Por momentos alcanzaba un tamaño inconmensurable, y despaciosamente se iba diluyendo; reaparecía con movimientos virulentos, pero tornaban espaciados y lentos; se apagó una luz, no gravitaba, me percaté de su ausencia por el clic que precedió más tenue la ambientación lumínica; la silueta fue creciendo, hasta que de repente una sombra pareció apoderarse de ella, pero luego, como cansada, se alejó; mi curiosidad crecía por cuanto no escuchaba sonido alguno, pero debí contenerme.
Se oyó un portazo y no aguanté… ¿Adónde va? - ¡Eeeehhh...! Escuché un ruido muy fuerte –apenas pude responder y con mucha vergüenza. - Aguarde –respondió con tono afable. Alzó su mano derecha como si fuera el cuello de un cisne, la rozó contra su frente y con solemnidad la fue conduciendo hasta debajo de su pecho; como quien cede el paso con un gesto, siguió y tocó su hombro izquierdo, y como encerrando un objeto sagrado, en abanico alcanzó luego el hombro derecho, terminando por recostar su mano en el centro mismo de su pecho. «Cinco llagas» Realizó con dificultad una semi genuflexión y, tras ello, escanció sobre mí una mirada de almíbar. - ¿Está ocupado? –su voz me parecía familiar, su afabilidad todo un convencimiento, así que le respondí en forma negativa y con amplia disposición para lo que viniera. Nunca antes nos habíamos visto. Levantada sobre una de las cinco esquinas, la capillita era todo un escapulario entre: un PH, un edificio que no tendría menos de trece pisos y más de dos cuerpos, una casa de comidas rápidas y un hostel. Miró el almohadón que llevaba bajo mi brazo y me pidió que lo dejara en un costado así podía ayudar a acomodar algunas cosas, por cuanto sentía una molestia en sus cervicales y ello le impedía moverse con la soltura deseada. Me hizo pasar a la sacristía. Nunca antes había ingresado a una, así que me sorprendieron grandemente los ornamentos sagrados que allí había. - ¡Sor Mónica, mucho gusto! ¿Su nombre? - ¡Virdomel, hermana, un placer conocerla! - Aprecio su predisposición, caballero. Me pidió que trasladara la imagen de una santa, y por suerte mi lumbalgia no gritó ese día, tampoco al otro, ¿un milagro?, ¡nooooo, tan roto no estoy...! ¡todavía!. Pero debo reconocer que una manito me dieron de otro lado porque la imagen no era menuda. A decir de sus labios, con pintoresquismo, Sor Mónica me contó que los años y su arte se habían ocupado de esculpir en sus manos una réplica en miniatura del modelado eólico de Ischigualasto (1); aunque por las noches, parte de su mente y de su corazón se refrescan en las aguas de la Laguna de Guanacache (2). Me contó haber misionado en distintos lugares de la Argentina, pero el solo nombre de Añatuya (3) hacía refulgir aun más su mirada almíbar. Yo me perdía entre tantas descripciones de lugares por las que había peregrinado, y la atendía y miraba con sumo respeto. ¡Cuánto amor debía haber en sus entrañas para santiguarse de la forma en que lo hizo! Me mostró orgullosamente unas publicaciones de la comunidad a la que pertenecía; una fotografía de la Virgen de la Medalla Milagrosa (advocación de la Virgen María) en la portada de uno de los ejemplares, ¡era impactante!. Su conversación se hacía cada vez más interesante, y el marco, con piezas sagradas vistas por mí al estar de paso por alguna misa, era propicio para crear el ambiente y satisfacer mi apetito por recibir cierta dosis de ilustración... un aprendiz de fe, un aprendiz de amor, y sin mi almohadón negro tornasolado que se hallaba en medio de genuinos brillos. En Sor Mónica resplandecía su devoción por la Virgen María, y así como el acerico lo es a la muñeca de la modista, el Rosario, a Sor Mónica. Por su meticulosidad hacia el tratamiento de los objetos sagrados, que a mi percepción original remitió a una escabrosa sombra (capítulo anterior), era sencillamente lo que ella denominó ser el alba; indumento de tela blanco parecido a una sotana, que el celebrante se pone debajo de la estola y/o de la casulla durante la celebración de la misa, y los colores de éstas últimas sujetos a cada ciclo litúrgico. Como se lo extiende sobre una mesa (eso era lo que yo veía en los movimientos de la silueta) y se le aplica un doblado especial para que el sacerdote pueda revestirse fácilmente, ceñir el cordón blanco que se llama cíngulo y prepararse interiormente para la ceremonia, su manejo se hace incómodo cuando la dimensión de la prenda supera al que lo acomoda. Yo me aproveché del privilegiado lugar en el que estaba y le pregunté acerca de lo que compone las ofrendas. Me preguntó qué sacramentos había recibido, y luego de responderle, sorprendida dijo: ¿no los conoce, usted? Vacilé por unos instantes, miré en derredor y sinceramente le dije que sólo de algunos elementos sabía los nombres, pero no de muchas cosas que incumben al ritual de la misa, y mucho menos lo que simbolizan. Sor Mónica evitó realizar más preguntas, lo que en cierto modo me sacó del aprieto, y me fue contando que en la santa misa se celebra el memorial de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Ése; es el núcleo. Que se divide en dos partes fundamentales: una liturgia de la palabra y una liturgia de la eucaristía; la primera comprende un acto penitencial, las lecturas correspondientes a cada día, concluyendo con la homilía o sermón que brinda el sacerdote para reflexionar sobre el contenido de las anteriores; que siempre refieren al antiguo y nuevo testamento respectivamente; agregó que los fines de semana se reza el Credo al finalizar el sermón, como pleno reconocimiento de lo Absoluto. En medio de ello me fue mostrando unos libros de cuyos nombres sólo recuerdo los de Leccionario y el Misal Romano, otro decía algo de ordinario, y echándole un