SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Un tal Pilín

Imagen: Un portarretrato sin fotografía.

Me preguntaron si iba a entrar, y entré.
Yo estaba sentado en uno de los escalones de acceso a una iglesia, y era fuera del horario de apertura que figuraba en la cartelera del portón.
Éste lo abrió un tal Pilín, nombre que recuerdo con claridad porque así se llamaba el perro de una vieja amiga que vivía en un barrio santo, pegadito a la ruta 3 en la Provincia de Buenos Aires.
Cuando ingresé me sentí extraño, ajeno, intruso quizás, por cuanto lo hice junto a otros, no más de 9 personas, y ya en el recinto sagrado se hallaban mujeres y hombres con hábitos religiosos, algunos lo estaban de rodillas y breviarios entre sus manos, y otros sentados dirigiendo una mirada contemplativa hacia la parte superior del retablo.

De pronto: ¡crash!; por imperio del despiste, así fue mi presentación al arrodillarme, ¡justamente!, en el único reclinatorio que estaba enclenque.

Sí, me pasó por eso, por lo que está pensando.
. . .
Porque no había usado mi almohadón; ¿pensó en eso, cierto?

Delante de la balaustrada habían dos sillas y, frente a estas, un micrófono sujeto a un pie.
El tal Pilín se sentó en una de las sillas y tomó el micrófono. Mantuvo silencio mirando a la concurrencia como no sabiendo qué decir. Y en lo personal yo no sabía qué escuchar porque había caído como peludo (vivo) de regalo.
Pilín no tenía investidura religiosa, parecía ser un laico.
De pronto su ronca voz salió por los parlantes, diciendo:

Al echar un vistazo me encuentro con una silla vacía, pero en realidad yo pienso que hay un lugar que espera ser ocupado, y que al mismo tiempo hay alguien que desea ocupar ese espacio para no sentirse fuera; pienso que no encuentra disponible el dónde, el cuál, el cómo y el para qué; ergo, la silla esa continuará vacía, y por la razón que estoy aquí, me inquieta y me duele...

Los presentes, entre ellos yo, el más descolgado, no entendía qué quería decir Pilín. Se paró y dando pasitos cortos fue hacia la nave central, y se internó unos metros por ella. Se mostraba dubitativo pero con una convicción, lo que me llevó a pensar que estaría buscando acomodar sus ideas y darles una clara correspondencia con lo que pretendía transmitir.
Tarea no fácil teniendo en cuenta el lugar y las características de los asistentes.

... ¿Observaron que para la hora del rezo del rosario viene poca gente? ¿Cuántos seremos Lucía?
- Cuatro..., a lo sumo siete.
... ¿Vieron? Entonces estamos fallando en algo como cuerpo. Y a ninguno de ustedes les es ajeno lo que significa rezar el rosario. ¿No es así?
- No –respondieron todos, y yo asentí inclinando la cabeza.
... ¿Ven este micrófono? –nadie respondió porque era obvio- ¿Lo ven o no? –dijo con estentórea voz; respondimos que sí.
No me pertenece –agregó.
Quiero que por un momento miren al que tienen al lado. ¿Sienten una presencia, no es así? –respondimos que sí, no vaya a ser que se enojara Pilín; el que yo conocí ladraba, y este, por ahora no.
Ahora quiero que miren el micrófono que levanto en lo alto, y piensen que es una antorcha encendida, y que no quieren que se apague, e imaginen un globo terráqueo en el cual se van encendiendo lucecitas en todos los lugares, y que cuando el que sostiene la antorcha se va a dormir, tenga a quien dejársela, para no permitir que se apaguen las lucecitas en ningún rincón del planeta; asegurándose que en alguna de esas dos sillas, siempre quedará alguien dispuesto a tomar la posta para sostener la antorcha encendida, que materialmente es un micrófono, pero desde el cual se puede mantener una luz prendida y que es nada más y nada menos que la oración.

Yo me acordé de Myriam, Guillermina y Sor Mónica.
 

Yo no desconozco que ustedes como mujeres y hombres de iglesia rezan mucho tiempo por día, e incluso asisten a misa de puertas adentro y por eso la gente no los ve.
Y a ustedes, entre quienes me incluyo, las mismas caras, y que venimos siempre en el horario del rosario, emitimos las mismas entonaciones, modulaciones de voz, hasta la reiteración de la tos de algunos...; y es innegable que siempre sabemos quién sigue después de quien.

