SAVIADURÍA©

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Editorial Dunken

Uno de nosotros

Jamás hubiera atribuido don de vaticinio al húmero seco de un pollo, pero, considerando los hechos, no puedo omitir la intempestiva aparición de la que hoy, antes de las 08:00 de la mañana, salió despedida por la ventanita de aireación de una casa, y su vuelo rasante por mi cabeza debió anticipar de algún modo el hado alado de mi día.
Sugiero desechar cualquier presunción de un pichón de virdoman, por cuanto soy Virdomel, y si por transitorio descaro entráramos en el devaneo de un personaje de historieta, puede que en aquél, cual bola de nieve, surja un merchandising acorde con el personaje, del que sólo a las claras se conocen las características de su almohadoncito, imposibilitando por ello la creación de un virdomóvil, un virdófono, un virdoreloj, una virdopicera, entre otras cosas, hasta una virdosoga donde colgar los calcetines; dejando, al libre albedrío de el/la lector/a imaginar los rasgos fisonómicos de Virdomel, sin olvidar mi calvicie.
Siguiendo el tren de lo anterior, reconozco que me sentí como el séquito de un estornudo hallándome perdido al arribar al gigantesco hospital donde fue internada la Rosita.

De suerte que hallé el hall central en el primer intento de ingreso, pero la magnitud del centro de salud es tal, que ante mí se abrían infinidad de puntos de información y accesos: ventanillas, mostradores, corredores, escaleras, ascensores, pisos arriba, pisos abajo; personal que iba de aquí para allá con guardapolvos de color celeste, azul, rosa, verde, terracota y blanco ¡por supuesto!.

Despistado como soy, pensándome estornudo, choqué a una bonita señorita de blanco a quien se le cayó una carpeta y ni me animé a preguntarle cómo llegar hasta lo de la Rosita, cuanto menos atreverme a decirle que me sentía un estornudo; ¿qué reacción adoptaría la señorita de blanco?, en el mejor de los casos autorizar una derivación al clínico de guardia, o mirarme a los ojos y decirme que el área de psicología estaba en el pabellón veintidós, como así tomarme del brazo y depositarme en la sala de espera del vacunatorio, y ni hablar de un por qué se dejó estar, y quedar internado en observación por la causa que fuere. En tanto que algún agente de propaganda médica, no dejaría pasar la oportunidad de poner en manos de pacientes y visitas, barbijos con el logo de su representada, procediendo a instruir, cual azafata de línea aérea, su colocación y ajuste, sin soslayar las salidas de escape por supuesto. Despistado y todo, sólo atiné a sostener la mirada en la atractiva señorita al levantar la carpeta, pasar mi mano quitando algún polvillo, y desmayarle un ¡perdón! en el vademécum.
En esa pulseada entre varias opciones para encontrarme con la Rosita, primero acudí al que menos delatara mi desorientación, es decir, echar vista en el tablero indicador de especialidades médicas, generalmente ubicados en lo alto, perjudiciales para cuellos contracturados, o muy bajos con información contraindicada para la lumbalgia. En tal sentido, siendo yo el único lector de las encumbradas disciplinas de cobertura, no demoró en arracimarse un grupo de personas haciendo lo mismo que yo -toda una corte de recepción para un objeto volador no identificado- parado y de espaldas delante de ellos.

Yo agarré fuerte mi almohadón negro tornasolado con sus cinco flores y dos tallos en dorado, y encomendándome a la Providencia me acerqué a la ventanilla de admisiones preguntando por la Rosita. A cambio recibí la cara del dependiente hundida entre sus manos que urgente me llevó a pensar y murmurar ¿cómo era el apellido de la Rosita? La paciencia del dependiente era mayúscula, aunque no así la decena de impacientes que se juntaron detrás de mí, dado que el primero aguardó, sin más gestos de incomodidad, que buscara el apellido de la Rosita por entre el desorden de papelitos que llevo siempre en el interior de un viejo porta-lentes como si fuera mi agenda electrónica.

Mi orientación se vio desmejorada cuando el amable joven me dijo que la persona no figuraba en sus registros y, ante mi insistencia que sí estaba internada allí, con buena predisposición me aconsejó que fuera hasta el sector internaciones.

