post-moderno,
etc.
§ 3. De la “ Subsunción” de los principios éticos en los
principios políticos
Los principios políticos, implícitos en las instituciones y
acciones, subsumen a los principios éticos. Si se los “explicita”, aparecen en
primer lugar como principios políticos y no como éticos. Sólo ante un segundo
análisis de explicitación aparece el momento ético implícito, por su parte. El
simple “¡No matarás!” en general (principio abstracto ético) está implícito en
el “¡No matarás al antagonista político!”. Y este segundo está implícito en toda
práctica política, sin tenerse conciencia explícita o en forma predicativa de su
existencia ni de su aplicación. Sin embargo, se lo “usa” de hecho en las
prácticas y cumple su “eficacia” política a largo plazo, dando consistencia
interna del acto político y justificando su constitución. Por ejemplo, la
diferencia entre el antagonista como “enemigo” político (“enemistad” dentro de
los límites definido por el campo político) y no como “enemigo” militar
(antagonista absoluto, a ser eliminado dentro del arte de la estrategia-técnica
del campo de guerra), depende de la aplicación del principio material indicado
(“¡No matarás a ningún participante de la comunidad política!”).
El acto político, si es auténticamente político, es también
implícitamente ético; pero es ético en tanto acto político. Si no es ético,
tampoco es político –en su sentido estricto y fuerte-. Así el ejercicio
implícito de los principios éticos subsumidos en un campo práctico “privado”,
como en la familia (que no es el de la moralidad solipsista kantiana, que
consistió en una reducción individualista que definió ambiguamente lo ético; es
decir, no como la “moralidad” ante lo político), deben distinguirse del
ejercicio implícito de los principios éticos subsumidos en el campo
“público-político”. Los principios éticos no tendrían como tales un “campo”
propio (por ser abstractos)28.
Los principios éticos se ejercen siempre y sólo en un “campo” específico más
concreto, aún en el “campo” íntimo, privado, que no es ni el campo ético
privilegiado (como pareciera ser el “principio moral” de Habermas opuesto al
“principio democrático”, el único principio público) ni lo ético en cuanto tal.
El “¡No matarás!” en general, en su dimensión universal, no tiene contenido
concreto, es solo indicativo para todos los casos. Es un principio de
principios. El “¡No matarás a la mujer!” es un imperativo ético subsumido en el
“campo” del género o la familia, y en tanto específico y concreto tiene ahora
“contenido” diferencial. De la misma manera en el caso de los principios
políticos en su formulación normativa más abstracta. La
ética filosófica
estudia los principios éticos en general,
abstractamente. La filosofía
política estudia los principios políticos
que, como todos los principios prácticos de un “campo” específico (el “campo”
económico, pedagógico, del género, de las razas, etc.), subsumen los principios
éticos y los aplican y ejercen en las prácticas constitutivas (sería una manera
específica de “no matar”) e implícitamente (como normatividad ejercida en
concreto, sin necesaria conciencia, enunciado o definición explícita) de uno de
los “campos” indicados.
Han habido tres maneras parciales o reductivas de describir
la relación entre ética y política. En primer lugar, a) por mutua exclusión, o
como negación de la moralidad intrínseca de lo político, separando tajantemente
entre moral y política. Sería aproximativamente la tradición desde Maquiavelo a
Kant (guardando los diferencias en cada caso). El ámbito de la ética y la
política se excluyen analíticamente, y es una posición que tiene hoy mucha
audiencia.
O, b) por especificación de un género, pero excluyendo la
otra especie: la ética general se divide en ética individual y ética política,
posición que constituye la larga tradición aristotélica latina. La “Etica
Politica” sería la parte comunitaria de la ética29.
En este caso nuevamente, la política en cuanto tal o no es ética o desaparece.
Por último, c) la solución de J. Habermas, de la que ya hemos
indicado más arriba su sentido, para quien un “principio discursivo” abstracto y
no normativo, se aplicaría “hacia abajo” a un “principio moral” (en el ámbito de
la Lebenswelt)
y un “principio democrático”; estos últimos dos son normativos.
