Si la primera vez me pareció una estrella, esta vez era un trocito de cielo. Lumbrera de cristalino abolengo, diáfano velo del cosmos; encaje abrazador, cielo contenedor de estambres de oro; su meliflua voz de doncella impedía el estacionamiento de cualquier nubarrón: “¿Cómo estás Virdomel?” ¡Plaf! Me derritió. - Bien, señora. ¡Un placer verla otra vez, y qué memoria! - Sin embargo yo te he visto otras veces; y es cierto, nunca olvido los nombres. Podré olvidar cualquier cosa, parezco una despistada, pero difícilmente olvide a la gente. - Yo la recuerdo el día que se sentó junto a un hombre al que le faltaba un zapato, precisamente entre estos últimos asientos pero en otra línea de transporte. - Sí. Tú hablabas con un tal Baltasar. - ¡Brillante; se me hace admirable, señora! - Dime Myriam, por favor. - Como no Myriam, ¡muchísimo gusto! M: El gusto sería mío si me acompañaras al lugar que voy ahora. Porque es primer viernes de mes ¿cierto? V: Sí, lo sé. ¿Y qué tiene que sea primer viernes de mes? M: ¿No lo sabes? V: No. M: Voy a visitar al Sagrado Corazón de Jesús en la capillita que lleva su nombre. Es esa que está en el barrio pegado al puerto, ¡la conoces supongo! Virdomel piensa: Si respondo que sí le miento, y si le respondo que no, pensará en que paso por la vida sin ver; ¡mejor será que le diga la verdad y listo! V: No señora. Perdón, Myriam. M: Entonces aprovecharemos para que conozcas la capillita y parte del barrio ¿te animas? V: ¡Usted está elegantemente vestida, Myriam! M: ¿Eso marca una diferencia? V: Yyyyyy... M: ¿Me acompañas o no? Virdomel piensa: ¡Dios..., esa voz! ¡Me envuelve! ¿Qué hago, Dios? Claro, no me vas a contestar, estás empecinado. Sos tozudo conmigo ¡eh!. Hacés bien, si me respondieras pensaría en que he perdido la cordura. Y si lo hicieras debería guardarlo en secreto. Como quieras, hoy no esperaré el escuchar una respuesta porque Myriam es una dama y no debo hacerla esperar, y estoy convencido que coincidís conmigo. V: Vayamos... Fotografía: Escarpines de color rosa y otros de color celeste. ... llegamos. En la explanada de ingreso, sobre el pórtico, precedía a la capillita una imponente imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Un hombre como de unos cincuenta y ocho años saludó con sumo respeto y amigablemente a Myriam, como si la conociera de hacía mucho tiempo. La dama devolvió la cortesía, agregando: Te presento a Virdomel. - Héctor, un servidor. Retribuí el gesto, pero me llamó la atención la formalidad de su saludo. Hojas de álbumes pasaron ante mí. M: Por aquí, Virdomel. La capilla era muy modesta en lo que hacía a su iconografía, pero había varias personas en su interior. Myriam no pasaba inadvertida, como tampoco mi almohadón bajo el brazo. Parecía haber una celebración especial por ser primer viernes de mes sobre lo que tendré que indagar más. Me asombró la solemnidad en los rostros de la feligresía, tanto en el momento de la Consagración como en la bendición final, y rescaté cuidadosamente algo que ocurrió entre Myriam y una tal Adela: - ¿Cómo estás, Adela? - Muy bien, señora. ¿Usted? - No te veo bien, estás mucho más delgada que la vez anterior. El maquillaje te sienta bien, perooo... ¿qué hay, Adela? Debí tomar distancia, y curioso como soy porque no me atrevo a llamarme chusma, no aparté mi oído de la charla; poco escuché en lo que hace a mayores detalles, pero vi que Adela se dejó llevar por el encanto de la dama de celeste; volcó su cuerpo hacia Myriam, y ésta no dudó en abrazarla fuertemente: Le contó haber sido estafada en su buena fe en un trámite jubilatorio; que su esposo estaba deprimido; que sus hijos no sólo habían perdido la fe, sino que además ni siquiera intentaban conseguir un empleo; y que su artrosis y lumbalgia estaban obligadas a continuar en el escobero para seguir fregando ropa ajena. Yo percibí claramente que Adela era algo más baja en estatura que la dama de celeste; sin embargo, al exteriorizar su desconsuelo, el hombro de Myriam fue enjugando las lágrimas de Adela. El género del atuendo de Myriam absorbía y tornaba el gris en rosa, las gotitas dormían por un rato y Adela las renovaba; y el género de ese atuendo soportaba los chubascos. Apaciguado el atormentado corazón, Myriam la tomó de la mano y juntas se pusieron a rezar frente a una réplica de la imagen de la entrada. Juntas fueron a comulgar. Antes de retirarse Adela besó las manos de la dama de celeste, aunque a aquella le molestó; luego, cortésmente, me dejó una sonrisa. Myriam me preguntó si nos encontraríamos el mes próximo. Yo no me animé a confirmar. La dama de celeste me dijo un “hasta luego” y se me perdió entre el tumulto que había en el interior de la capillita del Sagrado Corazón de Jesús... era un primer viernes de mes. Souvenires: Proas en miniatura. |