El Rincón de Anahí

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Noam Chomsky



Los Dilemas Noam Chomsky  (entrevista)

por Ulises Gorini (Accion digital, oct. 2003)

Poder y terror es el título del último libro de Noam Chomsky, el ensayista estadounidense que, según gente a la que le gusta confeccionar estadísticas, es el autor más citado mundialmente por otros intelectuales. A pesar de que su fama comenzó como lingüista, pocos saben que en realidad lo primero que escribió y publicó es un texto político: fue en 1939, "después de la caída de Barcelona" en manos de los franquistas, y él tenía diez años. Ahora, a los setenta y cuatro, su pasión por la política se ha intensificado casi en proporción directa con el interés del público en conocer sus opiniones. Ya desde hace muchos años –prácticamente desde la guerra de Vietnam– Chomsky no sólo escribe sino que se ha convertido en un agitador itinerante, que no cesa de reflexionar sobre el papel de Estados Unidos en el mundo y, últimamente, sobre la inacabada guerra en Irak. Acción lo entrevistó durante su primera visita a Cuba, que el gobierno de la isla calificó de histórica por la valentía de enfrentar la censura y la discriminación que impone el establishment norteamericano a aquellos que violan el persistente bloqueo. "Tardé mucho en venir", dijo emocionado. Pero ahí estaba, entre otras cosas para asistir a una conferencia científica internacional organizada en La Habana por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, en la que disertó sobre los dilemas del imperio en medio de la declarada "guerra contra el terrorismo".

En sus escritos y conferencias sobre la guerra en Irak usted invierte la lógica del discurso de Bush. Si él dice que hace la guerra para combatir al terrorismo, usted opina que hacer la guerra conduce a la proliferación del terrorismo.

–Lo que sostengo es que si unos atacan los otros se van a defender. En cuanto a la proliferación del terrorismo como consecuencia de la guerra contra Irak, eso fue señalado incluso antes por los servicios de inteligencia norteamericanos y también por especialistas en relaciones internacionales. Si la estrategia de Seguridad Nacional anuncia que los Estados Unidos atacarán donde quieran, lo que consiguen de ese modo es que el atacado les responda, dicen los analistas. Los sostenedores de la Seguridad Nacional hicieron lo que anunciaban en Irak y obtuvieron la respuesta que los analistas pronosticaron. La gente busca alguna forma de defensa. Aunque, es claro, no pueden competir en fuerza militar con EE.UU., cuyo gasto en Defensa supera al del resto del mundo. Entonces el pueblo se vuelca a las armas que tiene a su disposición y esas son las armas del terrorismo. Es una cuestión simple de lógica.

Entonces, ¿fue un error de Bush no tener en cuenta esos pronósticos o a pesar de esos pronósticos Bush decidió que había que hacerlo igual?

