Incompatible con el siglo, su risa popelina contrastaba con el ceño inconciliable de su madre para con un eslabón de un mundanal sistema que se obstinaba por no atender sus ruegos. Daba sólo señales de regocijo cuando, aquella sonrisa de scones, untamiento de títeres en el salón de un bar, lograba alinear cada una de las mujeres de su interior con la mujercita dueña de la libre risa; sin tener un porqué ni arrastrar preocupación; sin que siquiera la intrusión de mi casual presencia alterara esa unidad. Me añadieron a sus risas. Insondable risa de la primera arrebataba hilaridades de mí. De la realidad trajo al conocimiento de mí, que las ondas de esas carcajaditas, olas de frescor durante fregados ajenos, y la lavandina engastada en las manos, líquido diamante, justificaban los descansos. 6823 días de luz fueron componiendo la melódica paciencia que espantó a la cerrazón; que le place mirar vidrieras, pero gozo mayor siente toda vez que su doncella trae bellos parajes de un abstruso lugar que, si pudiera hacerlo con la voz, con detalles contaría en qué consiste el lenguaje de los hipocampos, en cómo es el rostro de las estrellas de mar, que todavía recuerda las fuéllegas contadas en aquel verano de hace 4146 días, que sabe de los poetas que habitan en los tréboles de cuatro hojas; que cuando convulsiona y decae su sonrisa advierte claramente la taquicardia maternal. Su doncella ríe, ríe y tararea, y mientras ría, ría y tararee, de algo, segura, ese maniquí de cenicienta estará, que si la suerte así fue echada, aunque su niña jamás tenga un catecismo entre las manos, valdrá igualmente la pena 70 veces 7 dar Gracias a Dios, tan sólo por verla dormir cada noche entre sus brazos, y vivir, al son de su respiración. Mi nombre es Virdomel, un discípulo de fe, un discípulo de amor. |