vistazo no parecía su contenido serlo. Curioso como su estilo, ella me dijo que a las tapas de esos libros les pondría un espejo. Yo no entendí qué quiso decir. Me dijo que la piedra sobre la cual se depositan las ofrendas, se llama Ara, y que éstas están compuestas por un cáliz, una patena (bandeja) sobre la cual se encuentra la hostia grande que emplea el cura, y la vinajera, con esas botellitas en miniatura que tienen vino y agua. Me explicó que es en el momento de la Consagración el instante en el que tales elementos se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y que ello ocurre cuando el sacerdote impone sus manos sobre las ofrendas. Obviamente mi curiosidad fue por más y le pregunté para qué eran esas servilletitas que van sobre las ofrendas; me miró de reojo, y como Gracias a Dios es una monja, me aclaró que no son servilletitas; lo hizo con un tono simpático, y procurando evitar la ironía, suavemente expresó: Hijo querido (¡menos mal!), lo que va sobre el cáliz se llama purificador, y se emplea uno por cada ceremonia, sobre el purificador se ubica la patena con la hostia a consagrar sobre la cual se ubica lo que llamamos palia; sobre todo ello, finalmente va un corporal, ¡No me lo llames mantelito, por favor! dijo sonriente. Siguió haciendo otras aclaraciones sobre la importancia del purificador y del corporal, pero para ser sincero, la figura que grabó mi disco rígido -aunque de computación tampoco entiendo- es la del “mantelito y servilleta del cura”; aunque debo reconocer, que observando detenidamente el tratamiento que el religioso aplica a todos estos elementos durante la consagración y luego de la comunión, incluyendo las hostias que toma de lo que me dijo llamarse copón, reviste un carácter hierático en grado superlativo. ¡Obvio, si está el Cuerpo y la Sangre de Cristo sobre el altar! Hurgando recuerdos, mi mente evocó alguna lectura al pasar que respondía a la importancia que tenía en la antigüedad participar de una comida (fuera ésta suntuosa o austera). Esta implicaba una sucesión de cuidados especiales, partiendo desde la elaboración de los alimentos (sacrificando los mejores animales, las primicias), la presentación, su rotación, la ubicación y postura de quien presidía y de los comensales. La recepción del invitado podía incluir hasta la unción con sustancias aromáticas. Dependiendo de las características del anfitrión, era de uso que los convidados se echaran en un lecho (o armazón similar), y apoyados sobre la parte izquierda de su cuerpo, comían y bebían con la mano derecha (sólo así podría comprenderse un pasaje del capítulo siete de San Lucas, según la traducción); sujeto a aquél (anfitrión) también lo eran los temas que se abordaban, la participación o no de flautistas, la inclusión de cánticos, como así, el trato hacia las visitas inesperadas, y la despedida final. No recurrían al delivery -aunque bien sostiene hoy una fuente laboral- como solemos hacerlo ahora para Navidad o Pascua de Resurrección, debatiendo durante la quincena previa, o más, en qué casa se realizará la cena y quién se ocupará de la limpieza de los enseres domésticos. Eso creo yo, quizás terminaban a las trompadas, ja ja ja. Por lo visto Jesús había decidido reunir a sus discípulos en una cena; la pascual (conforme la tradición, Ex. 12; 13), y que la precedió con el gesto humilde del lavado de los pies; siguió con la acción de gracias; bendijo el pan y el vino; y anticipó su Sacrificio en la cruz. «Nueva Alianza» Cuando le pregunté a Sor Mónica por qué razón el cura rebaja el vino con un poquito de agua, y antes de ello hace la señal de la cruz hacia la botellita; la hermana me miró con sus ojitos dulces y de interrogación a la vez, y se puso a entonar la estrofa de una canción mientras acomodaba una estola de color rojo junto a un alba:
“...Oh Dios, que reformaste la humanidad caída, confunde nuestra vida con tu divinidad; lo mismo que se mezcla en esta ofrenda pura; el agua que es figura de nuestra humanidad...” Deduje en primer lugar que Sor Mónica es muy sutil, y que el agua representa la debilidad humana fundiéndose y purificándose en la Sangre de Cristo. Cualquiera pensará que soy un insoportable, puede que esté en lo cierto, pero no sabía si volvería a tener acceso a ese lugar y conocer otros detalles, entonces le pregunté por qué el sacerdote introduce también un trocito de la hostia dentro del cáliz luego de la consagración, a lo que respondió: Para unir las tres especies, hijo. Pensando en lo que significaba compartir una comida, y ante la inminencia de iniciarse la misa vespertina, interrumpí a la monja una vez más preguntándole por una frase que siempre me conmovió, y que dice: “Yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” La monja parafraseó lo que dice el cura y la respuesta de los congregados: - “Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, dichosos los invitados a la Mesa del Señor” - “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” Y luego agregó: Es una inefable manifestación de fe, ¿tienes una Biblia, hijo? - Sí –le respondí - Lee Lc. 7, 1-10 y entenderás. Debes disculparme, Virdomel, pero tengo que encender todas las luces del templo; ya va a llegar la gente para el rezo del rosario y prepararse para la misa, ¿Quieres dejar alguna intención? La monja tenía la habilidad de dejarme en off side, pero recordé a Myriam y a Guillermina, y le dije a Sor Mónica que en las intenciones incluyera a todos los que padecen hambre. Ahora estoy en casa zurciendo un par de medias, uno de mis dedos parecía sentirse excluido y asfixiado. (1) San Juan – Argentina,
(2) Porción limítrofe entre las Provincias de Mendoza y San Juan – Argentina, (3) Santiago del Estero – Argentina |