Las tres soluciones son inadecuadas en mi criterio. Pienso
que es posible llegar a una solución más comprensiva, que no mezcla lo abstracto
ético con lo individual ni con lo político (y donde la ética política dejaría de
tener sentido, siendo asumida su temática en el nivel normativo de la política
en abstracto o empírica y en cuanto política30),
ni deja a la política es una situación de no-normatividad absoluta (porque niega
aún la posibilidad de una ética política, como en Kant). Hemos indicado arriba
someramente el cómo se realiza la subsunción de los principios eticos en los
principios políticos implícitos en las prácticas políticas.
En mi Ética de la
Liberación31
he expuesto seis principios éticos, los que se me
fueron imponiendo como necesarios en ese discurso normativo (lejos de todo
fundacionalismo). Si los principios políticos implícitos en la acción política
subsumen a los éticos, se deben analizar cuales son sus contenidos.
En dicha Ética
hemos ordenado la exposición comenzando
por el principio material. En la política daremos otro orden a la exposición de
los principios, ya que (y esto lo hemos indicado en otro trabajo32)
el principio material universal de la ética no es la
última instancia
ni necesariamente el primero de los principios. El
principio material y el formal se articulan y se determinan mutuamente. Es
verdad que si se parte en la exposición desde el principio material, el formal o
el del ejercicio de la razón discursiva puede jugar la función de aplicación del
primero. Pero si se comienza, como lo haremos en la política que estamos
elaborando en el presente, por el principio formal (que en política es el
“Principio democrático”) el principio material juega la función de “orientación”
en el tratamiento del contenido de la discusión en vista del acuerdo, de las
decisiones, los consensos o acuerdos a los que se lleguen legítimamente, que
serán justificados desde el principio político discursivo y material. Y lo
hacemos así para superar el antiguo economicismo standard (donde el
“materialismo” consistía en siutar al principio material como único y
determinante) que olvidó la importancia de lo político –como adecuadamente lo
anota en numerosas obras Ernesto Laclau-, aunque también nos volvemos críticos
de un cierto politicismo que olvida el momento material –como en la posición
liberal de un J.Rawls, como también en el caso del tratamiento reductionista de
“lo social”, que dice referencia al aspecto material de lo político, por parte
de Hannah Arendt-.
En general las filosofías políticas intentan fundar la acción
política partiendo de un solo
principio. El utilitarismo desde un criterio
material, como el placer o la felicidad; el formalismo consensual desde un
principio de validez práctico, que puede ser contractualista o discursivo; el
decisionismo de un C.Schmitt desde la oposición estratégica amigo-enemigo; un
cierto conservadurismo que piensa que lo político se encarga de resolver
conflictos para la permanencia del orden político vigente (como si dicho orden
fuera un límite de imposible superación); etc. Pienso que dichas posiciones son
reductivistas, porque lo político es mucho más complejo, tiene muchos
principios, diversos niveles de su ejercicio; no sólo el de las mediaciones
hermenéuticas, sino igualmente el de las estructuras institucionales de la
sociedad política y civil, y, por último, el campo propiamente estratégico
(donde puede iluminar a la acción política las propuestas desde un N.Maquiavelo,
hasta C.Schmitt, S.Zizek, o un Enrique Serrano en América Latina). El campo
concreto estratégico de la acción política como lucha por la hegemonía, como
campo “vacío” que habría que llenar (en la compleja e interesante propuesta de
E.Laclau a partir de Lacan), no es de ninguna manera el único horizonte de “lo
político”. Todas estas posiciones son reductivas. Abordan aspectos que
ciertamente son necesarios,
pero de ninguna manera suficientes
para abarcar todo el significado, todo el
“concepto de lo político”. Abogamos entonces por abrir el horizonte del debate
de “lo político” hacia muchos problemas hoy dispersos, unilateralmente narrado
por discursos reductivos, para desplegar una visión mucho más compleja y que de
cuenta de “lo político” en general.
§ 4. El “Principio de coherencia” entre los “campos”
El “sujeto ético” actúa en diversos “campos” prácticos,
tantos como actividades cumple en su vida diaria. Es miembro de una familia
(“campo” A
del
Esquema 1), participa en la vida de un
barrio urbano (“campo” B),
está inscripto en un partido político y el simplemente un ciudadano (“campo”
político C),
trabaja en una empresa química (“campo”
D),
juega al fútbol en un club deportivo, es parte de una comunidad religiosa o de
una orquesta amateur (“campos” N).