–La administración Bush entiende esto perfectamente bien, no quería ese resultado, pero eso no es importante. Lo importante es estar capacitado para dominar el mundo y para controlar las reservas de energía, que es a su vez un método para controlar Europa y Asia, sus mayores competidores por el poder. El gran dilema es que la violencia genera más violencia, y las víctimas potenciales de las armas de destrucción masiva y del terror van a usar las armas de los débiles, el terrorismo. Frente a esa realidad, las perspectivas son horrorosas. Pero es la lógica con que se manejan. También, hacia el interior de EE.UU., para llevar adelante sus programas domésticos intentan eliminar toda la legislación que ha protegido a la gente de las fuerzas del mercado. Pero a la vez necesitan un Estado fuerte, para proteger a los ricos y poderosos, no para que la mayoría tenga servicios sociales. Esa es la historia del imperialismo desde el siglo XVIII, cuando todavía los países que pertenecerían al Tercer Mundo eran casi iguales a los del Primer Mundo. Argentina, por ejemplo, era uno de los países ricos del mundo. Y en el siglo XVIII China e India eran las potencias comerciales del mundo. Lo que hoy es el Tercer Mundo fue obligado a aceptar las fuerzas del mercado, pero no Inglaterra, EE.UU., Alemania ni Francia. De hecho, los estados poderosos pudieron serlo porque violaron todas las normas del comercio libre y de la Organización Mundial del Comercio, o las normas que hoy se intentan fijar, que en definitiva están diciendo "no se desarrollen". En los propios EE.UU. tampoco hay un mercado libre. Mire, por ejemplo, las famosas nuevas tecnologías –computadoras, productos electrónicos, telecomunicaciones, Internet– se desarrollan por el impulso del Estado, a partir del sector estatal de la economía. Por ejemplo, el MIT –Massachusetts Institute of Technology– está recibiendo fuerte financiamiento del Estado para desarrollar lo que yo creo que es tecnología de avanzada (antes la computación, ahora la biotecnología) y recién después se lo pone en manos privadas. La idea es que el pueblo que paga sus impuestos sea el que corra con el riesgo. Pero unas son las reglas que se emplean para el propio desarrollo y otras las que se le aplican a los demás. Lo mismo que con la famosa deuda externa del Tercer Mundo: si un dictador del Tercer Mundo pide dinero y luego lo envía a un banco de Londres o lo usa para irse de vacaciones, cuando el que le prestó le pide que se lo devuelva, el dictador ya no lo tiene, y quienes pagan son los campesinos y los ciudadanos que no pidieron el dinero. Y los bancos ricos que lo prestaron ahora son financiados por el FMI a través de los impuestos. No es así cómo el capitalismo se supone que trabaja en teoría, pero ocurre en la práctica. El principio capitalista es que los que pidieron el dinero paguen el préstamo, y si el banco no puede tener su dinero de vuelta, es un problema del banco. Pero nadie cree en los principios capitalistas, solamente se los imponen a los débiles. Ocurre tanto hacia el interior de las sociedades como en la arena internacional, esa es toda la historia del capitalismo.

Desde su perspectiva, ¿cómo debería resolverse la deuda de los países del Tercer Mundo?

–Muy simple. Una posibilidad es aceptar el principio capitalista, es decir que quienes pidieron el dinero –la gente rica y los dictadores– lo devuelvan, y los bancos que prestaron el dinero, si les salió mal es su problema. Otra forma de resolverla es adoptar el principio inventado por EE.UU. cuando liberó Cuba –es decir, evitó que Cuba fuera liberada– y canceló la deuda cubana con España, que fue llamada la "deuda odiosa". El argumento fue que era ilegítima porque no fue aceptada libremente por el pueblo de Cuba, entonces EE.UU. no iba a pagar por ella.

Precisamente, el término de la deuda odiosa lo repitió Bush en relación con la deuda de Irak anterior a la invasión.

–Efectivamente, ahora, como EE.UU. está ocupando Irak, no va a pagar la deuda contraída por Saddam Hussein. Es lo mismo cuando las colonias americanas se liberaron de Inglaterra, se canceló la deuda.

Esta estrategia belicista, de Seguridad Nacional en los términos que la enuncia Bush, es verdaderamente peligrosa incluso para Estados Unidos.

