Alhambra

 الحمراء


Hice una visita. Me enamoré. No he visto nada semejante. Me faltan palabras. Intento, pues, modestamente, explicarlo en imágenes. No hay descripción que se acerque a la emoción de la visita. Probad. Conocía, como todos, el hecho de que una parte de nuestra cultura procede del mundo árabe. Sospecho ahora que es una "buena" parte, y, sin duda, una parte muy buena.

Sorprendente, la Alhambra. Te envuelve, y se te mete dentro.

Y le dejas.

Y la disfrutas.

 

 

 

  

 

 

Wikipedia

História

 

 

Las fotografías están en el orden en el que fueron sacadas - alternadas de izquierda a derecha -. O sea, en el orden normal de una visita a la Alhambra. De mi visita. Destaco aquellas que, desde mi punto de vista, mejor representan lo que me hechizó. De todos modos, considero que, habiendo cosas maravillosas, una arquitectura por momentos inconcebible, sin embargo cualquiera de ellas encontrará sin duda parangón en otros lugares. Lo que de "único", desde mi punto de vista, tiene la Alhambra, es el conjunto. Es la maravillosa mezcolanza de arabescos, agua y vegetación. Es la vista desde el altozano en el que se encuadra. Las fotografías no le hacen, no le podrían hacer, justicia. El ambiente, el aire que se respira, es lo irrepetible. Si, en la Alhambra, hacemos el esfuerzo imaginativo - grande, necesariamente - de que estamos solos, vivimos allí, entonces es cuando podremos apreciar el lugar. Porque la Alhambra - Carlos V aparte -, es una casa, un lugar habitable, un lugar para vivir. No digo el paraíso porque lo que sobre este último hemos oído no compagina adecuadamente con los arabescos. Pero tener un techo donde las golondrinas anidan -dentro, volando dentro de tu habitación, usad la imaginación y contempladlas - tener un patio donde, a pesar del calor, el agua de las fuentes refresca y los mil olores de las flores endulzan el ambiente, tener habitaciones, salas y salones, todo lugares en los que los cuentos de las mil y una noches parecen haber sido escritos para aquí, parecen actuales e inmediatos, es una maravilla.

Nunca sabremos exactamente qué podían pensar los grandes señores que aquí vivían, al contemplar desde lo alto el paisaje que representa Granada. Granada, esta ciudad, quizás la única de España, en la que aún es posible en algunas calles oír hablar en árabe, con la conciencia de que quienes así lo hacen no sólo son granadinos, sino más, de más antiguo, con más rancio abolengo, que todos los otros, descendientes aún de los habitantes del viejo reino invadido por los Reyes Católicos. Ellos son los más antiguos habitantes de esta tierra. Y, para todos aquellos que los quieran visitar, debo - gula obliga - recomendar que visiten sus pastelerías. El coco, los dátiles, las almendras y la miel, entre otros, muchos otros ingredientes, se combinan en verdaderas gollerías dentro de los hornos de algunos artesanos. Si me parara a indagar, podría dar muchos más detalles sobre éste y otros asuntos, pero dejo eso para otros, aquí pretendo tan sólo dejar las impresiones que aún retengo de un viaje que hice. Iba, con mi familia, hacia otro lugar. Paré por aquí, tres días en Granada, uno de ellos en la Alhambra. Sabe a poco. En Granada he estado más veces. En la Alhambra no. Por ahora.

Quizás debía haberlo avisado antes, pero supongo que en general no hace mucha falta: Si hacéis click en cualquier fotografía, ésta aparece mayor, y la podéis guardar si lo deseáis. Si os gusta alguna en particular, y deseáis imprimirla, al final de la página tenéis mi correo electrónico, me la solicitáis, y os la envío, bastante mayor que lo que aquí (por limitaciones técnicas) aparece. No lo dudéis, yo lo agradeceré, sabré que construir este site ha servido para que alguien más vea, de alguna manera, al menos de mi manera, la Alhambra.

Dejando atrás este inciso, y la anterior y breve "toma de Granada", volvamos a la Alhambra. Entremos. Por la mañana, pronto. Para quien no ha ido antes, aviso, comprad las entradas con antelación, no sea que os quedéis fuera. Ya hace sol - empieza septiembre -, pero todavía no quema. Ya cambiará.