En cada uno de estos “campos” desempeña una “acción” específica, perfectamente
diferenciada y conocida por el mismo sujeto como por los otros miembros de la
comunidad. Ante una acción “funcional” al todo del “campo”, los demás miembros
“saben” como deben actuar y esperan una consecución lógica dentro del “libreto”
de su función en ese preciso espacio intersubjetivo.
El mero sujeto ético abstracto es ahora un “actor” concreto,
es un agente que “representa” un “papel” predeterminado en principio. Dentro del
“orden” del “campo” el actor que cumple con las reglas del sistema práctico
concreto que deben subsumir las exigencias normativas de los principios éticos.
El “principio de coherencia” ético se juega en la articulación de las diferentes
maneras de la subsunción de los principios universales éticos por el sistema
específico de acción de cada “campo”, de las acciones dentro del horizonte de
dicho “campo”. La “incoherencia” ética consistiría en constituir los principios
normativos de las acciones en los diferentes campos a partir de principios
contradictorios; o en aplicar los principios éticos de manera inconsistente. De
lo que se trata es de una justificación, aplicación o subsunción que opere por
semejanza analógica,
ya que en cada “campo” son vigentes otros principios (los principios normativos
políticos no son los económicos) y con otros fines específicos (los de la
estrategia política o de la eficacia económica), pero deben organizarse
analógicamente de la misma manera.
Para una Etica discursiva esta problemática sobra, ya que el
consenso racional práctico que acuerdan los participante afectados
simétricamente situados no cambia formalmente aunque cambie la temática de la
discusión racional. Una ética más compleja, que tiene principios para “orientar”
éticamente el contenido de la discusión, se la presenta la dificultad de una
subsunción coherente de la misma “orientación” a “campos” prácticos diversos.
Pero aún al Etica discursiva puede enfrentarse al caso de un político que aplica
el principio moral consensual en el campo político, con otros ciudadanos
miembros de un partido político, pero, en el mismo momento, no lo aplica en el
“campo” familiar, al no discutir los problemas hogareños con su mujer, y
guardando proporción, con sus hijos. Aún en ese caso no habría coherencia.
Pero el tema cobra mayor complejidad cuando se opera con
varios principios, y en especial con el “Principio ético-crítico”33,
que se sitúa desde el “lugar” de los que sufren efectos negativos de las
acciones de un sistema, de una institución, de un “orden”, y que aunque tengan
sus actores hegemónicos “pretensión de justicia”, sin embargo (por la mera
existencia de víctimas que sufren los indicados efectos negativos) se trata de
un “orden” injusto (por tener víctimas) y los que actúan como sujetos (actores)
del tal “orden” comenten actos injustos (aunque tengan conciencia tranquila de
estar actuando con “pretensión de justicia” o “bondad”). En cada “campo” habrá
sistemas específicamente diferenciados, y en cada uno de ellos habrá “otro” tipo
de víctimas (en la familia, la dominación o exclusión de la mujer; en la
economía de los pobres excluidos; en la política de minorías o mayorías
dominadas; etc.). Para ser “coherente” habrá que descubrir en cada “campo”
concreto el tipo de estructura, y dentro de ella la dominación, y por lo tanto
definir con precisión el tipo de “víctima”. La Etica (como el fundamento de la
Filosofía) de la Liberación situó al Otro, a la víctima primeramente como
“pobre”. Pero de inmediato fue analizando los diversos tipos de victimación (el
niño y la cultura popular en el “campo” pedagógico; la mujer en el erótico; las
naciones periféricas subdesarrollas, y explotadas por un capitalismo del centro
metropolitano desarrollado; etc.).
De nuevo, sería incoherente ser “crítico” en el nivel
político o educativo, luchando por la liberación de las víctimas de estos
“campos”, pero en cambio conservador en el nivel familiar o económico. En los
primeros casos lucharía por el reconocimiento de las víctimas políticas o
pedagógicas, pero en las últimas se inclinaría, en cambio, por aconsejar
acciones que respeten el “orden” imperante (de dominación machista de su mujer o
de extracción de plusvalor de los trabajadores de su empresa productiva).
