Un cortado dieciocho años después de Amor Perdía


 

Él se sentó en el bar del boulevar, pidió dos cortados y esperó dieciocho años. Después la lluvia empujó a los pobres hacia el centro y entonces se encontraron.

Él había sitado a la madre, un martes, allá cuando el otoño se fue a pique con el comunicado número uno.

Primero hizo mil quinientos minutos de silencio, más tarde repitió, para nadie y por dos veces, las versiones que llegaban al bar desierto: que la vieron vestida de azul, (¿o era de gris?), que la vieron con un bolso, (¿o era una caja?), que la vieron subirse a un auto, (¿o la subieron?), que no saben dónde está, que el marido pregunta y pregunta, que su nena llora y crece.

Fue esa misma hija que, sin dejar la tristeza, aprendió algunas letras en una escuela, dos cuadras más al sur de la casa. Mientras el padre aprendía a cortar caña y a sobrellevar su aparente viudez, dos provincias más al norte de aquella escuela. Los tíos le pudieron pagar un guardapolvo más y ya entonces tuvo que ayudar en las quintas. Después la lluvia convirtió las verduras en cadáveres y los campos en cementerios.

El hambre pujaba, entonces, y con gritos de parto ella llegó hasta el centro urbano: ... y limpio, y cocino, y cuido chicos y amanso grandes -dijo-, ¿no me paga, usted, algo para comer?

Él la reconoció dieciocho años después, y la invitó a sentarse: Cómo no -le respondió casi sonriendo-, ese cortado fue pedido para vos.

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