–Por eso es que los grupos de elite se oponen, porque dicen que hay formas más "baratas" de obtener los mismos objetivos. Es evidente la división en la elite política norteamericana acerca de este punto. Por ejemplo, la administración Bush ha sido objeto de enormes críticas por parte de la elite de relaciones exteriores. La guerra en Irak se concretó sin el respaldo de la ONU. Washington actuó según su Estrategia Nacional de Seguridad anunciada por el gobierno de Bush en septiembre de 2002, que causó preocupación y temores a escala mundial, inclusive entre la elite de política exterior. Se la vio como una versión bastante peligrosa de la máxima de Tucídides de que "las grandes naciones hacen lo que desean, y las pequeñas aceptan lo que deben". De manera reiterada, cada vez que Naciones Unidas cesa de servir de instrumento suyo, Washington la descarta. Por ejemplo, el año pasado el Comité de Desarme y Seguridad Internacional de la ONU adoptó una resolución que propuso medidas más fuertes para evitar la militarización del espacio, y otra para reafirmar el Protocolo de Ginebra, de 1925, contra el uso de gases venenosos y de guerra bacteriológica. Ambas fueron aprobadas de manera unánime, con dos abstenciones: las de EE.UU. e Israel. En la práctica la abstención estadounidense es lo mismo que un veto. La crítica en torno a la guerra de Irak no tiene precedentes. Ciertamente, existe un consenso acerca de los objetivos de esa guerra, pero existen también muchas divisiones acerca del uso de la fuerza militar o de la amenaza de su uso. Una parte sustancial de la elite preferiría utilizar formas económicas, políticas, para lograr lo que esencialmente son los mismos fines. No se trata de una objeción moral, se trata de una objeción pragmática, porque entienden perfectamente que el uso creciente de la fuerza militar aumenta las amenazas mundiales y en particular contra EE.UU. Y los dueños del mundo no quieren verlo destruido. En el Foro Económico Mundial, Collin Powell fue recibido de manera bastante hostil y casi no pudo hablar. Lo que pudiéramos llamar los sectores más moderados preferirían utilizar métodos llamados neoliberales para lograr la estrangulación y el control. Eso es muy claro en el caso de Brasil. Hace 40 años en Brasil había un gobierno suavemente populista, el de Joao Goulart, y la administración Kennedy no pudo tolerarlo, así que organizó un golpe de Estado. Hoy el presidente de Brasil es un líder mucho más significativo, con mayor apoyo popular que el que Goulart jamás tuvo, pero no hay golpe militar, y la razón fundamental es que no hace falta. Las medidas neoliberales, implementadas sobre todo durante la administración Clinton, significan que no hay espacio para una formación económica democrática. Y las medidas neoliberales fundamentales, como la liberalización de los flujos de capital y las privatizaciones, tienen resultados económicos bastante dudosos, probablemente negativos, pero tienen un efecto muy claro en impedir la posibilidad de que los estados adopten alternativas.

¿Hay diferencias entre demócratas y republicanos en este punto? ¿Clinton, por ejemplo, hubiera obrado de manera distinta a Bush en las mismas circunstancias?

–Hay un muy angosto espectro. Porque la propia administración Clinton dijo que tenía derecho a intervenir unilateralmente para mantener libre su acceso a los recursos del mercado, pero más despacio. Ellos prefieren apretar, pero no matar. Sin embargo, el objetivo es el mismo e irrenunciable, la dominación. La esperanza la tenemos que poner en la población del país. En ese sentido, estamos mejor que hace treinta o cuarenta años. La población está mucho más civilizada y el fenómeno va en aumento. El activismo de los años 60 condujo a un cambio sustancial: el exterminio empezó a formar parte de la conciencia general y eso impone ciertas restricciones a la violencia de Estado. Y no hay otra vía. No hay fuerza exterior capaz de restringir la violencia del más poderoso de los estados, cualquiera sea. Las restricciones deben venir de adentro.

Ulises Gorini






Entrevista a Noam Chomsky 

por Heinz Dieterich Steffan

Jean-Paul Sartre, Bertrand Russell y Noam Chomsky conformaron, desde los años 60, un triunvirato de abanderados de la ética que, como una conciencia de la sociedad global, se pronunciaba y actuaba en defensa de la causa de los pobres y de los excluidos del sistema mundial. Al morir sus “compañeros de armas”, Chomsky mantuvo su postura crítica frente a las injusticias y abusos contra los indefensos y continuó luchando por una verdadera democracia con participación de las mayorías. Desde su experiencia de toda una vida al servicio de los movimientos sociales, el prestigioso pensador estadounidense aclara el papel que deben ocupar los intelectuales en la vida de la sociedad.

