“Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.” (Cant. 8, 7) Mi nombre es Virdomel, y deberá usted creerme que no fue mi intención competir con el sol, y mucho menos pensar en alterar el equilibrio interplanetario, pero sepa muy bien que no bebo bebida alcohólica alguna que haya puesto a este hombrecito en tal estado de conmoción; tan sólo me encontraba con mi almohadón bajo el brazo; ese del que refulgen en un fondo negro tornasolado, 5 flores que salen de 2 tallos y una sucesión de ochos horizontales, todo ello en dorado. ¡Y que para mí no es poca cosa por cierto! Bajé de un colectivo que hizo parada en la esquina de una plaza que evocaba el nombre de un monasterio, pero no está allí lo significativo, o quizás sí, no lo sé, mas mi experiencia pasó por lo inimaginable…, sentirme beso. Sí, leyó bien, me sentí beso. ¿Experimentó alguna vez esa sensación, la de sentirse beso? Pudo haber besado y haberse dejado besar, incluso asqueado ¿por qué no?; ¡pero sentirse beso!, deseo fervientemente que haya pasado por ese estado. Si no le pasó aún, no pierda las esperanzas. Usted se preguntará qué y cómo sucedió, algo que yo también en su momento me pregunté tras haber salido, si es que salí; pero luego un nuevo interrogante surgió, ¿para qué me pasó? Hoy sé que es para contar lo que viví. A menudo suele el ser preguntarse, ante el infortunio, “por qué a mí” en lugar de “por qué no a mí”; la vida me condujo a pensar “para qué me pasó tal o cual cosa”, porque al fin y al cabo de lo que fuere puedo abrevar. Es cierto, luego también vomitar. Le decía que había bajado de un colectivo y, sin saber precisamente para dónde ir, pues una buena cosecha de relatos para reflexionar había conseguido, fue cuando de pronto me hallé en una situación incómoda, pero no inapropiada para mí; articulando lo inesperado que me desarticuló a mí; nexo en e inconexo de; medio y fin; plataforma de carreteo con un despegue y un aterrizaje sin que colisión funesta pudiera acontecer…; me sentí beso. Usted se preguntará qué me pasó después. Yo todavía me sigo preguntando muchas cosas acerca de ello, pero algo podré decir, eso creo, porque una vez que sentí el impacto comencé a dar vueltas y más vueltas y disfrutar de ellas, y remolonear en el éxtasis para conservar el hálito de vida que me envolvía. Fue así, yo bajaba del colectivo detrás de una señorita muy pero muy bonita, con flequillo rubio pero muy rubio, carita redonda pero muy redonda, y labios finos y rosados pero muy finos y muy rosados, en tanto que desde una ventanilla, el novio, supongo, ¡indiscutiblemente feo, muy pero muy feo, para mí! (ja ja ja ja), le dijo: ¡Hasta luego caramelo con sabor a princesa!, y cuando le tiró un beso al mismo tiempo que ella lo hacía hacia él, yo quedé en el medio de los dos…, y me sentí beso. ¿Nunca le pasó ir distraído y quedar en medio del fotógrafo y el paisaje, encogerse de hombros y pedir perdón, sintiéndose; bueno…, eso? Esto fue algo parecido pero…, me sentí beso. Corrió por mi piel la sensación de ansiedad que pueda conjugarse en ese espacio que hay entre una estalactita y una estalagmita. Sentí unos chasquidos en el estómago, síntoma del hambre de Dios que pueda sentir aquel fiel que enjuga sus lágrimas, e imprime con sus labios la súplica o el agradecimiento entre el clavo y los pies del Crucificado. En esa multiplicación de giros se me escapó un poco de baba por la comisura, al posarse en mí, aquella sensación que podrá sentir algún padre que, habiendo asistido al parto, pudo dejar la inquebrantable e imborrable impronta de ese primer roce con la piel con sangre y meconio de la recién nacida o nacido. Daba giros tan bonitos que, por la gracia del amor, no se posó el beso que antecede el pergeñado asecho, porque hubiera sentido cómo se hace añicos la sonrisa de cristal. Experimenté, como en carne propia, el brote y pululación de latidos que surgen del encuentro entre los labios y una camiseta de Boca Juniors (es más fuerte que él), una pelota de fútbol y una copa de campeonato. Inusual taquicardia, al cuadrado, se apoderó de mi pecho cuando sentí aquél que procede de dos almas profundamente enamoradas mirando de frente al Sagrario, escandalizando, por sus atardeceres, al que desconoce los alcances del auténtico y, aunque terrenal, único. Gemí y lloré cuando sentí el desequilibrio del de la despedida; y reí y lloré cuando me contrajo el escalofrío del de la bienvenida. Se me erizó la piel al vivir aquél que hace piruetas entre los labios y una mano, y luego invita a danzar. Me retorcí al presentarse el que precede a la partida. Anidaron en cada intersticio de mi materia, las vibraciones que se advierten en los que se dan boca a boca, y escancian uno en el otro el delirio, el compromiso y la entrega. Suspiré con el que da el donante, y la exhalación que sale del que recibe. Me sentí el resplandor que produce el que es dado por una madre a sus hijos. El brillo del lengüetazo de la leona en los cachorros. El del pájaro alimentando a sus pichones en el nido. ¡Aaayyyy! ¡Qué desierto hay en la evaporación del beso oasis! Fui absorbido por el temblor que vacila entre los labios próximos de los enamorados a instancias del primer beso, y cautivado por ese calor y aroma que desprenden esos labios de bizcochuelo. Recorrió por mi ser la gelidez que se despereza entre los labios y una foto antigua. ¡Crash! ¡Crash! ¡Crash! ¡Cómo cruje al resquebrajarse la quilla de la embarcación que choca contra el beso archipiélago! Vivencié la fragilidad, fortaleza e inmortalidad de un pétalo durmiendo en el hombro o el pecho del navegante y el peregrino, quienes inexorablemente por las noches recurren a esos aromas de luz, que sus respectivos amores depositaron en las puertas puertos. ¡Guaaau! ¡Qué escozor irrenunciable produjeron en mí las llamas que parten de la fusión de los alientos! … Y mi cuerpo ya renunciaba a tanto vértigo, pero no así mi corazón que seguía remoloneando en aquél éxtasis. Los movimientos fueron más lentos, y fui experimentando el soplo hierático y sutil que se mantiene suspendido entre los labios y una estampita; el aliento que sale con humo y nostalgia del que privado de la libertad expele en el hasta luego a sus queridos; la inhalación reflexiva previa al beso que cierra el santiguarse o persignarse; el magnífico ahogo del inesperado; y también la asfixia del no deseado… Y unas más… Me transportaron a la respiración contenida antes de tocar la tierra seca o infértil; y de súbito, a la exhalación de acción de gracias que, descontrolada, parte del que se dirige al cielo. Me sentí beso, y aún hoy mi corazón atesora las sensaciones y emociones de sentirse tal. ¡Se lo deseo! |