El sujeto
(la flecha
S en
el Esquema 1),
que se hace presente en todos los “campos” en donde actúa cotidianamente (a los
que atraviesa en un punto, como un “nodo”), y en los que cumple diferentes
papeles (por su “actoría” perfectamente diferenciada), debe éticamente
justificar y aplicar analógicamente (en proporción a la estructura práctica de
cada “campo”) los mismos criterios y principios éticos (subsumidos por los
respectivos principios normativos de cada “campo”) en toda acción estratégica,
en la generación de instituciones específicas, en la hermenéutica de textos de
cada uno de los “campos” prácticos (sistémicos siempre, a veces
institucionalizados), o en otros modos de su presencia activa.
Es importante indicar que la
coherencia
en la articulación de la aplicación de los principios
éticos, subsumidos en los principios de cada “campo”, no puede reposar
simplemente en un consenso discursivo concreto, ya que aunque pueda en cada
“campo” contar con la intersubjetividad discursiva de los diversos miembros de
las comunidades que actúan en ellos, solo el sujeto singular (einzeln)
y único puede “situar” coherentemente su actividad en cada “campo” en vista de
su “proyecto” (Entwurf,
el “Sein-koennen
de Heidegger) biográfico, que a veces le obliga a
asumir la disidencia, aún heroica como en el caso de Sócrates ante el
démos
ateniense. Puede en cada caso tomarse “a sí mismo
como otro”, y dialogar consigo mismo en un monólogo “actuado” como ante una
comunidad virtual34,
y por ello “argumentar” a favor de la coherencia o no de su acción en los
diversos “campos”, pesando los razones de usar o no los mismos criterios y
principios éticos en los niveles específicos de cada “campo”. De todas maneras,
aunque pudiera pedir “consejo” a amigos, familiares, terapeutas psicólogos o
psicoanalistas, asesores morales, etc., la responsabilidad final es
inalienablemente singular, y aquí la
frónesis retorna mostrando su
importancia ética y específica en cada “campo”. Porque si un Aristóteles
analizaba el caso de la frónesis
del individuo y la
frónesis
política, ahora debemos extenderla analógicamente a
todos los “campos” posibles:
frónesis económica, deportiva, religiosa,
etc.
Es exactamente desde la posición singular del sujeto ético,
como teniendo un proyecto práctico-normativo biográfico, pero igualmente una
inserción sistémica e intersubjetiva (en lo económico, cultural, de género, de
raza, de nación, etc.), desde donde puede surgir el “disenso” en la discusión
racional que intenta alcanzar un consenso práctico. La “coherencia” en los
diferentes tipos de acciones que un sujeto ético efectúa, puede obligarle en un
“campo” a no cumplir con lo que se esperaba actuara según lo acordado por el
consenso acordado entre sus iguales.
No se trata de la contradicción que puede producir una
obligación de un “campo” que entra en oposición con la de otro. Como en el caso
de un miembro de una comunidad del “campo” religioso que se encuentra en el
tiempo del año en el que debe guardar ayuno (por ejemplo, para un musulmán de la
época del Ramadán), quien debe decidir si participa o no en un banquete político
de una fecha patria (por ejemplo en Francia) que se lleva a cabo en el medio
día. En este caso la decisión que se adopte será la conclusión de una
deliberación propia de la frónesis,
que “sabe prácticamente decidir” (orthós
lógos praktikós) cual de las dos posibles
acciones tiene mayor relevancia en vista de su “proyecto práctico-biográfico” (télos).
El “Principio de coherencia” se aplica en cambio a diferentes
acciones que tienen el mismo principio normativo por fundamento pero que se
cumple en diversos “campos”.
Por ejemplo. Desde el principio material ético-universal, por
el que se debe producir, reproducir y desarrollar la vida humana35,
se intenta tener una actitud ecológica de ahorro de energía. En un “campo”
práctico, el familiar, se edifica una casa ecológica usando concientemente
energía solar para la calefacción y el agua caliente; pero en el “campo” del
transporte urbano se usa un automóvil privado, y aún más grave, se elige un
modelo que usa excesiva gasolina En la empresa productivo-económica capitalista
se utiliza poca calefacción por los motivos indicados (aunque los trabajadores
sufran frío), y se exige en cambio en la universidad de sus hijos excelente
calefacción en las aulas, las instalaciones deportivas o los dormitorios. Estas
decisiones contradictorias en diversos “campos” deben modificarse hasta
articularlas por semejanza analógica gracias a una aplicación “coherente” de los
principios.