Entonces, tomando perspectiva, yo que vengo de afuera me encuentro con algo que es monótono. ¡Y rezar el rosario no lo es, sino que lo hacemos monótono! Y jamás encendemos el micrófono porque no somos más que cuatro o siete en el mejor de los casos. Y el parlante ubicado en el pórtico permanece callado.

Pero es lógico, el tartamudo no se anima porque se arriesga a que lo miren mal; el que es corto de vista, para leer la hojita con los misterios o letanías si se las incluye, no se atreve porque teme saltear los renglones; el que no sabe leer, o siente que lo hace mal o desconoce los misterios del rosario, nunca encuentra a alguien disponible, y lo peor, es que muchas veces nadie se acerca a explicárselo; me van a decir que lo busque ¿no es así?, pero para rezar el rosario, convengamos que la primera vez se necesita que alguien le pase la posta, que se lo haga degustar, que le haga mancha alegría. Es más, de internet se puede bajar una copia; y en algunos lugares de la ciudad cobran unas monedas como parte del negocio: “Por $ 3,00 se lleva rosario de plástico y le explicamos en minutos cómo se reza. La fotocopia con los misterios es aparte”.

El que lo reza rápido se aburre por la lentitud de los otros, entonces opta por no acercarse. El que tiene dificultades para leer cree que arrastra a todos, y decide no venir antes que, ¡también!, lo miren mal. El que adolece de una aparente incompatibilidad social, se margina solito, o su compañía de turno no lo trae para rezar ¡Porque se pasa vergüenza!
¿Qué pensarían la Virgen María y Jesús si vieran integrar al rey de los tartamudos al rezo del rosario y a veces dirigirlo?...

¡Uy, éste es peor que yo pensando en lo que pensarían la Virgen María y Jesús!

... ¿Pensarían en qué plomo dirige el rosario hoy, o sonreirían?
Usted, usted, no, a ver..., usted... Ustedes, sí ustedes, tienen la edad que hoy tienen que tener ¡Es éste el momento de empezar!; a la edad de usted, de usted, sí, también la de usted, ¡la suya también hermana!, ¿por qué no la suya curita?

Yo les quiero proponer, porque ésta antorcha tiene mucho peso para mí y mis argumentos fueron esos, y el cronómetro de mi tiempo corre en un tiempo prestado, que los que lucen hábitos nos acompañen a la hora del rosario y de cuando en cuando tomen la antorcha.
A los que somos sencillamente laicos, que uno diferente tome la antorcha cada día, porque no nos pertenece, pero podemos sostener la luz por un ratito hasta que el otro se haga cargo, para que las lucecitas permanezcan siempre encendidas en el globo terráqueo, como la del sagrario; y que cada día: el que lee lento, lea lento; el veloz, que lo haga rápido; el que tiene dificultades físicas, que lo haga como pueda sin temer una mirada desdeñosa; el que no lo sabe, que encuentre a ese alguien que se lo puede enseñar; y si a alguien se le corre la dentadura postiza, ¡por favor, no nos demos vuelta!, sigamos como si nada o formemos parte de su pausa, porque de lo contrario mañana no volverá.
Y no seremos los culpables de su dentadura floja, pero si nos entristecerá ver que ha quedado un espacio esperando, quién sabrá cuánto tiempo, para que alguien lo vuelva a ocupar, en lugar de disfrutar e ir pensando en cómo agrandar el lugar para que seamos más a la hora de encontrarnos con María y con Jesús durante el rezo del rosario.

¡Y de esa forma seguro que reirán! Pensé yo.

Sentí que se produjo una efusividad colectiva por empezar cuanto antes.
Con paso resuelto y con disposición se acercaron a Pilín; yo aproveché que el sacristán había abierto el portón y me retiré. Caminé pensando en las multitudinarias peregrinaciones y deseé que no olvidaran realizar impresos para invidentes, y que yo también debería acercarme para sostener la antorcha; y como me dijo Guillermina, pedir por los que padecen hambre.
Al doblar la esquina me detuve y pensé en que también hoy era mi tiempo, entonces decidí volver para tomar la antorcha; pero de repente algo me movió a regresar a casa y volcar en palabras lo que había experimentado, pensando en que quizás me convertía por un momento en una suerte de transmisor del mensaje de Pilín.

Desde el reclinatorio: Avanza 61 casilleros.

Toma aérea nocturna: Un globo terráqueo con lucecitas de oración encendidas…, en todo lugar.