Los jardines son agradables. Nos parecen "interesantes". No, si resultará que vale la pena la visita, comenzamos a pensar. Nos vamos metiendo en canción, poco a poco y aún sin saber lo que nos espera. El palacio de Carlos V surge pronto (creo que se llama así. Repito una vez más, arriesgando ser pesado, que no estoy revisando ni verificando nada. Escribo lo que se me ocurre, de lo que me acuerdo. Intento narrar la visita a unos amigos, nada más. Y nada menos). Lo vemos por fuera. Me parece una casa grande, un palacio más. No lo digo, porque pienso que mi mujer, a la que considero mucho más culta que yo, podría ofenderse, por tratar así a un palacio, una parte de la Alhambra, además. Me lo define ella: Vaya mamarracho! Bueno, pues le doy la razón, en parte por compartir la idea y en parte porque - como muchos otros varones que comparten conmigo un régimen marital saben - es generalmente una buena idea. Añado, antes que me tilden de lo que no soy, que el motivo fundamental fue el primero. Es algo que ya me había sucedido contemplando otra gran obra de la humanidad, la mezquita "catedral" de Córdoba. Sin embargo, la parte de "catedral" no es armónica con el resto del conjunto, ni difícilmente podría serlo - siempre, por si acaso los distraídos, desde mi punto de vista - tal como el palacio de Carlos V en la Alhambra. Aunque tal vez sirva, como contrapunto, para verificar los contrastes entre ambos tipos de arquitectura, pero este tipo de apreciación supongo que sería como mínimo bochornoso para muchos. Así que lo dejo.

Pero bueno, sigamos. Ya empieza a apretar la canícula, va rápido, puede ser que nos arruine el día, sobre todo por los niños. Veremos.

Vemos ahora las ruinas, es lo que queda, del fuerte, el local donde se alojaba la guarnición, la alcazaba. Arquitectónicamente no es gran cosa, sólo quedan ruinas. Mirando por la parte exterior, contemplamos Granada, contemplamos el monte, el posible camino de los invasores. La subida es agreste, da la impresión de que, si no es por asedio, o por traición, difícilmente podría ser tomado por la fuerza este bastión, desde que lo defiendan gentes de bien con amor a su patria, su religión y su señor. Por lo que me parece recordar de mis ya lejanas aulas de historia, algo de ambos hubo. Mas un señor con más amor a sí mismo que a su reino. Lo que, a priori, no condeno ni defiendo. De todos modos, la sensación de fuerza que transmite la contemplación de Granada desde las almenas, viendo todo desde arriba, protegidos, hace pensar en esos hombres de otro tiempo y cultura, indómitos, valerosos en su atalaya, contemplando allá al fondo las tierras de una buena parte del reino, su reino. Algunas de las vistas de Granada, casi todas, están tomadas desde ahí.

Abandonamos la alcazaba. Hace calor en serio. La cosa - la visita - peligra, los niños empiezan a cansarse. Comemos algo - patatas fritas, unos zumos, poco más, no vamos a perder mucho tiempo con esas cosas -, y echamos a andar otra vez. Y nos perdemos. Salimos de este mundo. Entramos en un túnel del tiempo, nos sentimos ridículos con pantalón corto y sin turbante, extranjeros, extraños, nosotros y otros muchos, todos, pero todos extraños. No pertenecemos a este sitio. Podemos observar, nos dejan los espíritus de los verdaderos moradores que se entrevén en las paredes y techos, pero estamos de visita y nos vamos. Este no es nuestro sitio, es suyo. Hemos entrado el los palacios Nazaríes. Hasta los niños se embelesan. Olvidé el mundo. Lo recordé más tarde, pero sólo después de salir. Y me costó salir. A pesar de sentir que, necesariamente, yo no hacía parte de aquello.

Las paredes. Los techos. Los suelos. Las estatuas. El agua, los setos, los arcos. Los arcos. Ay, los arcos. Entro y me espanto, Me giro, me tuerzo, busco el recoveco y el ventanuco, miro el arco soberbiamente trabajado escondido casi sobre otro arco, semejante pero diferente. Todo son arabescos, filigranas. Sentí escalofríos e incredulidad, parecen dibujos animados, ésto no es real. No sé dónde mirar. Pero el circuito de la visita parece ordenado buscando un cierto desconcierto: después de observar y absorber, paredes y techos, suelos y ventanas, finalmente dejamos la primera sala, y volvemos a sentir que nos fallan las piernas - tal vez el calor influyese, lo reconozco, aunque sólo sea para suavizar el dramatismo de la prosa - cuando apreciamos todo alrededor, aún más ensoñador. Y la siguiente, aún más, y casi que la pasamos deprisa pretendiendo ver ya la siguiente sala, esperando una nueva y aún superior maravilla. Y la vemos. Y lo es. Y la siguiente. Y la otra...  Ved las fotos. No hacen justicia pero ayudan. Es increíble el nivel de pasmo que se puede alcanzar.