En cada “campo” el
contenido de la acción es diverso, pero
el modo
y el
sentido de la aplicación y subsunción de
los principios debe ser analógicamente semejante36.
Las acciones en este caso no tienen sólo, y cada una por separado, “pretensión
de bondad”37
(con respecto a cada “campo” específico), sino que
tienen al mismo tiempo “pretensión de coherencia”, en el nivel singular,
biográfico y complejo del sujeto ético concreto –que atraviesa los “campos”
sistémicos donde juega sus diferentes “papeles” o funciones como “actor”,
adoptando diversos “disfraces” y “caretas” (el concepto de “persona” en latín
significa exactamente el “sonar”, “personare”, la voz del actor a través de la
careta en el teatro38
romano)-.
Cuando se habla hoy en día, ante la corrupción generalizada
en las burocracias público-políticas y privado-empresariales, de
la necesidad de la ética en la política o
en la empresa, o, por el contrario, del
abandono en la filosofía política moderna del componente ético, ya que la ética
no abarcaría el “campo” de la política como en el pensamiento clásico, pienso
que se están refiriendo, no sólo al problema de ausencia de la ética en el
“campo” político, en sus principios, instituciones o acciones políticas
empíricas (es decir, una falta de ética política39),
sino que se está haciendo referencia directamente al
principio de coherencia
sin advertirse. Cuando el ciudadano desconfía
políticamente del profesional de la política, no se trata sólo de que lo critica
porque no haya subsumido los principios éticos en sus acciones, sino que aunque
los subsuma “aparentemente” en el “campo” político, al no hacerlo en los otros
“campos” –como en le caso de Clinton en su vida sexual privada, pero usando para
ello espacios públicos40-
crea “inseguridad” de la autenticidad de su “pretensión de justicia”, al no
aplicar los mismos principios en ”todos” los “campos” de su conducta. El
ciudadano exige “coherencia” de su representante, tanto el político conservador
como en el revolucionario, porque a quien se le tienen “confianza” como
“representante” es a un sujeto ético concreto, que se espera actúe
previsiblemente como lo ha prometido en su campaña pública anterior a su
elección. Por ello se espera que no sea sólo “pura apariencia”, cambiable y
contradictorio ante acontecimientos críticos. Se tiene por ello expectativa de
que “represente” al ciudadano que lo elige siempre de manera veraz, donde la
realidad de su accionar en todos los “campos” sea idéntica con su “apariencia”,
y esta expectativa se “asegura” cuando se verifica en los diversos “campos” de
su acción obrando coherentemente.
Esquema 1:
EL SUJETO (S) ACTUA EN DIVERSOS “CAMPOS” (A, B, C, D, N)
Notas:
1 Véase el “cuarto”
principio en mi Etica de la
Liberación, Trotta, Madrid,
4ta.ed., 2002, cap.4, pp.309ss. (traducción parcial al alemán
Prinzip Befreiung,
CRM, Aachen, 2000, pp.91ss.).
2 Sabiendo que la
“esencia” del efecto negativo es la extracción de “plusvalor” (Mehrwert)
(Véase E.Dussel, Towards an
Unknown Marx. Commentary of the Manuscripts of 1861-1863,
Routlegde, London, 2001).
3 Véase mi obra
La liberación de la mujer y
Erótica latinoamericana, Nuestra
América, Bogotá, 1980. 1
4 Véase la obra de Germán
Gutiérrez, Etica y Mercado
en Adam Smith y Friedrich Hayek,
DEI, San José (C.Rica), 1998.
5 El caso de la Enrom no
cumple siquiera con la “ética de una comunidad de ladrones”, o de una “familia”
de mafiosos de la droga, mínima fraternidad interna del grupo. Véase “Adam Smith
y la ética de la banda de ladrones”, en Franz Hinkelammert,
El grito del sujeto,
DEI, San José, pp.183ss.
6 Aún en la reciente obra
de Habermas Verdad y
justificación, Trotta, Madrid,
2002 (Warheit und
Rechtfertigung, Suhrkamp,
Frankfurt, 1999)
7 Mucho más complejo de
los “sistemas” que colonizan una reducida “Lebenswelt” habermasiana.