¿Cómo defines a un intelectual?
Desde cierta perspectiva, un intelectual es simplemente toda persona que usa su cerebro. Todo el mundo usa su cerebro, por supuesto, pero, más allá de ese uso necesario para la supervivencia, hay actividades que se refieren a la opinión pública, a asuntos de interés general. Yo no llamaría intelectual a alguien que traduce un manuscrito griego, porque hace un trabajo básicamente mecánico. Hay quizás pocos profesores que puedan llamarse verdaderamente intelectuales. Por otra parte, un trabajador del acero que es organizador sindical y se preocupa por los asuntos internacionales puede muy bien ser un intelectual. Es decir, la condición de intelectual no es el correlato de una profesión determinada. Hay alguna relación entre gozar de ciertos privilegios y tener posibilidades de actuar como un intelectual. No es una relación muy fuerte, porque mucha gente privilegiada no hace nada que pueda considerarse de mérito intelectual y, por otra parte, mucha gente sin privilegios es muy creativa, reflexiva y de amplios conocimientos.

¿Qué entiendes por "variante leninista" de los intelectuales?
En los años ’60 escribí un libro sobre los intelectuales, titulado American Power and the New Mandarins. La expresión “los nuevos mandarines” no fue un invento mío. Yo la tomé de Ithiel de Sola Pool, jefe del Departamento de Ciencias Políticas del Massachussets Institute of Technology (MIT), quien escribió un artículo en el cual se caracterizó a sí mismo y caracterizó a sus cohortes, con orgullo, como los nuevos mandarines. Esto fue justo al inicio del gobierno de John F. Kennedy. Cuando Kennedy asumió la presidencia, se suponía que se inauguraba una nueva era de las luces. Toda clase de intelectuales de Cambridge fue para allá; algunos para convertirse en miembros del gobierno, otros para ser asesores y otros para almorzar con Jackie Kennedy.

Efectivamente, lograron un grado de poder de decisión que es inusual. Si comparas, por ejemplo, la camarilla gubernamental de Eisenhower con la camarilla de Kennedy, en la segunda había más personas que serían consideradas como intelectuales públicos o científicos políticos. Tenían varios nombres para describirse. Uno que usaban con orgullo era los “nuevos mandarines”.

A partir de ese momento, inteligencia y conocimiento iban a servir y ejercer el poder, cosa que se haría de manera apropiada. También se describieron como “intelectuales de acción”(action intellectuals), porque no eran simplemente académicos de la torre de marfil. Se consideraban intelectuales brillantes que iban a comprometerse en los asuntos reales del mundo. Se trataba, esencialmente, de intelectuales liberales, es decir, en términos europeos, una especie de socialdemócratas. Y bueno, esto no era tan nuevo como ellos pensaban. Durante la Primera Guerra Mundial había sucedido algo semejante. El presidente estadounidense Woodrow Wilson fue electo en 1916 con una plataforma electoral que, bajo el lema “Paz sin victoria”, prometía mantener a los Estados Unidos fuera de la guerra y negociar la paz entre las potencias en conflicto. Sin embargo, muy rápidamente se puso a trabajar para que los Estados Unidos participara en la conflagración, y como la población estadounidense no quería entrar en la guerra, fue necesario generar una histeria chauvinista entre la población y crear un odio contra todo lo que fuera alemán. Eso se hizo con un éxito notable, en parte mediante una agencia de propaganda del Estado creada por Woodrow Wilson, que contaba con respetados intelectuales como Walter Lippman, que durante mucho tiempo había sido un analista serio en los medios.

Los responsables e intelectuales serios, particularmente los del círculo de John Dewey, se describían, y lo hacían con mucho orgullo, en términos semejantes a los que años más tarde usarían los “nuevos mandarines”. Decían que era la primera vez en la historia que se había colocado la inteligencia al servicio del ejercicio del poder y que un país había entrado en una guerra, no bajo la influencia perniciosa de líderes militares, traficantes de armas y hombres de negocios interesados en recursos, sino bajo la influencia de los hombres inteligentes de la comunidad, que entendían profundamente la necesidad de ir a la guerra y que habían logrado convencer de esa necesidad a la población, mediante el uso de la inteligencia y de la manipulación.

