SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Plazas y Parques I

Mi nombre es Virdomel. Ella se encontraba sentada en el tercer asiento del colectivo. Lucía una pollera a cuadros, zapatos de charol y medias claras; tenía sus estilizadas piernas cruzadas y, mientras miraba expectante por la ventana, con femenino refinamiento, llevaba reposadas sus manos sobre las rodillas.

Cuando me vio subir con mi almohadón negro tornasolado, y prestó atención a las cinco flores contorneadas por esa sucesión de zochos horizontales, me dijo: ¡Vení por favor, mirá ese árbol en la plaza!.

Vi un árbol gigantesco y bulboso que se alzaba por detrás de una edificación que parecía ser un centro educacional, un hospital o quizás un polideportivo. A fuerza de ser sincero nunca antes había reparado en él con suficiente atención.

- ¿Qué ves debajo de las ramas de ese árbol? -me preguntó ella.

- Nada, veo que las ramas del árbol están secas y encorvadas -respondí arqueando mis cejas, sin llegar a comprender adónde pretendía llegar con su conversación.

- Es cierto. Porque ya no vienen. No sé qué les habrá sucedido.

- ¿Quiénes? –pregunté. Y con tono triste ella fue describiendo una flamígera historia de amor que desconocidos habían ido escribiendo en su corazón, hoy apesadumbrado. Antes de abrir paso el semáforo, ella agregó: ¡mirá también ese nido de horneros, por favor, apurate!.

Así lo hice.

- Durante largo tiempo se deleitó mi corazón con un amor que jamás había visto... ¿te enamoraste alguna vez?

- Creo que sí.

- Imaginaba esa respuesta. Bueno, sigo: ...tres o cuatro veces a la semana podía ver bajo ese árbol a una pareja singular. Él tendría más de cuarenta años; ella, segura que no.

Estaban como en un país que sólo les pertenecía a ellos. El árbol que recién viste, cuyas ramas secas hoy están, víctimas de una perpetuo otoño que aún no se reencuentra con el andén de su ciclo, tenía una copa muy frondosa; y a los pajaritos se los veía llegar y salir de allí como de un salón de fiestas... ¿Soñaste alguna vez con el verdadero amor?

- Sí. Y también lo conocí.

Prefiero evitar el tema ¿sí?, ¡por favor!.

- Entiendo; ...los otros días vi un ave sobre el nido que te mostré, pero estaba de paso, era evidente.

Hay noches en las que deseo que aquellos pajaritos se hayan ido siguiéndolos a ellos.

La parejita de enamorados se abrazaban y besaban bajo la copa del árbol. Estoy segura que eran besos tan genuinos y suaves, inefables a la vez, como jamás novela contó. Ella corría con los brazos bien abiertos hacía él, y él la recibía entre sus brazos haciéndola girar. Despeinaban el césped, y jamás lo dañaban..., siempre estaba muy verde.

Los he visto bailar también...        

 

Si vos cerrás los ojos creo que también los podrías ver.

 

- ¿En cualquier estación del año tuviste oportunidad de verlos?

- Sí. ...supongo que valsaban con el trino de los pájaros que hoy no están. O estos cantaban al verlos a ellos valsar. Algo me dice que nada murió; y que sólo el nido de los horneros por hoy vació quedó. Ese árbol daba unas flores muy rojas, y muchas veces los pétalos llovían conformando una bonita tiara viviente sobre los danzantes enamorados.

A un costado había un asiento de madera. Muchas veces los observé sentados, charlando, y muy relajados. Se les acercaban niños cuyos padres o abuelos los iban a retirar con vergüenza como si molestaran, pero la chica, una mujer rubia preciosísima, los hacía jugar. Y las mascotas se echaban alrededor de ellos, porque a ésta parecía que la asustaban; pero ella no se daba cuenta que los animalitos lo percibían y alardeaban de su mansedumbre.

Muy atenta estuve cada vez que pasé, como si lo hubiera vivido en carne propia. Quizá yo aún no me encontré con el amor soñado. Lo esperaré.

 

Por suerte el guardián retiró ese banco de madera. Igualmente me gustaría que algún día tuviera el mismo motivo por el cual estar allí.

- ¿Con los mismos protagonistas?

- Sí. El amor.

 

Recorte de un diario: Escrito con un lápiz labial color...