8 Véase de Pierre
Bourdieu sobre el “campo”:
Questions de Sociologie, Minuit,
Paris, 1984; L’Ontologie
politique de Martín Heidegger,
Minuit, Paris, 1989; Les
Régles de l’Art. Genèse et Structure du Champ Littéraire,
Minuit, Paris, 1992.
9 La noción de
“alltäglich Welt” (Sein und
Zeit, § 14; Niemeyer, Tuebingen,
1963, pp. 63ss) es mucho más rico y menos reductivo que la “Lebenswelt” del
viejo Husserl. En el “mundo cotidiano” de Heidegger hay también al menos
“martillos” a-la-mano,
no sólo objetos con “sentido” ante “intenciones” frecuentemente sólo cognitivas.
10 Véase Manuel Castells,
en el volumen 1: La
Sociedad Red, de su obra
La Era de la Información:
Economía, sociedad y cultura,
Siglo XXI, México, 2000.
11 Véanse muchas
definiciones sobre “subjetividad”, “intersubjetividad”, etc., en mi trabajo
“Sobre el Sujeto y la Intersubjetividad”, en
Hacia una Filosofía Política
crítica, Desclée de Brouwer,
Bilbao, 2001, pp.319ss.
12 En el sentido de que,
por ejemplo, “analizando la sociedad burguesa en términos de posibilidad, Marx
la declara imposible” (F.Hinkelammert,
Crítica a la Razón Utópica,
Introducción; DEI, San José, pp.22). 3
13 Aceptamos en
parte la crítica de Habermas contra Luhmann, en el sentido de no tener
suficiente claridad en el momento comunicativo discursivo del acuerdo político,
pero de todas maneras es útil la obra de Niklas Luhmann,
Die Politik der Gesellschaft,
Suhrkamp, Frankfurt, 2000, que habría que compararla con el concepto de la
estructura del “Poder” en Michel Foucault.
14 Tal es la idea
de Foucault, pero igualmente de Carl Schmitt, para quien lo político se
encuentra ya siempre “en tensión” entre un “amigo” y un “enemigo” político (hostis)
(que no es un “enemigo” total:
inimicus);
como enemigo “público” (polémos),
y no meramente “privado” (ekhthrós).
Véase Der Begriff des
Politischen,, Duncker und Humblot,
Berlin, 1996. Jacques Derrida le dedica buena parte de sus reflexiones en
Politiques de l’amitié,
Galilée, Paris, 1994. Nos encontraríamos en el nivel C (¿Teil
C?) de la acción política
estratégica, que tiene ciertamente un sentido ético
positivo
(y no meramente peyorativo, como para
Habermas).
15 Posición de
Ernesto Laclau. Véase sobre este tema mi artículo “Pueblo y hegemonía: una
conversación con Ernesto Laclau”, en
Hacia una Filosofía Política
crítica, ya nombrada, pp.183-220.
16 Véase la obra
de Hannah Arendt, Los
orígenes del totalitarismo,
Taurus, Madrid, 1974.
17 Cuando el
baskebilistas agrede físicamente a su antagonista el basket deja de ser basket,
aunque tampoco es propiamente box. Cuando un político, por ejemplo, mata a su
antagonista deja de ser político, pero tampoco es un militar.
18 “Marco” en el
sentido de Rosa Luxemburg, cuando escribe contra los social-demócratas: “ [...]
los principios del socialismo [...] imponen a nuestra actividad práctica
marcos estrictos
(feste
Schranken), tanto en referencia a
los fines a alcanzar, como a los medios de lucha que se aplican, y finalmente a
los modos de lucha” (en
Politische Schriften,
Europaeische Verlagsanstalt, Noerdlinge, vol.I, 1966, p.128). Estos “marcos”,
“límites”, “fronteras” que define o delimita lo “político” de lo que ha dejado
de ser político, es una de las funciones de los “principios”. Por ello Rosa
escribía todavía en la misma página: “Naturalmente, los que buscan sólo los
éxitos prácticos [hoy diríamos: la hegemonía a toda costa] pronto desean tener
las manos libres, es decir, separar la praxis de la teoría [principios], para
obrar independientemente de ella”. Pero en este último caso la acción política
ha perdido su sentido, se ha transformado en otra cosa.
19 Aquel adagio de que la
política es la guerra por otros medios (y la guerra la política por otros
medios), no deja de indicar claramente la diferencia de estos “campos” (Véase de
K.von Clausewitz, De la
Guerra, Editorial Diógenes,
México, 1973, vol.1-3).