Hay que tener en cuenta que el resto de la visita la realicé después de los palacios Nazaríes. El estado de espíritu que esto conlleva nos absorbe, nos hace ver todo de otra manera. Hasta el cielo, los olores, o incluso los peces de los estanques - que reconozco ahora que no tienen nada de especial, aunque me gusten - todo, tiene otro tipo de impacto en nosotros, es especial. Estamos "dentro" del espíritu de la Alhambra. En cuanto dure la visita, por lo menos, durará este estado seudo-hipnótico impuesto por los palacios Nazaríes. La apreciación del Generalife va a beneficiarse de ello. Ya no son sólo unos jardines realmente espléndidos, sino que los contemplamos como la continuación natural, el necesario lugar de paseo y descanso de estos hombres y mujeres, antiguos moradores y parte integrante de la Alhambra, aun no siendo visibles. Es grandioso, el Generalife, pero, por otro lado, no podía dejar de serlo, lo consideramos natural, combina con los palacios, se "ven" ambos conjuntos como una casita y su huerto, como un balcón y sus tiestos de flores. Para los palacios Nazaríes, el Generalife es lo que corresponde.

Jardines: agua, vegetación y piedra. Los verdaderos placeres de la vida. Más, como es sabido, desde la filosofía árabe. Pero también muy real para mi, y supongo que para muchos otros.  Sobre todo el agua. Fuentes, surtidores, más que estanques. Pero también éstos. El agua utilizada como forma de ostentación, propia de una cultura de desierto. El derroche de agua como demostración de riqueza superior a la ostentación de oros y joyas. Y las flores. Impregnados del espíritu creado por los palacios Nazaríes, evocamos mejor la sensación de, siendo hombres del Sahara, sintiéndonos así, pasear sin embargo entre flores de brillantes colores y surtidores de agua por doquier.

Aquí, nuevo inciso, los niños, a pesar de muy cansados ya, se relajaron un tanto. El calor se nota menos, y si meten una mano - o un pié - en algún estanque, los adultos "no lo vemos" y la cosa sigue adelante.

Hay aún, para completar el conjunto, un cementerio, unas termas, incluso con agua caliente - nociones extrañas seguramente para muchos otros, en esa época - placetas con fuentes, pequeños laberintos de setos, escaleras que suben y bajan entre la verdura. Me chocó una escalera de piedra con los pasamanos socavados, de manera que bajaba por ellos el agua, riachos que acababan en pequeñas cataratas. Cómo no, agua. La fuente de la vida.

Pormenores como el azulejo junto al viejo tronco, muerto, de un ciprés, indican una vida real, no es un espejismo, había seres humanos que hacían de este lugar su hogar. Reza el azulejo: "Cuenta la leyenda, que este Ciprés de la Sultana, fué testigo de los amoríos de un Caballero Abencerraje y la esposa de Boabdil". Así pues, no fueron Lancelot y Ginebra los únicos. Pero pocos textos evidenciarían más la convivencia humana, el asentamiento y las naturales intrigas, amorosas y otras, de todo tipo. Sonrío. Me parece estupendo. Y natural. Casi me los imagino, a la luz de la luna, entrecruzando los dedos de las manos, de las cuatro en simultáneo, mirando de reojo hacia la ventana del rey o hacia los guardias de palacio, con el temor y la excitación emparejadas.

Acabamos, llegamos al final. Vamos saliendo poco a poco, observando aún los últimos jardines. Al salir del Generalife, la temperatura aumenta, aparentemente, diez grados. Nos sofocamos de repente otra vez. Deseamos volver rápidamente al hotel, a la habitación, y a la ducha.

Y lo hacemos.

Y aún volvemos a pasear, ya anocheciendo, por Granada, intentando percibir, localizar, la Alhambra. Cosa fácil en Granada. Y la vemos aún, mientras cenamos en una terraza.

Al día siguiente, el dolor de piernas pesa más que el recuerdo. Después, tenemos también otras cosas que hacer, asuntos absorbentes. Poco a poco, van después aflorando los recuerdos, cada vez con más peso. Escribo esto dos años después, y casi lo recuerdo como si estuviera allí. Y con la sensación, por otro lado, de que debo volver, volver para recuperar la parte de mi alma que se quedó enganchada, presa en los palacios Nazaríes, extendiéndose como un fantasma, estirándose, por el Generalife, pero sin poder ni querer liberarse de prisión.

Debo volver a buscarla, y recuperarla. O quedarme yo.  

 

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P.G.

 

 

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