SAVIADURÍA©

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Editorial Dunken

Plazas y Parques II

La confabulación entre la brisa, la espesura de la flora y la llovizna pertinaz, fue la celada perfecta que me tendieron para que, al disolverse ante mis ojos el camino, permaneciese por más tiempo frente al monumento.
Venturosamente había olvidado mi almohadón, ese que tiene una sucesión de ochos horizontales, cinco flores y dos tallos en dorado despatarrados sobre un fondo negro tornasolado, por cuanto de lo contrario hubiera sido una auténtica esponja muy difícil de cargar después.

El agua caía sobre ambos, y de su dentadura no se animaban a despeñar los vestigios del polvo mordido ni la acritud de la nicotina.
Resolví sentarme, sin reparar en si gozaba o padecía la candidez de esa lluvia que no mostraba intenciones de cesar; cuando, obnubilado por la estampa, me sentí absorbido por sus cisuras y repentinamente me hallé navegando con el kayak que sus pensamientos me facilitaron.
Por momentos recorría y reconocía diferentes recodos en sus anfractuosidades, pero no fueron pocas las veces en las que algo me arrojaba fuera de la estampa y, en perspectiva, una panorámica ante mí proyectaba la incontable reproducción de sus formas a mi entorno, sin por ello dejar de soltar a raudales sus intríngulis que, más allá de su estatismo, producían cavilaciones en mí.

Me contenía la transitoriedad de la llovizna.

Algunos de sus recovecos, enmarañados, me resultaban inabordables; y cuando réplicas de su imagen pululaban cerca de mí, algunas, ofrecíanle a mis pocas luces, ideas muy complejas para mi pobre entendimiento. Ese tipo de ideas que cuando el ser pensante las deja salir, preocupa al interlocutor de turno o al testigo casual, no porque lo altere la idea en sí, pero sí lo inusual de encontrarse de cara a un pensante; o quizás porque el pensante, cuando no logra pensamientos elevados, ser transvase de fertilidad, o concatenar ideas de luz, termina por confundir cuando no perturbar ¿Será porque la directriz tuvo luz artificial?

El kayak buscó y se amarró al muelle de un recuerdo imborrable, descubriendo, casi impregnado, como esas pinturas rupestres, un ramito seco de violetas sobre un libro con tapas de tela color verde, en donde un terroso intenso proveniente de cada vértice amagaba con fagocitarlo ¿Sería un libro de amor, de reflexiones, una Biblia, un cúmulo de intelectualidades?

El mecimiento y apuro de la nave me dejó fuera otra vez.

Uno de los clones de la estampa mostró un incisivo, incisivo; y sin darme tiempo, el kayak me transportó hacia las proximidades de su acantilado cursi, del cual no sólo me asombró el colorido brillo de su ladera rocosa, sino que el kayak timoneara remolón.
La llovizna pasó a ocupar un segundo plano, y para buscar la salida de ese cuadro mi timón remoloneaba también.

Mi mirada quedó prendada por el abanico que sobre un solar tendía una estela fracturada, una vitrola, un microchip tomando sol, una rayuela borroneada, palomas mensajeras haciendo tirolesa, un hueso del tarso astillado, un voucher turístico, un posadero con una bandera blanca y una semilla entre cizaña.

Pegadito a uno de los pensamientos de esa estampa silueteaba una dama luciendo un amplio sombrero de color azul, descolgando de su hombro una trenza como un brazalete de cristal. Preciso y no menos precioso momento en el que comprendí la belleza de sus cursilerías.

Otro de sus clones exhibió los cañaverales de sus éxitos fútiles, comenzando a caer las lágrimas por las mediocridades que en otrora precipitaron a vacío y decepción.

El kayak se internó por un canal con aguas embravecidas, y chocando contra las rocas y sus muros laterales, encontré que en un ángulo había una persona con el rostro en tierra y de cuyos brazos tendidos a lo largo salía un cartel con una fotografía. El kayak corcoveó en medio de un agua turbia, un césped pisoteado, descarte de fuegos artificiales y faros descabezados.
A corta distancia, una mamadera encerraba un balbuceo; y detrás de un enorme manojo de llaves rotas frente a un sinnúmero de puertas, una leyenda decía: ¡hay que educar para el amor, materia impostergable en la currícula de estos tiempos para prevenir con sensibilidad y evitar en el mañana la pandemia del desdén y la abyección!

Embestido por la sofocación de una caterva de pisadas hueras, el kayak comenzó a girar velozmente con la destreza de un surfer, y vomité.
El vómito iba perdiendo tibieza y consistencia bajo esa llovizna implacable que había metamorfoseado mi paisaje en una inexpugnable selva de la cual parecía no poder salir.

- ¿Anda alguien por allí? -salió una voz por entre los matorrales.
- ¡Sí, aquí! -respondí conturbado.
- Debo echar llave a las rejas del parque, señor; es por seguridad. ¡Qué manera de llover! ¿Vio?
- Sí. Me tomó por sorpresa en este lugar.
- Esa es la única estatua que por ahora nadie se atrevió a robar.
- ¡Es voluminosa! Seguro que pesa mucho.
- Sí; pero no es por eso.
- ¿¡Ah, no!?
- Según dicen, el escultor se sintió incapaz de continuar con la obra y decidió enterrar el cincel cerca del monumento, aunque nunca fue hallado; pero eso no es todo, críticos y aficionados cuentan que el autor interrumpió el trabajo, cuando una falla en el material dejó al descubierto una fisura, honda tres dedos, en la parte posterior.
- Entiendo.
- ¡Que termine bien el día, señor!
- Gracias, igualmente.