20 Véase mi artículo
todavía inédito sobre “La política en Emmanuel Levinas”, presentado en un
reciente Congreso sobre el filósofo francés en Toronto.
21 Véase A.Wellmer,
Dialog und Diskurs,
Suhrkamp, Frankfurt, 1986.
22 Véase mi artículo:
“Six Theses toward a Critique of Political Reason”, en
Radical Philosophy Review
(Boston), Vol.2, 2 (1999), pp.79-95.
23 Pienso que los
principios universales son la mejor garantía para asegurar la inevitable
“contingencia” de las decisiones políticas responsables y consensuales. La
“contingencia” o el “falibilismo práctico” es propio de una razón política
finita.
Los principios universales fundan la honesta
y seria “pretensión de justicia política” que debiendo corregir sus decisiones
empíricas, tendrá (en la misma corrección inevitable) criterios y principios
coherentes de “corrección”. Si el político aprende por sus errores, esto no le
exime de corregir sus errores coherentemente, en una “línea” donde se vea su
racionalidad práctica eficaz. El ser un político “de principios” no le quita
para nada eficacia “estratégica”, sino que la aumenta en el largo plazo.
24 Random,
Making it Explicit,
Harvard University Press, Cambridge, 1998, p.20.
25 Sellars,
“Empiricism and the Philosophy of Mind”, en
Science, Perception, and Reality,
Routledge, London, 1963, p.321.
26
Op.cit., p.27. Y agrega: “The
problem that Wittgenstein sets up, then, is to make sense of a notion of norms
implicit in practice that will not lose either the notion of implicitness, as
regulism does, or the notion of norms, as simple regularism does” (Ibid.,
p.29).
27
Véase J.B. Schneewind,
The Invention of Autonomy. A
History of Modern Moral Philosophy,
Cambridge University Press, Cambridge (UK), 1998.
28 J.Habermas ha
distinguido en Facticidad y
validez III (Faktizität
und Geltung, Suhrkamp, Frankfurt,
1992, pp. 109ss) entre un “principio discursivo” no-moral, y un principio moral
del individuo privado antepuesto al principio político (el “Principio
democrático”). Con razón K.-O.Apel indica que el principio discursivo es ya
moral (Véase sobre el tema en K.-O. Apel “Aufloesung der Diskursethik? Zur
Architektonik der Diskursdifferenzierung in Habermas´
Faktizitaet und Geltung”,
en Auseindersetzungen,
Suhrkamp, Frankfurt, 1998, pp.727ss). La cuestión es mostrar que ese principio
en abstracto no tiene “campo” alguno de vigencia, y el principio discursivo
normativo “individual” (imposible) es siempre intersubjetivo y comunitario,
aunque puede ser “privado” (en al familia), y por esto se distingue del
principio político. Otra cosa es que el sujeto
singular
(einzeln)
(S
del
Esquema 1)
sea el punto necesario de referencia de todos los principios, y el que decida en
última término (sin dejar de cumplir un ejercicio de la
frónesis,
como veremos más adelante, aún en el consentimiento de aceptación del consenso
acordado comunitariamente.
29 En su monumental
Moral und Politik,
Vittorio Hoesle (C.H.Beck, Muenchen, 1997) habla siempre de una “ética
política”. La ética
política es una parte de la
ética, tratada disciplinar o epistemológicamente por la ética filosófica. Mi
intención es en cambio mostrar que la política, como tal, tiene
principios normativos
que subsumen los principios éticos
universales y abstractos. Los nuevos
principios normativos,
fruto de la subsunción, son estrictamente
“políticos”. Si no se los cumplen, la acción no es más una acción
política.
La “Etica política” (parte de la ética, y de la filosófica) deja a la “Política”
cuanto tal (que es una acción diferente a una mera acción ética) sin principios
normativos (porque toda la normatividad es ética). Es necesario entonces, en la
política (aún de las ciencias políticas y de la mera acción política estratégica
empírica) mostrar el momento
normativo (que siendo político
tiene su origen en la subsunción de principios éticos). El “principio
democrático” de Habermas, aunque meramente formal, tiene la ventaja de asumir la
normatividad política en cuanto tal. Es el comienzo de la solución adecuada.