Vista mi experiencia en estos menesteres que –también- me descalifican como motor de búsqueda, y tras subir por la misma escalera un par de veces y encontrarme al mismo ascensorista en otras –echando por tierra pretensiones de navegador- opté por tomar asiento en medio de uno de los pasillos, descansar, mirar y pensar.

Los pasillos más chicos, desembocando en pabellones, no tendrían menos de treinta metros cada uno, revestidos por azulejos cuarteados y remendados por tramos, un tándem con asientos, radiadores de calefacción cada siete metros aproximadamente, nichos hidrantes, conductos aéreos por los cuales pasarían cables supongo, una iluminación pobre, fluorescentes de los que algunos titilaban mortecinos justo en la boca de las escaleras sobre los carteles de prevención que decían salida (y no caída), ventanas en uno de los extremos, y más puertitas. Los pasillos más largos, casi de sesenta metros, creo, satisfacían a los pacientes con el agregado de un teléfono público y baños haciendo juego.

- ¿Qué haces por aquí Virdomel?

- ¡Señora Myriam, qué agradable sorpresa!, exclamé con gozo en el corazón, vengo a ver a una amiga que está recién operada –agregué-, la Rosita.

- Pues me parece que se te ha hecho un poquitín tarde; yo me estoy retirando porque el horario de visita de la mañana ha terminado, Virdomel, y no se está permitido hasta después de las 15:30 nuevamente.

Si únicamente hubiera sido por el horario de visita, tal vez mi conmoción no desataba tanta risa, incomodidad y vergüenza; por cuanto la señora Myriam, quien, visitando enfermos conoció en el hospital a la Rosita, comentó que le habían dado de alta hacía dos días retornando al hospedaje para pacientes en tránsito, un valor agregado desinteresado y solidario, supongo, que le presta la obra social.
Recordando la hora del almuerzo, me despedí de la señora Myriam con un hasta luego; y el estornudo, como reaccionando frente al síndrome del guardapolvo blanco, trepó al colectivo que pasa cerca del hostal.


Me suministraron una mesa revestida con fórmica color tiza con irregulares trazos en gris claro, una frazada a cuadros, una tela para cubrirla, un rociador y una plancha. Fue por mediación de Sor Mónica que accedí a una changa para el planchado de sábanas durante todo un domingo, incluida la comida, en el albergue para pacientes en tránsito en donde tomé por vez primera contacto con la Rosita.
- Esas son mis sábanas.
¡Eehhh...!
- Virdomel, mucho gusto, ¿usted?
- Rosita.
- Encantado, Rosita.
Hacía más de un año que la Rosita aguardaba con ansiedad que le realizaran el implante de una prótesis que le permitiera abandonar los bastones canadienses en los que aferraba las palmas de sus manos y trababa sus antebrazos.
Trámite que se venía posponiendo quién sabe porqué causas, y sin embargo no hacían mella en la fe y entereza de la Rosita que siempre tenía algo por enseñar, añorando su pueblo y volver a caminar por entre las gordotas raíces de sus maitenes*.
- Te aconsejo que antes de iniciar el planchado recorras el hotel, Virdomel.
- ¿Le parece?
- No me parece, creo que es imprescindible.
- Usted cree que no llegaré a planchar todo en el día, ¿verdad?.
- No es por eso.
- ¿Entonces?
- Porque no basta con que planches las sábanas y queden impecables sin saber, aunque a tientas, a quienes pueden corresponderles. Será bueno que te empapes del cuidado que se les debe a esas sábanas que acompañan el reposo o el descanso de los pacientes que aquí viven...
- Entiendo.
- ...¿de qué te serviría cumplir la tarea, cobrar unos pesos, y desconocer qué hacen las sábanas con sus moradores día y noche? Allí tienes unas sabanitas de una criatura que, habiendo viajado mucho, aguarda una operación en su corazón, ¿Puede ser descorazonado el planchado?, ¿No le asiste merecimiento, aunque nada tenga que ver contigo, de esmero y trato compasivo? Mis sábanas requieren estar bien almidonadas para no tener arruguitas por ejemplo, hay mucho por andar, ¿comprendes?

