Para mí el exilio no era
una caminata por Paris
con el corazón acortazado y triste
buscando con desesperación que algún croissant
se pareciera a cierta medialuna
de Corrientes y Montevideo
para mí el exilio era no saber bien qué nombre
trajera bajo el brazo al nacer
o no querer saberlo
o no poder
porque así era mejor
-decían-
era tener que aprender uno nuevo
en cada aduana
y bañarme siete veces seguidas
para recuperar mi color de cabello
el exilio era pertenecer a ningún lado
era mirar desde abajo lo que ellos extrañaban
(ellos, allá arriba)
y extrañarlo sólo por solidaridad
por amor, por respeto, por las dudas
era mirar desde abajo ese país de otros
(ni de ellos ni mío)
donde apoyaba los pies, aún sabiendo
que tampoco pertenecía
(ni yo a él, ni él a mí)
exilio era
ser provisorio
estar de paso
siempre volviendo
hacia un lugar que todavía no conocía
para mí el exilio era un collage de escuelas
como si alguien estuviera haciendo
un estudio comparado de políticas educativas:
del psicolingüístico a los palotes
de la manuscrita a la imprenta
del lápiz a la tinta
(tinta, borrón, agujero,
siempre en ese orden decreciente)
de primero a párvulos
de los números fraccionarios a los quebrados
y ojo con escribir fuera del renglón
o equivocar los himnos patrios
para mí el exilio era no tener familia
(en el formato estándar de familia)
no porque se hallara a kilómetros de distancia
sino porque nada quedaba de ella en la memoria
eran tíos, primos, abuelos
en fotos pegadas a las paredes
(con una plastilina verde
que había robado de los cajones)
como si fuera imprescindible dejar por sentado
que había (allá) otros que esperaban
que nos esperaban
y las fotos (por eso)
eran rastros a destruir en cada viaje
y los viajes, a veces,
(generalmente)
no me dejaban ver
el paso de una estación a otra
en el mismo lugar
entonces yo me inventaba una abuela
como veía tenía los otros que iban a la escuela
y la hacía cocinar cosas ricas en mi memoria
o primos, tíos,
dos o tres veces, hermanos
también una casa grande donde posar todos
para una foto que no existía
mi mamá, en cambio,
recortó los contornos de cada nostalgia
y nos encoló, delicadamente,
sobre un mismo fondo
como si juntarnos fuera posible
como si no se notaran las sombras
y las perspectivas diferentes
y las distancias de abismo
de hemisferio
el exilio era una bandera celeste y blanca
que era mía
y una bandera celeste y blanca con sol
que era de esos
porque alguien me había dicho
alguna vez
que la bandera con sol es de los militares
y los militares
eran los malos de la historia
eran los males de ese tiempo
el exilio era un catálogo de tics
para seguir vivo
no hacer siempre el mismo camino
no tomar el primer taxi
no apagar la luz o la radio al salir
no andar sin documentos
no hablar más de la cuenta
no abrir los ojos
(porque cuanto menos se sabe menos se teme)
no preguntarle a los grandes
cuándo se van, en qué, por dónde
no preguntarle a nadie si vuelve
(eso nunca lo dijeron, lo aprendí sola)
pero siempre se abrían intersticios
en los que sentirse como una persona normal
(o por lo menos como creía yo
que se sentía una persona normal)
unos breves espacios en los que
llegar tarde al parque o al cine
parecía ser todo el problema de todos
el exilio era escuchar los informativos
en la sección “internacionales”
era poder almacenar en un puño
el compendio de saberes
que tenía sobre aquello
supuestamente propio:
“mi país es un pedazo de tierra
allá abajo
en el mapa
y mi provincia tiene forma de bota”
-explicaba-
el exilio era tener pocas cosas
y salir en todas las fotos
con el mismos vestido largo
porque se suponía
que alguna vez iba a crecer
y me quedaría mejor
que alguna vez iba a volver
y podría, entonces, comprar muchos vestidos
de industria nacional
el exilio era ser joven
en otro país
(o país de otros)
pero esencialmente joven
y hablar de amor y guerra
con las mismas palabras de amor y guerra
y reírse a carcajadas
y creer
y tener miedo
o por lo menos eso vi
cuando se inclinaban
para decirme cosas fabulosas
sobre un país del que ellos
habían salido un día
sólo con el objetivo
de poder volver orgullosos
a usar el gentilicio que les tocaba por nacimiento
entonces sonreían
y decían palabras que hoy ya no existen
antes de saludar y despedirse
a algunos
no los volví a ver
para mí el exilio es un internado
donde cursé toda la escuela primaria
un espacio en la memoria
al que no vuelvo sino en sueños
pero del que arrastro
las primeras palabras sobre las que se apoya
la torre de babel que soy ahora
el exilio es un lugar que ya no existe
del que salí un día
con destino a un país
que tampoco existía.