30 Paradójicamente, como
hemos ya indicado, la afirmación de una ética política deja a las restantes
disciplinas políticas en la no-normatividad. Si la parte ética o normativa de la
política fuera la ética política, la ciencia política empírica, por ejemplo,
tratarían un objeto que no tendría ya normatividad intrínseca, aunque implícita.
Es una manera sutil y radical de separar la ética de la política. En mi caso,
pienso la política incluyendo, al menos implícitamente, una normatividad que le
es esencial en tanto política, aún en el caso del objeto empírico de las
ciencias sociales políticas, o de la acción política empírica del político que
no conoce nada explícitamente de ética.
31 Dussel, 2002. Véase
además Dussel, 1999.
32 Véase Linda Martín
Alcoff-Eduardo Mendieta,
Thinking from the Underside of History. Enrique Dussel’s Phiilosophy of
Liberation, Rowman and
Littlefield, New York, 2000, pp.272ss.
33 De este
principio “crítico” la Primera Escuela de Frankfurt tuvo clara intuición, en
todos sus miembros (en Horkheimer, Marcuse, Adorno y Benjamin ciertamente),
aunque no construyó una ética propiamente dicha. Partía la “Teoría crítica” de
la “negatividad material” de la víctima, del dolor de su corporalidad sufriente
de un sistema injusto que causaba dicho efecto negativo, lo cual suponía para
poder exponerse una ética otros principios normativos previos. Es lo que he
intentado mostrar en el capítulo 4 de mi
Etica de la Liberación.
34 Este es el sentido de la narrativa simbólica
del “Juicio final”, en la gran sala de Maat en la presencia de todos los dioses,
del egipcio “mito de Osiris”. El egipcio (y posteriormente muchos semitas, como
un hebreo, cristiano, musulmán, bizantino, ruso o europeo occidental), al
cumplir una acción solitaria, singular, única, sin espectadores, en privado, “se
veía visto” por Osiris, su conciencia ética (que en las pirámides y papiros se
representaba con el jeroglífico del “ojo” abierto que mira). El acto monológico
era virtualmente intersubjetivo siempre. El acto empírico
privado
“era visto” sin embargo a la luz de un
Juicio público.
35 Véase mi
Etica de la Liberación,
cap.1.
36 Nunca hemos
dicho “idénticos”, porque la aplicación y subsunción de los principios éticos no
es “idéntica”, sino que tiene en consideración la “distinción analógica” de cada
“campo”. El ayudar a un obrero en el nivel económico (la víctima en el nivel de
la empresa) no es “idéntico” con el ayudar a una mujer en el nivel del género
(la víctima en la familia occidental).
37 En nuestra
Etica
hemos distinguido pretensión de verdad (en
referencia material a la realidad), de validez (en referencia a la aceptabilidad
de la comunidad de comunicación), de eficacia (en referencia a la factibilidad
de la acción), etc. La “pretensión
de bondad”
es la síntesis de todos las indicadas “pretensiones”, no es el
good
de los comunitaristas, ni tampoco la
“validez” lo right
de los kantianos.
38 Cada “campo” es
un “teatro”, pero donde los actores no “representan” papeles de ficticios
personajes, los del libreto escrito inventados por el artista de la obra de
teatro, sino donde cada actor “representa” su auténtico “papel” biográfico, el
del libreto de la historia real, en el “teatro de la vida cotidiana”: eso es un
“campo” práctico.
39 Véase la
referida obra de Vittorio Hoesle.
40 Se dice que es
propio de una conciencia conservadora exigir esta coherencia. Igualmente se
piensa que se aproxima el tiempo que las acciones públicas deben ser juzgadas
como públicas, con total independencia de las acciones privadas. Sin embargo,
los “campos” público y privado “aseguran” al ciudadano de la seriedad y
honorabilidad práctica de la convicción del que los “representa”. La crisis de
la “representación” política es también crisis de confianza del representado con
respecto al representante. Si este quiere garantizar honestamente la confianza
de su electorado debe el representante manifestar coherencia en de sus
convicciones en todos los “campos”. No sólo el conservador, sino igualmente el
revolucionario debe ser coherente. El Sandinismo es un buen ejemplo. “La
corrupción de lo mejor es lo pésimo” dice el antiguo adagio.
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