- Entiendo.
- ...Mira, quien se ocupa regularmente del planchado, Cachito, venía de mucho tiempo sin encontrar trabajo. Su pasado no le permitía un lugar; estaba condenado. Fue víctima de adicciones. Se rehabilitó. Vivía en la calle. Sufrió el olor de la mugre, el desprecio a su desnudez. Pasó frío, calor, hambre, sed, persecución, miedo..., dijo estar mal alimentado la primera vez que aquí llegó pidiendo algo para comer. Al cabo de unos días decidimos entre todos darle una oportunidad.
¡En alguna parte debían dársela!
Al principio se le asignaron tareas en la galería del jardín; lampazo en mano se vinculó con pacientes en silla de ruedas, con afecciones pulmonares cargando sus respiradores, con trastornos locomotrices..., ¡bah!, con cada uno de nosotros. Que también teníamos temores frente a un Cachito arisco como un perro recientemente apaleado, que miraba de reojo, y de quien sólo conocíamos, su verdad.
Su actitud, más tarde, lo llevó a desempeñar tareas de limpieza en los pasillos, la sala de estar y el comedor, lugares en los que conoció gente en proceso de rehabilitación, con trastornos digestivos, problemas en la piel, en los ojos, de circulación, con achaques varios, ¡bah!, con cada uno de nosotros.
Unos días faltó uno de los ayudantes de cocina y allá fue trasladado Cachito. Vio cómo se diferenciaba la comida para cada paciente; yo como la comida con sal, pero otros no. Algunos comen en la habitación cuando salen del post operatorio y todavía no pueden moverse, entonces el tipo de bandeja no es igual para otros. Hay pacientes que no pueden cortar la carne, entonces va servida en trocitos; no todos pueden comer cítricos; y así, cada uno es cada uno, y Cachito lo entendió y comprendió.
Un día tuvo que planchar, quien lo hacía, y muy bien, consiguió un trabajo mejor pago, pero Cachito nos fue enseñando que cada sábana, cada funda de almohada, cada cubrecama, cada frazada, también tenía que tener un tratamiento especial, no debía ser distinto para cada paciente, pero sí debía llevar, algo extra, la caricia de gasa doncel de una mano, sutil, contenedora y a la vez una desconocida acción para la otra, destinada a la esencia de cualquier piel, y sin discriminar fachadas, ¡bah!, la de cada uno de nosotros.
- Entiendo. Me daré una vuelta por el hotel.
- VE, cuidadosamente, Virdomel. Chau.

¡Hola Virdomel! ¿Por dónde te perdiste? La Rosita preguntó muchas veces por vos, salió bien de la cirugía. Está en la 406 ahora ¡Qué sorpresa le vas a dar! ¿No querés llevarle la comida?
No está dentro de mis aptitudes la de ser mozo precisamente, y desde lo estético mucho menos buen...; usted sabrá entender; pero, habiéndome reencontrado con tan amigable gente y siempre bien dispuesta, acepté ¿Qué bandeja llevo?

¡Paf, paf! golpeé con la punta del pié en la puerta de la habitación; ¡Adelante! respondió la Rosita; ¡VIRDOMEL! ¿No trajiste un paraguas? dijo a carcajadas al verme entrar en la habitación, agregando: la chata que compré no me hará falta ya, ¿qué podré hacer con ella?

Antes de tomar el ascensor una de las personas que estaba en la sala de estar gentilmente abrió la puerta de madera, la puerta tijera, oprimió el botón del cuarto piso y dejó que el cierra-puerta hidráulico se ocupara de cerrar una, y arrancó. Mi despiste no había quedado en el hospital y no tuve en cuenta que el ascensor toma impulso para subir y tiene una parada poco cortés, en consecuencia, del menú para la Rosita, el ala del pollo hervido quedó recostada en mi antebrazo, y la verdurita del consomé chorreando de una de mis orejas.

¿Qué te parece Rosita si como suele hacerse con los yesos, entre todos le estampamos firmas y dedicatorias a la chata que ya no vas a usar y la colgás en el living de tu casa como recuerdo de tu estancia por estos pagos?

*Maitén (maitenus boaria), árbol que abunda en las regiones patagónicas.
El Maitén, Chubut, Argentina.