En los años siguientes, gente como Walter Lippman, que había formado parte del Comité de Propaganda, escribió ensayos sobre la democracia que fueron considerados progresistas. Basándose en su experiencia, enfatizó la necesidad de que la gente responsable fuera protegida de la población general, que él describía como una “manada sin orientación”.

Todo esto tiene una especie de sabor a leninismo. Los “responsables”, que se autodefinen como intelectuales tecnocrática y políticamente orientados, son muy semejantes a un partido de vanguardia. Y las doctrinas son muy similares. El partido leninista de vanguardia va a empujar las estúpidas masas hacia adelante, hacia cosas maravillosas. En el libro American Power..., yo comparé un discurso de Robert McNamara con un discurso inspirado por la doctrina leninista a secas. Son muy semejantes. La única diferencia es que McNamara habla de vez en cuando de Dios, pero la idea básica es esencialmente la misma.

¿Deben participar los intelectuales en el poder?
Eso depende de la integridad del intelectual. Si quieres mantener tu integridad, generalmente serás crítico, porque muchas de las cosas que suceden merecen críticas. Pero es muy difícil ser crítico, si uno forma parte de los círculos de poder. Por lo general, la mejor posición para un intelectual es estar comprometido con las fuerzas populares que tratan de mejorar las cosas. Pero ése es el tipo de intelectuales que, como el socialista estadounidense Eugene Debbs, terminan en la cárcel.

¿Qué opinas de la idea griega de que los filósofos, por sabios, deben gobernar?
Es una idea tremendamente peligrosa, tanto en su variante leninista como en la variante occidental del intelectual tecnocrático, orientado hacia el ejercicio del poder, o en cualquier otra variante que hemos visto en la historia, como el ejemplo reciente de las castas sacerdotales en el poder.

¿Los intelectuales en el poder son peligrosos?
Cuando los intelectuales públicos y académicos se congregaron en Washington con Kennedy, extremadamente entusiastas y orgullosos de sí mismos, mi visión fue que eso iba a ser un desastre total, porque la lección histórica respectiva es muy clara. Ese tipo de gente es muy arrogante. Creen saberlo todo y son muy peligrosos cuando se acercan al poder. Las razones son obvias. Si cometen un error, tienen un serio problema, porque sólo se les ha dado un puesto en el poder por su supuesta inteligencia y su competencia. Entonces, ¿cómo pueden cometer un error? Por eso, tienden a perseverar en sus errores, en insistir en que ellos tenían razón. El panorama cambia con gente, digamos, como Averell Harriman, que durante toda su vida tuvo cargos en el gobierno. Su poder derivaba del hecho de que su padre y su abuelo habían construido ferrocarriles. Eran ricos, formaban parte de la aristocracia. Bien, él no necesitaba justificar su lugar en el poder. El tenía poder. Si cometía un error, podía cambiar de opinión sin mayor problema. Pero en los intelectuales hay una tendencia casi natural a ser muy rígidos; no sólo son arrogantes sino también doctrinaristas.

¿Los estándares morales de un intelectual deben ser más altos que los de una persona común, porque tiene más acceso al poder?
Cuanto mayores sean tus privilegios y autoridad, mayor será tu responsabilidad moral, porque las consecuencias predecibles de tus actos serán también mayores. En la medida en que la gente que se dice intelectual, séalo o no, sea capaz de influir y decidir sobre condiciones que determinan los acontecimientos reales, en esa medida, su responsabilidad crecerá.

