SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Ríos

Portando mi almohadón de fondo negro tornasolado y sus detalles en dorado, y con el propósito de acortar camino, si es que a mí compete el acortarlo o estirarlo o el creer que lo hago, interné mis pasos por el sendero en diagonal que cruza una plaza ubicada por la zona de la legislatura y de los tribunales. Al poco de ingresar me detuve para observar cuán grande era la plaza en cuyo interior anidaba algo de paz.
Mis sentidos creyeron percibir que la plaza era una suerte de réplica de la creación en miniatura; y mi arribo, en tal caso, era como el de un río que sumerge sus patitas en el mar, presto a contarle a otros ríos por qué madres y desmadres, bajo qué transparentes cielos y tempestades, por cuáles rectas y sinuosidades, junto a qué bajos y altos relieves, cerca de qué floras y faunas, en medio de qué vientos, he andado...; y tantas anécdotas más para contar y por escuchar. Refrescar las patitas, y de paso recoger, como jugando con una clepsidra, el cintilo de los infinitos cintillos de mar.

Avancé atraído por los aplausos que provenían de un grupo de personas rodeando a niñas y niños que lucían rosarios blancos entre sus manos que, vistiendo prendas muy blancas y almidonadas, depositaban una ofrenda floral ante una placa ubicada al frente de un monolito.
Me asombré al ver a pocos metros de allí a Don Guido, un comerciante de mi barrio, sentado y con un cajoncito de lustrabotas ante sus rodillas. De más está decir aunque lo digo igual, que pronto me acerqué, y tiré junto a él mi almohadoncito con un: hola, Señor Guido, qué gusto verle. Me hubiera complacido otro tipo de respuesta, mas la dada no guardó vicio alguno de hipocresía al escuchar:
Para mí no lo es del todo, Virdomel.
Tragué saliva cuando de soslayo aprecié un cartelito que decía: en el acto o en 24 horas se limpia o lustra cualquier tipo de calzado, de lo que me permití inferir incluiría los de piel, y en ese caso cómo se las arreglaría Don Guido. Pero como creo haber dicho en alguna oportunidad, aguardo, aunque habitualmente me cueste, que el de turno abra la interacción, aceptando las reglas del juego, porque el aprendiz soy yo.

Al principio cambié la calidad de los cerrojos, y como me pusieron de nombre Guido, no me fue fácil andar cargando un llavero con llaves más grandes. No pasó tanto que me vi obligado a reponer los cristales de la vidriera; con otro espesor y tratamiento.
Fui al médico. Luego le puse persianas al negocio.
¡Glup!
Mi hijo averiguó y entonces instalamos un equipo de alarma.
Fuimos al médico.
¡Glup!
Entre mi hija y mi esposa me convencieron que era necesario instalar un sistema con cámaras de video; luego, mi hijo agregó un tendido de rejas delante de los mostradores.
Un mañana, mientras estaba abriendo el local, miré hacia adentro y vi a la carroña ufanarse frente a un girasol. Y aquí me tienes, Virdomel.

Entendí, Don Guido, esa fue mi respuesta.


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“...Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
Mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina;
Mientras haya misterio para el hombre,
¡Habrá Poesía!...”
Gustavo Adolfo Bécquer