¿Cuál es el estado actual de los intelectuales?
Muy semejante al de siempre. Los intelectuales son quienes escriben la historia, los que presentan las imágenes del presente y del pasado. Para ser más preciso, me refiero a los intelectuales que se llaman “intelectuales responsables”. Los disidentes no escriben la historia. Por ejemplo, Walter Lippman se describía orgullosamente como uno de los “hombres responsables”. Eugene Debbs, el personaje principal del movimiento obrero estadounidense, candidato a la presidencia por el Partido Socialista y un crítico de la Primera Guerra Mundial, estaba en la cárcel. Y a Walter Lippman nunca se le ocurrió preguntarse ¿por qué soy yo una persona responsable y Eugene Debbs está en la cárcel? ¿Soy yo más intelectual que él? Y la respuesta es no, están simplemente de diferentes lados de la barrera. Si estás del lado del poder y de la autoridad, puedes entrar en el círculo de los intelectuales responsables. Si eres un crítico y un disidente, la tendencia es que te traten duramente. No quiero decir que la historia sólo ha sido escrita por apologistas. No sería exacto decirlo así. Pero hay una tendencia en esa dirección. Incluso la imagen de cómo actúan los intelectuales tiende a ser halagadora y narcisista. Por lo tanto, creo que hay una ilusión acerca de cómo han actuado en el pasado los intelectuales. Ha habido tiempos en que el grado de influencia sobre el público general de los intelectuales -intelectuales en el verdadero sentido de la palabra- fue extraordinario, esos momentos de fermento, períodos revolucionarios, como el de los levellers en la revolución inglesa o los años sesenta del siglo XX. Pero la mayor parte del tiempo, los intelectuales son aduladores del poder. La situación usual es la de la Primera Guerra Mundial, cuando los intelectuales, en ambos lados, estaban alineados y al servicio del poder. Eran entusiastas apologistas de su Estado: los alemanes por Alemania, los ingleses por Inglaterra y los franceses por Francia. Hubo algunas excepciones, pero muy pocas y terminaron en la cárcel. Bertrand Russell, por ejemplo, en Inglaterra; Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo en Alemania y Eugene Debbs en Estados Unidos. Sin embargo, la mayoría de los intelectuales son servidores del poder.

 







7 de noviembre de 2000

Carta dirigida por Noam Chomsky al Presidente de Brasil sobre el MST


Rebelión

Estimados Señores,

To: President Fernando Henrique Cardoso y Sr. Raul Jungmann, Ministro de Desarrollo Agrario.

Via E-mail: pr@planalto.gov.br

Vengo, a través de esta, espesar mi preocupación por las noticias de que el gobierno estaría oprimiendo el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra por recibir contribuciones voluntarias de sus miembros, una práctica común adoptada internacionalmente por sindicatos y muchas otras organizaciones como condición para su asociación. Espero que su intención no sea criminalizar al MST, utilizando este u otro cualquier método.

El MST está realizando un trabajo extraordinario de movilización popular en defensa de los intereses de la población más pobre y que más padecimientos sufre, para resolver el grave problema de la colosal concentración de riquezas que convive con una inmensa pobreza. Esa desigualdad se destaca en Brasil, a pesar de representar un problema creciente en todo el mundo, y persiste en el medio rural, a pesar de las tentativas del gobierno en realizar la reforma agraria.

El trabajo del MST representa una fuente de inspiración en todo el mundo y lo es, aun más impresionante, cuando se desarrolla en un clima cruel de represión, incluidos muchos asesinatos. Me gustaría unirme a aquellos que apoyan este tipo de movilizaciones que son escasas en cualquier parte de este mundo, y, seguro, que no deben ser reprimidas. El MST debe evocar el orgullo a los brasileños de la misma forma que evoca una gran admiración y esperanza en otros países.

Atentamente,

Noam Chomsky Institute Professor MIT



Otros textos:
Democracia y Mercado...

Las elecciones de 2004.... (rev. OSAL24)

Archivos adjuntos (2)

  • NaomChomsky_TioSam.pdf el 16/03/2009 18:12 por El Rincón de Anahí (versión 1)
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  • Noam Chomsky - 9-11.pdf el 16/03/2009 18:11 por El Rincón de Anahí (versión 1)
    312 kb Ver Descargar

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